Cada músculo de mis versos

 

(Imagen:Jakob Tuggener )

CADA MÚSCULO DE MIS VERSOS

Está ahí,
con el sexo hundido en la castidad,
con los pezones apuntando hacia la fiebre del cielo.
¿La ves?
Está ahí,
descalza sobre la hoja en blanco,
con muchas cicatrices en la espalda
y un árbol obeso que se cruza en mitad de sus ojos.
Está ahí
y ha llegado sin hacer ruido pero completamente borracha.
Diciendo que se llama poesía.
Diciendo que ha sido violada por las manos de un hombre
con el corazón tan duro como un huevo cocido.
Está ahí y le tiembla la voz
y las ramas de su pelo
y le crece un nido de cuervos sobre su pecho tan suave
y me pide un cigarrillo y mira por la ventana
y arroja hacia detrás la cabeza
y dice que tiene prisa pero se queda,
dice que no dirá nada
pero no deja de hablar,
de saludar a los muertos que deambulan por mi casa,
de abrir los cajones y hundir allí la sangre de su ropa interior,
de afirmar que no existe
y sin embargo ponerse a brincar en cada músculo de mis versos.

Tumba de mi palabra

 

(Imagen: karman Verdi)

TUMBA DE MI PALABRA

Tumba de mi silencio.
Flor de mi fealdad.
Labio de ese cristal inhumano
que me ofrece la piel sin luz de una muchacha
y las partes más obscenas de la flor.
Tumba de mi palabra.
Esa cruz sobre la espalda de los pájaros.
La sangre primera lamiendo el descanso de las hojas.
Amarillean mis manos
y a mi cuaderno le ha salido una arruga más.
Tumba de mi nombre.
Llámame mar sin piedras,
lluvia que agoniza en mis vestidos,
sombra perversa que se abotona un otoño
a la garganta de mi fémur.

No me caben más virus

 

(Imagen: Willie Hsu )

NO ME CABEN MÁS VIRUS

En estas manos ya no me caben más pesares.
Ya no me cabe el temblor,
ni el silencio de los pájaros muertos,
ni la noche que llega descalza y con una herida en mitad de la frente.
En estas manos ya no me caben
más niños que se arrancan los ojos cerca del mar,
ni más luz que enferma a los pies de mi cama.
No me caben más virus,
ni discotecas,
más fiebre dentro del corazón de una muñeca de trapo.
No me cabe más semen de rosa,
ni más aire que se ahoga en una urna de cristal.

Mi madre a veces fuma

(Imagen: Ubé)

El poema, en mi voz:

MI MADRE A VECES FUMA

Mi madre envuelve su enfermedad en un trozo viejo de cortina.
Estamos dentro de la tarde
y el cielo ha crecido dos centímetros.
Ahora ha perdido el azul y está muy pálido,
como si tuviese dolor de muebles o de garganta.

Mi madre da vueltas en la casa,
arrastra sus zapatillas,
mira los pucheros,
se sienta y frente a la tele llora pensando en sus hijos.

Los hijos ahora lejos,
en otra ciudad.
Lejos,
quizá dentro de un teléfono
al que le acaban de cortar las piernas.
Ahora nosotros, los hijos,
somos plumas sucias de paloma
que deambulan de acá para allá con tal de sobrevivir.

Mi hermana ha tenido una niña obesa
a la que saca brillo los domingos,
como si fuese una manzana de feria.
Quiere enseñarle a ser feliz,
aunque sabe que ninguna mujer de nuestra familia
ha podido ser feliz jamás.

Mi madre a veces fuma,
más bien chupa la boquilla de un cigarro
mientras sus dientes se mueven en el paladar
y crecen grietas nuevas en el techo.

Ahora vive sola en una casa cerca del mar
y toma un autobús a las cinco en punto
para ir a cambiar novelas a una librería del centro.
Apenas habla,
solo sonidos inhumanos,
algún gruñido que heredó de papá,
las tripas que se dan la vuelta en el interior del hambre.

Mi madre,
esa mujer que enrolla su enfermedad en un trozo viejo de cortina
ha perdido las ganas de coser
y eructa de rato en rato en la cocina
y abre latas de coca-cola y luego cuenta los anillos
y los guarda en una cajita azul como si fuesen la ceniza de un planeta.

La foto de la primera comunión de mi hermano
también está ahí.
Mi hermano cargando jamones al hombro ahora,
en otra ciudad,
bajo uno de esos cielos que se abren para dar paso a la tormenta,
muchachas dormidas que caen
y hacen un ruido feroz al estrellarse sobre el asfalto.
Mujeres que no conocen el aliento de un hombre cerca,
que han nacido sin música dentro del corazón.

Pero mi madre ese dato lo ignora
porque en su casa no llueve nunca,
solo hay luces amarillas que se van desgastando con las lavadas.
Entonces mi madre camina a tientas,
sorteando las baldosas que están rotas,
buscando el teléfono en la oscuridad mientras sus hijos,
en otra secuencia del tiempo,
abren los tabiques
y extraen los órganos de la madrugada.

El embarazo del agua

(Imagen: Pol Kurucz)

EL EMBARAZO DEL AGUA

El otoño me hace pensar en el embarazo del agua.
Es como una mano febril
cuya voz es rubia y ha tomado tres o cuatro cucharadas de whisky
mezcladas con incienso.
La lluvia en el otoño me recuerda a una de esas mujeres dóciles
que se dejan tocar los pechos en el reservado de un club.
Tan blancas,
con la piel llena de hormigas y domingos sin vestir.
El otoño me hace pensar en un hueco pequeño que se inunda de lágrimas,
ese patio de colegio que se va quedando solo
con el paso de los años.
No hay ruido en otoño.
Solo un silencio familiar que perturba los tabiques
y hace despertar a los muertos.

Mis leves vestidos

 

(Imagen: Jo Ann Callis )

MIS LEVES VESTIDOS

Se mueven mis huecos dentro de mí
y ya florece la luz más encorvada de todos mis inviernos.
Se mueven,
más allá,
tristes mujeres con el rostro enlutado
que mecen cerca del aire al hijo muerto,
al marido recién nacido en la taberna.
Se mueven a dos centímetros de mi sangre
los flecos de mi desigualdad,
la ronquera de mis leves vestidos.
Se mueven,
lejos de la memoria,
escobas,
lejía,
salfumán,
ese ejército de niñas inservibles
que ponen su lengua a brincar junto a los charcos.
Ya no hay lluvia y María ha renunciado a su trono.

Tierra submarina

 

(Imagen: Stephane Graff )

TIERRA SUBMARINA

Adiós aire,
costilla del mar,
trenecito con las piernas cortadas.
Adiós columpio infantil,
paladar de verso,
virgen con el corazón mordido.
Adiós rayito de sol,
madre acurrucada en el vacío,
pedazo de tierra submarina.
Adiós algodón dulce,
beso en lata,
animal tristísimo que araña la piel de las naranjas.
Adiós camino certero,
luz inacabada,
cicatriz en la pata de una mesa.
Adiós perfume a ciudad,
bosque enmarañado de espejos
pecado capital y en lo hondo.
Adiós pared sin historia,
ojo vaciado de alas.
Adiós viento del norte,
sombra que no conoce el dolor,
puñal que embiste las flores de mi vestido.
Adiós cosas sencillas;
ese gesto de nadie,
la voz mordida por el silencio,
el silencio masturbando un trueno sin fin.

El caos

 

(Imagen: ricco wassmer )

EL CAOS

Es como estar dentro de una lengua muerta
que escribe pájaros que no saben dormir.
Es como esa isla que escupe luz
y pedacitos de hombre tierno.
Es como esa muchacha que está sentada en el patio
y mastica flores
y las tripas de una guirnalda de papel.
Es como mirar el cielo y solo ver el vacío de una palabra
o el caos.
Es como tenderse a morir estando tan vivo
sobre la huella celeste de una carta de amor.
Es como abrir la boca y respirar el silencio del otoño,
la cojera de la lluvia a través del cristal.

Dientes de lluvia

 

(Imagen : Maria Svarbova)

DIENTES DE LLUVIA

Solo sé amar las cucharas de la tarde,
decir horizonte y fiebre,
tumbar mis huesos sobre un lecho de flores sin dolor.
Solo sé desinfectar mi alma frente a los dientes de la lluvia,
abrir la boca y tragarme el hambre de aquel niñito negro
que no sabe llorar.
Solo sé morder la luz que se hace sombra,
poner las manos alrededor del cuello de una botella
y arrojar al mar el espíritu de ese verso que no llega a la garganta.

La tempestad de la leche

(Imagen: Ubé)

El poema, en mi voz:

LA TEMPESTAD DE LA LECHE

Lo intento,
pero siempre estoy en mitad de un dolor de espalda que desnuda su luz.
He intentado salir a la calle y caminar como un animal común
pero siempre me encuentro con la misma herida cojeando en la acera de enfrente,
con esa mujer golpeada por el tedio.

Lo intento,
pero al doblar la esquina ahí está el perro contando las costillas de su hambre,
el viejo despiojando los pétalos de un reloj.
Intento voltear el rostro hacia una lugar distinto
pero me persiguen las bestias de ciudad,
esos tipos que se ahorcan con gotitas de vodka
y piernas largas de muchacha albina.

Lo intento.
Cambio de postura en el retrete,
arrojo piedras primigenias,
un hijo que pudo ser y sin embargo no.

Lo intento.
Mis manos rozan la fascinación de los árboles por querer menstruar el horizonte,
tocan la punta de un relámpago,
el seno ardiente de ese verso que ahora me mira
con los ojos vaciados y echa a correr.

Lo intento,
pero siempre es la misma noche enlutada,
idéntico temblor en los túneles de la sangre,
esa flor angustiada que busca sus zapatitos de tacón
y sus bragas.

Lo intento.
Un paso,
otro paso.
Atravesar puertas.
Beber a morro de un cristal silencioso.
Dibujar un sol distinto que sepa brillar dentro de un cajón.

Lo intento.
Mi cabeza va buscando un prado limpio de palomas
donde descansar de la belleza de Helena.
Pero siempre es lo mismo,
ese hueco,
esa ceniza,
la tempestad de la leche
chocando contra las paredes de mi habitación.