La negra triste

29249207076_b7c9c757ff_z(Imagen: Ubé)

Había escapado un momento de casa. El día no acompañaba y la gente se había visto obligada a sacar sus chaquetas del armario. Es el frío traicionero de agosto, un aire que no termina en Huesca cuando llegan las fiestas y hay albahaca bostezando en las aceras y hay tenderetes de ropa expuestos al sol, bajo unos toldos amarillentos por donde se cuela la luz y la lluvia, donde picotean los pájaros que no han podido encontrar los árboles.

Había escapado un momento de casa con la excusa de ir al cajero automático. No tenía intención de salir, solo fue el impulso de buscar la tristeza del cielo, esa lluvia que no acababa de caer. Me gusta salir a la calle cuando llueve o el cielo comienza a enfadarse, cuando los cristales empiezan a perder su claridad y la gente mira hacia arriba, como si buscase una respuesta a sus problemas, como si buscase el rostro amado de sus muertos. Solo eso. Una excusa, un no saber qué hacer en casa, tal vez el bloqueo, la hoja en blanco, el hecho de que mi móvil no hubiese sonado durante tres días. Y no es que esté enganchada a las redes sociales, es que si no te llaman o no sale tu foto en el portal de facebook, no existes, si no escribes un verso oscuro o anuncias un premio literario o enfermas de gravedad, no existes. Todo está esperándote ahí adentro, en el vientre de una ballena inhumana llamada ordenador. Allí la vida transcurre con una lentitud veloz, todo caduca antes de que despiertes de la  siesta, tus datos se pierden mientras compras tabaco en el estanco o buscas un tomate maduro en la frutería. Pasa la vida, su metal, los cables amorosos con los que el mundo conecta al mundo que respira selfis , éxitos, viejas canciones de amor.

Había escapado una momento de casa para poner en orden mi cabeza. Para saber si Adela iba casarse al fin con Roberto, para decidir si iban a ser felices hasta el final de la novela, para programar hijos o catástrofes, qué se yo. Se llama escribir. Darle golpes a una tecla dentro de una habitación con luz pálida, al lado de un balcón viejo desde el que me asomo a contemplar los vencejos. Los vencejos están preparando sus maletas porque es agosto y pronto emigrarán. Pero me quedan las golondrinas, ¿no lo he dicho? Perdón. Tengo golondrinas, soy uno de  esos seres afortunados que escuchan aún el canto íntimo de una golondrina. Desde mi cama las oigo recitar, deben de ser versos de aire, una copla de amor muy antigua, mensajes en clave de muertos enamorados que ahora son ceniza ronca que se escucha a través de sus bocas. Las bocas de las  golondrinas son inmensamente mínimas, como el pecado de un niño recién nacido, como la sospecha de un padre que acababa de matar a otro padre y que sabe que morirá a manos de su hijo. Las golondrinas son todo eso. Lo que no se podrá escribir jamás porque no se entiende. Ellas hablan el idioma de los seres difíciles, de lo sencillo que se mueve a deshoras, de lo que oculta el secreto de la felicidad. Y van de un tejado a otro, de los cables de mi tendedero, al poste de electricidad, son una familia entera declamando el misterio, a la mañana, a la noche. Cuando no las veo me siento triste. Tal vez esa tarde salí de casa por ese motivo, porque no había escuchado el canto de las golondrinas y empezaba a anochecer y el cielo se partía en dos, y el color gris engullía al color verde de la fiesta.

Entonces la vi. Era una mujer negra y muy alta, tan negra como alta, su cuerpo esbelto cargaba a la espalda con un niño, supe que era un niño porque vi asomar su cabecita, pero el niño iba dentro de una pañuelo blanco que la mujer llevaba atada a su cintura. La cintura de la mujer era frágil, como la de un junco, pero era capaz de sostener al niño, de sostener el ritmo de un marido que se adelantaba unos pasos y hablaba por el móvil. Un hombre negro con una túnica anaranjada, un hombre pegado al móvil que llevaba un fardo de sombreros festivos envueltos en un pañuelo blanco. Su peso más liviano que el de la mujer, sus paso más seguro, su corazón como el pecho de una piedra. La mujer tenía los labios gruesos y, de vez en cuando, al caminar, le daba sorbitos al aire. Nunca he visto unos ojos más tristes, nunca he sentido dentro de mi corazón una puñalada más certera. Sus ojos clavando su tristeza sobre mi vestido verde, sobre mi peinado rojo, sobre mis pendientes de oro , su tristeza lamiendo mis piernas desnudas, la forma en que yo caminaba por la acera, el hecho de abrazar a mi esposo y que mi esposo besara mis labios, mi vestido verde, mi libertad en llamas.

Nunca he visto una mujer tan triste dejarse morir en las aceras, arrastrar el hambre de un niño, llorar sin ruido en el color blanco de la tormenta.

Después se puso a llover y ella esperó en una esquina a que su marido acabara de hablar por el móvil. No tardaron en buscar un sitio para desplegar los sombreros. La calle. La fiesta. Uno que pasa y mira, muchos que pasan y no se dan cuenta de que ella está allí, dándole de mamar  a su hijo la violeta seca de sus pezones. Y mañana será otra ciudad, el mismo peso,  idéntica fiesta dormida  en el alcohol, una tristeza más honda, el frío de la  conformidad.

En sueños, la imagino dentro del agua, sola, convertida en jugo  de rosa, en charco dulce donde más tarde las golondrinas mojarán su pico y me darán de beber.

Luego despierto y no sé si volamos todas juntas o el mundo ha echado el cierre.

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