Arder

(Imagen: Ubé)

Arder

Deje que le hable de Teresita,
la de los pechos ebrios,
que le diga que ayer mismo
vino el cura
a cerrarle los ojos.
Teresita que murió hundida en el océano de los sueños
y un sudor manso
que se la comía a ratos,
mientras el sol se escondía tras la persiana
y una vieja mojaba sus labios en vinagre.
Teresita se fue, mijo,
se ausentó de la tierra
llevándose una sábana vieja
y una flor dormida en su regazo.
Ni dijo adiós siquiera.
Ni levantó la mano
para espantar a los murciélagos que la velaban.
Nada,
solo un aire muy sucio que dejó escapar por sus labios de lagartija,
solo sus pechos hirviendo en el interior de las tinieblas,
como si llevase dentro un panal de abejas encendidas
zumbando de amor o resistiendo al miedo.
Se nos fue, mijo.
Teresita la soplona.
Teresita la de los ojos bizcos.
Teresita sin pudor allí, en la infancia,
cuando jugaba a ser madre de tres conejos
y usted le metía la mano por debajo de la falda
y encontraba allí estrellas de mar y mariposas muertas.

Anuncios