El comedero (relato)

(Imagen: Ubé)

No estoy seguro. Había agua por todas partes y una luz a lo lejos, como de lámpara que se apaga o está débil… no sé, ya le digo que no puedo asegurarle nada. Tenía sueño. El calor no me deja dormir por las noches por eso me acuesto de día, cierro las cortinas y con la oscuridad me duermo aunque siempre hay algún rayo de sol que se cuela y que se pone a hacerme cosquillas en la nariz hasta que tengo que darme la vuelta o colocarme la almohada sobre la cara, ¿sabe usted?, pero yo me duermo, sí señor, me duermo porque me he preparado para dormirme; quiero decir, me doy órdenes, ¿sabe usted? Le digo a mi cerebro, eh chico tienes que dormir y dejarte de tanta mierda y así me duermo.

Agua por todas partes, ya le digo, como si alguien se hubiese dejado el río abierto. Más tarde supe que se trataba de la bañera; seguí el rastro del agua, su lengua a través de la alfombra, la madera, los juguetes de los críos que andaban panza arriba por toda la casa y así es como llegue a la bañera y a la mujer.

Pero ya le digo que tenía sueño, que duermo por el día y que tengo legañas. Se me pegan los ojos por el sueño, ¿sabe usted? Es como si me pasara todo el tiempo llorando encima de la cama. El caso es que me levanto con unas legañas como bueyes y si no me lavo la cara no puedo ver ni el reflejo de mi propia sombra porque me parece que estoy metido en un túnel de niebla. Cuando me lavo la cara entonces sí… luego me pongo las gafas y lo veo todo, hasta el polvo que se me ha pegado al pelo o si una hormiga cruza por mis zapatos.

(Y una voz a lo lejos)

-maricón, que me dejes,

que me dejes o te tiro el cenicero a la boca y te parto tos los dientes, maricón joputamaricón

mira que te tiro esta casa, este árbol, to lo se me ponga por delante si no te apartas de mi camino mari-CÓN

No estoy seguro, puede que sucediera sobre las ocho de la tarde. Miré el reloj poco antes de salir de casa. Me había puesto el traje nuevo para ir con la Wendy a tomar una cerveza y bailar.

( la misma Voz)

mari-CÓN

No iba a detenerme allí, ¿sabe usted? En realidad aunque somos vecinos no tenemos trato. Son una pareja muy rara, sobre todo ella; nunca salía de casa, escribía cosas, no lo sé, el caso es que mataba las horas en el ordenador mientras él leía un libro, siempre el mismo, siempre en la página 45. De eso sí que estoy seguro por las pocas veces que fui a visitarlos, ya sabe, por cortesía, para ofrecerles huevos frescos de mis gallinas o porque sí, cuando uno está contento pues saluda a los vecinos, se acerca a los perros y hasta le echa un tiento a las flores. Además andaba yo al principio de lo de la Wendy, quiero decir que tontéabamos y eso, que la metí mano varias veces y hasta cocinó para mi una tortilla cruda muy quemada, pero nada serio, ¿sabe usted?

A madre ni palabra.

¿Fuma usted?

-CÓÓÓÓN

Tengo un remolino en la cabeza.

Madre anda todo el santo día con la misma murga: que si me quiero morir, que si para el caso que me haces, que si más me hubiese valido nacer enferma e inútil, tullida o ciega para no ver el mundo ni a mi hijo del brazo con esa golfa.

La golfa es la Wendy, ¿sabe usted?

Aunque yo he mantenido el pico cerrado, aquí todo se sabe. A la gente le gusta escupir mierda, kilos y kilos de mierda sobre el prójimo; sólo viendo la mierda de otro uno se siente más feliz, ¿no le parece a usted?

Por eso, por los rumores de que yo andaba medio liado con la Wendy, es que madre se quiere quitar la vida. De matarse no ha dicho ni mú porque tiene mucha fe en el altísimo, pero se le ha metido en la sesera hacerse algún tipo de mal; qué se se yo, cortarse un dedo mientras pica la cebolla, tirarse escaleras a bajo y romperse la columna, meterse un tenedor en el ojo. Barbaridades, que le digo yo.

Madre, eso son barbaridades, cosas de mula le digo.

Pero ella sigue:

“que si la golfa esto que si la golfa lo demás allá… con lo buena chica que era la otra”.

La otra es la Antonia, fuimos juntos al colegio pero acabó poniéndome los cuernos. Unos cuernos de aquí a la Luna, ¿sabe usted? Lo único que tenía de bueno eran las tetas y que sabía hacer el pollo como a mí me gusta.

Qué le vamos a hacer, son cosas de críos, porque éramos dos críos al empezar a salir y luego, cuando tuve que ocuparme de este caseto y de la tierra, pues la Antonia empezó a aburrirse porque apenas íbamos a la ciudad y no le hacía caso o porque tenía las uñas sucias. ¿Y cómo quiere que las tenga si me paso el día arañando este maldito barrizal? Las uñas sucias, claro, y los pantalones y un olor a cabra que echa pa trás, ¿sabe usted? Eso decía la Antonia. Eso no se cansaba nunca de decir la Antonia, así me pusiera bajo un aguacero.

¿Qué marca dice que son estos cigarrillos?

Madre no me deja fumar en casa. En cuanto me ve con un pito en la boca, me tira lo que le viene a la mano. En eso se parece a la Wendy. Las dos tienen un carácter del demonio.

Pero ella sigue.

“que si la golfa esto, que si la golfa lo otro… con lo buena chica que era la otra”.

A la otra no le he vuelto a ver el pelo. Dicen que está en otro país, que un negro le hizo un bombo y que ahora sirve pollo frito a la orilla de un mar.

Siempre el agua, ¿sabe usted? Agua por todas partes.

Aunque intentes marcharte, agua.

No me hago preguntas, ¿sabe usted?

Soy muy manso. Eso dice madre.

manso, cabestro, animal…

Antes de irme a dormir beso su frente y le paso el pestillo a la puerta.

No es que tenga miedo pero las cosas pasan. Nunca se sabe qué mano vendrá o a qué cuchillo le habrán nacido los dientes.

Buena memoria, eso sí; me recuerdo incluso en el vientre de madre, dando vueltas y más vueltas, ahí, sin moverme del sitio, como ahora, porque aunque uno venga al mundo ha de quedarse quieto en sus zapatos. Pero la Wendy no, ella ha venido de cualquier sitio. Bah, no me hago preguntas, ¿sabe usted? Le digo a todo que sí, y luego la empujo hacia lo oscuro. Nunca me ha dejado tocarla más abajo de las tetas, ¿sabe usted? Aún así la quiero o algo que se parece al querer, aunque mucho antes que a ella quise a mi burra.

(y madre adentro)

manso, cabestro, animal.

Qué le vamos a hacer, son cosas de la soledad.

Ya le digo que había agua por todas partes y una luz que parecía muerta. Puede que ni siquiera fuese luz eléctrica porque aquella noche la luna se había puesto gorda.

¿Los críos?

Vaya usted a saber. Igual son figuraciones mías. Lo mismo ni eran verdad, el caso es que yo nunca los vi en la casa, ni sentí que les tiraran piedras a los gatos. No, señor. Sólo sé que había juguetes bailando y que el agua se apoderó de todo.

¿Cuánto dice usted que cuestan estos cigarrillos?

(voz primera)

aire , maricón

que corra el

a

i

r

e

Y no es la primera vez, ¿sabe usted?

De un tiempo a esta parte, se repite el mismo panorama; que si el agua, que si la bañera, que si el cuerpo hinchado de una mujer dentro del mármol. Aquí hay mucho mármol, ¿sabe usted? Canteras de mármol y agua. Eso es lo que nos da de comer además de la tierra. Otra cosa no, pero en el día final a nadie le falta su pedazo de mármol. El mármol es lo único que puede vencer al agua, ¿sabe usted? Es como si una voz muy gruesa golpeara a una cría a la que se le ha metido el demonio en el cuerpo, porque yo creo que el agua es eso, una endemoniada. Yo no me ando con contemplaciones con el agua. La aprecio lo justo. Bebo, me lavo y de vez en cuando me echo a nadar en el río. Pero antes de quedarme como Dios me trajo al mundo, pronuncio mis oraciones, ¿sabe usted? Oraciones inventadas por mí y que he oído pronunciar a madre.

Madre hubiese querido que yo fuese cura o párroco o uno de esos predicadores de las películas que viajan y viajan y pueden casarse y comer carne siempre que quieran y levantan iglesias en mitad del campo y saludan a todos los del pueblo cuando acaban el sermón. Me gusta la palabra sermón, ¿sabe usted? Me parece algo muy rotundo, como el mármol o una leche bien dada en las nalgas de una mujer.

Ya le digo que no me hago preguntas, soy muy manso. Ni siquiera soy capaz de espantar las moscas cuando salgo a comer membrillo al patio.

( y la misma voz)

que te quites de mi vista malaputamaricón

o te tiro el mundo

De todos los colores, eso sí. La gente de ahora ya no es la misma gente de antes. Eso dice madre.

(segunda voz)

que nos van a invadir o a meter en una lata o a inyectar somníferos en las gallinas y echarnos a dormir en un rincón por los siglos de los siglos.

Se les puede ver en la plaza, echando cabezadas bajo la copa de los árboles o en el bar en compañía de los de siempre. Me refiero a los parroquianos, a esos que no faltan un sólo día a su ración de tinto así caiga una nevada grandísima o el río se ponga del revés.

No sabría decirle el país, pero la mayoría llegan de noche en un camión que va directo a las canteras de mármol. Sucede así sobre todo en el verano, después puede que les de pereza montar de nuevo en el camión y por eso se quedan. Se necesitan muchas manos para sacar el mármol, ¿sabe usted? Hombres fuertes que hablen poco y que estén acostumbrados al sol.

Al principio se podían contar, luego no. Luego fue como cerrar un momento los ojos y haber nacido en otro lugar. Qué se yo, como si el pueblo fuese una postal en la que no has estado nunca y las cosas aún siendo las mismas se te antojan otras cosas nuevas. Hasta madre parece la madre de otro igual a mí.

A ella no le gusta que yo me detenga a darles conversación.

(segunda voz bis)

que nos van a invadir o a meter en una lata o a inyectar somníferos en las gallinas y echarnos a dormir en un rincón por los siglos de los siglos.

Pero yo no le hago caso a madre, ¿sabe usted? Si estoy de buenas les invito a una caña y a una ración de olivas violadas. Eso es lo que más les gusta del mundo, las olivas violadas y la cerveza de barril, por mucho que digan que si su fe esto que si su fe lo otro. Porque yo los veo empinar el codo, ¿sabe usted? Y hasta relamerse de gusto y soltar uno de esos eructos que parecen truenos.

De todos los colores, ya le digo y también blancos como la nieve, a punto de reventar de tanto blanco. Y salvajes, ¿sabe usted? de los que apuran las tripas de la botella y luego sacan los cuchillos.

Poca cosa. No hay que echarles cuentas.

A mí lo único que me importa es que la Wendy esté contenta y no ande en boca de nadie, ¿sabe usted?

Decente o algo que se le parezca, que se quede quieta y no le de por enredar.

A madre, de vez en cuando, también se le dispara un torbellino en la sesera.

¿Cómo va?

No me encuentro.

¿Va usted a comer?

Una sopita y un huevo.

¿Se la subo?

Me la subes.

Una sopita con huevo.

Sí, con huevo y unas migas de pan.

…Y unas migas de pan con su aceite.

…Con su aceite y su ajo.

—Con su ajo, su aceite y su huevo y su sopita.

Siempre en plato hondo, ¿sabe usted? A madre le gusta meter las manos en lo hondo, lo mismo que si estuviera en la orilla del río y no tuviese bastante y entonces se mete más adentro hasta que se le moja el vestido y más adentro aún hasta que ya no puede tocar fondo y se pone a patalear y a tomar sorbitos de agua y a escupir y a gritar y a llamarme con el nombre de padre.

A padre se lo llevó el río, ¿sabe usted? No encontraron de él más que su gorra y un manojo de llaves enredado a las piedras.

Ese torbellino es la pena y la pena sólo se cura con fe y con un plato de sopa.

Una sopita con huevo.

—Sí, con huevo y unas migas de pan.

…Con su aceite y su ajo.

…Con su ajo, su aceite, y su huevo y su sopita.

Aquí la fe se llama Don Ernesto:

Buenos días, Padre.

Ernesto.

Padre Ernesto.

A secas, Ernesto a secas.

Buenos días y con Dios.

No me acostumbro, por mucho que lo intento, a familiarizarme con Dios. Entre otras cosas porque yo no lo he visto nunca, ¿sabe usted? Me lo imagino, eso sí; imagino a un señor gordo, en continua peregrinación por el mundo, haciendo maletas y tomando trenes o aspirinas, cansado la mayoría del tiempo, como yo cuando regreso de arañar la tierra y tengo que poner los pies en alto.

¿Puedo fumar otro de esos cigarrillos?

A veces los animales le escuchan a uno. Se detienen, te miran con esos ojos profundos que Dios les ha dado, echan el hocico hacia adelante y te huelen el alma. Después todo depende de si les gustas o no, de si te han visto limpio por dentro o si se han encontrado con tu corazón podrido.

Yo quería a mi burra, ¿sabe usted?

Mi burra no tenía nombre porque madre decía que era sólo una burra, así que le decía “burra ven aquí” o “quieta burra, soo”. Y fue por casualidad, ¿sabe usted? un día de tormenta apareció dando rebuznos y coceando la puerta, como si la criatura supiera que yo la iba a querer o si después de muchos años de estar perdida hubiese llegado por fin a su hogar. Tenía buenos sentimientos, mi burra. Y más apetito que madre y como a ella también le gustaba comer en lo hondo. Siempre le estaba dando al diente, trituraba la hierba sin parar y hacía unas mierdas tan grandes como este pueblo. De asearla me encargaba yo, porque a madre le disgustaba su olor y que andara todo el día masticando y cagando. ¿Y qué iba a hacer si era una burra?

A mí me sirvió de compañía. Me montaba en ella y cruzábamos la plaza hasta llegar al caseto. Entonces yo me imaginaba que en lugar de una burra iba a lomos de uno de esos caballos blancos que montan los hombres de bien, los que tienen palacio en vez de caseto y una madre pálida en vez de una con la tez cetrina. Porque madre aunque es blanca parece de otro color, como los que son de fuera, de un color intermedio entre el verde y el marrón, por eso cuando se ríe, los dientes le relucen.

Los dientes de madre se daban un aire a los dientes de la burra, un día se me ocurrió decírselo al llegar de misa y a poco no me corrió por toda la casa con el cinto.

Madre no habla con nadie. Sólo conmigo, con Dios y con el retrato de padre. Por eso yo tenía tantas conversaciones con mi burra. Me bajaba a fumar al patio, abría la puerta de su chamizo y le contaba mis cosas; qué se yo, si los tomates iban creciendo a su hora, si el cielo se enfadaba o si el río comenzaba a no estarse quieto.

Hasta le daba besos cuando estaba de buenas, ¿sabe usted? Pero besos castos, de pariente, porque la burra era mucho más vieja que yo. Se le notaba en los ojos y en el poco pelo que le quedaba alrededor de las orejas. Cuando la burra se murió me pasé la noche con ella, sin dejar de fumar y acariciando su vientre hinchado. Le di sepultura en el caseto. Bajo el peral.

A veces los animales le escuchan a uno, sí señor, por eso yo le hablo a la tierra que tiene encima donde ya han empezado a crecer las lilas. Una tarde vi un jabalí merodeando, así que le aticé media docena de perdigonazos. Al jabalí no le di sepultura. Al jabalí lo tiré al río para que se lo comiera el agua.

(me dijo)

¿Qué haces cuando estás más solo que las piedras?

Las piedras nunca están solas le dije.

Todos estamos solos, cuando la mañana, cuando la noche, cuando los días y la ventana me dijo.

Cosas del padre Ernesto para ponerme en orden las ideas, ¿sabe usted? Pero mis ideas son mías y se quedan como están.

Mis ideas son mías y se quedan como están le dije. Pero, ¿y si Dios…?

Dios es a veces me dijo.

El padre Ernesto ha visto mundo. Más de la mitad del mundo que puede verse a simple vista.

En cambio madre no ha visto más mundo que este pueblo, los mismos árboles, su sombra echando raíz, la misma tierra bajo los pies, entre mis uñas , el agua…

El padre Ernesto hace los funerales bonitos. Manda traer muchas flores de colores vivos y hace cantar a las viejas mientras los niños dan palmas .

Es un funeral bonito dijo el hombre que ahora es viudo. El hombre que leía el mismo libro / página 45.

Bonito le dije.

Después le pedí un cigarrillo y me salí al fresco. Nunca compro cigarrillos, ¿sabe usted?

Me doy la orden de no comprar cigarrillos.

Nadie la vió después de muerta, ¿sabe usted? Me refiero a la mujer ahogada en la bañera.

El hombre que leía ( mismo libro, página 45) y el padre Ernesto, se pusieron de acuerdo en cerrar la caja. La caja era blanca y la trajeron de la ciudad. Vino en el tren. Tuvieron que bajarla entre cuatro hombres porque aún vacía pesaba un quintal. De ponerle los clavos se encargó el Plácido. Los llevó todo el día entre los dientes para que no se le olvidaran. El Plácido tiene la cabeza mala, ¿sabe usted? Pájaros que se ponen a volar cuando menos lo espera. Al nacer se le resbaló a la comadrona de las manos, una mujer robusta que no ha conocido varón. Eso dice madre. Madre no entiende de niños que vienen al mundo, pero de mujeres solas sí. De eso y de cerrar las puertas cuando al agua le crecen las uñas.

Habla de corrido, (el Plácido), y no es capaz de guardar en la memoria lo que ha comido de un día para otro o si tiene que ir al retrete a desatascar las tripas.

Después del funeral.

Ha sido un funeral bonito dijo el hombre-viudo / idéntico libro / página 45 siempre

Bonito le dije.

Puso la casa en venta. Hizo las maletas y cogió el mismo tren que trajo al pueblo el ataúd de su mujer.

El tren sólo para una vez a la semana, ¿sabe usted?

La estación tiene un reloj que no es reloj y un un jefe de estación que muele a palos a la parienta. Eso dice madre. Madre no entiende de relojes, pero de mujeres con los dientes partidos, sí. De eso y de restregar el barro cuando el agua se esconde.

(voz primera)

¿dónde te has metido, maricón?

sal que te repaso el mapa.

Los ahogados no sangran, ¿sabe usted? Todo sigue igual por dentro pero sin ruido.

(la voz primera que insiste)

sal, maricón

sal con el culo en alto.

A la casa se puede llegar andando o en bicicleta. El camino es demasiado estrecho para un auto. Hay piedras gordas y mucho barrizal, pero yo estoy acostumbrado a andar, ¿sabe usted? Desde que me levanto hasta que me acuesto no dejo vivir las piernas. Si me lo propusiera podría recorrer el mundo a pata. Sí señor, es una cuestión de cabeza, de darse una orden y santas pascuas.

Es una casa pequeña, de ladrillos oscuros y mármol. Ya le digo que aquí el mármol se utiliza para todo. Lo mismo da una casa que una lápida. Tiene sus años, eso sí. Nada de modernidades. Una casa-casa, con su techo y sus ventanas que dan al río y un jardín muerto donde se ahoga la hojarasca.

Al principio de venir, a ella le dió por plantar geranios, flores de ciudad que se iban pudriendo con los días. No hay dios que aguante tanto agua. Luego ya nada. Debió comprender que tenía la batalla perdida, por eso se encerró en la casa a darle a las teclas del ordenador mientras su marido leía fuera (mismo libro / página 45)

No me interesan los libros, ¿sabe usted? Y no es que sea analfabeto, que tengo mis estudios, pero me entretienen más las cosas. Cuando no estoy trabajando en el caseto, lo miro todo; me da por pensar si las grietas han crecido o si hay gusanos nuevos en mis alpargatas.

Leo la Biblia, algún versículo del Nuevo Testamento que madre sabe de memoria para comprobar que es cierto, que sus palabras están escritas ahí.

Cuando uno está sólo se hace preguntas que nadie puede contestar, pero si usted me pregunta de qué color eran los ojos de la mujer ahogada, no sabría decirle. Tampoco sabría decirle cómo funciona uno de esos ordenadores o por qué en este pueblo los teléfonos se quedan sin voz.

Sé que hay un comedero de buitres cerca, que sus alas pasan rozando mi cogote y que les gusta la carne.

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