Pregúntale al padre (2) – Minipieza teatral

(Imagen: Ubé)

(Cuando vuelve a encenderse la luz, las dos mujeres están sentadas en el suelo, revolviendo entre viejas fotografías)

UNA: (Mirando una foto) Aquí estás enfadada porque no querías subir otra vez a la noria.

OTRA : Estaba enfadada porque me acababas de vomitar en el vestido. El vestido era nuevo y lo estrené ese día. Ese día era Navidad.

UNA: Papá en Navidad siempre nos llevaba a la feria.

OTRA: Bueno, decir que nos llevaba a la feria es mucho decir. En realidad nos dejaba en la feria y él se iba al bar.

UNA: Es cierto. Tenía la excusa perfecta. Era un modo muy familiar de emborracharse.

OTRA: Nos compraba diez viajes en cada atracción. Recuerdo especialmente el tren de la bruja. Cuántos escobazos nos llevábamos. Diez viajes horribles en aquel tren que olía a caca de perro y a algodón dulce. Con aquella bruja que en realidad era un tipo con falda y peluca. ¿Recuerdas el hedor a whisky barato que desprendía su boca? Su boca era como una cueva con mil ladrones muertos en su interior, sin luz ni espejos en los que ver el reflejo de la esperanza. Y daba escobazos con inquina. Aún conservo un chichón aquí, en el centro de mi cabeza. Con los años, he llegado a pensar mucho en él, y a modo de conclusión te diré que su violencia era el resultado de una venganza, la venganza de su propia vida de mierda, como si los niños fuésemos el blanco perfecto donde vomitar toda su frustración.

UNA : ¿Pero la del vómito no era yo?

OTRA: Sí, pero eso fue después. Siempre vomitabas después, cuando la bruja que era hombre alcohólico se cansaba de golpearnos la cabeza con una escoba de tres pelos.

UNA: ¿De tres pelos?

OTRA: O de tres puñales.

UNA: ¿Y sería el mismo hombre alcohólico de siempre, año tras año?

OTRA : Siempre es una palabra difícil de asumir. Pero es posible que su vida fuese un continuo tren con niños que descarrila en el alcohol.

UNA: ¿Crees que tendría familia?

OTRA: Su escoba.

UNA: Aparte de su escoba.

OTRA: Quizá su madre era de otro país y estaba engordando en el aire de una fotografía, cualquier fotografía parecida a esta. Tal vez su madre se llamara Katy y no tuviese dientes y fuese incapaz de levantarse de la cama porque tenía una extraña enfermedad en los huesos que provocaba que sin hacer nada, se rompiesen, como si los huesos fuesen cristal o una joya muy mimada.

UNA: Pobre bruja hombre. ¿Y tendría padre?

OTRA: (Revuelve entre las fotografías) Sí, el padre de la bruja hombre sería este señor con bigote que saluda a la cámara con el sombrero en alto.

UNA: (Mirando la fotografía) Me parece un hombre muy mayor para ser el padre de la bruja hombre. Ese señor al menos es del siglo dieciocho antes de Cristo.

OTRA: ¿Y qué más da? El tiempo no es nada, solo cifras que se pueden borrar, solo un desfile de mariposas macho a las que se puede cambiar el rumbo de su melancolía, solo un pañuelo sucio en mitad del polvo, solo una esencia de violeta en el interior de un tambor que le canta a la tarde o a una mujer que espera frente a la ventana el regreso de su virginidad. Yo digo que este señor con bigote que saluda a la cámara con el sombrero en alto es su padre. Y digo además que su padre era militar terrible.

UNA: Eso ya me encaja más, tener un padre militar terrible ayuda a convertirse en bruja hombre y entregarse de por vida al alcohol.

OTRA: No te dejes engañar por las apariencias, a pesar de que era un militar cruel y que mataba al enemigo sin ni siquiera levantar los ojos del New York Times, era un hombre de grandes sentimientos; solía llorar viendo crecer las espinas de una rosa azul en el jardín y cuando los perros del barrio caían muertos a sus pies, después de lamer el brillo de sus botines.

UNA: Eso es porque el brillo de sus botines estaría impregnado de veneno, seguro.

OTRA: O porque los perros del barrio estaban viejos ya y morían sin más, frente a la belleza engañosa que brilla.

UNA : ¿Cuántos perros del barrio habrían muerto a sus pies?

OTRA: Dos, Sultán, un perro salchicha y Perla, una perrita muy ordinaria que perteneció a una cantante de opereta.

UNA: Dos perros no es casualidad. En el brillo de los botines del señor militar había un veneno muy bello y amoroso.

OTRA: Es posible, pero nunca investigaron las muertes de los perros del barrio. En cambio, cuando murió el señor del bigote que sonríe a la cámara con el sombrero en alto, se hizo un funeral a lo grande.

UNA : ¿Y acudió su hijo, el que daba escobazos en el tren de la bruja?

OTRA : Me temo que no. Nunca conoció a su padre. Su madre, la señora Katy, le dijo que su padre había muerto en el mar, dentro del abrazo de una ola, un día gris de agosto. Puede que muy cerca de las costas de Australia. Hay quien se atreve a afirmar que el barco transportaba de contrabando 400 pianos alemanes y que tan solo consiguieron salvarse del naufragio unas cuantas partituras y una soga.

UNA: A pesar de todo creo que si se hubiesen conocido, se habrían amado. Tenían muchas cosas en común; su odio a los perros del barrio y su amor por el alcohol y los barbitúricos.

OTRA: ¿Quién te ha contado lo de los barbitúricos?

UNA : Pura intuición, todo hombre de mar se entrega a los barbitúricos del pasado, toda bruja infantil hace el amor con la droga del presente.

OTRA: Has olvidado las noches.

UNA: Las noches sirven para dormir o para planear crímenes.

UNA: ¿Cuántas veces planeaste matar a papá?

(oscuro)

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