Discurso Delirante

(Imagen: Ubé)

Discurso Delirante

Caballero,
el mar abre su boca en las postales
y engulle mis pensamientos.
Debería huir de este lecho entumecido,
de las flores pálidas que la vida me ofrece,
abrir la ventana del fuego y arrojar allí todas las cosas difíciles.
Caballero,
¿fuma usted?
Necesito prender el aliento de mi alma,
aspirar algo más que la costumbre de cada tarde
o el deber.
Alumbrar a un hijo,
¿para qué?,
¿quién soy yo para quedarme dentro su llanto de mañana?,
¿acaso mi vientre es un navío que ha de estrellarse contra las rocas?
Caballero,
es usted un hombre confortable.
Lo dicen sus ojos,
como de perro acostumbrado al frío del hogar,
a las horas bajo un porche donde la lluvia tiembla.
Caballero,
soy una mujer con el espíritu enloquecido,
algo así como si mi madre
hubiese mordido mi alma al nacer,
la luz que habría de auxiliarme.
Caballero,
tantas palabras me cansan,
no estoy acostumbrada al ruido del lenguaje,
aunque sé que hablar apacigua la tormenta.
Es posible que nunca nos hayamos visto antes.
Quizá en aquel otoño que tardaba en estallar,
usted tropezó con mi sombra y me ofreció sus disculpas.
¿Ha viajado usted al revés del mundo, caballero?
Si fuera así,
podríamos habernos encontrado en el vértice del agua
o a campo abierto,
en un lugar temeroso que reúne al hombre y sus ovejas.
Caballero,
¿qué habré de hacer con la alegría que me niega?,
¿con la renuncia al aire?,
¿con este sol que siempre es negro en mi garganta?
Tuve amigas,
(alguna vez)
mujeres de cintura rubia
que sabían cantar canciones
y ordeñar el pezón de la ginebra.
Era feliz entonces,
cuando andábamos dentro de un violín,
cuando arrojábamos hacia detrás los cuchillos
como quien echa a un lado su fatal destino
o aquella vela que ha dejado de respirar.
Caballero,
tengo sed
ahora,
sed siempre,
a cada rato aunque me haya bebido el llanto de los jarrones,
el latido de los muertos,
todas las cicatrices de mi cama.
Caballero,
¿ve aquel resplandor?
Es un rayo elegante que nos mira.
Puede que se trate de Dios cambiando
de lugar la música de su butaca.
Caballero,
¿sigue ahí?,
¿continúa usted bajo las escamas?,
¿bajo este delirio que no acaba?,
¿bajo la boca de las aceras?,
¿bajo la astucia del niño?,
¿bajo el puente cristalino donde los animales sueñan?
Se hace tarde,
caballero,
y se apaga la luz.
La mía no,
la otra,
aquella que te presta el diablo
y que huele a casa en su orfandad.
Tengo sueño,
caballero,
un cansancio de pierna amputada
que sigue por los caminos,
dulce como la abuela en su retrato,
perversa como el final
de una historia de amor.

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