Salida de emergencia

(Imagen: Ubé)

SALIDA DE EMERGENCIA

Mano sobre mano.
Y la penumbra, ¿dónde está?
Pie sobre boca,
un silencio que llega desde la cortina más azul del pensamiento.
Hay algo tenebroso en la palabra hombre,
un corral de comedias desinfectado de ratas,
una copa de vino dulce que trae hormigas en guerra
y viudas que no han hecho la primera comunión.
Mano sobre ovillo,
la lana que Ulises engendró
cerca de un mástil carcomido por el misterio.
Y aquella sirena que tenía un falo escondido en la garganta.
(¿La recuerdan?)
Y Penélope venga a coser tristezas subida al sol,
bajo el perfil ausente de una ventana que no tenía aire ni mariposas
ni leche amarga en los pezones del tiempo.
Boca sobre pluma,
mil pájaros volando con la demencia dentro de una chupa de cuero
que es robada que es inglesa que no sabe decir gracias ni entiende de banderas.
Un sorbo de agua en el naufragio de la vida,
en la impostura de una estatua que es premio nobel silencioso.
Mano,
oscuridad,
camino recto sobre los lienzos de la noche,
la tortura de escribir heridas,
de curar pasiones o niñas que llegan cojas del reservado de una discoteca.
(Dance / dance)
Mano sobre polvo,
música sobre violín enfermo,
Dios y sus mil salidas de emergencia.

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Relaciones íntimas

 (Imagen: Ubé)

RELACIONES ÍNTIMAS

mía a rabiar
la poesía
las musas
que se acercan a esta pantalla
descalzas
con los volantes repletos de fango
y la voz ahogada
entre los pliegues del whisky
solo mía
este poema
y el otro
y el que ha de venir
mía como mi piel
o mi aliento
como el ritmo matemático
de mi corazón
solo para mí ellas
solo para ellas mí
a rabiar
con la acústica de mi voz
en un teatro de nube y espesura
ellas y yo
de la mano
de los pies
de la cintura
del alma
mía a rabiar
la poesía
el silencio sordo que siempre se anticipa
el temblor de mi sangre
la avaricia de mis dedos sobre este teclado en llamas
mía la poesía
y ellas
las musas miserables que se ríen de mí y que me lloran
que me ponen trampas en el aire del pensamiento
que se comen mis gramáticas
y se beben mi vacío
mía a rabiar
haciendo guau lo digo
arañando con uña kafkiana y del Perú
la sombra moruna de una alondra
mía solo
para mí con todo
para ellas con nada

Ropa vieja

  (Imagen: Ubé)

ROPA VIEJA

ay de la ropa vieja
pal puchero
o a la basura
ay de la ropa vieja
mira allí al fondo de la cómoda
mira aquella toalla que arde en el desánimo
mira aquella manta surcada de quemaduras de cigarrillo
sus ojos abiertos a la espesura del silencio
cuántos abrazos bajo su calor
cuántos besos
cuántos sexos y otro sexo aún
ay de la ropa vieja
pal puchero
o la olla de la injusticia emocional
hay que hacer limpieza
arrojar lo melodramático de un polilla por la ventana
desmenbrar las alas de una mosca que acaba de ser madre entre las sábanas de un ajuar
ay de la ropa vieja
ay de las moscas limpias entre la blancura alada de un recuerdo
mira aquella chaqueta que tanto abrigó al niño
con ella hicimos esa foto en Venezuela
hacía calor y el niño sudaba
estaba tan linda la chaqueta al sol
estaba tan lindo el niño derritiéndose al sol
ay de la lana vieja
de las fotografias que tosen por enfermedad u olvido
ay de los cajones que retienen tesoros y capítulos amargos de nuestra vida
mira mi vida
asómate a este baúl
a sus ojos de lluvia o fuego
ahí guardo el esqueleto de la abuela
el jarroncito chino de la tia Ederlinda
las caderas de mi madre cuando bajaba la cuesta con la compra entre los brazos
ay de la ropa vieja
ay de los bosques viejos y de las canciones con polvo en el corazón
ay de estas manos que son verdugo
y escogen a su próxima víctima al azar
mientras afuera la vida nueva corre y salta y le hace la burla al tiempo

Mano dura

(Imagen: Ubé)

 Mano dura

golpeen las ventanas
salgan del cristal
y golpeen la vida
ahí afuera hay un dios imbatible
al que hay que arrojar piedras y cerdos y jazmines
golpeen la ventana
y después salgan a la tierra de sus vestidos
denle sepultura a la fe
y a los edificios de Islandia
atusen sus bigotes frente al barro de un bar
golpeen la ventana
y si pueden
hieran la tarde en su vientre más tierno
salgan a la vida
respiren el fuego de una gasolinera
y la cabellera castaña de una joven
que hoy cumplirá cuarenta y siete años
pidan limosna dentro de una butaca
donde se proyecta un maratón de películas X
hagan una cruz con los capítulos más tristes de su vida
y golpeen la ventana
después alcen los ojos y contemplen un cielo nuevo
otra suerte de pájaros
que se han puesto a reptar
sobre la miel putrefacta de los ángeles
golpeen la ventana
golpeen las manillas ambiciosas del tiempo
la boca muda de las estatuas
golpeen
el deber
el hambre
la monarquía
los plásticos ahogando la belleza del mar
la arrogancia oscura de las gárgolas

Apasionantes naves

(Imagen: Ubé)

APASIONANTES NAVES

Apasionantes naves,
el incendio de una casa,
lámparas que abren bocas
y dientes
y se clavan en la carne solitaria de los vestidos.
Apasionantes naves,
héroes echándose la siesta en un mástil,
mujeres rotas zurciendo novelas,
niños acompasados como relojes,
niñas haciendo la primera comunión con su sangre.
Apasionadas naves,
guerreros
y disléxicos
llamando a las puertas de la locura,
pájaros deformes enroscando sus picos alrededor del pecho,
como si su pecho fuese una playa sin pulso
o un abismo de eterno cristal.
Apasionantes naves,
Helena,
Casandra,
Medea,
Hécuba,
el fuego y sus mil bocas,
el sexo del mar rugiendo dentro de una botella,
ancianas que se beben la orina de una estrella
y después huyen tersas en sus cincuenta años.
Apasionantes naves,
palacios o aeropuertos,
gente sin fin
asistiendo a una corrida de toros,
toros como diamantes que embisten el cuerpo capital
de una gran dama que no se rompe.
Apasionantes naves,
mar arriba,
océano arriba,
ginebra arriba.
Apasionantes naves haciendo el amor
con su destrucción más mínima,
sin doblegar sus clavos,
sin un solo rasguño en el vientre de sus muertos.
Apasionantes naves,
juntas de la mano en la ciudad,
de compras en un ultramarinos,
eligiendo manzanas vírgenes,
kiwis de color azul,
sirenas con la voz ronca.

Canción del verano seco

(Imagen: Ubé)

CANCIÓN DEL VERANO SECO

 

Esta lluvia tristísima,
de animal caído en el desánimo.
La tarde gris,
plano el vientre de las nubes
que se dejan llevar hacia las voces de la nada.
Esta lluvia décima,
angustiosa,
enfebrecida en lo pequeño y el instante.
Esta lluvia que dice muu arre.
Esta tarde ya vista
en 3d,
en recortes de periódico meados por los pájaros.
Esta lluvia,
(déjenme insistir en el número solo
y hostil de sus gotas)
esta ráfaga de vaguedad sobre los cristales de la ventana.
Esta tarde de gente en patines
y sujetadores sin tetas.
Esta tarde mundo
que se esconde tras el portal de una tienda de retales.
Este agua de mula.
Esta calma chicha para dolor de pobre.
Este dedo mío insistiendo en la carne de una tecla,
en la mente retorcida de un postigo,
en los ardores de Don Juan bajo un balcón en alquiler.
Esta tarde que se hace pronto,
recién nacida a las dudas.
Y este agua que se cansa de correr
y hace stop en mitad de un patíbulo.
La tarde lluvia.
La lluvia tarde.
El animal roto en el escaparte de un reloj.
Las horas enlutadas,
tardías,
con las piernas hinchadas por el calor.
Las horas en femenino.
La tarde con el miembro viril echando la siesta en los teléfonos.
Y el cielo ronco
pero sin muebles que arrojar.
El cielo sin la borrachera de un ángel,
sin las medias de un ángel,
sin la dentadura postiza de dios.
Y la tarde que se embrutece en la tristeza,
que se hace cuerno
o tonadilla,
que embiste en forma de lágrima
o acuífero que se seca en el pavimento doloroso
de un seno de mujer herida.
Ya lo he dicho,
este agua,
esta tarde,
esta tragedia matemática.

La rosa de tu pubis

(Imagen: Ubé)

LA ROSA DE TU PUBIS

Plantaste la rosa de tu pubis
en el aire de un jardín llamado tiempo.
Luego vinieron los perros a picotear su carne,
pequeños telares de color rosa
que solían mojar sus labios en el rocío.
Plantaste la simiente de la mujer mala sobre una cuneta.
Luego los hombres caminaron descalzos por el borde de tu piel,
mientras tú reías y agitabas las trenzas de tus muslos.
Plantaste la discordia,
pedacitos de vid repletos de avispones del Perú.
Plantaste un puñal
o un colmillo
o tu pezón sangrante sobre la tierra seca.
Luego llegaron los cuervos para sobrevolar tus gestos,
manadas de ancianos
que te suplicaban amor o sopa caliente.
Plantaste la indiferencia,
la sinrazón,
lluvia amarga en los renglones de una novela.
Luego nos diste la espalda a todos
y tomaste el bus número 67.
Nadie te vio llegar a tu destino.
Tu destino era el pan del hambre,
el hombre solo y en la llama,
la muerte sin importancia de dios.