Metamorfosis

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METAMORFOSIS

Cuando un lago se cansa de ser lago,
se convierte en un pueblo apacible de América,
se convierte en uno de esos lugares
donde nieva de forma intensa
y las mujeres salen a la calle con botas de pisar silencio
y nunca hay niños porque se los ha comido la sal
y las navidades se hacen eternas,
sin música en el aire
solo nieve
y unas ganas terribles de escapar de ese circulo blanco que se muerde el corazón
donde el whisky tiembla bajo los árboles,
donde los ciervos huyen de su propio olor
donde el agua aúlla bajo
la tierra y reclama su pedacito de hombre helado.

Crueldad, te amo. Breve poemario del poeta danés L. Ponwski

Crueldad, te amo. Imagen: Ubé(Imagen: Ubé)

CRUELDAD, TE AMO

1

TODO EMPIEZA DENTRO DE LOS OJOS

Nada es cierto.
Miro mis manos y pienso en la crueldad de la  nieve,
a pesar de que la nieve nunca está entre las manos de mi ciudad.
Escribir sobre el amor
es tan falso
como una de esas postales que envían los marineros
a una muñequita rubia
que han conocido vía internet.
Nada es eterno.
La familia
se precipita y cae,
envejece y se hace llaga entre tus ojos.
Nada es redondo completamente,
ni los besos,
ni aquel  globo tan grande
que hiciste con el chicle antes de que te besara.
Me preguntas por mí,
por lo que siento,
por qué escribo,
qué talla uso de corazón.
Y te digo MIERDA,
con todas sus letras.
La familia MIERDA,
el corazón gastado,
la escritura muerta en aquella estación de tren
que de niño me piensa.
Porque no tengo nada que ofrecerte
y tú en cambio insistes en la palabra amor,
insistes y te levantas la falda,
insistes al tiempo que la lluvia cae,
como la familia
y el café empieza a enfriarse entre los libros.
Nunca bebo café.
Nunca escribo libros de amor.
La familia es un cáncer,
algo dañino a lo que hay que matar.
He ahí mi primer vínculo de amor verdadero,
la muerte familiar.
Ahora te callas.
Parece que te entra el miedo
o que la prisa se ha instalado en tu ropa interior,
porque te levantas precipitadamente,
sin mirar los libros,
sin percatarte de que se ha puesto a nevar en el café
y que la ciudad es ahora distinta,
la ciudad es una mausoleo
donde la familia muerta pasea,
hace sus compras,
se detiene a charlar.

2

BACH ERA UN GENIO Y YO SIGO EL RITMO DE MI PEREZA

No me fio de la  belleza musical.
Dentro de una mujer hermosa
hay culebras y ponzoña,
hay muchas ganas de arrojar los tacones al contenedor
y ponerse a incubar un hogar accesible,
ponerse a incubar niños,
un tarot  gratuito.
Estoy solo y me dejo arrullar por el silencio.
En otra vida he debido de ser un ser difícil nacido en lo oscuro,
he debido de dar a luz a muchos peces muertos
que después han venido de noche a vaciar mi sangre en el sueño.
Has vuelto.
Llamas a la puerta
y preguntas por mis discos antiguos.
No tengo mas que soledad,
te digo,
latas y latas de soledad en conserva,
un llanto que no acaba
abandonado en esa alacena donde se mecen las arañas.
Sonríes y tu cabello se hace más negro,
casi azul,
casi de tormenta que nace.
Insistes en mi escritura
y me preguntas por mi madre.
Yo te digo que nacía solo,
una tarde  del mes de abril,
mientras la naturaleza de un cuadro agonizaba
y una mujer de 100 años se peinaba frente al espejo.
Entonces me contestas que ninguna mujer
que haya cumplido cien años
es capaz de mirarse todavía al espejo.
Desconfío de la edad de las mujeres,
es verdad,
de la hermosura de una espejo centenario.
Siempre me cayó gorda Alicia en el país de las maravillas
y he escrito mil veces su nombre sobre las alas de un pollo
minutos antes de meterlo al horno.
Qué crueldad,
dices,
fumas y repites la palabra crueldad.
No lo sabes aún,
pero cuando abandones mi casa
habrá una paloma muriendo en lo oscuro,
blanca pero muy sucia,
como tú,
y yo estaré esperando la música de su dolor,
el color encendido de su muerte.
No hay consuelo para los que van a morir
si no es una porción de aire más grande para los que se quedan.
Eres cruel,
gritas.
La crueldad es una mujer que baja los escalones enloquecida,
como tu,
que después  escribe un poema de amor
al borde de la cama,
mientras los ángeles del cielo caen borrachos sobre sus tetas.
Aún escucho el eco de esa bendita palabra
… ELDADDDDDD.
Puedes mirar hacia  adentro de los  libros.
Allí encontrarás la música cruel de toda pasión que se vuelve herida.
Sin herida no hay historia.
Solo en los capítulos más sangrientos  del hombre hay belleza,
florece  la música del verdadero amor que se pudre.

3

CRUELDAD, TE AMO

Detrás de un latido llega una sustancia silenciosa
que te habla de la ceniza que espera bajo tu piel.
La muerte es eso,
un salto hacia el vacío
mientras permaneces quieto.
Nunca has asistido al acto de la muerte,
ma petite fille,
deja que te hable en francés,
que toque tu cabello asustado,
que te de a beber la leche fría  de mi polla que escribe,
la crueldad de tu amor
sobre mi cuaderno,
por ejemplo.
¿Acaso no es hermosa y hace llorar?
Detrás de tu mano
hay un pájaro que agoniza
y el cristal me trae cartas de ahogados
que no encuentran el peso de su adiós.
Ahora escuchas mis palabras,
sacas de tu boca el alimento triste de este poeta
y te acurrucas frente a los libros.
Alguien te contó que, en otro país,
los poetas engordan y ganan premios literarios,
que se les pone cara de tortuga que duerme entre el estiércol
y adquieren el color de la pez.
No sabes lo que es la pez,
ma petite fille,
ignoras que el cielo siempre es el mismo
pero cambia su humor
y sus patíbulos,
trae de noche ángeles nuevos
que van a morir,
mezcla el perfume de albahaca
con la mierda de un perro
y nos da a beber la esperanza.
Repite conmigo:
“Crueldad, te amo”.

La travesía del cisne

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Miro el cielo.
Está gris.
Cubierto por el polvo de una fábrica que queda lejos.
Quizá la fábrica no exista más que en mi imaginación
y deba inventarme un problema con el cielo,
una especie de muerte en el color gris,
como si el cielo tuviese una garganta incapaz de respirar más colores,
de escupir la lluvia
o los rayos del sol.
Hay ciudades lejos de esta ciudad que siempre están en alerta,
que no acaban de ver con claridad sus días
y que están sentenciadas a muerte.
Es la globalización.
Aprendan bien esa palabra
porque muy pronto nuestros hijos
no levantarán el rostro para ver el cielo,
porque el cielo habrá desaparecido en una pantalla gigante
que engullirá lo real.
Allí todo será falso,
habrá un decorado falso,
de edificios falsos,
de falsas cigüeñas
poblando los falsos cimborrios
de las falsas catedrales,
unas calles falsas,
con sus aceras falsas
y sus comercios falsos,
con aquella falsa señora abanicándose en el balcón,
habrá risas falsas,
terrazas de bar falsos,
café al borde de labios falsos
dejando su negrura caer.
Hay ciudades que no tienen un lugar como este
donde escribir la tarde,
que no ven pasar sobre la luz del sueño
el desfile nupcial de los cisnes.

La extranjera

28820248834_33cdc39d36_z(Imagen: Ubé)

la extranjera es una mujer como yo
salida de la nada
del polvo de un flor que agoniza, tal vez
mientras el mar se enfada al otro lado del cristal
y un barquito se hunde
la extranjera hace un nido en su pecho
y guarda allí los pájaros de la locura
un lápiz
un árbol gigantesco
la niñez en capítulos de sangre

 

La negra triste

29249207076_b7c9c757ff_z(Imagen: Ubé)

Había escapado un momento de casa. El día no acompañaba y la gente se había visto obligada a sacar sus chaquetas del armario. Es el frío traicionero de agosto, un aire que no termina en Huesca cuando llegan las fiestas y hay albahaca bostezando en las aceras y hay tenderetes de ropa expuestos al sol, bajo unos toldos amarillentos por donde se cuela la luz y la lluvia, donde picotean los pájaros que no han podido encontrar los árboles.

Había escapado un momento de casa con la excusa de ir al cajero automático. No tenía intención de salir, solo fue el impulso de buscar la tristeza del cielo, esa lluvia que no acababa de caer. Me gusta salir a la calle cuando llueve o el cielo comienza a enfadarse, cuando los cristales empiezan a perder su claridad y la gente mira hacia arriba, como si buscase una respuesta a sus problemas, como si buscase el rostro amado de sus muertos. Solo eso. Una excusa, un no saber qué hacer en casa, tal vez el bloqueo, la hoja en blanco, el hecho de que mi móvil no hubiese sonado durante tres días. Y no es que esté enganchada a las redes sociales, es que si no te llaman o no sale tu foto en el portal de facebook, no existes, si no escribes un verso oscuro o anuncias un premio literario o enfermas de gravedad, no existes. Todo está esperándote ahí adentro, en el vientre de una ballena inhumana llamada ordenador. Allí la vida transcurre con una lentitud veloz, todo caduca antes de que despiertes de la  siesta, tus datos se pierden mientras compras tabaco en el estanco o buscas un tomate maduro en la frutería. Pasa la vida, su metal, los cables amorosos con los que el mundo conecta al mundo que respira selfis , éxitos, viejas canciones de amor.

Había escapado una momento de casa para poner en orden mi cabeza. Para saber si Adela iba casarse al fin con Roberto, para decidir si iban a ser felices hasta el final de la novela, para programar hijos o catástrofes, qué se yo. Se llama escribir. Darle golpes a una tecla dentro de una habitación con luz pálida, al lado de un balcón viejo desde el que me asomo a contemplar los vencejos. Los vencejos están preparando sus maletas porque es agosto y pronto emigrarán. Pero me quedan las golondrinas, ¿no lo he dicho? Perdón. Tengo golondrinas, soy uno de  esos seres afortunados que escuchan aún el canto íntimo de una golondrina. Desde mi cama las oigo recitar, deben de ser versos de aire, una copla de amor muy antigua, mensajes en clave de muertos enamorados que ahora son ceniza ronca que se escucha a través de sus bocas. Las bocas de las  golondrinas son inmensamente mínimas, como el pecado de un niño recién nacido, como la sospecha de un padre que acababa de matar a otro padre y que sabe que morirá a manos de su hijo. Las golondrinas son todo eso. Lo que no se podrá escribir jamás porque no se entiende. Ellas hablan el idioma de los seres difíciles, de lo sencillo que se mueve a deshoras, de lo que oculta el secreto de la felicidad. Y van de un tejado a otro, de los cables de mi tendedero, al poste de electricidad, son una familia entera declamando el misterio, a la mañana, a la noche. Cuando no las veo me siento triste. Tal vez esa tarde salí de casa por ese motivo, porque no había escuchado el canto de las golondrinas y empezaba a anochecer y el cielo se partía en dos, y el color gris engullía al color verde de la fiesta.

Entonces la vi. Era una mujer negra y muy alta, tan negra como alta, su cuerpo esbelto cargaba a la espalda con un niño, supe que era un niño porque vi asomar su cabecita, pero el niño iba dentro de una pañuelo blanco que la mujer llevaba atada a su cintura. La cintura de la mujer era frágil, como la de un junco, pero era capaz de sostener al niño, de sostener el ritmo de un marido que se adelantaba unos pasos y hablaba por el móvil. Un hombre negro con una túnica anaranjada, un hombre pegado al móvil que llevaba un fardo de sombreros festivos envueltos en un pañuelo blanco. Su peso más liviano que el de la mujer, sus paso más seguro, su corazón como el pecho de una piedra. La mujer tenía los labios gruesos y, de vez en cuando, al caminar, le daba sorbitos al aire. Nunca he visto unos ojos más tristes, nunca he sentido dentro de mi corazón una puñalada más certera. Sus ojos clavando su tristeza sobre mi vestido verde, sobre mi peinado rojo, sobre mis pendientes de oro , su tristeza lamiendo mis piernas desnudas, la forma en que yo caminaba por la acera, el hecho de abrazar a mi esposo y que mi esposo besara mis labios, mi vestido verde, mi libertad en llamas.

Nunca he visto una mujer tan triste dejarse morir en las aceras, arrastrar el hambre de un niño, llorar sin ruido en el color blanco de la tormenta.

Después se puso a llover y ella esperó en una esquina a que su marido acabara de hablar por el móvil. No tardaron en buscar un sitio para desplegar los sombreros. La calle. La fiesta. Uno que pasa y mira, muchos que pasan y no se dan cuenta de que ella está allí, dándole de mamar  a su hijo la violeta seca de sus pezones. Y mañana será otra ciudad, el mismo peso,  idéntica fiesta dormida  en el alcohol, una tristeza más honda, el frío de la  conformidad.

En sueños, la imagino dentro del agua, sola, convertida en jugo  de rosa, en charco dulce donde más tarde las golondrinas mojarán su pico y me darán de beber.

Luego despierto y no sé si volamos todas juntas o el mundo ha echado el cierre.

MEDITO ACERCA DE LA OSCURIDAD DEL AMOR Y SUS VARIANTES ESTÉTICAS

Ubé - Collage(Imagen: Ubé)

MEDITO ACERCA DE LA OSCURIDAD DEL AMOR Y SUS VARIANTES ESTÉTICAS.

todos los insectos son iguales
vienen de la misma familia de presuntuosos
llegan tarde a casa y borrachos
escupen sobre el felpudo del porche
después abren la puerta y cruzan el salón con sus botas repletas de barro
lanzan un eructo antes de prender el televisor y piden a gritos una cerveza
hace tiempo que los insectos han dejado de ser cariñosos
ya no hacen el amor con la indiferente ternura que les vio nacer
ni vuelan con elegancia alrededor de las hembras
ahora trabajan a solas el gen de su masculinidad
de cara al espejo
en un gimnasio sucio
de color amarillo
que se llama rápido y en forma
que tiene una recepcionista de aspecto asiático con los pechos grandes
con las alas rotas
ocultas primorosamente bajo los muros de un sujetador

Cumpleaños feliz

Angélica Morales 46Hoy cumplo 46 años. Mi mejor regalo el amor incondicional del señor Ubé y el canto que cada mañana me regalan desde mi ventana estas maravillosas golondrinas que hoy me acompañan.

Más egos revueltos en este enlace.