Sombras

(Imagen: Ubé)

SOMBRAS

Pasar de lo oscuro al corazón mordido de la luz.
Todo sigue,
se continúa sobre el horizonte,
como la idea insiste en el aire de un pensamiento.
Mitad humana – Mitad virgen de la tierra.
Una divinidad desesperanzada,
con las venas rotas y la familia hundida en el naufragio de una emoción.
Sola y maniatada,
con el pálpito por estrenar,
mientras en los tejados se escucha un maullido de tambor
y las manos, abajo del sueño, se dispersan.
Después vendrá el calzado de un ángel,
zapatitos musculosos que dicen ven, bebe del cubo de mi sangre
y eructa hombres que no crecerán,
niños-árboles sin alma
que reptan hacia los agujeros de la luz.
Después vendrá un padre automático
para poner en marcha el motor del odio.
Todo sigue igual,
familias higiénicas cabalgando los hilos de la noche,
amantes en tecnicolor que no saben lo que es el cariño de una lámpara,
viajes hacia el interior del barro,
ese cabello que cae en el olvido de la sopa,
flores abriendo su herida en el asfalto,
voces de armario / pasos de maniquí / música de mesas rotas /
y luego / y siempre / y a cada rato la lluvia cambiando de ropa interior /
paseando desnuda por las aceras del cielo / sin ganas de aparearse /
poniendo un solo huevo sobre el pecho de las catedrales /
Apestada (yo)
una peste de la genética,
sin nudos familiares a los que esperar tras el ojo de una ventana.
Perversa (yo)
cualquier cosa sin raíz dispuesta a deshacer su perfume
en los rincones.
Después la gente,
como dragones azules que buscan.
Gente como moscas de cadáver.
Gente apareándose con la sombra sorda de otra gente.
Más gente aún recogiendo postales con su dentadura,
retratando el ritmo cojo de un timbal.
Es imposible entenderse con la gente,
respirar el aire de su insignificancia,
peinarse a la moda de su mediocridad.
Luego un rastro perfecto,
de diabla entrada en la senectud,
una diosa de los afectos que se tuercen,
sin fiebre,
con la temperatura de un reloj detenido en el cemento.
Y más tarde regresa la piel familiar de una fotografía.
Es por eso que hay que ponerse a comer infancias,
casas que ya son ceniza,
una puerta por la que penetra el fuego
con su falo de olvido.
Será en un tiempo distinto cuando venga a hacernos compañía
la copa más alta de un niño,
el alcohol de una rosa hirviendo en las cafeteras.
Porque todo lo mueve estas ganas de quedarme dentro
mientras camino hacia un lugar que no existe.
He de tener una vida larga y solitaria,
de letra gorda que se suicida,
de mirada alta retando a los fantasmas.
Y después la fe,
conversar con el color negro
y descubrir que es más negro aún.
Hacer el amor con una fábrica y acabar dormida en el latido de un bosque.

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