Divagaciones en Berlín

32011238624_37787e8eb6_z(Imagen: Ubé)

DIVAGACIONES EN BERLÍN

(A mi amado Ubé)

Un abandono,
es decir,
tu mano en silencio junto a la mía.
Hay gotas de lluvia que empiezan a enfermar en la ventana,
¿las ves?
Puede que sean peregrinos de otro país,
almas sin patria que pierden el agua de su sangre
mientras intentan atravesar las alambradas.
Un gesto de tu nariz,
como si el mundo hubiese cambiado de perfume
y ahora todos los animales tiernos se pusieran a temblar
bajo la hoja de un poema.
El mundo gira,
da vueltas en los ojos tristes de un ciervo
que no sabe lo que significa morir
y está herido en el bajo vientre.
Un episodio dramático,
piensa en un féretro,
piensa en el cristal que envuelve la muerte,
en el aire acondicionado
que acaricia los pétalos de las flores frescas
que van a morir.
Hay mujeres con las piernas hinchadas
dentro de una habitación
que lleva el nombre del difunto,
pero allí no hay azafatas
que repartan pastelitos de crema y café,
allí no hay un informático
intentando restarle arrugas
al contorno de un cactus con el photoshop,
allí solo hay una temperatura estable,
una vida estable,
una conversación bajo cero.
Un ruego.
Es la oración del hombre que compra fruta y la malvende,
es el semáforo cambiando de color
dentro de un cuaderno infantil,
son gotas para agrandar los ojos
o la pantalla miserable de un móvil.
Hay demasiado ruido dentro de esta ciudad sin pájaros.
Hay pocas mujeres griegas
que sepan lo que es tener los pechos
repletos de puñales
o un cordero sacrificado sobre la piedra.
Un eclipse.
Este poema, por ejemplo,
tu mano regresando a mi mano,
sábanas limpias en el interior de la pluma que te escribe,
el amor que se nos come a escasos centímetros.

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