El acto de escribir

(Imagen: Ubé)

EL ACTO DE ESCRIBIR

Sí, puedes escribirme,
detenerte en lo oscuro,
guardar las lentes,
mirar el cielo del tranvía y después andar hacia ninguna parte.
Puedes fumar si así lo deseas.
Olvidar los acentos en una mesa sucia.
Tomar una aspirina con el café.
Si acaso olvida el café,
pero fuma,
escribe y fuma.
Lo oscuro es fresco.
Dentro de lo oscuro hay un mundo mejor,
hay una luz tierna que abriga,
hay muchachas muertas caminando hacia ti con una sonrisa de hilo
que más tarde se enredará a tu garganta,
que más tarde cortará todo el aire del bar.
Pero tú escribe,
toma café ,
serpientes
o ginebra,
habla de amor y rosas,
de esencias pegajosas que no te dejan dormir,
del calor, (por ejemplo)
de las ventanas en departamentos minúsculos donde el grito duerme,
donde lo gordo estalla,
donde hay ropa interior secándose en las pupilas.
Puedes inventar palabras,
inventar historias,
sacar el sudor de tus manos
y dejarlo sobre el papel.
El papel se alimenta de sudor, sangre y moscas.
Pero escribe,
contesta a la mujer que te habla,
a la mujer sola que retuerce mechones de su cabello.
Escribe su nariz,
el puente brusco donde descansa ahora el polvo.
Pero busca,
tus bolsillos tienen arañas,
pero es ella la que paga
porque es mujer y es puta,
porque la ginebra le hace llorar,
porque el domingo come trocitos de manzana
y después vomita toda su bilis en la boca del espejo.
Pero escribe,
no dejes de escribirme
mientras yo, (cansado de esperar a los cisnes)
finjo morir al otro lado de tus ojos.

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