Poemas en racimos

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En el último número de la revista cultural TURIA aparece un poema mío titulado “Sangre rosa“. Es un honor, como siempre que se me ha pedido, participar en esta revista tan importante junto a tantas y tan variadas voces literarias.

Este número está dedicado a la figura de Ramón Acín, un homenaje muy merecido, sin duda.

En segundo lugar, también tengo el placer de participar en la antología que ha llevado a cabo el Ayuntamiento de Salamanca, coordinada por el profesor y poeta Alfredo Pérez Alencart, centrada en la lucha contra la violencia de género, titulada “No resignación. Poetas del mundo por la no violencia contra la mujer”. A los textos de los ciento treinta y cinco autores convocados, se suman al libro cuarenta y cinco pinturas, dibujos y litografías del destacado pintor Miguel Elías

Voces de todo el mundo se han unido para denunciar con sus versos la violencia machista. Uno de mis poemas, “Latido”, forma parte de todas esas voces que gritan.

La antología se puede leer y descargar gratis en este enlace.

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Os dejo mi poema latido para ir abriendo boca:

LATIDO

¿De qué sirven los palacios de una rosa si solo se habitan los salones de sus espinas?
Ahora escucho el latido firme de las horas y bajo mi herida,
está el hombre que me amó,
el mar que me dio su mordisco más demente.
Y yo estaba aferrada al golpe de una casa.
Pero decir casa a veces es decir cárcel
o prisión primigenia
o mujer dentro de la piel podrida de una manzana.
Y yo me llamo Eva y me levanto cuando la noche aún aletea
y le doy de mamar a la esperanza y a un hijo que acaba de nacer de las arañas,
después rasco mis bolsillos y tomo el bus de camino al trabajo.
Allí conozco a otras mujeres que como yo callan,
que ocultan bajo el manto del silencio la cicatriz de su vergüenza.
Entre nosotras hay hilos de plata que mueven el latido de nuestro corazón.
Somos animales desnudos que giran la cintura de su hambre
sobre la órbita ennegrecida del cielo.
Porque yo rezo y creo en Dios y me arrodillo dentro de la sal
y me golpeo las trenzas como si fuese hija de Hécuba
o prendo el fuego de un tambor
para que alguien más allá de los abismos pueda escuchar mi voz,
este aullido que me come y me atraviesa.
Dicen que debería hablar,
coger a mi hijo,
hacer una maleta de flores y hundirme en el vientre de otro paisaje.
Sin embargo no tengo fuerzas,
porque él me ata a las garras del miedo un día y otro día aún,
mientras la tormenta estalla sobre el plato y se hace añicos el amor.
Es entonces cuando caigo muerta en mitad de la costumbre y su droga.
Y yo ya no recuerdo nada excepto que he de trabajar,
hacer la comida,
servir pan de hombre en descomposición,
recibir con la obediencia de un cadáver toda la fiebre de su ira.
Aunque tal vez mañana…
Sí,
dicen que mañana bajará un ángel a darme miel de sus propios labios
y entonces me nacerán unas alas de nieve purísima
y podré enfrentarme a los cuchillos
y romper este silencio de plata que anula mi sexo y mi condición,
el derecho a abandonar este campo de exterminio
para trepar hacia la boca ardiente de los árboles.
Me llamo Eva, sí,
y soy mujer,
niña,
anciana,
rosa pálida enfermando a la luz angustiosa de los días.
Pueden buscarme en el roto de un cristal,
en la penumbra amarilla de un mal sueño,
en esa nube que rompe a llorar y nos sangra dentro del pecho.

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