Sin título

(Imagen: Ubé)

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He aquí el salto de Dios sobre la lata de anchoas.

Dios hace chof

y el aceite baila

y después unos ángeles pringosos lo reverencian,

ángeles que llegan con las alas untadas en semen azul.

Pero Dios sabe todo y los perdona.

Pero Dios calla,

cose su bocas

con una vieja máquina de coser Alfa,

la misma con la que mi tía

cosía mi abrigo,

cosía mi cintura,

cosía mi hígado

si en la noche llegaba ebria,

pues Dios es grande

y pesa mil kilos de nieve

y eructa ahogados

con sus vestidos de fiesta,

con sus catecismos sordos.

Sí, Dios es un ogro desnudo con el falo kilométrico

que posa un día sobre la muralla china

y otro sobre el Partenón de Atenas.

Dios, oh, oh, Dios,

llámame mañana, Dios,

porque hoy comunico,

me trabo en la sopa,

me peino el cuello,

me echo a volar directamente a la sartén,

al fuego de los ojos de un hombre

lúgubre,

poeta y lúgubre

que no sabe pasar la aspiradora

ni engendrar moscas en mi sexo.

Pero Dios ahí, siempre alerta.

Dios soldado raso,

con galones en la lengua,

con el pecho salpicado de jabón y mar,

de muchachas vírgenes comiendo magdalenas,

con Proust a un costado,

clavando espinas en el centro de su riñón,

con Kafka cautivo en sus sesos,

con Milena dando vueltas en el mantel.

Sin pechos, Milena,

sin lluvia, Milena,

sin guantes con los que masturbar el pensamiento eléctrico de Kafka.

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