Rusia, por ejemplo

(Imagen: Ubé)

RUSIA, POR EJEMPLO

Vuela un pájaro sobre la almohada y mis ojos se niegan a ver su luz.
Amo la circunstancia amanecida,
las ganas de no hacer nada,
esta humanidad que arde de aburrimiento cerca de la ventana,
el frío de las matemáticas,
las manos vacías de un niño que llega calle arriba con su oscuridad luminosa
y su dolor de hambre.
Vuela un pájaro con síndrome de down y una chupa de cuero, ¿acaso no lo ves?
Vuela,
echa a volar la mala costumbre del terror,
las ganas de aferrar un puñal para herir el vientre más tierno de la madrugada.
Pero mis muertos, ¿dónde han ido? ¿En qué barco viaja su amor?
Vuela el día,
las horas,
ese hipopótamo rosa que me mira mientras escribo poemas,
mientras le doy sorbos al agua de la lluvia,
mientras Paganini en mi cabeza rasca las cuerdas de mi locura.
Vuelan los planes,
si,
siempre hacia adelante de las manos.
Y las listas de la compra.
Un país,
Rusia, por ejemplo,
aquella pareja de caníbales (Mirta y Vladimir)
que hacían macedonia de frutas con los dedos de los pies.
Los dedos pertenecían a una niña de cabellera azul y ojos asombrados.
Vuela el sentimiento de culpa.
Vuelan las tribus ciudadanas,
el tatuaje de aquel tipo que en sus ratos libres baila claqué asomado a la azotea.
Vuela,
echa a volar el cansancio de la vida,
años / cuestas / cicatrices / árboles que ya son ceniza /
familiares que descansan bajo el manto geométrico de la tierra.
Vuelan las bestias,
los golpes que se repiten en el rostro de una mujer.
Vuelan mariposas grises en el fondo de mi boca.
Mi boca como manicomio líquido,
como escaparate donde los maniquis ensayan sus diálogos de escarcha.
Vuela el sexo,
las peliculas porno que naufragan en el silencio de un pez.
Vuela la mala costumbre de imaginar,
una casa / el enfado / una naranja que se pudre
y quiere escapar de las caricias de sus gusanos.
Vuela,
sí,
siempre vuela el dinero / la buena intención / el bus número 45 /
el cigarrillo que calma los nervios cerca de un quirófano.
Vuela la muerte,
alaza sus alas de alabastro y echa a volar,
a dos centimetros escasos del perfume de tu camisa.
Anuncios

Los hombres que solo corren

(Imagen: Ubé)

LOS HOMBRES QUE SOLO CORREN

Tengo un amigo cartero.
Una tarde quedamos a tomar una cerveza.
Me dice que ser cartero es algo así como
ser un dios y un demonio al mismo tiempo,
que igual te reciben con los brazos abiertos
que sueltan a un perro
para que comience a mordirquearte las pantorrillas.
Mi amigo me dice que ha anotado ciertas situaciones asombrosas
para que yo pueda darles forma.
Tomamos una caña en el bar de la esquina de mi casa.
Yo vengo con las piernas desnudas porque hace calor.
Llevo una camisa de hombre que me cubre parte de los muslos,
ceñida con un cinturón grueso.
Este verano me ha dado por las camisas de hombre,
por ser mujer muy femenina
dentro de la amplitud insípida de un hombre.
Llevo un ramo de flores entre mis manos
porque soy directora de teatro
y acabo de representar una función
y mis alumnas me lo han regalado.
Mis alumnas saben lo que me gusta y no dudan en complacerme.
Puede que tengan miedo a despertar
mi carácter de hombre malhumorado
bajo la calma de mi camisa.
El caso es que yo no suelto las flores pese a su molestia,
pese a que nos traen una caña y hay que beber,
pese a que hace calor
y la gente afuera charla animadamente
y los perros afuera ladran animadamente.
Yo sigo con mis piernas desnudas dentro del bar,
con mis flores artísticas sudando todo su ego sobre mi piel,
con el aire acondicionado del bar golpeando con fuerza sobre mi cabeza.
Le digo a mi amigo que me cuente cosas y él dice que ayer estuvo en una casa
donde había un hombre vestido con ropa de deporte
y dos niñas de unos seis años viendo al tele.
Que cuando él llamó a la casa,
el tipo no quería coger la carta porque era una citación,
que las niñas dejaron de mirar la tele y le preguntaron si era policia.
Mi amigo dijo que no,
que era cartero.
Entonces las niñas miraron al tipo que iba vestido de deporte
y le preguntaron en perfecta sincronización
que por qué no cogía la carta.
Naturalmente el tipo no sabía qué contestestar y al cabo,
presionado por la presencia de mi amigo
y por la mirada inquisidora de las niñas,
cogió la carta.
Las niñas tenían el rostro pálido
y el pelo castaño.
Las niñas se pusieron a hablar entre ellas
mientras el tipo
estiraba su mano en dirección a la carta
y la volvía a retirar,
mientras el tipo sudaba mares y océanos
y en la tele,
un oso panda se reía panza arriba.
Al final tomó la carta entre sus manos
y antes de que mi amigo abandonase la casa
escuchó decir a una de las niñas :
“Oye, pero, ¿tu padre trabaja o solo corre?”
Mi amigo que es cartero
me dijo que yo podría hacer algo con esa frase.
Que podría telefonear a las musas e invitarlas a unas copas,
que las musas,
cuando están borrachas,
saben lo que hay que hacer.
Han pasado los días y sigo pensando
en la niña y en su frase:
“Oye, pero, ¿ tu padre trabaja o solo corre?”
Y ha venido a mi mente la imagen de Murakami,
sus piernas escuálidas trotando por todos los asfaltos de New York,
dando la vuelta a los jardines de Chicago,
respondiendo entrevistas sin dejar de dar una zancada y otra,
mientras los mapas mudan
y en el Japón las mujeres pierden en masa su virginidad
junto a la flor ennegrecida de los almendros.
Imagino a los hombres de mi vida vestidos con ropa de deporte,
sin moverse del sillón,
dándole caladas a un cigarrillo
o amorrados al cuello eléctrico de una botella,
viendo películas porno
o haciendo amigos en facebook.
Imagino a los hombres del mundo entero
corriendo lejos de sus mujeres,
corriendo lejos de sus trabajos,
corriendo en dirección contraria hacia las buenas costumbres y la moral,
tropezando con el cordón de sus zapatillas,
con el cordón umbilical desde el que sus madres
ponen cada noche una conferencia a cobro revertido,
sin saber dentro de qué paisaje han ido a parar,
qué director de cine filma su huída,
qué pintor le pide un descando para cambiar la paleta de colores.
Ellos no pueden dejar de correr,
no pueden dejar de huir de su propia esencia de hombre,
de la carta de amor que un cartero como mi amigo
arroja bajo la boca áspera de un felpudo
o de la inteligencia artificial de su hija de rostro pálido
y pelo castaño
que es en realidad un ángel exterminador
cansado de correr hacia ninguna parte.

El dolor de las azoteas

(Imagen: Ubé)

EL DOLOR DE LAS AZOTEAS

Mi tristeza llega hasta el último piso
de una casa en Valencia,
abraza muy fuerte a una mujer ancha
que apenas puede andar,
sus piernas mordidas por la soledad,
por los cocodrilos del tiempo
que se besan ahora
(ceniza contra ceniza)
en el fregadero.
Mi tristeza aspira a ser la amante de dios,
pero mientras tanto,
salgo de mi espíritu,
atravieso las calles de mi alma
y compro en una tienda muy chic
una bola repleta de falsa nieve
que más tarde caerá sobre la mujer ancha
empapando de olvido las costuras de su nombre.
Hace sol en la casa.
El sol levantino
es una espada que refulge de avaricia
o muchos pájaros con las alas repletas
de máscaras y violines.
Mi tristeza se sienta junto a la mujer,
mira sus ojos repletos de llanto helado
y vuelve a agitar la falsedad de la nieve sobre el cristal.
Piensa
(mi tristeza)
en el mundo más allá de las fronteras del mundo,
en que me he comprado vía internet
una camisa azul y no sé
exactamente con qué pantalón combinarla.
Pero, ¿y la tristeza de la mujer ancha?
¿cómo combina su negra respiración
con la ausencia del hijo,
con mi camisa azul,
con la terquedad cristalina de la nieve?
Hay una planta de aloevera que cura sus heridas.
La mujer ancha
abre el pecho y se coloca allí el retrato del cáncer,
la última sonrisa del hijo,
los pétalos de un café que empieza a hervir en el silencio.

Frágil

 (Imagen: Ubé)

Frágil

el amor tan frágil
un hilo apenas de amor
que cuelga suicida dentro del pecho
el amor tan suyo
candados y puertas
llaves y pócimas mágicas
perder la luz del amor tan frágil
un no estar de acuerdo en las cosas mínimas
una forma distinta de ver la lluvia caer
la avaricia de vivir rota sobre el plato
deudas
cajones donde los insectos toman el sol sobre la radiografía del cariño
el cariño del amor tan frágil
palabras que se desprenden del perfume frágil del amor
el amor como pétalo moribundo
el amor como otoño dentro del cristal
el amor como llaga de una santa que ha pecado
el amor como puñal
o fotosíntesis
frágil de madrugada
a la hora en que los portales cierran
y las putas alquilan su pasión por una pizza de cuatro quesos
el amor tan frágil
lejísimos
con la intensidad del rayo en la tormenta
el amor suave pero enfermo
dentro de la cama
a solas con una fiebre azul que lo cabalga
el amor tan frágil en la propia insistencia del amor
peñasco por donde se arrojan animales cautivos en el llanto
ojo de alfiler que todo lo mira
cascada repleta de pájaros que no saben volar
y reptan sobre la caligrafía de una novia
el amor
oh palabro
oh piedra
oh columna jónica que se desprende del broche carnal
de una yegua parecida a mí
ay el amor
él solo
él en sí mismo
en círculo pleno hacia su masturbación
cacareando en el vacío
con el alma en llamas dentro de un tambor
que solo tocan ya las moscas humanas

Nada

(Imagen: Ubé)

NADA

Tendremos que enfrentarnos
a los fantasmas del hambre, hija.
Será mejor que llames a la abuela,
que se ponga a servir su demencia
en plato hondo
porque nuestros estómagos rugen
y llega la navidad
y nos crecen las guirnaldas
bajo los párpados tristísimos
y al otro lado del tabique
un hombre golpea una y otra vez
el rostro hermoso de una muchacha
que no sabe coser
y que siempre esta sola,
a mil kilómetros del amor,
acunando entre sus pechos
naranjas podridas
y un niñito negro.
Tendremos que sacar las servilletas de hilo, hija,
y el mantelito a cuadros
que está repleto de quemaduras de cigarrillo.
Haremos carne de albóndiga
con lo que queda de las fotografías,
sorberemos la cabeza de una araña melancólica
y luego haremos que tu padre eructe frente al cristal,
mientras afuera cae la noche
y las luces hacen el amor
con el sexo helado de la niebla.

Angélica Morales gana el XVII Premio de Poesía Vicente Núñez, de la Diputación de Córdoba

Carlos Mestre, Carlos Pardo, Almudena Guzmán y Pablo García Baena junto a la delegada de Cultura de la Diputación de Córdoba, Marisa Ruz. Imagen: Europa Press

El jurado del XVII Premio de Poesía Vicente Núñez: Raúl Alonso, Juan Carlos Mestre, Carlos Pardo, Almudena Guzmán y Pablo García Baena junto a la delegada de Cultura de la Diputación de Córdoba, Marisa Ruz. Imagen: Europa Press

Esta mañana he recibido una excelente noticia, desde la Diputación de Córdoba me han llamado para comunicarme que mi poemario “El sueño de la iguana” ha resultado ganador del XVII Premio de Poesía Vicente Núñez, uno de los más prestigiosos del panorama poético español.

Parece que mi poesía está tomando aliento. Agradezco desde aquí al jurado por haber confiado en mi obra y espero que a mis lectores les llegue al alma. Es un poemario arriesgado y difícil. Nunca creí que iba a ver la luz.

Os dejo algunas palabras del jurado sobre el mismo y el enlace a la noticia completa de Europa Press:

“…ha fundamentado su decisión al destacar virtudes literarias como el hecho de ser “un libro que asedia poéticamente el concepto de la normalidad, para desvirtuarlo, y escrito con un lenguaje imaginativo, que alterna lo concreto, lo político y lo irracional”. De igual forma, el jurado ha valorado “el atrevimiento y los destellos fuertes de esta obra, que atrapa gracias a su cierto aire de misterio y de incertidumbre en las identidades”.

Leer mas: http://www.europapress.es/andalucia/noticia-delegacion-cultura-diputacion-otorga-xvii-premio-vicente-nunez-poeta-angelica-morales-20171215173509.html

Instrucciones acerca del arte de tumbar la palabra

(Imagen: Ubé)

INSTRUCCIONES ACERCA DEL ARTE DE TUMBAR LA PALABRA

Tumbemos la palabra,
su peso en la noche de la voz,
sus jóvenes promesas literarias,
la flor que se muerde el rabo,
el llanto que camina sobre el vientre del pan.
Reunamos a los ladrones entorno a una joya lluviosa,
a un pétalo dormido de mujer.
Digamos piurhfjs
y echémonos a reír.
Estiremos el pelo de las sirenas dentro del mármol.
Tumbemos la sombra que nos hace la burla en los espejos.
Amemos los reportajes en sombra de las revistas,
las mujeres flacas que venden sus costillas por un euro
y un bocadillo de soledad.
Amemos los paisajes sentimentales que huyen de las manos,
los tabiques donde los insectos crecen en arrogancia y en asco.
Tumbemos la casa,
la infancia,
el diente último,
el muerto primero.
Acostemos el verbo,
que alguien lo ponga a fornicar con un poeta de luna creciente,
sin música ni lencería en los bolsillos.
Inclinemos la balanza.
Pesemos el alma junto a la pluma de pescar amantes o resfriados.
Hagamos la colada.
Colguemos la verdura de un hilo.
Tengamos hijos y soldados y supositorios y linternas automáticas.
Declamemos versos como si un enano
estuviese lamiendo el sexo de nuestro motor mental.
Hay que desintoxicarse del mundo.
Arranquemos los enchufes que unen a una madre a su hijo.
Hagamos que nuestro perro entre en un supermercado y robe la carne en oferta.
Desatendamos las labores del hogar.
Bordemos horas,
sentimientos,
heridas cuando la tarde cae y agoniza el café sobre el pecho de una magdalena.
Leamos.
Pronunciemos la palabra azul
o cisne dentro de un muro de metacrilato.
Seamos amigos,
extraterrestres,
secretarias de una empresa que mata armiños y regalos de navidad.
Amemos el amor que no existe.
Convirtámonos en heroínas,
en cucharita de plata,
en caricia  suave sobre el rostro tremebundo de un lobo.
Tumbemos el silencio que ensordece.
Acariciemos las pistolas que aún pronuncian el nombre de sus víctimas.
Seamos tiranos y fabriquemos misiles de ceniza y mar.
Hagamos cola en el interior de un puti club.
Pongamos nuestros sueños frente a ese paredón llamado capitalismo.