El verdadero pollo de Kentucky

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EL VERDADERO POLLO DE KENTUCKY

LA CASA

Grande el frío de hoy

y en la cocina se ha puesto a crujir el fuego

y los pucheros rebosan

y hay una chica nueva que no sabe manejarse con la mantequilla,

que tiene el pelo amarrado a la nuca,

la frente amplia,

la nariz igual al botón de mi camisa.

No encuentra los cuchillos,

(la chica)

aunque en realidad su nombre es Tom y lleva pantalones

de pana de gallo.

ALGUNAS COSAS SOBRE MI

Me gusta hacer rodar a las canicas sobre la piel de mi vestido.

La piel de mi vestido varía según las estaciones,

unas veces me pongo serpientes,

otras conejos

que llegan a casa con dos patas de menos y pajarita.

Soy única en mi especie.

Después de traerme al mundo,

mamá alumbró a un gigante que se empezó

a secar en las alturas.

Tengo tinieblas entre las manos

y un anillo que brilla si acaso alguien me hace llorar.

Normal, no.

Ni estudiante de medicina.

Ni adicta al perfume de los árboles.

A pesar de vivir en este encierro me gusta viajar.

Tengo coche.

Tengo la talla 46.

Soy dueña del verdadero pollo de Kentucky.

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CÓMO ADQUIRÍ EL VERDADERO POLLO DE KENTUCKY

Fue gracias a la visita de tía Brígida.

Tía Brígida es poeta y pesa 140 kilos de tortitas francesas rellenas de queso de mosca y melocotón.

Poeta de tiro libre.

Le gusta cazar muchachos en la cama.

A través de los prismáticos,

divisa unos ojos en tirabuzón o unos bíceps en bicicleta,

cualquier animal sumido en la vagancia.

Entonces saca su escopeta y Pum.

En pocos segundos no queda nada.

Tía Brígida engulle hasta el último bocado.

Después sopla las lámparas y se pone a escribir.

Es muy probable que tía Brígida llegue a ganar el premio Nobel de literatura.

Nadie ha osado jamás poner en tela de juicio su obra.

Por el miedo, dicen.

Por los colmillos , dicen.

Por su estómago de ballena azul.

A pesar de que debido a su volumen, tía Brígida viaja poco,

en uno de aquellos extravíos logró hacerse con el verdadero pollo de Kentucky.

A partir de ese momento, todo cambió.

Mamá alumbró a otro gigante.

Yo me volví más pequeña

y Kentucky se convirtió en una inmensa granja de cerdos.

SALTAR EL YO

La chica nueva no sabe coser.

Los días que mamá le da permiso para ir al pueblo,

se peina las trenzas y se coloca un pequeño lazo azul,

después prepara el baño.

Suele zambullirse en una palangana de metal

que utilizamos para amasar el pan de los viernes.

Entonces veo sus piernas velludas

y escucho su voz de trueno

y veo emerger de la espuma un falo rosado y magistral,

de un tamaño superior al de mamá,

inmensamente más grande que el mío.

Y un grito provocando la huida de los árboles:

!Mary Rosse a comer!

Es la tía Brígida

llamándome desde la cama,

con la baba resbalando por su mentón

(no la veo pero sé que está allí esa masa líquida

que antecede a cualquier manjar del que tía Brígida vaya a dar buena cuenta).

Mary Rosse, anda.

Tengo pasteles de culo de ángel.

Tengo jugo de serpientes de mar.

Tengo golosinas de niños negros,

sus vientres de aire rellenos de atún.

El falo de tía Brígida es tan tímido,

que cuando oye hablar de comida,

se mete bajo las mantas y reza.

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