Canción del verano seco

(Imagen: Ubé)

CANCIÓN DEL VERANO SECO

 

Esta lluvia tristísima,
de animal caído en el desánimo.
La tarde gris,
plano el vientre de las nubes
que se dejan llevar hacia las voces de la nada.
Esta lluvia décima,
angustiosa,
enfebrecida en lo pequeño y el instante.
Esta lluvia que dice muu arre.
Esta tarde ya vista
en 3d,
en recortes de periódico meados por los pájaros.
Esta lluvia,
(déjenme insistir en el número solo
y hostil de sus gotas)
esta ráfaga de vaguedad sobre los cristales de la ventana.
Esta tarde de gente en patines
y sujetadores sin tetas.
Esta tarde mundo
que se esconde tras el portal de una tienda de retales.
Este agua de mula.
Esta calma chicha para dolor de pobre.
Este dedo mío insistiendo en la carne de una tecla,
en la mente retorcida de un postigo,
en los ardores de Don Juan bajo un balcón en alquiler.
Esta tarde que se hace pronto,
recién nacida a las dudas.
Y este agua que se cansa de correr
y hace stop en mitad de un patíbulo.
La tarde lluvia.
La lluvia tarde.
El animal roto en el escaparte de un reloj.
Las horas enlutadas,
tardías,
con las piernas hinchadas por el calor.
Las horas en femenino.
La tarde con el miembro viril echando la siesta en los teléfonos.
Y el cielo ronco
pero sin muebles que arrojar.
El cielo sin la borrachera de un ángel,
sin las medias de un ángel,
sin la dentadura postiza de dios.
Y la tarde que se embrutece en la tristeza,
que se hace cuerno
o tonadilla,
que embiste en forma de lágrima
o acuífero que se seca en el pavimento doloroso
de un seno de mujer herida.
Ya lo he dicho,
este agua,
esta tarde,
esta tragedia matemática.

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La rosa de tu pubis

(Imagen: Ubé)

LA ROSA DE TU PUBIS

Plantaste la rosa de tu pubis
en el aire de un jardín llamado tiempo.
Luego vinieron los perros a picotear su carne,
pequeños telares de color rosa
que solían mojar sus labios en el rocío.
Plantaste la simiente de la mujer mala sobre una cuneta.
Luego los hombres caminaron descalzos por el borde de tu piel,
mientras tú reías y agitabas las trenzas de tus muslos.
Plantaste la discordia,
pedacitos de vid repletos de avispones del Perú.
Plantaste un puñal
o un colmillo
o tu pezón sangrante sobre la tierra seca.
Luego llegaron los cuervos para sobrevolar tus gestos,
manadas de ancianos
que te suplicaban amor o sopa caliente.
Plantaste la indiferencia,
la sinrazón,
lluvia amarga en los renglones de una novela.
Luego nos diste la espalda a todos
y tomaste el bus número 67.
Nadie te vio llegar a tu destino.
Tu destino era el pan del hambre,
el hombre solo y en la llama,
la muerte sin importancia de dios.

Sin título

(Imagen: Ubé)

una jaula donde posar mi corazón
un domingo sin espinas sobre la mesa
quiero mis trenzas antiguas
mi construcción última en femenino plural
quiero cárceles de miel y moscas
que vengan a rendirme tributo
un paraíso fiscal repleto de amapolas con la sangre tibia
quiero un cielo gris infinitamente triste
que descargue familiares muertos
caminos a la vera de un río siempre en calma
quiero fruta fresca
jóvenes frescos
porciones de niña que vengan a alimentar de hiel
la pureza de mi alma
un mundo sin cicatrices
o todos los agujeros del mar
quiero peces distraídos en un sillón
quiero lecturas frente al fuego pálido de dios
leche
o cuchillos
una voz automática
que me de instrucciones precisas

Sin título

(Imagen: Ubé)

tantito así
y hay luna gorda
como tus pechos
y está cachonda
y se le ve la baba sobrevolando la luz
tantito así
tu pie ahora sobre el barro
tu pie ahora desnudándose de tu pie
mientras el aire se pone interesante
y un poeta fuma dándole la espalda a la ventana
tantito así
la espera
la compasión
los atentados terroristas
la ternura de un animal cayendo sobre sus patas
en el corazón del mármol
tantito así
el sacrificio humano
aquella planta que respira por tu boca
un viaje al fin de los abismos
pequeños pasillos repletos de gente enferma
que intercambia bolsas chiquitas de sangre
o cromos de la tercera guerra mundial
tantito así
ahora dobla la columna
ahora mira a la cámara
ahora moja tus labios
ahora hazte una herida en puro directo
ahora el luto
el gemido
las antenas parabólicas
una pantalla de ordenador
tantito así
y he aquí que internet es una bomba atómica que se expande
o una puta abierta de piernas
en una habitación donde sobran los capítulos tristes
tantito así
un suspiro
un helado
las aceras vomitando búfalos
tantito así
mira ese reloj
tic tac
tic tac
está hecho de tu carne
mira esa fotografía
la tomamos un martes muy santo
tú y yo
después de besarnos
con la lengua seca y las moscas
era una reserva de hombres blancos
inmaculados
con los dientes nuevos y colocados
en perfecto orden sobre un ataúd
tú estabas cansada y dejé grabando el móvil
luego salió una película de terror muy antigua
del 2019 aproximadamente
tantito así
alzar el alma en lento
(su idea / Spinoza dixit)
y contemplar la angustia de la nieve
sobre los tejados

Cumpleaños feliz

Hoy cumplo 47 años. Bueno, en realidad no sé si son 47 o 120; en cualquier caso un año más y yo encantada de la vida.

Aquí os dejo una ración de egos revueltos en forma de fotografía.

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Peces eléctricos

(Imagen: Ubé)

(Publicado en el Diario de Teruel, 8 de agosto de 2017)

PECES ELÉCTRICOS

 

(Inspirado en un deseo oculto de Gonzalo Torrente Ballester)

 

“En las últimas horas de la vida de un poeta, Dios se apiada de él y le permite mantener una conversación íntima con el personaje literario que más haya admirado”.
Esta cosa tan fántástica se la escuché decir a mi amigo Palomo Cienfuegos, poeta de estirpe, alto como un ciprés, con la cara alargada, la piel dura y cuarteada, con una cicatriz muy carnosa en la mejilla izquierda que nunca se supo a ciencia cierta en qué recuerdo sentimental había nacido, qué mano u objeto pudo arrancar de un tajo pedacitos de su carne y despues ir cerrando el camino de su dolor como se cierra una cantera o una farmacia. Alguna vez le pregunté a Palomo Cienfuegos por la causa de semejante estigma y esto es lo que contestó:
—–Lo mismo fue mi padre en una de sus cogorzas.
—–¿Don Francisco?
—–Ya te digo.
—–Pero tu padre era un santo varón, un hombre de letras y de pacifismos. No me encaja.
—–Pues igual lo hizo cuando estaba lejos de toda intelectualidad.
—–¿Me estás diciendo que el insigne poeta Francisco Cienfuegos y Campoamor te molía a palos?
—–Es posible. Ya sabes que nunca he tenido mucha memoria. Por eso escribo, supongo; para capturar en el aire lo que se me va en el aire del pensamiento.
—–Eres de un rarito…
—–Lo mismo no fue mi padre y el pobre ahora, al escucharme, estará revolviéndose en su tumba.
—–No me extrañaría. Oye, pero si no fue él, ¿quien te hizo ese tajo?
—–Lo mismo nací así. Me arañé en el feto de mi madre. O fue mi gemelo. Eso es.
—–Pero si tú eres hijo único.
—–Ahora sí, pero en el vientre de mi madre éramos dos, mi hermano Filomeno y yo. Lo que pasó es que nos dio por pelear porque los dos queríamos acaparar el cariño de mi madre y la admiración de mi padre. Además, los dos queríamos ser poetas gloriosos que pasasen a la historia. Y ya sabes, amigo mío, que eso es imposible. Un poeta genial , un siglo. Y dos en la misma familia, nanay.
—–Así que te cargaste a tu hermano y la cicatriz es una herida de guerra.
—–Puede ser.
—–¿Y tu madre qué dijo al ver que no llegaba al mundo Filomeno?
—–La pobre no debió enterarse de que tenía dos poetas dentro de la tripa. En aquel entonces no había tantos aparatos.
—–Oye, ¿y qué hiciste con su cadáver?
—–Pues qué voy a hacer, comérmelo, como hace un buen gemelo caníbal que se precie.

Palomo Cienfuegos siempre estaba fantaseando. La historia de los gemelos era tan increíble como el hecho de que hubiese vida más allá de la Tierra, pero me divertían mucho sus ocurrencias y con tamaña imaginación, le vaticiné un buen porvenir en el mundo de las letras. Sin embargo, Palomo, a pesar de su empeño, no llegó a ver cumplido el sueño de ser un poeta genial; más bien fue un poeta mediocre que no publicó mas que un par de madrigales en las fiestas de su pueblo y que tuvo que marcharse a Francia después de la guerra porque lo acusaron de rojo y su madre se murió de tuberculosis. En Francia dejó de lado la poesía y se dedicó a dar clases de español y por las tardes a frecuentar un café donde solía reunirse la bohemia francesa: actores, actrices, poetas, novelistas, republicanos exiliados, intelectuales , críticos…
Me escribió un par de veces y luego le perdí la pista. Me dijeron que murió al poco tiempo de llegar a París, solo, en una habitación que no tenía ventanas. Entre sus cosas encontraron mi dirección y una foto que nos hicimos juntos cuando estudiábamos en el seminario.
Pero estaba hablando de Dios. Decía que cuando un poeta está a punto de exhalar su último aliento puede pedirle a Dios una conversación privada con su personaje literario favorito. En ese asunto ando yo ahora, en pensar en cuál de todos los personajes literarios que han pasado por mis manos y por mis ojos quisiera tener a mi lado. Hoy, catorce de agosto de 1970, cuando el termómetro marca 40 grados en el zaguán y mi gato Froïd se despereza en mi cama, en el lado derecho, un poco más allá de donde la enfermera que cuida de mí ha dejado la palangana que contiene el agua y el vinagre con el que alivia el fuego de mis entrañas.
La enfermera es bajita y gorda, sin cuello, con un lunar grande en la garganta y otro más pequeño junto a la boca. En ambas superficies ha crecido un ramillete de pelos negros que la enfermera no se ha molestado en cortar. Se llama doña Concha y lee novelas de Corín Telllado cuando cree que estoy dormido. De vez en cuando, a uno de mis ronquidos, se levanta, me toma el pulso, mira mi boca, se acerca, abre mi boca, introduce su nariz picuda en ella y un termómetro y después regresa a la lectura. Sus piernas son gruesas y tiene varices, Si hace mucho calor, agarra el abanico que descansa sobre su regazo y lo agita con fuerza. El gato Froïd refunfuña por el golpe violento de aire frío y sale disparado hacia el pasillo donde se pone a maullar como un descosido, como si quisiera decirle a doña Concha: “Maltita sea su estampa, eche pa ya el aire, señora, y no moleste”.
Si tuviese ganas, me reiría, sin embargo no es el caso. Soy un moribundo. Un viejo que tiene los minutos contados, que no puede tragar la sopa y mucho menos decir Pamplona cuando doña Concha se empeña en mojar galletas en la leche y hacer fuerza con la cuchara para que yo abra la boca al fin. Todo lo que hace doña Concha es a la fuerza. La imagino regando las macetas de su balcón a la fuerza, bailando un chotis con su esposo en las fiestas del barrio a la fuerza, sin dejar de morder con fuerza un clavel, sin dejar de engullir a la fuerza pedacitos de anís del mono.
Y en esas estoy o estaba, ya no sé, apagándome a poco, como una gota que cae angustiada en el lavabo, después de que hayan cortado el agua, pensando en qué personaje literario elegiría para que esa conversación íntima pudiese llevarse a cabo. Dudaba entre Casandra o Hamlet. Hamlet o Casandra. Al final, sin darme cuenta exclamé:
—–¡Que venga Hamlet!
Entonces llamaron a la puerta. Mi sirvienta Paquita fue a abrir y yo sentí que en mi pecho empezaban a galopar los peces eléctricos.
Cuando Hamlet llegó a mi alcoba, yo ya había muerto. Pero aún puede oír como doña Concha le preguntaba si era mi amigo, si me conocía de hacía mucho tiempo, si tenía problemas económicos o si por el contrario, mis cuentas bancarias estaban en orden. Le dijo también que no había nadie para encargarse de mi entierro, que estaba solo porque era uno de esos hombres huraños que no salían de casa y se dedicaban a escribir versos.
—–Poeta, fíjese. Para qué quiere nadie ser poeta pudiendo ser notario o médico de cabecera.
Luego le sirvió un café y le dio las mismas galletas duras que me hacía engullir a mí a la fuerza.
Antes de que Hamlet abandonase mi hogar, le confesó que me había ido del mundo como un bendito, eso sí, que en el último momento, me había cagado por la pata abajo.
Hamlet le dio las gracias y a mí, alguien que más tarde reconocí como mi amigo Palomo Cienfuegos, me cubrió el rostro con una sábana amarilla.
—–¿Ves como yo tenía razón? —–me susurró al oido. Iba acompañado por su gemelo Filomeno.

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Cosas que empiezan por a

(Imagen: Ubé)

cosas que empiezan por a
abecedario
abracadabra (plas / plas)
amanecer
anestesia
alcanzar (tomar prestado un cinturón que arde / la fiebre de un animal que te persigue)
atleta
anatema
asceta
arácnido (un sueño dentro de lo oscuro / un nido / un banco / un hogar con hipoteca)
atardecer
aleluya (o Leonard Cohen ajustando las piedras de su voz)
alfombra mágica
alambrada (un puñado de niños rezando dentro de su carne muerta)
almirante
alcantarilla
amor (o serpiente crucificada en círculo)
alergia (a los muchachos rubios / a la peste en Venecia cuando se encuentra dormida)
alegría (pensemos en un prado de margaritas masturbando sus hojas al sol)
atropello (un escaño vendido en el parlamento / un sombrero cuadriculado / un tanque partiendo en dos la madrugada)
álgido (un seno / la curva de su dolor / el perfume de violetas apuntando hacia las cárceles)
acatar
asombrar (un circo / una bicicleta acuática / la pecera donde un hombre desnuda sus miserias)
acostarse (con el hombre / con la sombra del hombre / con la mujer / con las botas en punta de la mujer)
aceptar (una flecha de agua que señala hacia las grietas del cielo / una composición de Mahler abriendo las enaguas del mar)
algunas cosas que nunca están cuando las necesitas (una madre / un columpio / una oración en el idioma de las mariposas)