España toda (Hiperión). Un poema

España toda (Hiperión). Un poema

(Imagen Ubé)

Habrá que cortar tu cadáver por partes
y dárselo a comer a un galgo

(España).

Pero luego vendrán tiempos mejores,
tiempos donde la mesa
no se ponga a temblar a partir de las doce.
Una mesa construida
por un hombre limpio

y sano

y digno

y con eso que llaman honor

ondeando encima de su cabeza

(España).

Pero tú sabes que eso es difícil aquí,
aquí donde estorba lo bello,
donde se esconde lo útil,
donde el verso se arroja a las fosas
y se encumbra el diente de la basura

A ti,

(España)

a toda tu anatomía de mangantes
y políticos sin corazón,
os digo que es hora de irse a dormir,
de partirse el alma por otros
que aún no han llegado al mundo

(hablo del mundo de España
que está lejos,
que está encima de un retrato de mujer
que es premio nobel

y que nunca se casó con su gato

y que no se le conocieron violencias

ni malas posturas al nacer).

Pero ahí afuera,
todo sigue
dentro de lo sucio.
Pobres fumando
y tecleando en su móvil
mientras las monedas se hacen de rogar,
balcones en donde se seca el grito
y los geranios,
muchos niños patinando en la desesperación,
con padres
echándose la siesta
en el vientre de una cerveza,
con madres
que no paran de comprar píldoras para adelgazar

madres y más madres
de pechos inciertos
o
plásticos,
pequeños balones de fútbol
que no dan leche /
que no dan pan.

Y yo ahora mismo aquí,

(España)

dentro de tu animal abrazo,
pensando en que mañana va a llover
y yo no me puedo poner
pantaloncito corto,
pensando que la vejez llegará cualquier día de estos
y me pillará completamente desnuda
sin pétalos en el lenguaje.

Y te pido consejo

(España)

acerca de la climatología de un hombre
o
de un suicidio.

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España toda (Hiperión). Un poema.

España toda (Hiperión). Un poema.

La ruina no avisa

(España).

Cualquier trimestre,

mientras la flor de Alejandría

se queda embarazada de una tarántula

y el mundo africano

gira en la cintura del hambre,

a ti,

(España)

se te empezarán a caer los montes,

empezarás a secarte de arriba a abajo,

no habrá grúa

ni satélite

que te saque de la depresión.

La ruina no avisa

(España).

Todos tus vestidos se harán estrechos

(no más pactos con Francia /

no más lamentos de Portugal /

de Alemania habrá que olvidarse /

también de participar en Eurovisión).

Entonces te dará pena caminar tan sola,

porque cuando llega la ruina,

toda la familia

hace las maletas

y se marcha lejos

(la familia aquí son tus habitantes,

los inmigrantes de los 40

de los 50`5

de los 2038).

Todos ellos harán cola en la boca de un tren y partirán

arrojando a tu vientre clinex y mujeres estériles.

Ya nadie te llamará madre,

ni te escribirá cartas de amor,

mucho menos canciones,

porque Serrat estará muerto

bajo la piedra mediterránea de un maniquí.

La ruina no avisa

(España).

Será como esperar en lo oscuro

el desahucio de tu hogar,

rodeada de cajas

(de ríos,

de cordilleras,

de monumentos catedraliceos,

de pueblos con sus fiestas

y sus fuegos de artificio).

Puede que sea Dios el que venga a decirte:

Caput.

Dios mismo vestido de astronauta

o de político

o de carnicero

(quién sabe).

La ruina llega sin avisar,

se estanca en la sangre del sueño,

quema los ojos del futuro,

pellizca los harapos del alma

hasta que no queda más que un mal sonido,

algo similar al eco de una cucaracha

reptando por el aire.

Bella oscuridad

(Imagen: Ubé)

Bella oscuridad

 

Estás en mí,

bella oscuridad,

cuando la noche estira el látigo de su lengua

y los objetos pierden el peso de su nombre

y todo cambia de sitio en el corazón.

Es el capricho de Dios

o los sentidos torpes del hombre.

Es esta habitación en los huesos

que me mira desde el túnel último de su sangre,

somos tú y yo,

poesía,

misterio,

mar en el festín de la carne,

percha líquida donde los náufragos conversan

acerca de su muerte en las películas.

Estás en mí

ala de murciélago chiquito,

pluma de cuervo nupcial,

enfermedad grave en las alturas del amor,

mientras yo camino sin rumbo

sobre la tierra de este papel sin sexo,

sobre este desierto de mujeres difíciles

que escribieron poemas antes de nacer,

cuando solo eran sombras femeninas,

un pubis lejano

dentro del ámbar de una madre.

Estás en mí,

cántico lúgubre,

animal frenético en los círculos del fuego,

tierra escupiendo cadáveres,

colchón sucio donde acaba de parir

el maleficio de un relámpago.

Estás en mí,

puñal de Agamenón,

actriz trágica de telenovela,

fantasma dulce

que lame mis penas cuando la tormenta

se abre paso en el vientre de un vaso de leche.

Estás ahí,

muerte anunciada,

capítulo de flores marchitas

que navega por las aguas gramaticales de mi sangre

y luego huye hacia el fragor de las discotecas.

Dance / Dance

(me dice la luna)

Pero la luna es una mujer repleta de heridas en sus balcones,

una mujer que debe maquillar el miedo a cada instante

y darle la espalda a las lentejuelas

y a la luz de los barbitúricos.

Pero la luna es un gigante microscópico que nos mira cometer un crimen

mientras ella se afeita un hijo muerto,

mientras ella lucha contra los sonidos del mal,

contra la música demente de los supermercados,

contra la avaricia solitaria del presidente de los Estados Unidos,

contra el continente negro haciéndose blanco,

haciéndose tienda de los chinos,

haciéndose centro comercial

o club de alterne.

Estás en mí,

hermosa tiniebla,

prima muerta en el bosque de abril,

padre muerto en el whisky de las horas,

tía muerta en un zapatito de cristal eléctrico.

Y todo sigue su camino en la noche.

Todo vaga de la tiniebla

al ojo de una anciana que ve el mundo borroso

y no se orienta en el paisaje sentimental de su cuerpo,

una anciana que acaba de cumplir noventa años de vida inhumana

y por primera vez puede leer las facturas

y una carta de amor.

Torre de hielo

(Imagen: Ubé)

TORRE DE HIELO

 

Mi torre en el hielo

donde los pájaros cantan baladas de muerte y rencor

y las muchachas pasean desnudas con sus huesos al hombro.

Mi torre de hielo y hambre,

estas palabras inútiles

que chocan en el espejo sucio del aire

y me devuelven una canción sin música,

el berrido del esperma

con el que cada noche

acaricio la idea de escribir.

Mi torre de hielo

o mi inmunda casa anochecida.

Yo canto a lo que no se nombra,

al sexo hermafrodita de una flor,

al silencio de los árboles cuando de noche

desabrochan su pasión y brincan

de la tierra a sus asuntos.

Mi torre donde el frío insiste

y no hay familia

ni misterios insondables.

Solo yo,

mi trocito de carne espiritual,

mis rezos tontos al borde del labio,

todos los recuerdos infantiles que he ido enterrando en mi pecho

a golpe de rabia,

a golpe de años y venganza.

Mi torre de humo blanco,

de mujeres caracol que se esconden en la maraña de mi pelo,

de los animales que me crecen cerca de los ojos y después huyen

porque alguien salido de un cuadro costumbrista

quiere darles caza.

Mi torre de hielo, cristal y leche

donde mi sexo aúlla

y mis camisas tiemblan

y toda mi geografía se asusta para volver más tarde al sosiego

y desenredar despacio el enfado de los marineros que se beben mi alma.

No entiendo ser mujer sin la textura de un cuervo

dando vueltas entre mi ropa interior,

ni entiendo ser hombre

sin arrojarme en picado a los patíbulos en mitad del sueño.

Mi torre de almendra y miel,

de meteorito o Dios haciendo círculos con los ojos.

No entiendo el desvarío de Dios,

su manía de destruir paisajes sentimentales dentro del pan,

de negar la virginidad de las moscas que se nos comen.

Mi torre de puñal, de fría nieve o manicomio.

¿Hacia dónde caminan hoy estas palabras?

¿En qué lugar del agua encontraré

la tumba de mi voz?

El mar nebuloso

(Imagen: Ubé)

EL MAR NEBULOSO

 

Llamémoslo niebla

o aliento de dragón dormido en las entrañas del invierno.

Mi mar es femenino

y está compuesto por mujeres muertas

que danzan desnudas sobre mi memoria.


Llamémoslo dibujo sentimental

o herida que recorre de parte a parte

esta casa que me guarda,

los cajones de mi ropa interior,

el filo de un cuchillo con el que de vez en cuando

amenazo con matar la mala costumbre de estar viva.

El mar,

la mar,

un vaso de agua helada

donde naufraga

el silencio

cuando no tengo nada que decir

al otro lado de la hoja

y peino mis ojos en dirección al sur.


Llamémoslo ganas de morder la belleza,

calendarios,

la sangre de un kiwi,

esta niebla que devora cables eléctricos,

perros,

el llanto recién estrenado de un niño

que descansa junto a la soledad de un zapato en Persia.

El luchador. Dos poemas del poeta danés L. Ponwski.

(Imagen: Ubé)

EL LUCHADOR

1

ANTES DEL RING

El luchador ha pasado la noche en vela.
Tiene un insecto pegado al ojo
que intenta incubar la fiebre de un sábado night.
Lo espanta de un manotazo.
Da vueltas sobre la cama.
La cama dura como si fuese el lecho último de la tierra.
La cama estrecha y sucia,
una lámpara bailando al ritmo del aire que se queda.
Es agosto.
La calle en silencio.
(Sh)
El humo brotando de sus labios finos,
un sapo sin charca,
una charca seca donde la noche
sobrevuela su luto.
El luchador piensa en su puesta en escena.
Tiene un brazo más corto que el otro,
la lengua repleta de llagas de cigarrillo
y alcohol.
Sabe dar espectáculo en el interior de un ring.
Dos calles más abajo,
su contrincante hace el amor
con una figurita blanca que se quiebra,
que abre el calor de sus piernas y se quiebra,
que lanza un gemido de miel
y cae el los brazos peludos del hombre.
La noche se espesa en la ventana.
La ventana ha aprendido a imitar los gemidos
de la mujer blanca que se quiebra.
Hay un gato rasgando el corazón de la bausra,
un camión que arroja agua a la sed del asfalto.
Cerca de allí,
un poeta que se desnuda,
que abandona su piel de hombre
y toma las alas prestadas
de un pájaro ronco.

2

PUESTA EN ACCIÓN

Una máscara de viejo diablo enfurecido
por falta de compasión.
(Eso es en lo que ahora se ha convertido)
Ha de caer dos veces consecutivas,
volar sobre el humo del aire,
mirar a la cámara y hacer un gesto amenazador.
(El lenguaje mudo
y animal /
escghjtyyuuiiiigggrrrrrr)
El sudor lamiendo su piel dorada,
esa capa que ondea
y después se enreda a su cuello
y que más tarde alguien del público
se pondrá a oler presa del delirio.
Un músculo que se hincha,
venas que van y vienen en el color azul.
En la primera fila,
una mujer que chupa una piruleta,
que chupa un cigarrillo,
que chupa la postal enferma de una virgen.
Después aplausos.
Después el sonido del gong.
Después el drama acompasado,
pasos de baile obsceno,
su sexo que se queda solo,
ante la mira del público,
sin pétalos ni temblor.
Todavía no hay sangre
pero alguien ha traido la pintura,
alguien acerca a sus labios el agua de Dios,
acerca goma de mascar,
flores para escupir.
La mujer de la primera fila sonríe,
(i love you, dice sin decir)
luego abre sus piernas
y se mete allí un perro
que lame el color verde de sus bragas,
que lame el resto de piruleta
que ya no existe.
Un golpe,
dos gopes,
la acción detenida.
Entonces llega lo griego,
una gran tragedia anunciada por objetos
que sobre el ring se rompen,
un salto en bruto,
la matématica del vuelo,
su contrincante cayendo fiel
sobre el nudo de su garganta,
la ovación,
los gritos,
una brazo que se yergue,
( el suyo /el más corto)
un pecho que se agita,
la máscara (del que ha de venir )
el perro (de nadie)
la mujer,
el contrincante,
las piedras de un viejo teatro en la memoria,
un repartidor de pizzas ordenando en silencio
la carne mutilada del poeta.
No hay cortes publicitarios.

Un invento

(Imagen: Ubé)

UN INVENTO

 

Hay que inventar el verso que no se rompa sobre la piel del alma,

la caricia firme del amor,

un autobús que nos conduzca directamente hacia el paraíso de la palabra,

sin golpes

ni viento abstracto,

sin el corazón de las hormigas durmiendo bajo el latido

de una mujer que ha muerto de espera súbita.

Hay que inventar el perfume a hembra que aúlla

y arroja claveles a su sangre y cierra puertas y sabe decir no

porque conoce la temperatura del cariño dentro del hielo de los hombres.

Debemos inventar el color de la permanencia dentro de la ternura,

abandonar los cuchillos

(su doble oscuridad lumínica,

su textura de animal mixto balanceándose en las cicatrices de la infancia)

y caminar lejos del miedo.