Otras voces (2) : Salvador Madrid, Paura Rodríguez Leytón, Enrique García Trinidad y José Ben-Kotel

Salvador MadridSalvador Madrid (Honduras, 1978). La poesía de Salvador Madrid tiene el peso del talento. “Mientras la sombra” es un libro que arrastra al lector desde la primera hasta la última de sus páginas y a pesar de que es un libro construido a base de retazos, como dice el propio autor “hilos cruzando varios años de mi vida”, no deja de tener un cuerpo sólido. En sus poemas podemos encontrar melancolía, rabia, sensualidad, tristeza… El clasicismo y la modernidad se dan mano en los versos de Salvador Madrid, pero la belleza siempre está presente, convertida en relámpago invisible que pellizca el alma del lector. Se hace absolutamente necesario seguir su pista en el futuro.

Mientras la sombra- VigiliaMientras la sombraPaura Rodríguez Leytón (La Paz, Bolivia, 1973). En Paura el poema se convierte en ternura. Hay en sus palabras una suerte de pureza que deja en el aire de los ojos un perfume ancestral, inexistente casi. Hay mucha verdad en los poemas de Paura y posee un romanticismo caníbal que no nos deja indiferente.

TE ATRIBUYO EL TORRENTE DE MI SANGRE

Son las palabras
con su urgencia de viento
las que arremeten contra este cuerpo
cubierto de recuerdos vegetales.

El alma trata de quedar ilesa,
pero hay un huracán que sacude
hasta el rincón más oscuro de los zapatos.

Las cuencas del tiempo nos miran absortas,
preñadas de lluvia lista para deshojarnos con caricias maternales.
Será un sempiterno venir y caer de horas.
Mas no tiene remedio este reloj que canta los desvelos.

¡Qué urgida está la mañana con sus flores tenues y su pan fresco!

¿Cuál es la profundidad?:
nuestra piel envejecida,
nuestros papeles perdidos y desordenados,
nuestro accidentado recorrido por el día.

Las puertas que cruzas son como bocas ajenas a tu propio cuerpo.

En el viejo tejado no hay más que murmullos:
murmurios de palomas lánguidas
acontecidas por una campana de toques
geométricos.

No hay más que los labios mordidos por una erosión del lenguaje.

Lo profundo es esta voz cicatrizada y el ombligo extraño de mirada cíclope.

ESTALLÓ LA HORA

Estalló la hora
en la que cantan
las venas de tu cuerpo.

Reviviendo un paseo agotado,
mirabas al camino como a una cárcel:
sólo la tierra bailando ante tus ojos.

Todo era un rito:
trepabas el muro para probar las flores,
hablabas desde el fondo del agua,
llamando a los astros
para iluminar tus grietas de sal.

Enrique García Trinidad (Madrid, España, 1950). Con su libro “Juego de Damas” logró alzarse con el accesit del Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador (2015). Su poesía está llena de humor, ironía, saber hacer. La poética de Enrique García Trinidad es solo suya, algo que no podría repetirse en otro. Hablamos de un poeta en mayúsculas que sabe hacerle el amor a la palabra, que conoce la música del tiempo y del silencio. Es un autor clásico. Es un autor contemporáneo. Artesano de la voz que se rompe.

SI TÚ NO ESTÁS
(A Andrea Navas)

El Paraíso debe estar vacío.
Si tú no estás, quién va a querer estar.
Sé que andan de tertulia por la puerta,
incluso Dios mira el reloj y fuma
y se hace el remolón hasta que llegues.
Entonces todos entrarán de golpe.

(De “Juego de Damas”)

“EPPUR SI MUOVE”

La ropa a veces, mientras duermo, se me marcha a la calle,
juega en parques lejanos y navega columpios,
siempre termina en algún bar
donde a los camareros, anfibios de fatiga, no les importa nada
que las últimas copas de la noche
resbalen por un cuello de camisa
que no lleva cabeza.
Suelen ser húmedas las calles,
por eso viene luego mi ropa destemplada, tose por el pasillo,
y me despierta,
cuenta extrañas historias de relojes
acudiendo a su cita con el tiempo de nadie. Casi nunca la entiendo.
Dice que hay un ilustre papagayo
que se mira las plumas en el borde afilado de las últimas luces.
Entre sueños me esfuerzo en regañarla,
le digo que no es hora de andar con cuentos raros,
que como tantas veces me quedaré despierto por su culpa.

Ella siempre sonríe
como un niño más triste y más travieso que la luna
y se vuelve a dormir
en el respaldo de una silla.

(De “Crónicas del laberinto)

José Ben-Kotel

José Ben-Kotel (Osorno, Chile, 1951). Su libro “Los rostros pasan como el agua” es de un clasicismo impecable. Hay en él una construcción sólida y emocional del verso, con momentos de franca conmoción y belleza. Todo el libro es un canto a la vida, a la tierra, a lo natural de un paisaje que nos sigue sorprendiendo con los siglos, a todo aquello que ya pasó, a lo que queda por vivir. Es un canto al aire, al aliento de una nube, a lo pequeño y tierno del hombre. Intimista, sosegado, solemne y pulcro. Un poeta que ancla sus versos en la música áspera de Dios.

2

Si digo pan, su olor de recién nacido
alertará mi hambre, a mi lengua y ansia.
Abriré las ventanas, entrará viento frío
y lluvia; el aroma de la tierra húmeda
sentido dará a nuestras vidas, al inicio del día.

Hablaré pleno de gozo a la luz llegando
y daré gracias al fuego, al pan en el horno,
a la cosecha del trigo, a la harina, a quien lude.

El pan nuestro viene de manos amadas:
madre esposa hermana novias amasaron
la herencia del trigo ayer, hoy, en el cada día,
pan para todos al calor de horno del alba.

Su olor alerta mi mente, a mi boca salivando;
y en mí activa el deseo de compartirlo
como comparto versos… que es pan de todos.

Afuera del hogar, la lluvia muestra un paisaje
que es frío, mas no para las gaviotas que vuelan
hábiles adentro del viento, a ras del oleaje ríspido.

Si digo pan, lengua, auriga, hermano, espigas,
será que es la hora de ir más allá del gozoso
instante de sacarlos del horno y ponerlos
con cariño sobre el albo mantel en la mesa
y con júbilo invitar a comer, diciendo a todos…

¡Gocémoslo! -está recién salido del horno,
dorado, nuevecito… y cuán oloroso-
y a comerlo con mantequilla casera y sal de mar.

3

El alto azur, los seres por allá abajo:
alertas, caminando a pies desnudos
sobre la arena para ser acariciados
por el agua del mar Mediterráneo.
El sol rojo del atardecer se hunde en él
al irse a olas lentas la hora crepuscular
como los amados enternecidos
ante el rumor de las olas del mar.
en un abrazo que pareciera sin tiempo.
Luego se tienden sobre la arena…
y la vida pasa sin horas que contar,
como los rostros que al mar el río lleva.

¿Sabremos qué harán esos amados
cuando el hermoso sol rojo termine
desapareciendo más allá del horizonte
y el crepúsculo abra paso a la noche?

Siento el mecer de olas; van y vienen,
en calma y pasión; la vida sigue su curso:
se nace, se muere, ensoñamos en un tiempo
que no discurre; sólo el tic tac de las olas
sucede sin interrumpir el abrazo, la danza
de los que aman al son de olas, y el amar.

Copulamos, ayer, hoy, en danza cual olas
en una playa cualquiera, en un bosquecillo
o entre las sábanas de arena o de algodón,
o cuando bailamos un vals de medianoche.

Lo esencial es ave en mano, amados: un sol
que vemos nacer y morir desde alguna playa,
en el albur de nuestro primer amanecer.

 

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