Amada mía esta casa

(Imagen: Ubé)

AMADA MÍA ESTA CASA

amada mía esta casa
el agua tocando el piano
con sus manitas de hiel
esta mansedumbre de los días
el invierno que todo lo mata
que lo hace hermosamente funesto
sobre el cristal
amada mía esta música del alma
golpeando la nostalgia
recordando tiempos que ya fueron
camisas puestas al sol un día de agosto
cuando nacen a la pereza los insectos
y un hombre cae sobre la boca del campo
y muere
amada mía el dolor
cestos de ropa sucia
sobre los cajones del tiempo
la fruta pudriéndose en el alféizar
aquella cuesta
aquella tormenta
tus manos sobre la piedra
mis manos sobre la intimidad de tu vestido
hoy los pájaros no cantan
y hay nubes geométricas
besando la oscuridad del cielo
amada mía esta casa
su silencio de tumba
su olor a pétalo de nieve
amada mía el viento
cuando caminábamos con las manos  muy juntas
con la palabra muy junta
con el miedo a llegar tarde al amor
lamiendo nuestras espaldas de amante
(la culpa amada mía
esa daga solitaria que nos escribe
que abre las venas de un jardín en Babilonia
y derrama sobre el papel
todos nuestros cadáveres)

 

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No es Manderley

NO ES MANDERLEY

Volvía a casa y el mundo era pequeño
fuera,
tras el cristal,
la cara de un niño se agitaba preso del temblor de la nieve.
Volvía a casa y estaba sola
y mis muertos se acurrucaban a la orilla de un sueño.
Hacía frío en mí,
como si todo el invierno hubiese venido a posarse sobre mi pecho.
Pero yo volvía una y otra vez a la casa,
a la pira arrogante de su ceniza.
Era entonces un tiempo de árboles
y de luto riguroso,
tiempo que enfermaba
sin saber de dónde llegaba aquel soplo que helaba la sangre y la palabra.
Volvía a la casa siempre,
aunque habitase ahora en otra habitación con luz.
Pero yo regresaba igual que un pájaro dormido
que no sabe dónde ha dejado sus plumas,
el alimento del hijo o sus labios.
Iba una y otra vez atravesando sus muros
dándome de bruces con su cuchillo.
Porque la casa era mi infancia,
sus piernas trepando al cielo,
una flor que se encorvaba por el simple dolor de su belleza.
Volvía a la casa,
como en un ritual silencioso,
en un rezo lleno de clavos que atravesaba de parte a parte mis fotografías.
Y después el fuego,
una tarde,
sin previo aviso,
una lengua en llamas lamiéndolo todo,
aquel viejo gramófono
donde escuchábamos la melodía del polvo
y la ropa de la abuela que olía a tierra mojada,
a sudor de mujer que aguanta el peso de los días.
Pero yo regresaba a la casa,
con mis dos trenzas atadas a una maleta
donde oculto una espina y un patrón de modista,
las escaleras en las que fumaba mis cigarrillos
el rincón,
la cicatriz,
todo se queda ahora colgando en los hilos de un rumor misterioso.
El incendio.
Puedo decir ahora
“El incendio de la casa”
y no sentir nada mas que la curvatura de una araña
haciendo música en mi sien.
Y los perros de mamá
mordiendo mis vestidos,
los mismos perros con los que un día llegué al mundo.
Pero regreso a la agonía de la casa,
regreso a enterrar  los bailes,
la bendición de Dios
cuando Dios tenía allí una cama y un tazón de leche caliente.
Pasarán los años
y la casa crecerá en otra parte,
echará raíz en el viento
y se pondrá a volar entre mis manos
para que yo vuelva a poner al fuego
el café,
a tender en el patio la soledad,
a darle patadas a la sombra dulce
de mi propia ruina.

No me atrevo a mirar tu retrato.
Es posible que en un acto de justicia,
la palidez de tu mano halla prendido fuego al hogar.
allí nacieron tiempos hermosos,
flores blancas sobre el mármol,
nacieron gatos que dejaron su sangre en el colchón a modo de ofrenda.
Estará allí Pirula,
la vieja gata que los amamantó a todos,
su cadáver ahora haciendo el amor con el fuego.
Dicen que el fuego purifica,
que en el lugar donde anida la  ceniza,
habrá más tarde un paisaje fértil.
Es mejor así,
tú lo sabes, muerta mía.
Darle dos vueltas a la rabia
y encender el fuego,
después mirar como se consume una vida que ya no está,
como el perfil de todas nosotras se va encorvando,
reunirnos en el color rojo
y danzar libres,
en la misma casa
pero en el aire.

La misma tarde en que la casa ardió,
yo limpiaba el humo de tu corazón.
Pienso en la mecedora.
Pienso en el licor de flores que bebíamos en el verano.
Pienso en la ventana,
en tus ojos poniéndose a regar las sombras.
La misma tarde en que la casa ardió,
yo acariciaba  lo íntimo.

Después de todo, el silencio nos llama.
El fuego, lejano ayer, es ahora un manto de lilas enredándose al recuerdo.
Y siento un perfume muy tierno acomodándose junto a mis ojos,
que de rato en rato lloran
o derraman agua para curar esta herida.
Y sé que la casa me habló en sueños,
y quiso reunirse con sus muertos
(con la niña que se quedó atrás y corre en el manto  de la ceniza).
Porque decir ceniza ahora,
es decir amor,
es decir tormenta que nunca amaina,
es decir bolas de nieve con fiebre
y una luz nueva nublando los caballos de la ira
o haciendo dormir a los fantasmas,
que por siempre,
habitarán los paisajes de esta alma mía que cae
y se derrumba.

Luego vendrá la rutina del luto
y los recuerdos que amé se pondrán a susurrar en el aire.
Luego yo seguiré respirando espinas
y recorreré las calles en otra ciudad.
No dejaré de escribir poemas  con la mente
repleta de campanillas.

Todo lo que conseguí rescatar :
La vieja máquina de coser,
las películas infantiles,
el aullido celeste de la pena.
Todo lo que se quedó conmigo,
objetos huérfanos
que ahora me miran
y tienden sus bracitos para que yo los  cobije,
para que  diga shhh, estoy aquí, (todavía)
seguiremos pintando las paredes de nuestra alma, (no temáis)
celebrando el aniversario
de nuestra muerte,
rescatando los rayos del sol
con el que un día nos emborrachamos.

Nada más que un diente apretado y otro diente
apretado aún,
una amalgama de colores desnutridos
en el interior de mis párpados,
el hambre de decirlo todo
sin mover los labios,
la infamia de lo ya dicho
o  coger un fusil  imaginario
y arrojar perdigones
sobre los perros
que mamá  inflama.

Eran días suaves en el sillón o la fiesta reuniéndonos a todas en el patio.
Era la mecedora que engullía al abuelo
y poner en copas altas el vino
y derramar la risa sobre la boca del aire.
Era un suspiro y otro,
pechos escalando el cielo,
la sensación de que el presente no acaba,
se queda quieto en las pupilas y en las manos,
iniciando un baile
del que jamás despertarán nuestros pies.
Era cuando llegaban otras mujeres
y nos señalaban el hueco en sus vestidos,
porque eran los muertos que faltaban
o el recuerdo vivo
que regresaba a la fiesta,
que se abría paso entre los dulces,
que ponía en marcha el tocadiscos
y hacía salir a las rosas de su letargo.

Aunque ahora el alma tenga el silencio cosido a su pecho,
yo canto.
Le canto al domingo infantil,
a la merienda en la sangre
cuando la sangre rodaba en la cuesta y llegaba tarde a casa,
casi sin aliento,
aunque ahora haya un hueco oscuro en el lugar de la casa
y un perfume a hogar quemado en la calle
y los vecinos ya no saluden su presencia,
yo canto.
Le canto al ruido de la risa,
a la labor que hacían las solteras en el verano,
a la noche larga,
a las hormigas que me vieron crecer,
a todo el llanto que después vino a sentarse en la mecedora,
prendió el televisor
y se dejó ir
mientras un cuervo atravesaba el patio.

Soy incapaz de recordar el momento exacto en el que la memoria deja de existir,
pero sé de su presencia cerca de los ojos,
sé de su tacto dentro del color amarillo,
reconozco su voz cuando la lluvia cae e insiste sobre la lejanía.
Soy incapaz de dar un dato,
de hacerle una cruz a la hoja de un calendario,
de señalar de forma concreta un acontecimiento irrepetible
o el último cumpleaños del otoño.
Lo intento pero no puedo pronunciar la palabra amor
sin que la boca se me llene de sal,
pero sé que tú estabas allí,
siempre cerca,
a dos zapatos de distancia
de las alas de un ángel.