Otras voces (3) : Ángel de la Torre, Isabel González Gil, Ramón Fernández Larrea y Laura Cracco

Ángel de la Torre, por Miguel Elías.

Ángel de la Torre (Lucena, Córdoba, 1991). En Ángel de la Torre hay dos pesos en una misma balanza. Una es la pluma de la juventud que vuela y trepa hacia horizontes poéticos que han de venir, y otra es el zinc de la experiencia, una suerte de baúl antiguo que viaja a la deriva del talento.

Ángel de la Torre = a poeta que ha venido para quedarse = a joven sabio = a viejo que nace a la insolencia de la juventud.

Hay algo en la poesía de Ángel de la Torre que aún está por madurar, pero presiento una rosa bellísima e imperecedera. No le falta ni el talento ni  la seriedad en el trabajo. Su porpuesta poética es firme, hermosa y de un elegante vanguardismo.

EL HOMBRE

Y sobre los campanarios, el hombre pone
huevos de tortuga
que van a dar al mar pero qué género
de hombres, uno que es agua contenida o uno que ve
la humanidad y se reconoce como barro, como boca
cocida en un horno
lamentándose de escasa pulpa

las grietas demuestran la inoperancia del tejido
las fisuras del género
ayer tenía un puñado de hombres y hoy mi mano es pasto

fluir dentro, estrangular la palabra una vez en la arteria
a veces
la marea desata el contagio y el hombre aumenta
humano.
*

Qué sabrá
el hombre de amargura
si ni siquiera se atreve a probar
su propia pulpa.

LA SIMETRÍA DE LA CENIZA / AL CONTEMPLAR /
CÓMO AGITA / LA PIEL ROJIZA

Jamás ocurrió la simetría de los cuerpos
cuando ceniza
tumbados sobre la arena
y el viento arengando
para que la arena fuera otra arena
el cuerpo otro cuerpo
y unirse a la simetría que seríamos
si el sol no deslumbrara
las gafas las dejé en casa
era un instante
salir y ver cómo te deshacías.

Isabel González Gil, por Miguel Elías.

Isabel González Gil (Salamanca, 1982). La poesía de Isabel González Gil es ágil, delicada, como una bella estatua clásica en mitad de una ciudad eléctrica. Sus versos son una tela de araña fuerte, pese a su aparente fragilidad. Luz mordiendo lo oscuro.

PRESENTE AUSENTE

El te dice
el tiempo está cambiando
es magnífica esta luz se acerca la primavera
No te dice
que se ha desfigurado la cara en sueños la última noche
que teme que le crezcan las arpías
como a otros las unas de los pies o las ganas de viajar.
Te dice
con este tiempo no puedo dar clase
estoy buscando trabajo de lo mío
Te explica
los proyectos que anota para mañana tal vez
el ribera que compro en el supermercado
y se queja del tiempo esperando
y de los precios que suben.
No menciona
que confía y no confía
que ha sentido
al enfermo y al cobarde y al frustrado
asomando por su boca
No, el te dice
veo opciones
el presidente de turno
No te dice
que cuenta solo en su piel trece fantasmas
que hoy desayuna en brazos de otra mientras te dice
es magnífica esta luz
No, no te dice
Y las palabras nos ensombrecen como barcos vacios
que dejan siluetas blancas en esta orilla.

[MEDUSE, DE JAWLENSKY]

Tu rostro es una mascara
a través de la cual veo
entre cuadros opacos

Gracias a ese mal que te atraviesa
que se infiltra
sin modo conocido
de ser a ser
en el enigma de la pura superficie

Arte como signo de otra guerra
Arte selvático y quieto
del sin
fondo humano y mortal
sacudes
el ápice mudo
encendido
mi medula de bronce

Expuesta como estas en la sala al merodeo
desatento de un grupo
me acerco y pudiera traspasarte
no en forma de paloma o lección de teodicea
sino de monstruo mítico

Y en este instante que no perturba
tu quietud de obra
doncella madre y anciana
ya me sobrevives.

Ramón Fernández Larrea, por Miguel Elías.

Ramón Fernández Larrea (Bayamo, Cuba, 1958). En la poesía de Ramón Fernández Larrea se dan la mano lo cotidiano, lo filosófico, la mueca, el reto, ese lento dolor, la sensualidad, lo animal de la lluvia que hace el papel arder…

He aquí algunos botones de muestra:

MANUSCRITO ENCONTRADO EN GUANABACOA

hemos deseado tanto
hemos renunciado a tantas cosas
que aprendimos de memoria el perdón

supimos que había caminos
y olvidamos las fugas de última hora
hemos puesto cara de circunstancia

había vitrinas bellísimas en el mundo
y dedos diminutos en la basura de luanda
un hambre llena de elefantes
con putas diseñadas por christian dior

sabemos que hay mar por doquier
los campos de maíz también son extensos
es un crimen poner debajo de la almohada un volkswagen

soñamos pese a todos los vidrios
nuestra virtud es un raro caleidoscopio

la lengua de los retóricos no puede acercar el mañana
han muerto esperando los vigías

alguien habrá que lo anuncie
nosotros habremos partido de seguro

y aprendimos de memoria el perdón.

DECLARATORIA DE HEREDEROS

los asesinos de pasado mañana
con el cetro quemante y decretos de adormecer
los reconocerán en el césped brillando
en el leopardo en un ojo
los reconocerán por el leopardo
de la incredulidad y en el sol orgulloso
que se les va a derrumbar por las bocas

los mentirosos del próximo siglo
cargados de pupilas y sustancias fatales
les verán en el humo ingenuos y lindos
rubios o verdes o con esa cara
que ponen los gitanos cuando se les pudre una guitarra
pero así
con los dedos sin conocer sangre o política
sin pistolas porque matar de mentiras
también es matar en el corazón y no se puede

con los pelos revueltos andarán al amanecer
mis hijos los del mundo los que no tengan desierto de gobi
los que fabrico ahora en la saliva y en los brazos
para que hagan la venganza.

Laura Cracco, por Miguel Elías.

Laura Cracco (Barquisimeto, Venezuela, 1959). En nuestro Encuentro en Salamanca Laura me obsequió con su libro Lenguas viperinas, bocas Chanel (Torremozas, 2009), sobre él he escrito estas letras. Solo la dedicatoria de su libro (un abrazo hacia un ramillete de mujeres) da un pista acerca de la poesía de Laura. Un universo herido y melancólico, una escritora frágil, de belleza ebria que se rompe contra el mar o el abismo. Hay un largo caminar en su obra, un caminar sin zapatos sobre las piedras de la vida, a ras de una ventana o una fruta que se pudre. Hay belleza metida en una jaula, un grito silencioso, teléfonos haciéndose el harakiri. Hay versos que se han roto antes de nacer. Hay sangre que menstrua sola, en otras bragas, dentro de un paisaje de humo y hombres que se han ido. Hay incomprensión, porciones de soledad, la individualidad del ser buscando su sitio entre la maleza urbana. Hay saudade, tierra que se aleja de las manos, cajones oscuros, labios que besan el sudor de una sandalia. Poemas breves, poemas en prosa, discursos, cuentos o reflexiones, cualquier pretexto es valido para Laura Cracco para contar una historia, para contarse en las alas del vacío.

Os dejo algunos poemas suyos que aparecieron en la antología del Encuentro de Salamanca He muerto y he resucitado:

 EXTRANJERA

“exilio que domos et dulcia limina mutant
atque alio patriam quaerunt sub sole iacentem”
VIRGILIO

I

Decía la voz pegada a su espalda,
el mar metido bajo su camisa.
Entonces supo que debía marchar aunque nunca supo a dónde,
porque no conservaba ni tilos ni flores ni retratos
empolvados en la infancia.
“Lo primero que vi fue una isla rodeada de diamantes,
quise tocar la costa y los diamantes eran lanzas
y el agua, cieno.
Más adelante una ciudad enloquecía de luces,
las aceras semejaban alfombras persas,
cuando pisé entendí que caminaban hacia sí mismas.
De nuevo me encontré en el fondo del mar,
el timón seguía su propio curso.
Levité sobre las olas y vi una nueva ilusión cerrando el paso,
¿era Atenas o Nueva York?
Unos hombres lanzaban desde el muelle tomates podridos.
¡Extranjera!,
susurraba el mar a mis oídos,
¡extranjera!”

Entonces gritó sobre la popa y su grito
rajó el teatro en dos mitades:
“Extranjeros los rayos de sol quemando mi rostro,
extranjero el cielo encerrado en la cúpula de las nubes
para pasto de aves y miradas voraces,
extranjera el agua que moja los cabellos y no puede detenerse
ni asentar su humedad en un lugar específico,
extranjero el mar que es tumba y vientre de sí”.
¡Extranjera!, gritó de nuevo la voz
y vi sus huesos blancos volverse polvo
llevado por los vientos.
Porque comeremos castañas de navidad en cualquier rincón del globo
y tú seguirás perteneciendo a la inmensa raza que carece de suelo
de flores y sólo recibe letanía de mar come castañas y pavos asados
mientras hunde su cerebro en la soledad del mar.

II

Extranjera detuvo un momento su barca
en el centro mismo de todos los mares,
donde sal y agua mezclaban sus dos eternidades.
Probó rocas, bosques, el maderamen de su barca
y le supieron a nada.
Abrió sus pulmones tanto como pudo
buscando el olor veraz del universo:
ningún olor, ningún sabor,
sólo el quebradizo eco de ella y su barca.
“Extranjera el agua que carece de voz,
extranjeros los hombres que nunca podrán ser,
extranjeros los recuerdos que pululan mi alma
buscando un leño añoso donde aferrarse,
porque nada son,
nada fueron,
migajas de un tiempo inexistente,
de una totalidad que la variedad oxida.
Extranjeros los hombres que nunca podrán ser
más que bagazos de una caña rota.
Extranjera mi alma que no comprendió su muerte
y sigue anhelando una precaria eternidad”.

Y sus uñas negras se hundieron en el leño
de un mar intocado.

“Vinoso, vinoso mar llamó un poeta mi sed,
vinosa letanía.
¿Eres tú o soy yo este susurro que apenas roza el viento?
Eres tú, viejo lobo, o soy yo
quien gimotea:
Cuánto se parecen a la muerte el mar y ella,
como el picotazo de una gaviota,
como las hendiduras efímeras
que va arrastrando una lancha sobre sus aguas,
como este aire henchido de quietud, de soledad,
que ojea inmensamente nuestros cuerpos en el malecón.
Sus greñas blancas se afierran a las rocas
en un intento desesperado de escapar a su eternidad.
Detrás de esta quietud,
de esta insufrible armonía que nos ignora
se esconde nuestra suave caída
y el viento lo anuncia,
nuestra muda e interminable caída
como una gota de agua pesada
en un pozo oscuro y pegajoso.
Detrás de ese azul tan sutil y lejano
se esconde nuestra propia caída,
nuestra caída suave, silenciosa
en un estanque oscuro, pegajoso.

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