Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo

(Imagen: Ubé)

MONÓLOGO DE ISABEL VIENDO LLOVER EN MACONDO

El aire se hacía duro dentro de la boca.
No sé si la mañana trajo campanas de domingo o estaba sola en aquella ventana
donde el mundo se reflejaba ahora distinto.
Porque una nunca sabe de dónde llega lo negro,
hacia dónde viaja lo negro,
qué mano tiene y rasga lo negro,
de qué modo su baba cae sobre la almohada
y humedece tus sueños más íntimos,
esos que duermen entre los pétalos de un muslo que nadie toca ya,
solo el agua cuando salgo al patio y me dejo llover entera,
y asomo los ojos a ese viento que azota los cables y las vacas,
sus rabos quietos en la tarde,
sin moscas ni música.
No sé en qué momento mi vientre empezó a crecer bajo el agua,
se llenó de criaturas fértiles que estiraban sus ramas dentro.
Y yo no tenía otra cosa que hacer excepto esperar el fruto del agua,
porque atrás quedaron los padres muertos,
su forma de cerrar los ojos aquel día que ya no se puede contar,
porque la muerte tiene dedos sin calcio
( me dijo mamá al oído)
y se quiebran de cinco en cinco
y entonces una empieza a contar las migas huérfanas del pan
y se mece en sus vestidos
y se huele el hambre,
los restos de la miel que otrora lamía un perro,
cuando había casa,
cuando el fuego le daba calor a los silencios y todo estaba mudo fuera,
también la memoria o el amor,
que a veces se confunden
porque los arropamos con idéntica mortaja,
así,
muy despacio entre los pinos,
hasta hacernos grandes,
igual que este vientre que me lleva,
que me empuja al charco donde un insecto agoniza en soledad,
como si fuese el último insecto del mundo,
la última piedra carnal del mundo,
el último hombre con alas que fue padre y fue teta,
que fue semen de Dios perfumando los árboles.
Una va y viene de las tormentas pero no hay puertas allí que te conduzcan hacia lo blando.
Porque detrás del corazón de una tormenta no hay más que metales bruñidos,
bocas de sierra masticando el color,
esas migas de pan que cuentas y que ya no sirven para otra cosa
que no sea matar otros vientres,
devorar otro pensamiento en la humedad asesina de la tarde.
Y yo me he quedado en el mundo sola,
cosida a este agua que no corre,
este agua que es solo agua ensuciando los huesos de un reloj.
Cumpliré años dentro del agua ,
pero no sé.
He perdido los rezos que me beben.
He perdido el peso de mi cruz.
Porque este vientre es ingrávido,
como un cometa que existe en algún lugar que no se ve.
Es posible que mañana imagine melodías en la cumbre más lluviosa de mi voz,
palomas mojando sus picos en la sangre del agua
y después,
un ruido sordo que no es de aquí.

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