Acerca de angelicamorales

Escritora, actriz, artista polivalente...

Sin título

(Imagen: Ubé)

tantito así
y hay luna gorda
como tus pechos
y está cachonda
y se le ve la baba sobrevolando la luz
tantito así
tu pie ahora sobre el barro
tu pie ahora desnudándose de tu pie
mientras el aire se pone interesante
y un poeta fuma dándole la espalda a la ventana
tantito así
la espera
la compasión
los atentados terroristas
la ternura de un animal cayendo sobre sus patas
en el corazón del mármol
tantito así
el sacrificio humano
aquella planta que respira por tu boca
un viaje al fin de los abismos
pequeños pasillos repletos de gente enferma
que intercambia bolsas chiquitas de sangre
o cromos de la tercera guerra mundial
tantito así
ahora dobla la columna
ahora mira a la cámara
ahora moja tus labios
ahora hazte una herida en puro directo
ahora el luto
el gemido
las antenas parabólicas
una pantalla de ordenador
tantito así
y he aquí que internet es una bomba atómica que se expande
o una puta abierta de piernas
en una habitación donde sobran los capítulos tristes
tantito así
un suspiro
un helado
las aceras vomitando búfalos
tantito así
mira ese reloj
tic tac
tic tac
está hecho de tu carne
mira esa fotografía
la tomamos un martes muy santo
tú y yo
después de besarnos
con la lengua seca y las moscas
era una reserva de hombres blancos
inmaculados
con los dientes nuevos y colocados
en perfecto orden sobre un ataúd
tú estabas cansada y dejé grabando el móvil
luego salió una película de terror muy antigua
del 2019 aproximadamente
tantito así
alzar el alma en lento
(su idea / Spinoza dixit)
y contemplar la angustia de la nieve
sobre los tejados

Cumpleaños feliz

Hoy cumplo 47 años. Bueno, en realidad no sé si son 47 o 120; en cualquier caso un año más y yo encantada de la vida.

Aquí os dejo una ración de egos revueltos en forma de fotografía.

Guardar

Peces eléctricos

(Imagen: Ubé)

(Publicado en el Diario de Teruel, 8 de agosto de 2017)

PECES ELÉCTRICOS

 

(Inspirado en un deseo oculto de Gonzalo Torrente Ballester)

 

“En las últimas horas de la vida de un poeta, Dios se apiada de él y le permite mantener una conversación íntima con el personaje literario que más haya admirado”.
Esta cosa tan fántástica se la escuché decir a mi amigo Palomo Cienfuegos, poeta de estirpe, alto como un ciprés, con la cara alargada, la piel dura y cuarteada, con una cicatriz muy carnosa en la mejilla izquierda que nunca se supo a ciencia cierta en qué recuerdo sentimental había nacido, qué mano u objeto pudo arrancar de un tajo pedacitos de su carne y despues ir cerrando el camino de su dolor como se cierra una cantera o una farmacia. Alguna vez le pregunté a Palomo Cienfuegos por la causa de semejante estigma y esto es lo que contestó:
—–Lo mismo fue mi padre en una de sus cogorzas.
—–¿Don Francisco?
—–Ya te digo.
—–Pero tu padre era un santo varón, un hombre de letras y de pacifismos. No me encaja.
—–Pues igual lo hizo cuando estaba lejos de toda intelectualidad.
—–¿Me estás diciendo que el insigne poeta Francisco Cienfuegos y Campoamor te molía a palos?
—–Es posible. Ya sabes que nunca he tenido mucha memoria. Por eso escribo, supongo; para capturar en el aire lo que se me va en el aire del pensamiento.
—–Eres de un rarito…
—–Lo mismo no fue mi padre y el pobre ahora, al escucharme, estará revolviéndose en su tumba.
—–No me extrañaría. Oye, pero si no fue él, ¿quien te hizo ese tajo?
—–Lo mismo nací así. Me arañé en el feto de mi madre. O fue mi gemelo. Eso es.
—–Pero si tú eres hijo único.
—–Ahora sí, pero en el vientre de mi madre éramos dos, mi hermano Filomeno y yo. Lo que pasó es que nos dio por pelear porque los dos queríamos acaparar el cariño de mi madre y la admiración de mi padre. Además, los dos queríamos ser poetas gloriosos que pasasen a la historia. Y ya sabes, amigo mío, que eso es imposible. Un poeta genial , un siglo. Y dos en la misma familia, nanay.
—–Así que te cargaste a tu hermano y la cicatriz es una herida de guerra.
—–Puede ser.
—–¿Y tu madre qué dijo al ver que no llegaba al mundo Filomeno?
—–La pobre no debió enterarse de que tenía dos poetas dentro de la tripa. En aquel entonces no había tantos aparatos.
—–Oye, ¿y qué hiciste con su cadáver?
—–Pues qué voy a hacer, comérmelo, como hace un buen gemelo caníbal que se precie.

Palomo Cienfuegos siempre estaba fantaseando. La historia de los gemelos era tan increíble como el hecho de que hubiese vida más allá de la Tierra, pero me divertían mucho sus ocurrencias y con tamaña imaginación, le vaticiné un buen porvenir en el mundo de las letras. Sin embargo, Palomo, a pesar de su empeño, no llegó a ver cumplido el sueño de ser un poeta genial; más bien fue un poeta mediocre que no publicó mas que un par de madrigales en las fiestas de su pueblo y que tuvo que marcharse a Francia después de la guerra porque lo acusaron de rojo y su madre se murió de tuberculosis. En Francia dejó de lado la poesía y se dedicó a dar clases de español y por las tardes a frecuentar un café donde solía reunirse la bohemia francesa: actores, actrices, poetas, novelistas, republicanos exiliados, intelectuales , críticos…
Me escribió un par de veces y luego le perdí la pista. Me dijeron que murió al poco tiempo de llegar a París, solo, en una habitación que no tenía ventanas. Entre sus cosas encontraron mi dirección y una foto que nos hicimos juntos cuando estudiábamos en el seminario.
Pero estaba hablando de Dios. Decía que cuando un poeta está a punto de exhalar su último aliento puede pedirle a Dios una conversación privada con su personaje literario favorito. En ese asunto ando yo ahora, en pensar en cuál de todos los personajes literarios que han pasado por mis manos y por mis ojos quisiera tener a mi lado. Hoy, catorce de agosto de 1970, cuando el termómetro marca 40 grados en el zaguán y mi gato Froïd se despereza en mi cama, en el lado derecho, un poco más allá de donde la enfermera que cuida de mí ha dejado la palangana que contiene el agua y el vinagre con el que alivia el fuego de mis entrañas.
La enfermera es bajita y gorda, sin cuello, con un lunar grande en la garganta y otro más pequeño junto a la boca. En ambas superficies ha crecido un ramillete de pelos negros que la enfermera no se ha molestado en cortar. Se llama doña Concha y lee novelas de Corín Telllado cuando cree que estoy dormido. De vez en cuando, a uno de mis ronquidos, se levanta, me toma el pulso, mira mi boca, se acerca, abre mi boca, introduce su nariz picuda en ella y un termómetro y después regresa a la lectura. Sus piernas son gruesas y tiene varices, Si hace mucho calor, agarra el abanico que descansa sobre su regazo y lo agita con fuerza. El gato Froïd refunfuña por el golpe violento de aire frío y sale disparado hacia el pasillo donde se pone a maullar como un descosido, como si quisiera decirle a doña Concha: “Maltita sea su estampa, eche pa ya el aire, señora, y no moleste”.
Si tuviese ganas, me reiría, sin embargo no es el caso. Soy un moribundo. Un viejo que tiene los minutos contados, que no puede tragar la sopa y mucho menos decir Pamplona cuando doña Concha se empeña en mojar galletas en la leche y hacer fuerza con la cuchara para que yo abra la boca al fin. Todo lo que hace doña Concha es a la fuerza. La imagino regando las macetas de su balcón a la fuerza, bailando un chotis con su esposo en las fiestas del barrio a la fuerza, sin dejar de morder con fuerza un clavel, sin dejar de engullir a la fuerza pedacitos de anís del mono.
Y en esas estoy o estaba, ya no sé, apagándome a poco, como una gota que cae angustiada en el lavabo, después de que hayan cortado el agua, pensando en qué personaje literario elegiría para que esa conversación íntima pudiese llevarse a cabo. Dudaba entre Casandra o Hamlet. Hamlet o Casandra. Al final, sin darme cuenta exclamé:
—–¡Que venga Hamlet!
Entonces llamaron a la puerta. Mi sirvienta Paquita fue a abrir y yo sentí que en mi pecho empezaban a galopar los peces eléctricos.
Cuando Hamlet llegó a mi alcoba, yo ya había muerto. Pero aún puede oír como doña Concha le preguntaba si era mi amigo, si me conocía de hacía mucho tiempo, si tenía problemas económicos o si por el contrario, mis cuentas bancarias estaban en orden. Le dijo también que no había nadie para encargarse de mi entierro, que estaba solo porque era uno de esos hombres huraños que no salían de casa y se dedicaban a escribir versos.
—–Poeta, fíjese. Para qué quiere nadie ser poeta pudiendo ser notario o médico de cabecera.
Luego le sirvió un café y le dio las mismas galletas duras que me hacía engullir a mí a la fuerza.
Antes de que Hamlet abandonase mi hogar, le confesó que me había ido del mundo como un bendito, eso sí, que en el último momento, me había cagado por la pata abajo.
Hamlet le dio las gracias y a mí, alguien que más tarde reconocí como mi amigo Palomo Cienfuegos, me cubrió el rostro con una sábana amarilla.
—–¿Ves como yo tenía razón? —–me susurró al oido. Iba acompañado por su gemelo Filomeno.

Guardar

Guardar

Cosas que empiezan por a

(Imagen: Ubé)

cosas que empiezan por a
abecedario
abracadabra (plas / plas)
amanecer
anestesia
alcanzar (tomar prestado un cinturón que arde / la fiebre de un animal que te persigue)
atleta
anatema
asceta
arácnido (un sueño dentro de lo oscuro / un nido / un banco / un hogar con hipoteca)
atardecer
aleluya (o Leonard Cohen ajustando las piedras de su voz)
alfombra mágica
alambrada (un puñado de niños rezando dentro de su carne muerta)
almirante
alcantarilla
amor (o serpiente crucificada en círculo)
alergia (a los muchachos rubios / a la peste en Venecia cuando se encuentra dormida)
alegría (pensemos en un prado de margaritas masturbando sus hojas al sol)
atropello (un escaño vendido en el parlamento / un sombrero cuadriculado / un tanque partiendo en dos la madrugada)
álgido (un seno / la curva de su dolor / el perfume de violetas apuntando hacia las cárceles)
acatar
asombrar (un circo / una bicicleta acuática / la pecera donde un hombre desnuda sus miserias)
acostarse (con el hombre / con la sombra del hombre / con la mujer / con las botas en punta de la mujer)
aceptar (una flecha de agua que señala hacia las grietas del cielo / una composición de Mahler abriendo las enaguas del mar)
algunas cosas que nunca están cuando las necesitas (una madre / un columpio / una oración en el idioma de las mariposas)

Arder

(Imagen: Ubé)

Arder

Deje que le hable de Teresita,
la de los pechos ebrios,
que le diga que ayer mismo
vino el cura
a cerrarle los ojos.
Teresita que murió hundida en el océano de los sueños
y un sudor manso
que se la comía a ratos,
mientras el sol se escondía tras la persiana
y una vieja mojaba sus labios en vinagre.
Teresita se fue, mijo,
se ausentó de la tierra
llevándose una sábana vieja
y una flor dormida en su regazo.
Ni dijo adiós siquiera.
Ni levantó la mano
para espantar a los murciélagos que la velaban.
Nada,
solo un aire muy sucio que dejó escapar por sus labios de lagartija,
solo sus pechos hirviendo en el interior de las tinieblas,
como si llevase dentro un panal de abejas encendidas
zumbando de amor o resistiendo al miedo.
Se nos fue, mijo.
Teresita la soplona.
Teresita la de los ojos bizcos.
Teresita sin pudor allí, en la infancia,
cuando jugaba a ser madre de tres conejos
y usted le metía la mano por debajo de la falda
y encontraba allí estrellas de mar y mariposas muertas.

Dos poemas de verano del poeta danés L. Ponwski

(Imagen: Ubé)

UN FRACASO APASIONADO

Es un fracaso apasionado,
te digo,
esta vida,
la niebla que hoy abraza la ciudad,
cien días sin ver la luz del sol,
con la ropa tendida sobre los alambres
donde defecan en frío las palomas.
Y así día tras día.
Ahora caminamos juntos.
Voy de la mano contigo
y parece que el suelo
se hunde a nuestros pies,
como si fuésemos
un templo condenado al delirio
o a la tragedia.
Hay copas de champán
arriba de los árboles,
un nuevo año
que pende de la camisa de un niño
que esta noche
besará por primera vez
la sangre de Dios.
Es un fracaso apasionado,
una canción leve de Leonard Cohen,
asistir al peso insomne de la lluvia,
darse cuenta de que el otoño
mata a más de un millón de ancianos
de soledad animal.
El amor,
es un fracaso,
te digo,
dientes de violín sembrando la tierra,
melodías inútiles
que muerden nuestro corazón.
Como tú ahora
que ya estamos a salvo en nuestro hogar,
frente a la barra de un club
que despacha píldoras
y cucarachas.
Es un fracaso apasionado,
respirar el polvo de los relojes,
hacerte una herida en la ingle
para ver pasar a los trenes de tu infancia,
pronunciar la palabra madrugada
y que caiga una cigüeña a tus pies.
Hace frío
y tiembla un hotel de carretera.
Tomo tus manos entre las mías
y te prometo amor eterno.
Hay ginebra en gotas
sobre tu labio inferior.
Hay una rosa enferma
entre las dunas de tu pubis.
Pero ahora caminamos juntos
hacia el precipicio
o hacia la muerte,
nos crecen alas
en el bajo del pantalón.
(Estoy borracho,
te digo)
Te pido un billete,
me das un beso con lengua.
Fuera,
se ha puesto a nevar pájaros.

(Imagen: Ubé)

CUERVOS

Primero saldrán al paso
las preguntas,
muchas dudas de ti
sobre el camino que te lleva
o has decidido tomar.
Habrá una taza vacía
cerca del labio de una mujer.
No recuerdas su nombre
pero tiene un lunar en la garganta
que te atrae.
Hubieras querido capturarlo
pero primero debes pensar,
salir al paso
de las preguntas de la vida,
cosas sin importancia,
como por ejemplo
si te has atado correctamente los zapatos
cuando eras niño,
si has hincado los codos,
una rodilla sobre el linóleo.
Ahora rezas.
Has aprendido a escupir oraciones bajas,
como en un susurro,
como si el mar
viniese a besar tus labios antes de dormir,
una noche de agosto.
Todo está en calma ahora.
Los años se han portado bien.
Tienes un techo sobre tu cabeza.
Tienes a una mujer frente a ti
con un lunar carnivoro sobre su garganta.
Pero hay que meditar,
hacer run run arriba de las cejas,
en el lugar exacto
donde se encuentra la máquina de pensar,
ese artilugio gris
que pone en marcha tu vida,
que le da aliento a tus palabras,
que inflama tu corazón
de cosas estúpidas.
Amor, por ejemplo
o enfermedad sutil,
un ratón de laboratorio
que en estos instantes
estará sufriendo una inyección letal.
Así le paso a tía Teresita.
Murió encerrada
en el cristal de sus noventa años,
sola y sin pelo,
con una ventana muda
que se iba cayendo a pedazos.
Le gustaba mirar la vida
y los domingos,
tomar pastel de plomo,
sentarse a esperar la llegada en gajos del amor.
Amor,
otra vez la sombra de su puñal.
Pero hablemos de las preguntas,
quisiste ser rey en sueños,
aspiraste a tener palacio
y servidumbre
y una mujer de pecho firme
que te diera de comer en su palma.
Pero tú no eres un rey de las películas,
no eres un rey de Shakespeare
ni sabes matar a las palomas
y después verter su sangre
en el martini.
Hablemos,
no dejemos de contar episodios
de tierra y hiel,
batallas donde murieron hombres
que llevaban tu nombre.
Rifles, eso es,
soñabas con los pétalos de un rifle
como última solución
al martirio de la humanidad.
También la historia
tiene que sentarse frente a la muerte de la historia
y contestar algunas preguntas.
Hace frío esta noche.
Prepárate.

Oymyakon o Las madres más frías del mundo

(Imagen: Ubé)

OYMYAKON O LAS MADRES MAS FRÍAS DEL MUNDO

En la calle hielo,
pisadas blancas de mujeres
que regresan al hogar blanco.
Otoño,
invierno,
verano,
primavera.
Cualquier estación
es una herida blanca que se desangra.
Las mujeres aman a setenta y dos grados bajo cero.
Nunca desnudan sus cuerpos,
se deslizan raudas bajo las mantas
y allí se dehacen de su ropa interior,
abren sus piernas
y dejan que sus dientes comiencen a castañear.
(Se llama música del Russki Chai)
Sus dientes parecen cuentas de marfil melancólico,
una deuda de Dios sobre el agua que se olvida
durante los inviernos.
No tienen hijos,
alquilan sus óvulos al mejor postor,
en países cálidos donde otras mujeres blancas
sueñan con la maternidad.
Las mujeres de Oymyakon no quieren ser madres,
son animales cilíndricos con el vientre disecado al sol.
Alguien vendrá mañana
para regar su jardín muerto
con un puñado de billetes.
Alguien extenderá frente a sus ojos azul petróleo
un contrato para tomar prestada su fertilidad.
En la calle hielo,
en su cabeza infancias de hielo,
en su corazón joyas de hielo sentimental
haciendo nido sobre el rostro blanquecino de un niño
que nunca besará el termómetro roto de sus pezones.
Otoño,
invierno,
primavera,
veranos largos que se ahogan en la sal,
flores silenciosas que echan raíz en el vodka.