Palillos Chinos, presentación en Zaragoza y en la Feria del Libro Aragonés de Monzón

Presentación de Palillos Chinos en Zaragoza, 2-12-2015Como colofón a este peregrinaje literario de “Palillos Chinos”, os dejo las últimas noticias, fotos (os dejo el enlace del albúm de flickr) y un vídeo de la presentación que tuvo lugar en la Sala Cultural de la Librería Central en Zaragoza, el pasado 2 de diciembre, de la mano del poeta y profesor de la Universidad de Zaragoza, Alfredo Saldaña, que tuvo a bien ofrecerme unas bellas palabras que he querido recoger en este blog para compartirlas con todos vosotros.

Desde aquí mi gratitud a todos aquellos que me han acompañado en este maravilloso periplo: Misael Hernández, Santiago Gascón, Alfredo Saldaña, Joaquín Casanova y mi queridísima Berta Sariñena. Las gracias también para la estupenda reseña que de Palillos Chinos realizó José Domingo Dueñas y que fue publicada en el Diario del Alto Aragón el pasado 29 de noviembre. (os dejo aquí el enlace al pdf: Reseña de Palillos Chinos de José Domingo Dueñas (29/11/2015) Ver pdf.)

También la escritora Teresa Sopeña ha tenido palabras de alabanza en su blog literario hacia estos palillos (podéis verlas en este enlace).

Ayer estuvimos en la XXI Feria del Libro Aragonés de Monzón, junto a Joaquín Casanova, dándole un empujoncito más a los Palillos Chinos. Gracias a todos aquellos que se acercaron a escucharme y que quisieron zambullirse en mi novela.

Os dejo con las palabras de la presentación de Alfredo Saldaña:

LA FIESTA DEL LENGUAJE

Palillos Chinos”, de Angélica Morales

Alfredo Saldaña

Hace unos años tuve la suerte de participar como jurado en un premio de poesía que lleva el nombre del gran Miguel Labordeta, y, entre los textos presentados, había uno que me golpeó con gran fuerza. Ese texto resultó finalmente el ganador de aquella convocatoria y, al abrir la plica, me enteré de que su autora era una tal Angélica Morales. Para mí fue una sorpresa porque, hasta donde yo alcanzaba, Angélica era la autora de una excelente novela publicada en esta misma casa, Mira Editores. Esa novela era La huida del cangrejo. En cualquier caso, aquel poemario me descubrió a una poeta, a una escritora que manejaba el lenguaje sin complejos, sin ataduras y con una considerable potencia expresiva. Angélica Morales ya había publicado anteriormente algunos otros textos narrativos y, en estos últimos años, se ha movido con soltura y una enorme eficacia indistintamente en ambos registros: el lírico y el narrativo, quizás porque ella es, como digo, una mujer sin complejos que entiende que la escritura literaria va más allá de los límites genéricos, no conoce cortapisas ni respeta convenciones que atenten contra la imaginación, esto es, contra la libertad. Porque, y esto me parece innegable, para ella decir literatura es decir libertad.

La literatura se concibe como expresión de lo universal, y sus grandes y eternos temas —el amor, la soledad, la muerte, el paso del tiempo, presentes todos ellos en esta novela— como sentimientos comunes a toda la humanidad, que atraviesan todo tipo de fronteras, espaciales y temporales. Esa supuesta condición universal de la literatura hace que todavía hoy nos identifiquemos con textos escritos en épocas pasadas y continuemos disfrutando de ellos. ¿Qué sucede en esta conversación con esos textos, tan alejados a veces de nuestra realidad, para que disfrutemos de ellos? La respuesta está en lo que media entre nosotros, los lectores, y el texto literario: la respuesta está en la lectura.

Del mismo modo que la escritura se prolonga en la lectura, allí donde adquiere algún tipo de sentido, la lectura puede verse como una proyección o representación de la vida. Angélica Morales se ha referido a la importante función que la lectura ha desempeñado en la suya, en general, y en la gestación y construcción de esta novela, en particular. Pero, bueno, he dicho novela, y compruebo enseguida que con este término no hago justicia a lo que Angélica Morales nos ha entregado en este volumen, porque este texto va más allá, mucho más allá de lo que entendemos habitualmente como novela. Palillos chinos es lenguaje en libertad, lenguaje que busca un lector cómplice, dispuesto a internarse por esas vías por las que se adentra la palabra liberada de todo tipo de gregarismos, tópicos y prejuicios, lenguaje que se atreve a experimentar, que huye de los clichés establecidos, que avanza con la intención de ofrecernos una cartografía de paisajes y emociones inéditas, y todo ello lo hace con un registro no marcado, nada fosilizado, polifónico, atento a la pluralidad del mundo, sensible a la diversidad de las conciencias que lo habitan.

La novela no tiene desperdicio y el efecto de suspense está garantizado desde el inicio: “Los ojos del chino / guardan un secreto” (p. 17), estas son las palabras con las que se abre la novela; más adelante, leemos que otro personaje, Pilar, “tiene los ojos tan hundidos / que parece que miran / desde el fondo de la tierra” (p. 30). Estamos ante una novela que es mucho más que una novela al uso, configurada con ingredientes teatrales (ahí se aprecia una de las grandes pasiones de su autora) y cinematográficos, una novela que incorpora magistralmente ese registro tan habitual de otras épocas y otras culturas como es la oralidad, una novela, además, que hace un uso tremendamente eficaz de algunos de los soportes comunicativos más extendidos en la actualidad (redes sociales, correos electrónicos, chats, facebook, etc.). Y más allá de eso, estamos ante una novela con un elevadísimo voltaje poético en donde las metáforas y las imágenes son ingredientes esenciales. Una novela, en suma, en la que las palabras no son solo correa de transmisión sino que alcanzan un fin en sí mismas.

Angélica Morales ha jugado sus cartas y, al hacerlo, ha asumido sus riesgos. Digo esto porque un texto como este probablemente no le resulte cómodo a un lector lastrado por una idea de la literatura excesivamente convencional, condicionada por diferentes clases de órdenes y jerarquías, sean las que sean. Pero la literatura no sería nada sin esos riesgos y desafíos que solo unos pocos valientes se atreven a afrontar. Esos riesgos son precisamente aquellas puertas que algunos consiguen traspasar y que suelen abrir las heridas de la posibilidad. Angélica, en este sentido, ha sido muy valiente porque ha hecho su apuesta y esa apuesta no era precisamente a caballo ganador, quiero decir que no ha jugado sobre seguro (el juego, sin ese riesgo, no es tal juego, es trampa, costumbre, tópico…), y la autora de esta novela ha evitado esos lugares comunes.

Así, con la ayuda de determinados recursos narrativos y con el despliegue de toda una galería de diversos y variopintos personajes cuyas historias acaban entrecruzándose, asistimos al gran teatro de la vida, donde se dan la mano lo alto y lo bajo, lo heroico y lo miserable, la comedia y la tragedia, la belleza y la mugre, la alegría y la desesperación. Y todo eso se muestra con una plasticidad tan fuerte que el lector asiste a esa representación no como el mero espectador de unas escenas sino como un actor más, reconociéndose como una parte más del reparto.

Esos personajes funcionan muy bien como iconos de la pluralidad del mundo, proceden de distintos orígenes geográficos, utilizan distintos códigos lingüísticos, son exponentes de muy diversos imaginarios sentimentales y culturales y todos ellos se entremezclan en ese puzle extraordinariamente bien tejido e hilvanado que resulta al final Palillos chinos. Son personajes dotados de una pasmosa y sugerente singularidad. Huyendo del tópico y la convención más ciegas, huyendo de esas palabras que se muestran, como decía Cortázar, como “cadáveres podridos de un orden social caduco”, los personajes de esta novela adquieren vida propia, se expresan de modos particulares, sienten y actúan de maneras muy diferentes. Esa sensibilidad para captar los distintos latidos del mundo y esa capacidad para expresar esas diferencias a través de diversos registros, en fin, esa polifonía y ese multilingüismo real que, según Bajtín, debían ser características esenciales del buen novelista, se encuentran aquí convenientemente incorporados. Así, Angélica Morales se ha multiplicado y ha sabido ponerse en la piel de sus personajes y dar voces diferentes a todos ellos.

En mi opinión, esta novela es una estremecedora e impactante metáfora de la soledad y el aislamiento en un mundo en el que, probablemente como nunca antes, abundan las vías comunicativas, ofreciendo de paso un diagnóstico certero de todos esos elementos que, por encontrarse en la cara oscura de nuestra conciencia y por no haberse materializado expresamente, han acabado por configurar lo esencial de nuestra personalidad. El texto de Angélica vela por lo desaparecido y nos enfrenta a emociones, situaciones, estados de ánimo y acontecimientos de no fácil digestión. Ocurre a menudo —pero este no es el caso— que la seducción del lector constituye un elemento básico en el entramado literario actual; además, por medio de un discurso amable, seductor, el lector acepta ser engañado y asume sin demasiados problemas el discurso de la clase dominante. La ideología, en la posmodernidad, no se transmite de forma coercitiva, como ocurría en los regímenes fascistas y totalitarios; resulta más eficaz, como señala Terry Eagleton, producir sujetos políticamente pasivos a través de la utilización de los medios de comunicación de masas. La literatura, a una escala mucho más reducida que la televisión u otros medios más extendidos (dado que, al parecer, cada vez interesa a menos gente), constituye un operador muy eficaz para la construcción de sujetos pasivos por medio de su relación cómplice con el lector. Frente a ello, y a la contra de la premisa que defiende que la literatura es un camino hacia la ilusión, una premisa que olvida que cuando así sucede, cuando la literatura se construye como sinónimo de felicidad, ilusiona, aunque lo haga falseando la realidad, a la contra —digo— de esa premisa, esta novela nos vapulea, nos incomoda, nos extraña e interpela tratando de obtener algún tipo de respuesta, algún tipo de reacción.

Desde postulados idealistas, el texto literario se interpreta como la expresión de la subjetividad de un autor individual. Pero pensar en el autor como primer motor de la producción literaria, es decir, como el sujeto creador, como la causa y el origen del texto literario, genera una imagen de la literatura que no guarda relación con la realidad histórico-objetiva, esto es, con las estructuras sociales y los procesos históricos. Angélica Morales ha entendido muy bien esto y ha dado rienda suelta a sus personajes, construyendo unos diálogos extraordinariamente fluidos y dinámicos, dejando que esos mismos personajes le arrebaten su palabra y sean ellos mismos los que, al contarse a sí mismos, cuenten las historias. La imagen del autor iluminado, dotado de un don divino, propia del imaginario romántico/modernista, ha sido reemplazada en esta novela por la figura del autor libre e independiente que no busca salvar a nadie sino solamente jugar con las palabras y sacudir la conciencia del lector. Contra aquella concepción literaria basta recordar, como señalara Walter Benjamin, que la obra literaria “no es nunca una creación: es una construcción”.

Así pues, huyendo del tópico y el lugar común, Palillos chinos es una apuesta en toda regla, alejada en todo caso de esa concepción literaria que, inscrita en la siniestra lógica del mercado, convierte al lector en un sujeto pasivo o en un mero consumidor. Palillos chinos, sin embargo, reta intelectualmente a sus lectores, les propone reflexionar sobre los conflictos sociales, fomenta la inquietud como respuesta. Frente a esa novela light, ligera, despreocupada y superficial que hoy abunda con el claro propósito de no incomodar al lector y que se caracteriza por su facilidad, su falta de complejidad formal y estructural, sus contenidos digestivos y su carácter de material desechable tras la lectura, tenemos la oportunidad de enfrentarnos a un texto inclasificable, singular, magníficamente concebido y desarrollado, un texto que, estoy seguro, no defraudará a ningún buen lector de textos literarios.

En suma, Palillos chinos me parece un extraordinario ejemplo de literatura disidente, transformadora, abierta y dinámica, una literatura que, al modo que Cortázar activó en Rayuela, deja al lector un abanico amplísimo de posibilidades. Esta idea de literatura disidente tiene algo de literatura de combate en la que cada decisión estética contiene una implicación ética, desde la elección de un registro deliberadamente lírico, abarrotado de imágenes y metáforas, configurado en modo versicular, hasta la supresión de las comas, demandando así, como decía, un lector activo, dispuesto a llevar a cabo los esfuerzos de reconstrucción necesarios que este tipo de escritura demanda. En este sentido, Angélica Morales —probablemente convencida de que un lenguaje de la revolución tiene que ir de la mano de una revolución del lenguaje— recoge el testigo insurgente de algunas vanguardias históricas o de ciertas modalidades del experimentalismo, de todo aquello, en fin, que provoca desconcierto, desasosiego o incluso malestar en el receptor. Aparentemente, la configuración orgánica se ha desvanecido pero al final el lector percibe que todas esas elipsis, supresiones, instantáneas y fragmentos con los que Angélica Morales arma su texto han sido convocados al servicio de una cierta coherencia y cohesión textual, y así consigue recomponer el puzle y descifrar el laberinto en el que se había adentrado. Y aquí entraría la necesidad de abordar la cuestión del experimentalismo como apuesta ética, ya que es ahí donde se produce una de las grandes paradojas de los escritores actuales que pretenden comprometerse e intervenir en lo real: conciliar la exigencia formal, lo imprevisible, lo incómodo y la radicalidad retórica como expresión de un malestar y una violencia no solo simbólica sino también social y política, con la posibilidad de llegar a un público más amplio. En fin, la propuesta está ahí, a la espera de un lector valiente que esté a la altura de la osadía estética propuesta por Angélica Morales, que se atreva a adentrarse en este sugerente laberinto de ideas, personajes y acontecimientos que es Palillos chinos. Estoy convencido de que el viaje merece la pena.

Angélica Morales, Palillos chinos, Zaragoza, Mira Editores, 2015, 340 pp.

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