Sin título

(Ilustración: Ubé)

 

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Usted abre la puerta, mira la luz, la muchacha blanca que duerme.

Usted camina.

(Hay plumas de ave en sus pies de muerto).

Usted no se hace preguntas.

Su voz ha dejado de pertenecerle a usted.

Tose.

La mañana es fría y sin embargo el viento arde, lo hace ahora alrededor del cuerpo de la muchacha, curvas que flotan en la penumbra, un vasto prado blanco donde una mosca se ha puesto a pastar.

Usted se desnuda,

(lo hace lentamente para no despertar a la muchacha)

después se sienta a su lado y mira.

Usted mira de forma voraz.

No lo sabe pero a sus ojos acaban de nacerle dientes, colmillos anchos que se clavan en su piel de mármol.

La muchacha hace un movimiento.

Usted se aleja y respira la luz (apenas una porción).

Debe de ser noche allá afuera,

pero usted no mira su reloj,

sólo mira a la muchacha, su quietud.

Y descubre un lunar, algo así como una tara que hace añicos su armonía .

A usted no le gusta el lunar, por eso lo borra de su cuerpo.

(Un parpadeo es más que suficiente).

Olfatea (usted).

La muchacha huele a hierba húmeda, a patas de animal.

Acerca su mano y toca (se atreve usted al tacto).

Entonces la muchacha se enfría, se hace nieve y desaparece.

 

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