Peces eléctricos

(Imagen: Ubé)

(Publicado en el Diario de Teruel, 8 de agosto de 2017)

PECES ELÉCTRICOS

 

(Inspirado en un deseo oculto de Gonzalo Torrente Ballester)

 

“En las últimas horas de la vida de un poeta, Dios se apiada de él y le permite mantener una conversación íntima con el personaje literario que más haya admirado”.
Esta cosa tan fántástica se la escuché decir a mi amigo Palomo Cienfuegos, poeta de estirpe, alto como un ciprés, con la cara alargada, la piel dura y cuarteada, con una cicatriz muy carnosa en la mejilla izquierda que nunca se supo a ciencia cierta en qué recuerdo sentimental había nacido, qué mano u objeto pudo arrancar de un tajo pedacitos de su carne y despues ir cerrando el camino de su dolor como se cierra una cantera o una farmacia. Alguna vez le pregunté a Palomo Cienfuegos por la causa de semejante estigma y esto es lo que contestó:
—–Lo mismo fue mi padre en una de sus cogorzas.
—–¿Don Francisco?
—–Ya te digo.
—–Pero tu padre era un santo varón, un hombre de letras y de pacifismos. No me encaja.
—–Pues igual lo hizo cuando estaba lejos de toda intelectualidad.
—–¿Me estás diciendo que el insigne poeta Francisco Cienfuegos y Campoamor te molía a palos?
—–Es posible. Ya sabes que nunca he tenido mucha memoria. Por eso escribo, supongo; para capturar en el aire lo que se me va en el aire del pensamiento.
—–Eres de un rarito…
—–Lo mismo no fue mi padre y el pobre ahora, al escucharme, estará revolviéndose en su tumba.
—–No me extrañaría. Oye, pero si no fue él, ¿quien te hizo ese tajo?
—–Lo mismo nací así. Me arañé en el feto de mi madre. O fue mi gemelo. Eso es.
—–Pero si tú eres hijo único.
—–Ahora sí, pero en el vientre de mi madre éramos dos, mi hermano Filomeno y yo. Lo que pasó es que nos dio por pelear porque los dos queríamos acaparar el cariño de mi madre y la admiración de mi padre. Además, los dos queríamos ser poetas gloriosos que pasasen a la historia. Y ya sabes, amigo mío, que eso es imposible. Un poeta genial , un siglo. Y dos en la misma familia, nanay.
—–Así que te cargaste a tu hermano y la cicatriz es una herida de guerra.
—–Puede ser.
—–¿Y tu madre qué dijo al ver que no llegaba al mundo Filomeno?
—–La pobre no debió enterarse de que tenía dos poetas dentro de la tripa. En aquel entonces no había tantos aparatos.
—–Oye, ¿y qué hiciste con su cadáver?
—–Pues qué voy a hacer, comérmelo, como hace un buen gemelo caníbal que se precie.

Palomo Cienfuegos siempre estaba fantaseando. La historia de los gemelos era tan increíble como el hecho de que hubiese vida más allá de la Tierra, pero me divertían mucho sus ocurrencias y con tamaña imaginación, le vaticiné un buen porvenir en el mundo de las letras. Sin embargo, Palomo, a pesar de su empeño, no llegó a ver cumplido el sueño de ser un poeta genial; más bien fue un poeta mediocre que no publicó mas que un par de madrigales en las fiestas de su pueblo y que tuvo que marcharse a Francia después de la guerra porque lo acusaron de rojo y su madre se murió de tuberculosis. En Francia dejó de lado la poesía y se dedicó a dar clases de español y por las tardes a frecuentar un café donde solía reunirse la bohemia francesa: actores, actrices, poetas, novelistas, republicanos exiliados, intelectuales , críticos…
Me escribió un par de veces y luego le perdí la pista. Me dijeron que murió al poco tiempo de llegar a París, solo, en una habitación que no tenía ventanas. Entre sus cosas encontraron mi dirección y una foto que nos hicimos juntos cuando estudiábamos en el seminario.
Pero estaba hablando de Dios. Decía que cuando un poeta está a punto de exhalar su último aliento puede pedirle a Dios una conversación privada con su personaje literario favorito. En ese asunto ando yo ahora, en pensar en cuál de todos los personajes literarios que han pasado por mis manos y por mis ojos quisiera tener a mi lado. Hoy, catorce de agosto de 1970, cuando el termómetro marca 40 grados en el zaguán y mi gato Froïd se despereza en mi cama, en el lado derecho, un poco más allá de donde la enfermera que cuida de mí ha dejado la palangana que contiene el agua y el vinagre con el que alivia el fuego de mis entrañas.
La enfermera es bajita y gorda, sin cuello, con un lunar grande en la garganta y otro más pequeño junto a la boca. En ambas superficies ha crecido un ramillete de pelos negros que la enfermera no se ha molestado en cortar. Se llama doña Concha y lee novelas de Corín Telllado cuando cree que estoy dormido. De vez en cuando, a uno de mis ronquidos, se levanta, me toma el pulso, mira mi boca, se acerca, abre mi boca, introduce su nariz picuda en ella y un termómetro y después regresa a la lectura. Sus piernas son gruesas y tiene varices, Si hace mucho calor, agarra el abanico que descansa sobre su regazo y lo agita con fuerza. El gato Froïd refunfuña por el golpe violento de aire frío y sale disparado hacia el pasillo donde se pone a maullar como un descosido, como si quisiera decirle a doña Concha: “Maltita sea su estampa, eche pa ya el aire, señora, y no moleste”.
Si tuviese ganas, me reiría, sin embargo no es el caso. Soy un moribundo. Un viejo que tiene los minutos contados, que no puede tragar la sopa y mucho menos decir Pamplona cuando doña Concha se empeña en mojar galletas en la leche y hacer fuerza con la cuchara para que yo abra la boca al fin. Todo lo que hace doña Concha es a la fuerza. La imagino regando las macetas de su balcón a la fuerza, bailando un chotis con su esposo en las fiestas del barrio a la fuerza, sin dejar de morder con fuerza un clavel, sin dejar de engullir a la fuerza pedacitos de anís del mono.
Y en esas estoy o estaba, ya no sé, apagándome a poco, como una gota que cae angustiada en el lavabo, después de que hayan cortado el agua, pensando en qué personaje literario elegiría para que esa conversación íntima pudiese llevarse a cabo. Dudaba entre Casandra o Hamlet. Hamlet o Casandra. Al final, sin darme cuenta exclamé:
—–¡Que venga Hamlet!
Entonces llamaron a la puerta. Mi sirvienta Paquita fue a abrir y yo sentí que en mi pecho empezaban a galopar los peces eléctricos.
Cuando Hamlet llegó a mi alcoba, yo ya había muerto. Pero aún puede oír como doña Concha le preguntaba si era mi amigo, si me conocía de hacía mucho tiempo, si tenía problemas económicos o si por el contrario, mis cuentas bancarias estaban en orden. Le dijo también que no había nadie para encargarse de mi entierro, que estaba solo porque era uno de esos hombres huraños que no salían de casa y se dedicaban a escribir versos.
—–Poeta, fíjese. Para qué quiere nadie ser poeta pudiendo ser notario o médico de cabecera.
Luego le sirvió un café y le dio las mismas galletas duras que me hacía engullir a mí a la fuerza.
Antes de que Hamlet abandonase mi hogar, le confesó que me había ido del mundo como un bendito, eso sí, que en el último momento, me había cagado por la pata abajo.
Hamlet le dio las gracias y a mí, alguien que más tarde reconocí como mi amigo Palomo Cienfuegos, me cubrió el rostro con una sábana amarilla.
—–¿Ves como yo tenía razón? —–me susurró al oido. Iba acompañado por su gemelo Filomeno.

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La negra triste

29249207076_b7c9c757ff_z(Imagen: Ubé)

Había escapado un momento de casa. El día no acompañaba y la gente se había visto obligada a sacar sus chaquetas del armario. Es el frío traicionero de agosto, un aire que no termina en Huesca cuando llegan las fiestas y hay albahaca bostezando en las aceras y hay tenderetes de ropa expuestos al sol, bajo unos toldos amarillentos por donde se cuela la luz y la lluvia, donde picotean los pájaros que no han podido encontrar los árboles.

Había escapado un momento de casa con la excusa de ir al cajero automático. No tenía intención de salir, solo fue el impulso de buscar la tristeza del cielo, esa lluvia que no acababa de caer. Me gusta salir a la calle cuando llueve o el cielo comienza a enfadarse, cuando los cristales empiezan a perder su claridad y la gente mira hacia arriba, como si buscase una respuesta a sus problemas, como si buscase el rostro amado de sus muertos. Solo eso. Una excusa, un no saber qué hacer en casa, tal vez el bloqueo, la hoja en blanco, el hecho de que mi móvil no hubiese sonado durante tres días. Y no es que esté enganchada a las redes sociales, es que si no te llaman o no sale tu foto en el portal de facebook, no existes, si no escribes un verso oscuro o anuncias un premio literario o enfermas de gravedad, no existes. Todo está esperándote ahí adentro, en el vientre de una ballena inhumana llamada ordenador. Allí la vida transcurre con una lentitud veloz, todo caduca antes de que despiertes de la  siesta, tus datos se pierden mientras compras tabaco en el estanco o buscas un tomate maduro en la frutería. Pasa la vida, su metal, los cables amorosos con los que el mundo conecta al mundo que respira selfis , éxitos, viejas canciones de amor.

Había escapado una momento de casa para poner en orden mi cabeza. Para saber si Adela iba casarse al fin con Roberto, para decidir si iban a ser felices hasta el final de la novela, para programar hijos o catástrofes, qué se yo. Se llama escribir. Darle golpes a una tecla dentro de una habitación con luz pálida, al lado de un balcón viejo desde el que me asomo a contemplar los vencejos. Los vencejos están preparando sus maletas porque es agosto y pronto emigrarán. Pero me quedan las golondrinas, ¿no lo he dicho? Perdón. Tengo golondrinas, soy uno de  esos seres afortunados que escuchan aún el canto íntimo de una golondrina. Desde mi cama las oigo recitar, deben de ser versos de aire, una copla de amor muy antigua, mensajes en clave de muertos enamorados que ahora son ceniza ronca que se escucha a través de sus bocas. Las bocas de las  golondrinas son inmensamente mínimas, como el pecado de un niño recién nacido, como la sospecha de un padre que acababa de matar a otro padre y que sabe que morirá a manos de su hijo. Las golondrinas son todo eso. Lo que no se podrá escribir jamás porque no se entiende. Ellas hablan el idioma de los seres difíciles, de lo sencillo que se mueve a deshoras, de lo que oculta el secreto de la felicidad. Y van de un tejado a otro, de los cables de mi tendedero, al poste de electricidad, son una familia entera declamando el misterio, a la mañana, a la noche. Cuando no las veo me siento triste. Tal vez esa tarde salí de casa por ese motivo, porque no había escuchado el canto de las golondrinas y empezaba a anochecer y el cielo se partía en dos, y el color gris engullía al color verde de la fiesta.

Entonces la vi. Era una mujer negra y muy alta, tan negra como alta, su cuerpo esbelto cargaba a la espalda con un niño, supe que era un niño porque vi asomar su cabecita, pero el niño iba dentro de una pañuelo blanco que la mujer llevaba atada a su cintura. La cintura de la mujer era frágil, como la de un junco, pero era capaz de sostener al niño, de sostener el ritmo de un marido que se adelantaba unos pasos y hablaba por el móvil. Un hombre negro con una túnica anaranjada, un hombre pegado al móvil que llevaba un fardo de sombreros festivos envueltos en un pañuelo blanco. Su peso más liviano que el de la mujer, sus paso más seguro, su corazón como el pecho de una piedra. La mujer tenía los labios gruesos y, de vez en cuando, al caminar, le daba sorbitos al aire. Nunca he visto unos ojos más tristes, nunca he sentido dentro de mi corazón una puñalada más certera. Sus ojos clavando su tristeza sobre mi vestido verde, sobre mi peinado rojo, sobre mis pendientes de oro , su tristeza lamiendo mis piernas desnudas, la forma en que yo caminaba por la acera, el hecho de abrazar a mi esposo y que mi esposo besara mis labios, mi vestido verde, mi libertad en llamas.

Nunca he visto una mujer tan triste dejarse morir en las aceras, arrastrar el hambre de un niño, llorar sin ruido en el color blanco de la tormenta.

Después se puso a llover y ella esperó en una esquina a que su marido acabara de hablar por el móvil. No tardaron en buscar un sitio para desplegar los sombreros. La calle. La fiesta. Uno que pasa y mira, muchos que pasan y no se dan cuenta de que ella está allí, dándole de mamar  a su hijo la violeta seca de sus pezones. Y mañana será otra ciudad, el mismo peso,  idéntica fiesta dormida  en el alcohol, una tristeza más honda, el frío de la  conformidad.

En sueños, la imagino dentro del agua, sola, convertida en jugo  de rosa, en charco dulce donde más tarde las golondrinas mojarán su pico y me darán de beber.

Luego despierto y no sé si volamos todas juntas o el mundo ha echado el cierre.

Diario de una asesina enana (2)

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Diario de una asesina enana (1)

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