Ataúdes de fuego

(Imagen: Ubé)

ATAÚDES DE FUEGO

Ahora que nos derrumbamos.
Ahora que el hambre camina de puntillas sobre la mesa.
Ahora que la mujer abre sus piernas
para dar a luz a los relámpagos.
Ahora,
escúchame bien.
Ahora que estamos solos,
sin versos
ni piel en los diccionarios,
sin lentes de cristal
ni alcohol de mariposa con las alas quemadas.
Ahora que estamos perdidos
y somos lentos de lengua
y somos lentos de espíritu.
Ahora que se multiplican las palomas enfermas
sobre el corazón ulcerado de Cristo.
Ahora que el sol se esconde
y nos trae lagartijas calientes y fileteadas.
Ahora,
hermano,
padre,
animal destructivo.
Ahora que los verbos nadan
en el agujero de una canción de cuna.
Ahora que el tiempo estira su trompa
y se hace pis en los telediarios.
Ahora,
escúchame bien.
Ahora que las madres son camiones desesperados
en el asfalto de una idea.
Ahora que Dios no existe
y en su lugar crecen escorpiones
y ataúdes de fuego.
Ahora que me llamas
y me nacen muros en los tímpanos
y excursiones de la tercera edad.
Ahora que nada pasa
y se inflama el terror en nuestra almohada.
¿De qué sirves, humanidad?

Las esquinas donde las putas dibujan árboles

Imagen: Ubé

LAS ESQUINAS DONDE LAS PUTAS DIBUJAN ÁRBOLES

Yo,
díscola,
pececito borracho de circunstancia.

Yo,
un hueco donde los pájaros acuden a enterrar su amor.

Yo,
mi soledad abrazando el agua del espejo.

Yo,
un animal que busca.

Yo,
esa lluvia que no cae.

Yo,
y conmigo siempre va la sombra de una pluma.

Yo,
deja que la fiebre bese mi piel.
Mi piel es yo cuando me desnudo de verbos.

Yo,
taciturna,
ese reloj que llega del hambre y la casa destruida.

Yo,
relámpago carnal sobre la hoja que huye.

Yo,
mi camino sin mí
cuando regreso del luto
y las esquinas donde las putas dibujan árboles
y hombres de madera.

Yo,
un recuerdo que se borra en el aire.
El aire gimoteando dentro de una botella.

Yo,
¿te he dicho ya que no existo?

Yo,
sufro de otoños melancólicos,
de rabia estancada en un recodo del sueño.

Yo,
di un número irrompible,
pronuncia el nombre de una muchacha sin golpes.

Yo,
caligrafía verde trepando por la ventana.

Yo,
un no saber estarse quieta,
mis piernas sin mí saltando a la comba en el horizonte.

Yo,
mira la pequeñez de mi alma.
Observa ese botón que se pudre dentro del fuego
y la distancia.

Yo,
no sé en qué momento mamá empezó a mentir.

Yo,
pero recuerdo el fulgor de sus varices las noches de tormenta,
la faja de plomo en la que solía ocultar su pecado.

Yo,
ni te imaginas lo solas que están las lámparas,
los filetes de niño empapados de pétalos de gasolina.

Yo,
acudiré puntual a mi cita con la muerte.

Yo,
la muerte será una mujer parecida a mí
que ha perdido sus alas.

Yo,
podrás oír cómo se derrumban gota a gota
los capítulos de mi sangre.

Yo,
vendrá Dios a besar mis novelas,
a lamer cada herida de mis versos.
Luego me dará su mano
y desapareceremos para siempre entre la niebla de la ciudad.
La ciudad muerta también.
Dios haciendo las maletas.

Animal apacible

Imagen: Ubé

ANIMAL APACIBLE

Pero volvamos al arte,
a la mujer que carga a su espalda
patatas y niños muertos,
a los caminos con barro
que se quedan solos,
a la guerra,
volvamos siempre a la guerra.
Encima de la mesa, por ejemplo,
cuando el pan echa a correr y sale,
cuando abandona la casa
y su amor por los geranios.
La guerra,
que puede brotar en primavera,
que puede oler a cabello limpio,
a baba en celo,
a pecho que acaba de despertar y suda.
Regresemos a los días
en que teníamos sangre,
cuando la vida era un animal apacible,
algo parecido a una anciana
masticando naranjas en la sombra.
Volvamos al tiempo
sin el tiempo,
a la serpiente en el vaso,
al bosque en tu camisa.

Mañana América La vida

(Imagen: Ubé)

MAÑANA AMÉRICA LA VIDA

La vida bulle con sus faltas de ortografía
y sus muchachas sin ombligo.
Y he aquí que tú,
lector,
te haces adicto a la religión de un poema
mientras en el televisor la democracia americana
entra en trance
y Joe Biden atrapa una mosca con el talle repleto de balas.
Podrías cambiar de nombre,
cambiar los retratos de tu familia
y aquel sombrero que te tocó en una tómbola.
Era verano y el cielo estaba cansado
de respirar la pólvora de la fiesta.
Sin embargo ahora todo eso queda demasiado lejos,
porque la vida bulle
y en el café hacen nido los relámpagos
y no tienes más que deudas en los bolsillos
y un recibo de la luz que se suicida
o se convierte en travesti.
Mañana serás dueño de algo nuevo en lo que pensar,
vendrá una familia rubia para calentar tus nervios,
resucitarán los muertos más amados para darte su abrazo de humo.
Porque la vida fluye y América es un paraíso de flores disecadas,
es un muro de metacrilato
donde los negros se vuelven lluvia oscura
o perdigón.

Mañana…
América…
La vida…

Después del tiempo

(Imagen: Ubé)

DESPUÉS DEL TIEMPO

Después del tiempo de no hacer nada llega la acción.
Ayer sólo niñas dormidas sobre el volante de un labio maternal,
hoy algo insano,
muchas calorías en el vientre,
la costumbre de salir a la vida
a buscar trabajo,
hacer como que traes un novio atado a la cintura
y pasear el esqueleto sobre la boca de un bar.
Sabes que nos han enseñado a esperar dentro de lo oscuro
a que se vayan edificando los capítulos.

Pero mi sexo tiene hambre,
cualquier día se vestirá de verde y saldrá a cazar gacelas.
(Eso te digo)
Tú contestas: Este enero me asesina.
Cumplo condena al otro lado del espejo.
Tenía una familia que me fue arrebatada por los insectos.
Entonces te acuno
(a pesar de que habitamos mundos distintos,
yo alzo los brazos de mi alma y me pongo
a cantarte canciones breves,
como uno de esos animales que en la televisión
están a salvo de la nostalgia).

Quedan tantas cosas que hacer
en el corazón imberbe de otra juventud (te digo).
Pero tú no sabes a lo que me refiero
y compras cremas donde la noche es día,
y tejes un vestido de hojarasca para los niños que no tendrás.
¿No te das cuenta de que somos dos viejas que se asustan
con el vuelo impar de las golondrinas?
Tú tan puta,
yo tan poeta,
tú ahogándote en el color rojo,
yo sacando brillo a la palidez del azul.
Podríamos jugar a ser amigas
o amantes,
en cambio no somos más que dos planetas cojos
que se hacen compañía.

Son los años que pasan (vuelvo a decir)
o las mulas de camino al matadero,
sin dientes a los que aferrar su pobre existencia,
con una enfermedad sin nombre más arriba de los párpados.
¿Quieres que bautice tu ausencia?
¿Que cree un polvo nuevo para que vuelvas a nacer?
¿Que cambie mis dos senos por un faro alejandrino
y tumbe la llama de mi demencia
y te llame,
que haga ring…
y te llame?

Nadie entiende las sogas que ponen en marcha la imaginación
y continúan fieles a la dictadura de los días,
a posar la nuca sobre la fe de un fregadero
para que la espuma los convierta en rebaño.

Ayer mi habitación era el nido de la infancia,
hoy sólo muebles viejos,
paredes frías que se encorvan.
Ningún deseo al otro lado de las manos,
sino es seguir dibujando el veneno dulce
de todas tus muecas.

Un fracaso apasionado

(Imagen: Ubé)

UN FRACASO APASIONADO

Es un fracaso apasionado,
te digo,
esta vida,
la niebla que hoy abraza la ciudad,
cien días sin ver la luz del sol,
con la ropa tendida sobre los alambres
donde defecan en frío las palomas.
Y así día tras día.
Ahora caminamos juntos.
Voy de la mano contigo
y parece que el suelo
se hunde a nuestros pies,
como si fuésemos
un templo condenado al delirio
o a la tragedia.
Hay copas de champán
arriba de los árboles,
un nuevo año
que pende de la camisa de un niño
que esta noche
besará por primera vez
la sangre de Dios.

Es un fracaso apasionado,
una canción leve de Leonard Cohen,
asistir al peso insomne de la lluvia,
darse cuenta de que el otoño
mata a más de un millón de ancianos
de soledad animal.
El amor,
es un fracaso,
te digo,
dientes de violín sembrando la tierra,
melodías inútiles
que muerden nuestro corazón.
Como tú ahora
que ya estamos a salvo en nuestro hogar,
frente a la barra de un club
que despacha píldoras
y cucarachas.

Es un fracaso apasionado,
respirar el polvo de los relojes,
hacerte una herida en la ingle
para ver pasar a los trenes de tu infancia,
pronunciar la palabra madrugada
y que caiga una cigüeña a tus pies.
Hace frío
y tiembla un hotel de carretera.
Tomo tus manos entre las mías
y te prometo amor eterno.
Hay ginebra en gotas
sobre tu labio inferior.
Hay una rosa enferma
entre las dunas de tu pubis.
Pero ahora caminamos juntos
hacia el precipicio
o hacia la muerte,
nos crecen alas
en el bajo del pantalón.
(Estoy borracho,
te digo)
Te pido un billete,
me das un beso con lengua.
Fuera,
se ha puesto a nevar pájaros.

Angélica Morales ganadora del V Premio de Poesía Gabriel Celaya

En la imagen, El Diputado de Cultura Harkaitx Milla y Angélica Morales con la escultura del premio obra de Leopoldo Ferrán. Detrás Itziar Minguez, José Luis Padrón, Carlos Aurtenetxe y el presentador del acto.

El jueves, 7 de abril de 2022 tuvo lugar el acto de entrega del V Premio de Poesía Gabriel Celaya creado e impulsado por el Departamento de Cultura de la Diputación Foral de Gipuzkoa con «Mi padre cuenta monedas». El premio cuenta con una dotación económica de 10.000 €, la publicación del texto ganador y la entrega de una obra del escultor Leopoldo Ferrán. Todo se celebró en el precioso centro cultural Koldo Mitxelena.

Solo tengo palabras de agradecimiento para los organizadores del Premio, para las autoridades que me arroparon; en especial para el diputado de Cultura de la Diputación Harkaitx Milla; para el magnífico jurado que le otorgó a mi obra el reconocimiento: Amalia Iglesias, Carlos Aurtenetxe, Jon Obeso, Esther Ramón y Jose Luis Padrón; para la preciosa presentación que me hizo la poeta Itziar Minguez, para Sara Vázquez y su gran talento y sensibilidad demostrada en su actuación con la flauta; para el magnífico hotel Arbaso y todo su personal en el que estuvimos alojados; para mi queridísima amiga Rosario que hizo de anfitriona y que después de más de veinte años volvimos a encontrarnos, para su hija Nora que tradujo al euskera para mí las palabras de agradecimiento y su pareja, Joseba; y, en definitiva, para toda la maravillosa y acogedora ciudad de Donosti.

«Mi padre cuenta monedas» se impuso por unanimidad a 756 poemarios presentados.

Un premio limpio, otorgado por unos poetas que aman la poesía y la defienden.

No me canso de decirlo, GRACIAS por haberme hecho sentir tan querida y tan valorada.

Os dejo varios enlaces del acto y de la prensa, además del libro, magníficamente publicado por Ediciones El Gallo de Oro.

Eskerrik asko guztioi.

Angélica Morales: Mi padre cuenta monedas. Bilbao : Ediciones El Gallo de Oro, 2022

Presentación: Amalia Iglesias.

Koldo Mitxelena Kulturunea zuzenean

2022-04-07. Koldo Mitxelena Kulturuneak antolatutako errezitaldia, Poetika ziklo testuinguruan:
Poeta invitada: Angélica Morales
Presentación: Itziar Minguez
Música: Sara Vázquez (flauta). Vídeo del acto completo:

Entrevista para «Protagonistas Gipuzkoa», por Juan Mari Mañero para El Diario Vasco, en este enlace.

Atzo arratsaldean Angelica Morales idazlearekin hitz egiteko aukera izan genuen Gabriel Celaya Poesiaren Nazioarteko V. Saria jaso ostean.

Hauek izan ziren bere esker oneko hitzak 👇

@GipuzkoaKultura
@poeta_angelica
#KMK

Enlace a un pequeño vídeo tras terminar el acto.

Noticia en El Diario Vasco, 9 de abril de 2022, en este enlace.

Noticia en el Diario del Alto Aragón, 7 de abril de 2022, en este enlace.

Ya están aquí los cazadores

(Imagen: Ubé)

YA ESTÁN AQUÍ LOS CAZADORES

Si se dispara la bala nosotros plegamos las ramas,
nos hacemos los muertos antes de que la sangre llegue.
Decimos:
Ya están aquí los cazadores.
Y entonces nos ponemos a orinar tierra abajo,
sobre la boca de todas nuestras raíces.
Entre nosotros se establece la comunicación
y avisamos a los árboles despistados,
ponemos al corriente de la tragedia al corzo que acaba de nacer
y esconde la humedad de su hocico sobre las hojas de la hierba.
Le decimos:
Shh, no hagas ruido,
guarda el clamor de tus tripas para otro momentos.
Estate quieto,
tanto como el aire que no sopla y se hace rancio en la memoria.
Quieto ahí,
¿entiendes?
No se te ocurra respirar ni ponerte a pensar en las sombras que se avecinan.
Ni escarbes la tierra con tus pezuñas.
Ni te pongas a llamar a tu madre.
No llores o entonces vendrán.
Empezaremos a sentir las pisadas de los hombres.
Veremos sus botas sucias de barro.
Podremos oler ese perfume a orgullo y hambre y desprecio por todo lo natural.
A lo mejor han estado antes haciendo fuego.
A lo mejor han estado dándole vueltas a la piel de un cerdo cerca de las llamas,
comiendo y hablando,
derramando después el vino en su garganta
y echándose a reír de su propia estupidez.
A lo mejor ya han dejado de ser hombres
y se han convertido en bestias
y han enterrado su corazón en un a casa abandonada.
No tienen madre, eso es.
Por ese motivo aferran la escopeta y salen a cazar
y disparan a todo lo que se mueve,
a todo lo que tiene miedo y echa a correr.
Por eso tú, pequeño corzo, estate quieto.
Mudo.
Ciego.
Casi muerto.
Deja que pasen.
Deja que sus braguetas apunten hacia otro lugar,
que hagan pum en el vientre del cielo
y caiga Dios y sus asuntos difíciles.

Los perros de Oymyakon

Imagen: Ubé

LOS PERROS DE OYMYAKON

Los periódicos siempre mienten,
anuncian mujeres en oferta
que ya están sucias y rotas
en algún lugar de la ciudad.
Destapan los secretos de una familia
que hace tiempo que descansa
bajo el césped de su jardín,
mientras un perro olfatea su rastro
y después se orina.

Los perros en Oymyakon
están detenidos en el hielo.
Ladran poco
y se aparean junto al fuego,
con un movimiento rápido,
con una tristeza infinita
brillando en sus ojos de cristal.

Nosotras no teníamos perros,
madre,
solo una gata que se volvió loca
y que tuvimos que sacrificar.
Se parecía a ti,
tenía tus mismos modales de sirvienta
y le gustaba comer
sin apartar los ojos de las telenovelas,
sobre tu bata repleta de manchas submarinas.

Hay animales que resisten el frío extremo
y que sin embargo son incapaces
de resistir las caricias de sus amos.
Yo era uno de esos gatos.
Por eso tuve que huir de ti,
para no volverme loca
y tener que suicidarme una noche de marzo,
cuando la ciudad duerme
o hace el amor con sus heridas
y los perros sueñan con el fuego que nunca se apaga.

Todos los gatos que tuviste
desarrollaron en su interior
un manicomio de blancura purísima,
un terror de oscuro terciopelo.

Plegaria

(Imagen: Ubé)

PLEGARIA

Para que Dios tenga piedad
de la oscuridad del hombre
bajo el manto atormentado
de su animal.

Para que Dios mismo,
despojándose
de sus cáscaras de piedra,
le ayude a rescatar
el aire sutil de una oración,
la plegaria moribunda
que cuelga de la boca de los árboles
que nadie se atreve a mirar.

Para que Dios
(sin ayuda del trueno /
sin la rabia de sus vestidos /
a solas Dios mismo
con toda la voz cautiva
de sus demonios)
se ponga a repartir
la virginidad de su palabra,
haga germinar de nuevo
la flor más razonable
en nuestras gargantas.

Para que Dios
nos llore la humanidad,
nos lama la carne herida
de un rascacielos
en la ciudad
más insignificante del mundo,
en la galaxia
más íntima de nuestro pensamiento.

Para que Dios sea antorcha
en la nevada cotidiana
de un mendigo.
(Todos lo somos ahora /
alguna vez /
cuando la suerte
muda sus costuras
y nos hace aullar
frente al vacío )

Para que Dios
sea comida en la mesa
y cicatriz dormida en las fronteras.

Para que Dios sea color único
y país único
y religión ciega
bebiendo de la belleza imperturbable
de una rosa
que no sabe morir.

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