La travesía del cisne

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Miro el cielo.
Está gris.
Cubierto por el polvo de una fábrica que queda lejos.
Quizá la fábrica no exista más que en mi imaginación
y deba inventarme un problema con el cielo,
una especie de muerte en el color gris,
como si el cielo tuviese una garganta incapaz de respirar más colores,
de escupir la lluvia
o los rayos del sol.
Hay ciudades lejos de esta ciudad que siempre están en alerta,
que no acaban de ver con claridad sus días
y que están sentenciadas a muerte.
Es la globalización.
Aprendan bien esa palabra
porque muy pronto nuestros hijos
no levantarán el rostro para ver el cielo,
porque el cielo habrá desaparecido en una pantalla gigante
que engullirá lo real.
Allí todo será falso,
habrá un decorado falso,
de edificios falsos,
de falsas cigüeñas
poblando los falsos cimborrios
de las falsas catedrales,
unas calles falsas,
con sus aceras falsas
y sus comercios falsos,
con aquella falsa señora abanicándose en el balcón,
habrá risas falsas,
terrazas de bar falsos,
café al borde de labios falsos
dejando su negrura caer.
Hay ciudades que no tienen un lugar como este
donde escribir la tarde,
que no ven pasar sobre la luz del sueño
el desfile nupcial de los cisnes.

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