Canción de la muchacha que no existe

(Imagen: Ubé)


 

CANCIÓN DE LA MUCHACHA QUE NO EXISTE

(A César Dávila Andrade)

En la tarde tú,

besando rosas de cemento y la tos ardiente de los árboles.

En la tarde tú,

muchacha de piernas débiles caminando en la otra orilla de la vida.

Tú,

hogaza de pan o temblor.

Tú,

paseo íntimo por el pubis de la luna

en la tarde de esta primavera azul que se rompe entre los dedos,

en este recuerdo de chocolate y hormigas

que me trepa por la sien y alimenta el olvido de mis ojos.

En la tarde tú,

siempre enredada a los agujeros de una sábana que se hizo humo y fatal canción.

Tú,

muchacha de danza pálida,

amor que zozobra en un vaso de llagas y miel,

siempre hacia adentro de una pena,

con las costuras de tu nombre puestas del revés en la espalda del tiempo.

En la tarde tú,

tormenta suave en la memoria,

insecto de tez bellísima que no sabe hacer otra cosa

que esperar el tren de una amargura.

Tú,

montaña insignificante,

lámpara con la luz dormida en el silencio,

cristal humano que me gime y me llora

y me alborota siempre a la sombra en punto de un dolor.

La costilla más inhumana de Dios

(Imagen: Ubé)

LA COSTILLA MÁS INHUMANA DE DIOS

 

Seguiremos ahí,

en el rumbo emocionado de la noche,

en el latido del mar sobre las piedras de nuestra memoria.

Hemos de seguir más arriba de todos los caminos

hasta alcanzar la plenitud de la locura,

hasta que ya no queden almas de pájaros que llevarse a la boca.

Seguiremos ahí,

en pie sobre la sombra de los puertos,

a dos centímetros de la idea de una prostituta

que embotella su sangre y se la da a beber a los peces.

Seguiremos ahí,

en una casa de humildad relativa,

avivando el fuego de nuestros retratos,

arañando el cristal desde donde nuestra niñez

muerde la tristeza de los días que nos abrazan.

Porque hemos de seguir pataleando los mapas,

arrancando patrias de un periódico,

vomitando espinas de hombre y la costilla más inhumana de Dios.

Seguiremos junto a la sombra de la fe,

sin perder de vista esos edificios que se abren las venas

y nos saludan pasando por alto la ingenuidad de sus quince años.

Seguiremos ahí,

en mitad del bosque de las cosas comunes,

junto a aquella anciana que despliega sus dientes

y excava muertos en una tierra sin hambre.

Seguiremos en la avaricia carnal de los relojes

y aullaremos de espaldas a la luna,

como si fuésemos un equipo azul de rinocerontes

que no saben que aman el vacío de sus huesos.

Seguiremos dentro de esa gota de whisky

que resbala sobre el mentón de las montañas,

en el círculo emocional de una mujer

que se derrumba por falta de silencio y píldoras.

Hemos de seguir más arriba aún del párpado de los árboles,

intentar comprender por qué Alicia empezó a engordar de soledad

bajo su ropa interior,

qué manos nos escriben cuando la lluvia se hace extranjera

y ya no quedan animales acuáticos

dándole chupadas a los espejos del otoño.

Hormigas de color de rosa

(Imagen: Ubé)

HORMIGAS DE COLOR DE ROSA

 

Te recuerdo,

murciélago de infancia,

colilla en el colchón,

pared donde las grietas sacaban su lengua

para besar

el bronce de mi adolescencia.

Te recuerdo,

temblor,

huesos taimados,

chicle de menta dando vueltas en el olvido del cristal.

Te recuerdo,

muerte primera,

piso último de aquella discoteca que olia a pis de gato y cielo japonés.

Te recuerdo,

tormenta,

dolor de pájaro,

esa cana veloz sobre las cejas de un espejo.

Te recuerdo,

invierno,

insistencia dentro de mi vientre,

ovario que fuma otoños

y después se marcha dejándome el vacío

de una carta de amor.

Te recuerdo,

martes,

mujer redonda y en lo alto,

madre arrinconada en la miseria del pan.

Te recuerdo,

agosto febril,

columpio en su avaricia,

tía de mi sangre y de mi alma.

Te recuerdo,

árbol de oscuridad inabarcable,

ojos verdes de ese faro tan carnal que me alumbra.

Te recuerdo,

alianza,

esposo amado,

rosa que anochece sobre las colinas de la nieve,

terremoto en el interior de mis bragas,

papel de fumar hombres destruidos

y el serrín de una vieja taberna.

Te recuerdo,

puñal de humo y ceremonia,

lluvia que insiste sobre la ceguera de un rumor,

camino recto sobre la espalda encorvada de una cruz.

Te recuerdo,

hambre,

silencio,

martirio,

paso fúnebre que conduce a mi infancia

hacia el terror de la leche

y sus hormigas de color de rosa.

Todas las mujeres muertas

(Imagen: Ubé)

TODAS LAS MUJERES MUERTAS

 

Todas las mujeres muertas

han venido a buscar la frescura

de su sangre.

Toc toc

hacen sus huesos de escarcha

sobre el cristal de la memoria.

Todas las mujeres muertas se llaman Karen

o Nancy Rosse,

viven en un piso estrecho sobre el río Tennessee

y peinan gatos y domingos

frente a una ventana azul de infinita lejanía.

Todas las mujeres muertas

hacen el amor con su crimen,

mientras despiojan la cabellera de los árboles

y una tiendas de los chinos.

Todas las mujeres muertas

mastican miseria de hombre entre sus dientes que no están,

mecen el golpe o la espina de un sueño,

dibujan la fiereza de sus pechos en el aire

y le dan de mamar a la cicatriz de la madrugada.

Todas las mujeres muertas

tienen hambre de vida y whisky,

apuestan a las carreras de galgos,

fuman flores

o patas de ascensor,

se meten los dedos en el bosque de su pubis

y sacan 55 puñaladas y una bestia sin alma nadando en el vacío.

Una mariposa en la nevera

(Imagen: Ubé)

(Poema ganador del IV Premio Nacional de Poesía “Poeta de Cabra” de Madrid)

UNA MARIPOSA EN LA NEVERA

No sé de dónde ha venido ni por qué sus alas se estiran ahora hacia la luz,

una bombilla pequeña que ataca lo justo a sus ojos, que ilumina un gramo de uva,

la boca muerta de un alfiler que ayer fue salmón o rosa en polvo.

Lo ignoro todo de ella pero su hermosura me hace perder el hilo de la conversación.

Un instante antes de abrir el frigo hablaba con la voz ausente de mamá,

con su pelo quemado en las puntas, con sus dientes al filo del color amarillo y la distancia.

Entonces la vi, diminuta y jovial, revoloteando sobre el paisaje estéril de aquella bombilla.

No sé de dónde ha venido,

ni si un huevo que yace muerto en el tercer estante ha sido el encargado de hacerla germinar.

Tal vez sus alas se hayan apretado en el otoño de un desierto, en la sed consumida de un relámpago.

No sé

(eso digo cuando mamá se pone a gritar al otro lado /

e imagino sus medias temblar / el televisor cambiando el canal de su tragedia /

la calle sin afeitar porque es temprano y duerme / o se acurruca en el pecho de una habitación).

Sin embargo yo abro una y otra vez las puertas del frigo y la contemplo ahí,

en movimiento continuo, haciendo girar la órbita de las uvas,

el jugo de este mundo mínimo que espera.

No sé

(yo insisto y mamá amenaza con dejarme sin mi parte de herencia

si no le doy muerte de inmediato a la maldita mariposa /

una manotazo firme / dice

un estirón de orejas / dice

el aliento de una vocal muy ancha cerca /

algo así como el asombro de una

O /

el terror de una E que viene a lomos de un disparo /

cualquier cosa menos la mosca /

(mariposa corrijo yo) /

mosca o vagabunda

o delincuente insiste ella).

Y me pongo a pensar en aquel pobre que pide a las puertas del supermercado,

en el gas que calienta los huesos de una anciana en un piso de cincuenta metros,

en las guerras que no he visto,

en mariposas de distinta raza o piernas amputadas mientras hacen la cola del pan,

en balcones muy sucios donde ya no se detienen las golondrinas.

Pienso en lo oscuro ahora, en los cajones sin manos,

o en el retrato aquel donde papá respira el polvo de su propia ceniza.

Tantas cosas que han dejado de moverse…

Tantas nubes escupiendo una lluvia de metal y espinas…

Pero la mariposa sigue imperturbable dando vueltas alrededor de la luz,

sobre un pálido resplandor que se adormece,

en el interior de este ataúd que llamamos frigo.

Ella sola,

refocilándose en el hambre de los que aún no han nacido

pero vendrán a una tierra de silencio y dientes.

“ ¡Mátala!” (dice mamá desde el otro lado de su laxitud)

Mamá que tiene hora en la peluquería.

Mamá que aspira a un chalet con columpio caníbal.

Mamá que ya no sabe llorar ni entiende que las mariposas andan,

recorren vientres y relojes, paren hombres con corbata entre las piedras,

lamen recibos de la luz en el interior de un frigo que se ha puesto a sangrar.

Y yo que miro, que acaricio algo parecido a una capa de hielo que se rompe,

algo similar al ojo de un besugo que no deja de fotografiar la nada.

Y ella que vuela, salta, ríe, aplaude con sus alas mi terca indecisión

o el miedo.

 

El futuro nos besa la herida

(Imagen: Ubé)

EL FUTURO NOS BESA LA HERIDA

En estos momentos las mujeres

se secan el sudor de su frente

y miran hacia el cielo.

Llevan el hambre atado a la cintura,

pero sus ojos están vacíos.

Ayer era todo distinto,

un paisaje desigual en la pantalla,

una cuesta infantil

donde los perros mordían las pantorrillas

de las muchachas solteras.

Pero en este momento las mujeres

ascienden hacia el abismo de su pobreza,

han sido retiradas de las escuelas,

ya no hay trabajo para ellas en las fábricas,

solo sirven para desposar a un hombre

y abrir las piernas.

En estos momentos miles de mujeres

estarán siendo cautivas en su hogar,

su carne se estará abriendo al grito

y alguna habrá abandonado el lecho y la sangre

para caminar hacia la cocina

y preparar la cena.

Hay que alimentar al hombre,

darle placer al hombre,

tener la lengua sepultada en un nicho de silencio.

En estos momentos las mujeres

hacen el amor con el féretro de su sombra.

Luego se sientan en el sillón

y cruzan las piernas.

Pero a ratos,

la jaula se abre.

 

Nos lloramos

(Imagen: Ubé)


 

NOS LLORAMOS

Nos lloramos, hermana,

una junto a otra,

en esa habitación blanca que pare cuchillos

y una luz insólita.

Nos lloramos,

se nos caen las máscaras y las rosas de nuestro pelo

y los niños que un día le dieron mordiscos a nuestro corazón.

Nos lloramos,

lentamente,

con la suavidad del invierno en una lata de Coca-cola,

con el delirio de un pájaro borracho de su libertad.

Nos lloramos, hermana,

tus manos,

mis manos,

nuestras mallas negras,

nuestros abrigos gastados,

esa carpeta que aguanta la respiración de Shakespeare

sobre las rodillas de Nelly.

Nos lloramos, hermana,

así, muy juntas,

unidas en el camino del látigo y los amaneceres rubios,

en las avenidas del color gris donde todo es posible

menos la resurreción del sol.

Estamos llorando.

Estamos lloradas

sobre los pañuelos limpísimos,

sobre las escaleras mécanicas,

sobre las sogas que penden en nuestros retratos

y nos lamen una a una las llagas del sueño.

Nos lloramos, hermana,

una tras otra

en ese círculo de nieve y siemprevivas,

nos lloramos como se llora un muerto sus zapatos,

como se llora la tierra sús últimas semillas.

Nos lloramos y eso basta.

No hay nada más por hoy, hermana,

solo llanto azul,

marea blanca,

una música de titanes dentro del pecho,

la soledad abriéndose paso entre el fuego

y esa nube que se resiste a expirar.

Nos lloramos, hermana,

en escenas sucesivas,

mientras nuestros huesos huyen

hacia las praderas del hambre,

mientras un animal tristísimo

flota panza arriba

en la oscuridad de nuestra ropa interior.