Tocar o ser tocado

(Imagen: Ubé)

TOCAR O SER TOCADO

 

Ese piano frenético,
Beethoven ardiendo
en el interior de la porcelana,
paisajes dispersos
dentro de un televisor
donde siempre aúllan
idénticos lobos.
Ese piano,
notas de color silvestre
que se meten en los agujeros de mi alma
y me ponen a bailar a solas
con el vacío de esta vida que no existe,
sin piernas,
sin brazos,
con la cabeza ida
hacia los continentes de la locura.
Ese piano
o
ese cuchillo de una mujer
que acaricia las teclas negras,
que hace trenzas
sobre el cristal blanco.
Momentos donde el lenguaje no alcanza
porque se rompe
o huye en mitad de sus harapos.
Esa lengua que no duerme,
que se descansa del peso
de todas las gramáticas
en un café que no se escribe
(no pensemos en sus letras
olvidemos la sombra de la C,
la vergüenza de la A,
la angustia de la F,
la antipatía de la E).
Ese piano,
mi alma puesta en pie
en los columpios de dios
dios amándose a si mismo
frente al espejo del tiempo,
el tiempo sacando su lengua de alabastro,
la tierra en llamas
en algún país,
un niño muerto
cerca de las alambradas,
América herida
en el sexo de un travesti,
España echándose la siesta
sobre la ternura de un asno.

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