Dos poemas del poeta danés L. Ponwski

(Ilustración: Ubé)

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DEL SUEÑO

He venido a  llevarme las manos y los altares, dejo un rastro de lodo a la puerta de las  casas y lamo de noche sus grietas.

Nací ciego, poeta, tullido de un ojo. No sé amar  ni he conocido la piel dulce de una mujer.

A veces me pongo a orinar en las esquinas y palpo la rigidez de mi falo, lamo las gotas que  permanecen en mi glande y me enamoro de los líquidos que ponen en marcha mi corazón.

Quisiera ser dueño de un dolor eterno, morir por alguna suerte de herida que no cicatrizara jamás, que cada invierno, mientras fingiera mirar   a los niños correr por el parque helado, se pusiera a sangrar hasta ahogar las hojas, las flores que crecieran a mis pies con sus espinas metálicas.

Aborrezco el sol.

Habito una casa de madera que pinté  en sueños con los dedos de mis pies.

Era verano y llovía.

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FRÍO

Mi crueldad viene del norte.

La tierra es blanca y cruel

aquí arriba,

como los calendarios donde las mujeres muertas

se desnudan.

Y hay peces en la orilla

dejando de respirar.

Engorda lo cruel

en un fondo azul de mapa,

se extienden las manos podridas

y nacen bestias del tallo de una flor

hermosa.

Déjame decirte que la crueldad

tiene el peso

de tu pelo,

que cae cruel

sobre las baldosas

(diría que se suicida

por falta de amor,

como aquella anciana

que ya no podía comer sopa

y se arrojó a los coches)

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