Peces eléctricos

(Imagen: Ubé)

(Publicado en el Diario de Teruel, 8 de agosto de 2017)

PECES ELÉCTRICOS

 

(Inspirado en un deseo oculto de Gonzalo Torrente Ballester)

 

“En las últimas horas de la vida de un poeta, Dios se apiada de él y le permite mantener una conversación íntima con el personaje literario que más haya admirado”.
Esta cosa tan fántástica se la escuché decir a mi amigo Palomo Cienfuegos, poeta de estirpe, alto como un ciprés, con la cara alargada, la piel dura y cuarteada, con una cicatriz muy carnosa en la mejilla izquierda que nunca se supo a ciencia cierta en qué recuerdo sentimental había nacido, qué mano u objeto pudo arrancar de un tajo pedacitos de su carne y despues ir cerrando el camino de su dolor como se cierra una cantera o una farmacia. Alguna vez le pregunté a Palomo Cienfuegos por la causa de semejante estigma y esto es lo que contestó:
—–Lo mismo fue mi padre en una de sus cogorzas.
—–¿Don Francisco?
—–Ya te digo.
—–Pero tu padre era un santo varón, un hombre de letras y de pacifismos. No me encaja.
—–Pues igual lo hizo cuando estaba lejos de toda intelectualidad.
—–¿Me estás diciendo que el insigne poeta Francisco Cienfuegos y Campoamor te molía a palos?
—–Es posible. Ya sabes que nunca he tenido mucha memoria. Por eso escribo, supongo; para capturar en el aire lo que se me va en el aire del pensamiento.
—–Eres de un rarito…
—–Lo mismo no fue mi padre y el pobre ahora, al escucharme, estará revolviéndose en su tumba.
—–No me extrañaría. Oye, pero si no fue él, ¿quien te hizo ese tajo?
—–Lo mismo nací así. Me arañé en el feto de mi madre. O fue mi gemelo. Eso es.
—–Pero si tú eres hijo único.
—–Ahora sí, pero en el vientre de mi madre éramos dos, mi hermano Filomeno y yo. Lo que pasó es que nos dio por pelear porque los dos queríamos acaparar el cariño de mi madre y la admiración de mi padre. Además, los dos queríamos ser poetas gloriosos que pasasen a la historia. Y ya sabes, amigo mío, que eso es imposible. Un poeta genial , un siglo. Y dos en la misma familia, nanay.
—–Así que te cargaste a tu hermano y la cicatriz es una herida de guerra.
—–Puede ser.
—–¿Y tu madre qué dijo al ver que no llegaba al mundo Filomeno?
—–La pobre no debió enterarse de que tenía dos poetas dentro de la tripa. En aquel entonces no había tantos aparatos.
—–Oye, ¿y qué hiciste con su cadáver?
—–Pues qué voy a hacer, comérmelo, como hace un buen gemelo caníbal que se precie.

Palomo Cienfuegos siempre estaba fantaseando. La historia de los gemelos era tan increíble como el hecho de que hubiese vida más allá de la Tierra, pero me divertían mucho sus ocurrencias y con tamaña imaginación, le vaticiné un buen porvenir en el mundo de las letras. Sin embargo, Palomo, a pesar de su empeño, no llegó a ver cumplido el sueño de ser un poeta genial; más bien fue un poeta mediocre que no publicó mas que un par de madrigales en las fiestas de su pueblo y que tuvo que marcharse a Francia después de la guerra porque lo acusaron de rojo y su madre se murió de tuberculosis. En Francia dejó de lado la poesía y se dedicó a dar clases de español y por las tardes a frecuentar un café donde solía reunirse la bohemia francesa: actores, actrices, poetas, novelistas, republicanos exiliados, intelectuales , críticos…
Me escribió un par de veces y luego le perdí la pista. Me dijeron que murió al poco tiempo de llegar a París, solo, en una habitación que no tenía ventanas. Entre sus cosas encontraron mi dirección y una foto que nos hicimos juntos cuando estudiábamos en el seminario.
Pero estaba hablando de Dios. Decía que cuando un poeta está a punto de exhalar su último aliento puede pedirle a Dios una conversación privada con su personaje literario favorito. En ese asunto ando yo ahora, en pensar en cuál de todos los personajes literarios que han pasado por mis manos y por mis ojos quisiera tener a mi lado. Hoy, catorce de agosto de 1970, cuando el termómetro marca 40 grados en el zaguán y mi gato Froïd se despereza en mi cama, en el lado derecho, un poco más allá de donde la enfermera que cuida de mí ha dejado la palangana que contiene el agua y el vinagre con el que alivia el fuego de mis entrañas.
La enfermera es bajita y gorda, sin cuello, con un lunar grande en la garganta y otro más pequeño junto a la boca. En ambas superficies ha crecido un ramillete de pelos negros que la enfermera no se ha molestado en cortar. Se llama doña Concha y lee novelas de Corín Telllado cuando cree que estoy dormido. De vez en cuando, a uno de mis ronquidos, se levanta, me toma el pulso, mira mi boca, se acerca, abre mi boca, introduce su nariz picuda en ella y un termómetro y después regresa a la lectura. Sus piernas son gruesas y tiene varices, Si hace mucho calor, agarra el abanico que descansa sobre su regazo y lo agita con fuerza. El gato Froïd refunfuña por el golpe violento de aire frío y sale disparado hacia el pasillo donde se pone a maullar como un descosido, como si quisiera decirle a doña Concha: “Maltita sea su estampa, eche pa ya el aire, señora, y no moleste”.
Si tuviese ganas, me reiría, sin embargo no es el caso. Soy un moribundo. Un viejo que tiene los minutos contados, que no puede tragar la sopa y mucho menos decir Pamplona cuando doña Concha se empeña en mojar galletas en la leche y hacer fuerza con la cuchara para que yo abra la boca al fin. Todo lo que hace doña Concha es a la fuerza. La imagino regando las macetas de su balcón a la fuerza, bailando un chotis con su esposo en las fiestas del barrio a la fuerza, sin dejar de morder con fuerza un clavel, sin dejar de engullir a la fuerza pedacitos de anís del mono.
Y en esas estoy o estaba, ya no sé, apagándome a poco, como una gota que cae angustiada en el lavabo, después de que hayan cortado el agua, pensando en qué personaje literario elegiría para que esa conversación íntima pudiese llevarse a cabo. Dudaba entre Casandra o Hamlet. Hamlet o Casandra. Al final, sin darme cuenta exclamé:
—–¡Que venga Hamlet!
Entonces llamaron a la puerta. Mi sirvienta Paquita fue a abrir y yo sentí que en mi pecho empezaban a galopar los peces eléctricos.
Cuando Hamlet llegó a mi alcoba, yo ya había muerto. Pero aún puede oír como doña Concha le preguntaba si era mi amigo, si me conocía de hacía mucho tiempo, si tenía problemas económicos o si por el contrario, mis cuentas bancarias estaban en orden. Le dijo también que no había nadie para encargarse de mi entierro, que estaba solo porque era uno de esos hombres huraños que no salían de casa y se dedicaban a escribir versos.
—–Poeta, fíjese. Para qué quiere nadie ser poeta pudiendo ser notario o médico de cabecera.
Luego le sirvió un café y le dio las mismas galletas duras que me hacía engullir a mí a la fuerza.
Antes de que Hamlet abandonase mi hogar, le confesó que me había ido del mundo como un bendito, eso sí, que en el último momento, me había cagado por la pata abajo.
Hamlet le dio las gracias y a mí, alguien que más tarde reconocí como mi amigo Palomo Cienfuegos, me cubrió el rostro con una sábana amarilla.
—–¿Ves como yo tenía razón? —–me susurró al oido. Iba acompañado por su gemelo Filomeno.

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Cartas amarillas

Chon y Angélica

CARTAS AMARILLAS

(a mi amada tía Chon, siempre)

hay amores tercos
que insisten bajo la lluvia del fuego
bajo el peso almibarado de la tormenta
amores que cruzan la calle descalzos
y se hieren en la boca de un cielo
donde se ha puesto a oscurecer
donde los pájaros buscan a tientas su perfil
el peso liviano de su sangre
hay amores infantiles
que todavía no han dado a luz
su primer diente de ceniza
y esperan agazapados a la sombra de su animal
hay amores difíciles
como un campo en el invierno
como el camisón húngaro de una  mujer que no es mujer
sino serpiente
hay  amores que reptan
que fabrican flores de cerveza
y abren sus piernas para capturar el primer amanecer del hombre
una colilla que sigue naufragando en el humo de una habitación
hay amores hostiles
que echan el cierre a su pensamiento
que abren su camisa de amapolas
y arrancan de cuajo las fotografías
que recortan una torre en el aire del recuerdo
la cabeza de la amada sobre un papel
que se transforma en lámpara o velocidad
hay amores sutiles
que se miran bajo la óptica de un cronómetro
y tienen las piernas muy largas
y se alejan de los ojos
y las manos
y los dientes
y dejan un vacío musical que siempre suena a lo mismo
a una lluvia de otoño que no deja de aullar
(¿sabías que hay 25 ángeles roncos declamando la fecha en que me dijiste adiós?)
que choca una y otra vez  contra el vacío de tu lápida
que besa  las alas rotas  de los insectos
que en tu nombre
me siguen escribiendo cartas de amor

La negra triste

29249207076_b7c9c757ff_z(Imagen: Ubé)

Había escapado un momento de casa. El día no acompañaba y la gente se había visto obligada a sacar sus chaquetas del armario. Es el frío traicionero de agosto, un aire que no termina en Huesca cuando llegan las fiestas y hay albahaca bostezando en las aceras y hay tenderetes de ropa expuestos al sol, bajo unos toldos amarillentos por donde se cuela la luz y la lluvia, donde picotean los pájaros que no han podido encontrar los árboles.

Había escapado un momento de casa con la excusa de ir al cajero automático. No tenía intención de salir, solo fue el impulso de buscar la tristeza del cielo, esa lluvia que no acababa de caer. Me gusta salir a la calle cuando llueve o el cielo comienza a enfadarse, cuando los cristales empiezan a perder su claridad y la gente mira hacia arriba, como si buscase una respuesta a sus problemas, como si buscase el rostro amado de sus muertos. Solo eso. Una excusa, un no saber qué hacer en casa, tal vez el bloqueo, la hoja en blanco, el hecho de que mi móvil no hubiese sonado durante tres días. Y no es que esté enganchada a las redes sociales, es que si no te llaman o no sale tu foto en el portal de facebook, no existes, si no escribes un verso oscuro o anuncias un premio literario o enfermas de gravedad, no existes. Todo está esperándote ahí adentro, en el vientre de una ballena inhumana llamada ordenador. Allí la vida transcurre con una lentitud veloz, todo caduca antes de que despiertes de la  siesta, tus datos se pierden mientras compras tabaco en el estanco o buscas un tomate maduro en la frutería. Pasa la vida, su metal, los cables amorosos con los que el mundo conecta al mundo que respira selfis , éxitos, viejas canciones de amor.

Había escapado una momento de casa para poner en orden mi cabeza. Para saber si Adela iba casarse al fin con Roberto, para decidir si iban a ser felices hasta el final de la novela, para programar hijos o catástrofes, qué se yo. Se llama escribir. Darle golpes a una tecla dentro de una habitación con luz pálida, al lado de un balcón viejo desde el que me asomo a contemplar los vencejos. Los vencejos están preparando sus maletas porque es agosto y pronto emigrarán. Pero me quedan las golondrinas, ¿no lo he dicho? Perdón. Tengo golondrinas, soy uno de  esos seres afortunados que escuchan aún el canto íntimo de una golondrina. Desde mi cama las oigo recitar, deben de ser versos de aire, una copla de amor muy antigua, mensajes en clave de muertos enamorados que ahora son ceniza ronca que se escucha a través de sus bocas. Las bocas de las  golondrinas son inmensamente mínimas, como el pecado de un niño recién nacido, como la sospecha de un padre que acababa de matar a otro padre y que sabe que morirá a manos de su hijo. Las golondrinas son todo eso. Lo que no se podrá escribir jamás porque no se entiende. Ellas hablan el idioma de los seres difíciles, de lo sencillo que se mueve a deshoras, de lo que oculta el secreto de la felicidad. Y van de un tejado a otro, de los cables de mi tendedero, al poste de electricidad, son una familia entera declamando el misterio, a la mañana, a la noche. Cuando no las veo me siento triste. Tal vez esa tarde salí de casa por ese motivo, porque no había escuchado el canto de las golondrinas y empezaba a anochecer y el cielo se partía en dos, y el color gris engullía al color verde de la fiesta.

Entonces la vi. Era una mujer negra y muy alta, tan negra como alta, su cuerpo esbelto cargaba a la espalda con un niño, supe que era un niño porque vi asomar su cabecita, pero el niño iba dentro de una pañuelo blanco que la mujer llevaba atada a su cintura. La cintura de la mujer era frágil, como la de un junco, pero era capaz de sostener al niño, de sostener el ritmo de un marido que se adelantaba unos pasos y hablaba por el móvil. Un hombre negro con una túnica anaranjada, un hombre pegado al móvil que llevaba un fardo de sombreros festivos envueltos en un pañuelo blanco. Su peso más liviano que el de la mujer, sus paso más seguro, su corazón como el pecho de una piedra. La mujer tenía los labios gruesos y, de vez en cuando, al caminar, le daba sorbitos al aire. Nunca he visto unos ojos más tristes, nunca he sentido dentro de mi corazón una puñalada más certera. Sus ojos clavando su tristeza sobre mi vestido verde, sobre mi peinado rojo, sobre mis pendientes de oro , su tristeza lamiendo mis piernas desnudas, la forma en que yo caminaba por la acera, el hecho de abrazar a mi esposo y que mi esposo besara mis labios, mi vestido verde, mi libertad en llamas.

Nunca he visto una mujer tan triste dejarse morir en las aceras, arrastrar el hambre de un niño, llorar sin ruido en el color blanco de la tormenta.

Después se puso a llover y ella esperó en una esquina a que su marido acabara de hablar por el móvil. No tardaron en buscar un sitio para desplegar los sombreros. La calle. La fiesta. Uno que pasa y mira, muchos que pasan y no se dan cuenta de que ella está allí, dándole de mamar  a su hijo la violeta seca de sus pezones. Y mañana será otra ciudad, el mismo peso,  idéntica fiesta dormida  en el alcohol, una tristeza más honda, el frío de la  conformidad.

En sueños, la imagino dentro del agua, sola, convertida en jugo  de rosa, en charco dulce donde más tarde las golondrinas mojarán su pico y me darán de beber.

Luego despierto y no sé si volamos todas juntas o el mundo ha echado el cierre.

Despedida del año y otras cosas

Aquí os dejo unos vídeos, uno en el que le doy voz a uno de los capítulos de mi última novela, Palillos Chinos, y otro en el que, con el señor Ubé, os mando mi particular felicitación de año nuevo.

 

El decorado, presentación en la Feria del Libro Aragonés de Monzón 2015

El decorado, de Angélica Morales (IEA 2015)

Con motivo de las fiestas navideñas, y en concreto para darle la bienvenida al nuevo año, el Instituto de Estudios Altoaragoneses (IEA) ofrece a los lectores una pequeña joya literaria. Cada año encarga a un autor vinculado a Huesca la escritura de un relato, siempre ilustrado por la maestría de Manuel Estradera (Strader), dentro de la colección “Letras del Año Nuevo”. En esta ocasión, el IEA ha confiado en mi pluma para felicitar el año 2016 a los oscenses. De este modo ha nacido “El decorado”, una pequeña historia de terror navideño revoloteando sobre las entrañas del cine.

Os presento a mi nueva criatura, y como de costumbre, os dejo unas fotos y el vídeo de su puesta de largo en la XXI Feria del Libro Aragonés de Monzón, en las que participaron el ilustrador, Manuel Estradera, el presidente del IEA Fernando Alvira y yo como autora.

El libro puede obtenerse a través del propio IEA o solicitándolo en cualquier librería (ISBN 978-84-8127-272-7).

El decorado, de Angélica Morales (IEA, 2015)

Palillos Chinos, presentación en Zaragoza y en la Feria del Libro Aragonés de Monzón

Presentación de Palillos Chinos en Zaragoza, 2-12-2015Como colofón a este peregrinaje literario de “Palillos Chinos”, os dejo las últimas noticias, fotos (os dejo el enlace del albúm de flickr) y un vídeo de la presentación que tuvo lugar en la Sala Cultural de la Librería Central en Zaragoza, el pasado 2 de diciembre, de la mano del poeta y profesor de la Universidad de Zaragoza, Alfredo Saldaña, que tuvo a bien ofrecerme unas bellas palabras que he querido recoger en este blog para compartirlas con todos vosotros.

Desde aquí mi gratitud a todos aquellos que me han acompañado en este maravilloso periplo: Misael Hernández, Santiago Gascón, Alfredo Saldaña, Joaquín Casanova y mi queridísima Berta Sariñena. Las gracias también para la estupenda reseña que de Palillos Chinos realizó José Domingo Dueñas y que fue publicada en el Diario del Alto Aragón el pasado 29 de noviembre. (os dejo aquí el enlace al pdf: Reseña de Palillos Chinos de José Domingo Dueñas (29/11/2015) Ver pdf.)

También la escritora Teresa Sopeña ha tenido palabras de alabanza en su blog literario hacia estos palillos (podéis verlas en este enlace).

Ayer estuvimos en la XXI Feria del Libro Aragonés de Monzón, junto a Joaquín Casanova, dándole un empujoncito más a los Palillos Chinos. Gracias a todos aquellos que se acercaron a escucharme y que quisieron zambullirse en mi novela.

Os dejo con las palabras de la presentación de Alfredo Saldaña:

LA FIESTA DEL LENGUAJE

Palillos Chinos”, de Angélica Morales

Alfredo Saldaña

Hace unos años tuve la suerte de participar como jurado en un premio de poesía que lleva el nombre del gran Miguel Labordeta, y, entre los textos presentados, había uno que me golpeó con gran fuerza. Ese texto resultó finalmente el ganador de aquella convocatoria y, al abrir la plica, me enteré de que su autora era una tal Angélica Morales. Para mí fue una sorpresa porque, hasta donde yo alcanzaba, Angélica era la autora de una excelente novela publicada en esta misma casa, Mira Editores. Esa novela era La huida del cangrejo. En cualquier caso, aquel poemario me descubrió a una poeta, a una escritora que manejaba el lenguaje sin complejos, sin ataduras y con una considerable potencia expresiva. Angélica Morales ya había publicado anteriormente algunos otros textos narrativos y, en estos últimos años, se ha movido con soltura y una enorme eficacia indistintamente en ambos registros: el lírico y el narrativo, quizás porque ella es, como digo, una mujer sin complejos que entiende que la escritura literaria va más allá de los límites genéricos, no conoce cortapisas ni respeta convenciones que atenten contra la imaginación, esto es, contra la libertad. Porque, y esto me parece innegable, para ella decir literatura es decir libertad.

La literatura se concibe como expresión de lo universal, y sus grandes y eternos temas —el amor, la soledad, la muerte, el paso del tiempo, presentes todos ellos en esta novela— como sentimientos comunes a toda la humanidad, que atraviesan todo tipo de fronteras, espaciales y temporales. Esa supuesta condición universal de la literatura hace que todavía hoy nos identifiquemos con textos escritos en épocas pasadas y continuemos disfrutando de ellos. ¿Qué sucede en esta conversación con esos textos, tan alejados a veces de nuestra realidad, para que disfrutemos de ellos? La respuesta está en lo que media entre nosotros, los lectores, y el texto literario: la respuesta está en la lectura.

Del mismo modo que la escritura se prolonga en la lectura, allí donde adquiere algún tipo de sentido, la lectura puede verse como una proyección o representación de la vida. Angélica Morales se ha referido a la importante función que la lectura ha desempeñado en la suya, en general, y en la gestación y construcción de esta novela, en particular. Pero, bueno, he dicho novela, y compruebo enseguida que con este término no hago justicia a lo que Angélica Morales nos ha entregado en este volumen, porque este texto va más allá, mucho más allá de lo que entendemos habitualmente como novela. Palillos chinos es lenguaje en libertad, lenguaje que busca un lector cómplice, dispuesto a internarse por esas vías por las que se adentra la palabra liberada de todo tipo de gregarismos, tópicos y prejuicios, lenguaje que se atreve a experimentar, que huye de los clichés establecidos, que avanza con la intención de ofrecernos una cartografía de paisajes y emociones inéditas, y todo ello lo hace con un registro no marcado, nada fosilizado, polifónico, atento a la pluralidad del mundo, sensible a la diversidad de las conciencias que lo habitan.

La novela no tiene desperdicio y el efecto de suspense está garantizado desde el inicio: “Los ojos del chino / guardan un secreto” (p. 17), estas son las palabras con las que se abre la novela; más adelante, leemos que otro personaje, Pilar, “tiene los ojos tan hundidos / que parece que miran / desde el fondo de la tierra” (p. 30). Estamos ante una novela que es mucho más que una novela al uso, configurada con ingredientes teatrales (ahí se aprecia una de las grandes pasiones de su autora) y cinematográficos, una novela que incorpora magistralmente ese registro tan habitual de otras épocas y otras culturas como es la oralidad, una novela, además, que hace un uso tremendamente eficaz de algunos de los soportes comunicativos más extendidos en la actualidad (redes sociales, correos electrónicos, chats, facebook, etc.). Y más allá de eso, estamos ante una novela con un elevadísimo voltaje poético en donde las metáforas y las imágenes son ingredientes esenciales. Una novela, en suma, en la que las palabras no son solo correa de transmisión sino que alcanzan un fin en sí mismas.

Angélica Morales ha jugado sus cartas y, al hacerlo, ha asumido sus riesgos. Digo esto porque un texto como este probablemente no le resulte cómodo a un lector lastrado por una idea de la literatura excesivamente convencional, condicionada por diferentes clases de órdenes y jerarquías, sean las que sean. Pero la literatura no sería nada sin esos riesgos y desafíos que solo unos pocos valientes se atreven a afrontar. Esos riesgos son precisamente aquellas puertas que algunos consiguen traspasar y que suelen abrir las heridas de la posibilidad. Angélica, en este sentido, ha sido muy valiente porque ha hecho su apuesta y esa apuesta no era precisamente a caballo ganador, quiero decir que no ha jugado sobre seguro (el juego, sin ese riesgo, no es tal juego, es trampa, costumbre, tópico…), y la autora de esta novela ha evitado esos lugares comunes.

Así, con la ayuda de determinados recursos narrativos y con el despliegue de toda una galería de diversos y variopintos personajes cuyas historias acaban entrecruzándose, asistimos al gran teatro de la vida, donde se dan la mano lo alto y lo bajo, lo heroico y lo miserable, la comedia y la tragedia, la belleza y la mugre, la alegría y la desesperación. Y todo eso se muestra con una plasticidad tan fuerte que el lector asiste a esa representación no como el mero espectador de unas escenas sino como un actor más, reconociéndose como una parte más del reparto.

Esos personajes funcionan muy bien como iconos de la pluralidad del mundo, proceden de distintos orígenes geográficos, utilizan distintos códigos lingüísticos, son exponentes de muy diversos imaginarios sentimentales y culturales y todos ellos se entremezclan en ese puzle extraordinariamente bien tejido e hilvanado que resulta al final Palillos chinos. Son personajes dotados de una pasmosa y sugerente singularidad. Huyendo del tópico y la convención más ciegas, huyendo de esas palabras que se muestran, como decía Cortázar, como “cadáveres podridos de un orden social caduco”, los personajes de esta novela adquieren vida propia, se expresan de modos particulares, sienten y actúan de maneras muy diferentes. Esa sensibilidad para captar los distintos latidos del mundo y esa capacidad para expresar esas diferencias a través de diversos registros, en fin, esa polifonía y ese multilingüismo real que, según Bajtín, debían ser características esenciales del buen novelista, se encuentran aquí convenientemente incorporados. Así, Angélica Morales se ha multiplicado y ha sabido ponerse en la piel de sus personajes y dar voces diferentes a todos ellos.

En mi opinión, esta novela es una estremecedora e impactante metáfora de la soledad y el aislamiento en un mundo en el que, probablemente como nunca antes, abundan las vías comunicativas, ofreciendo de paso un diagnóstico certero de todos esos elementos que, por encontrarse en la cara oscura de nuestra conciencia y por no haberse materializado expresamente, han acabado por configurar lo esencial de nuestra personalidad. El texto de Angélica vela por lo desaparecido y nos enfrenta a emociones, situaciones, estados de ánimo y acontecimientos de no fácil digestión. Ocurre a menudo —pero este no es el caso— que la seducción del lector constituye un elemento básico en el entramado literario actual; además, por medio de un discurso amable, seductor, el lector acepta ser engañado y asume sin demasiados problemas el discurso de la clase dominante. La ideología, en la posmodernidad, no se transmite de forma coercitiva, como ocurría en los regímenes fascistas y totalitarios; resulta más eficaz, como señala Terry Eagleton, producir sujetos políticamente pasivos a través de la utilización de los medios de comunicación de masas. La literatura, a una escala mucho más reducida que la televisión u otros medios más extendidos (dado que, al parecer, cada vez interesa a menos gente), constituye un operador muy eficaz para la construcción de sujetos pasivos por medio de su relación cómplice con el lector. Frente a ello, y a la contra de la premisa que defiende que la literatura es un camino hacia la ilusión, una premisa que olvida que cuando así sucede, cuando la literatura se construye como sinónimo de felicidad, ilusiona, aunque lo haga falseando la realidad, a la contra —digo— de esa premisa, esta novela nos vapulea, nos incomoda, nos extraña e interpela tratando de obtener algún tipo de respuesta, algún tipo de reacción.

Desde postulados idealistas, el texto literario se interpreta como la expresión de la subjetividad de un autor individual. Pero pensar en el autor como primer motor de la producción literaria, es decir, como el sujeto creador, como la causa y el origen del texto literario, genera una imagen de la literatura que no guarda relación con la realidad histórico-objetiva, esto es, con las estructuras sociales y los procesos históricos. Angélica Morales ha entendido muy bien esto y ha dado rienda suelta a sus personajes, construyendo unos diálogos extraordinariamente fluidos y dinámicos, dejando que esos mismos personajes le arrebaten su palabra y sean ellos mismos los que, al contarse a sí mismos, cuenten las historias. La imagen del autor iluminado, dotado de un don divino, propia del imaginario romántico/modernista, ha sido reemplazada en esta novela por la figura del autor libre e independiente que no busca salvar a nadie sino solamente jugar con las palabras y sacudir la conciencia del lector. Contra aquella concepción literaria basta recordar, como señalara Walter Benjamin, que la obra literaria “no es nunca una creación: es una construcción”.

Así pues, huyendo del tópico y el lugar común, Palillos chinos es una apuesta en toda regla, alejada en todo caso de esa concepción literaria que, inscrita en la siniestra lógica del mercado, convierte al lector en un sujeto pasivo o en un mero consumidor. Palillos chinos, sin embargo, reta intelectualmente a sus lectores, les propone reflexionar sobre los conflictos sociales, fomenta la inquietud como respuesta. Frente a esa novela light, ligera, despreocupada y superficial que hoy abunda con el claro propósito de no incomodar al lector y que se caracteriza por su facilidad, su falta de complejidad formal y estructural, sus contenidos digestivos y su carácter de material desechable tras la lectura, tenemos la oportunidad de enfrentarnos a un texto inclasificable, singular, magníficamente concebido y desarrollado, un texto que, estoy seguro, no defraudará a ningún buen lector de textos literarios.

En suma, Palillos chinos me parece un extraordinario ejemplo de literatura disidente, transformadora, abierta y dinámica, una literatura que, al modo que Cortázar activó en Rayuela, deja al lector un abanico amplísimo de posibilidades. Esta idea de literatura disidente tiene algo de literatura de combate en la que cada decisión estética contiene una implicación ética, desde la elección de un registro deliberadamente lírico, abarrotado de imágenes y metáforas, configurado en modo versicular, hasta la supresión de las comas, demandando así, como decía, un lector activo, dispuesto a llevar a cabo los esfuerzos de reconstrucción necesarios que este tipo de escritura demanda. En este sentido, Angélica Morales —probablemente convencida de que un lenguaje de la revolución tiene que ir de la mano de una revolución del lenguaje— recoge el testigo insurgente de algunas vanguardias históricas o de ciertas modalidades del experimentalismo, de todo aquello, en fin, que provoca desconcierto, desasosiego o incluso malestar en el receptor. Aparentemente, la configuración orgánica se ha desvanecido pero al final el lector percibe que todas esas elipsis, supresiones, instantáneas y fragmentos con los que Angélica Morales arma su texto han sido convocados al servicio de una cierta coherencia y cohesión textual, y así consigue recomponer el puzle y descifrar el laberinto en el que se había adentrado. Y aquí entraría la necesidad de abordar la cuestión del experimentalismo como apuesta ética, ya que es ahí donde se produce una de las grandes paradojas de los escritores actuales que pretenden comprometerse e intervenir en lo real: conciliar la exigencia formal, lo imprevisible, lo incómodo y la radicalidad retórica como expresión de un malestar y una violencia no solo simbólica sino también social y política, con la posibilidad de llegar a un público más amplio. En fin, la propuesta está ahí, a la espera de un lector valiente que esté a la altura de la osadía estética propuesta por Angélica Morales, que se atreva a adentrarse en este sugerente laberinto de ideas, personajes y acontecimientos que es Palillos chinos. Estoy convencido de que el viaje merece la pena.

Angélica Morales, Palillos chinos, Zaragoza, Mira Editores, 2015, 340 pp.

Palillos Chinos, presentación en Teruel

Presentación de Palillos Chinos en Librería Senda-Perruca, Teruel 19/11/2015

El pasado jueves, 19 de noviembre, llevamos los Palillos Chinos a Teruel, concretamente a la Librería Senda-Perruca. Intervino Joaquín Casanova (editor) y Santiago Gascón (escritor y profesor universitario) del que además debo decir que es un estupendo compañero de letras y que presentó mis palillos de una manera muy peculiar y muy amena. Para los dos va mi agradecimiento, como también para Mª Luisa, por acogerme con cariño en su estupenda librería.

Mil gracias a toda la familia que se acercó, a los amigos y curiosos que allí estuvieron acompañándome.

Os dejo, como siempre, este enlace para ver las fotos del acto y el estupendo reportaje de Silvia en el Diario de Teruel.