Primer día de abril (Algunas ciudades europeas grises)

(Imagen: Ubé)

PRIMER DIA DE ABRIL

Es la hora de meter la cuchara en la sopa. De abrir los ojos antes de que el plato caiga, de pensar en silencio sobre otras acciones cotidianas del día. Escribo sin afeitarme, con el pelo ancho surcando mis mejillas. Tengo el aspecto de un muerto o de un vago que apenas cuenta con dos días de aliento.

Sé que hoy comeré sopa porque he desarrollado mi olfato hacia los elementos líquidos. Poseo un don natural para los olores, sería capaz de detectar a mamá a tres kilómetros a la redonda sin que se hubiera movido del sillón. Mamá nunca se mueve del sillón excepto cuando va a la cocina para preparar la sopa. Yo la llamo sopa de tortuga, mamá sencillamente sopa.

Hoy es el día.

Lo he meditado con intensidad. Mientras leo la última carta de Ava y construyo barcos repletos de mocos.

“Tienes un muelle ahí”, dice mamá señalando mi nariz.

Mamá es tan sabia como un perro, es decir, mamá es absolutamente estúpida.

Puede que comience a engordar aquí dentro.

Aquí dentro es mi habitación, un espacio de escasos metros en el que he decidido pasar el resto de mi vida.

Solo hay un problema, para hacer mis necesidades he de salir al baño. El baño está justo al lado de mi habitación así que el trayecto es corto, sin embargo me molesta sobremanera porque me obliga a romper mi aislamiento, a escuchar el ruido de mamá, el ruido de la calle, el ruido de esa vecinita rubia que jode con tipos calvos a todas horas.

Hay demasiados tipos calvos en el mundo que quieren joder con jovencitas rubias al precio que sea. Por eso acuden a sus casas con las carteras llenas de billetes y las orejas perfumadas de semen.

Yo también estoy empezando a quedarme calvo, eso dice Ava.

Ava es rubia.

Ava es la vecinita cachonda de al lado que jode con calvos.

Ava y yo estamos a punto de iniciar una relación seria, por eso nos escribimos cartas.

Ella tiene una visión del mundo amplia, viaja mucho por motivos de trabajo y a veces me envía postales de países hermosos.

“Europa, mon ami, Europa est tres jolie”.

No entiendo un carajo el francés pero creo que dice algo como que Europa es una sopa gris.

Antes que Ava estuvo la señorita Duncan, alta como un gato persa, con el dedo meñique del pie partido en dos. La señorita Duncan vive ahora en Lisboa, vende flores y alquila niños dentro de su vientre. Tuvimos que dejar lo nuestro porque no le gustaba la sopa y mamá hizo sus maletas y estuvo a punto de suicidarse arrojándose a una bicicleta.

Para matar el tiempo escribiré mis memorias. Le escribiré a Ava cartas de amor desde mi celda.

Los animales de compañía quedan excluidos.

Yo mismo seré un loro, un ratón, un chimpancé masturbándose junto a la ventana.

Una vez quise ser poeta. Tenía cuarenta años y un grano muy gordo más arriba de la ceja.

Por aquel entonces trabajaba como acomodador en un cine que proyectaba películas porno.

Me llegó a asquear el sexo. Todo el santo día viendo pollas volar en la pantalla, tetas inmensas que se metían en bocas más inmensas todavía, y el polvo de la carne se unía con el polvo de las butacas, con la caspa de los espectadores que no paraban de abrir sus braguetas y dejar sus pollas flotar, pollas como rosas muertas, con el olor putrefacto del fin del mundo.

A Ava no le gusta la palabra “polla”

Que se joda, Ava.

Que venga Ava aquí y me la chupe.

Que se deje de tanta mierda calva, de tanto país con cigüeñas.

Que venga Ava y se trague mi sopa.

Décimo noveno día de Abril (Algunas ciudades europeas grises)

(Imagen: Ubé)

DÉCIMO NOVENO DÍA DE ABRIL

Hoy dedico la noche al insomnio.

Apenas he probado bocado.

Mamá, como de costumbre, ha arrojado la bandeja con mis alimentos por de debajo de la puerta, obediente y en silencio.

Sabe que no debe hablar. Conoce las normas.

Todo por escrito. El grito por escrito. El llanto por escrito. Sus quejas sobre el papel, las manchas del tiempo, la lejía, el jabón, el agua de la cisterna, absolutamente todo tiene que venir por escrito.

Me he propuesto acabar con los árboles. Ser una masa humana de papel. No reciclarme nunca, soy una botella enjaulada haciendo chocar mis sesos contra la pared.

En noches como esta en que no duermo es cuando más me pienso, cuando más me busco en la historia de mis huecos.

Si pudiéramos doblarnos hacia dentro y mirar lo que nos corre, como quien mira a través de una ventana oculto en los visillos, todo sería más fácil. No habría secretos. No perderíamos el tiempo imaginando lo que somos y no podemos ver.

En noches como esta, cuando la luna se pone gorda y resplandece yo me siento pequeño, casi insignificante en el interior de mi pijama.

Mi pijama es mi uniforme, mi pijama es mi mortaja.

Mamá sabe de lo que hablo sin hablar. Por eso la escucho llegar hasta mi puerta, sigilosa, igual que un pajarillo recién caído del nido, da tres pasos y se detiene, abre la nevera y se detiene, toma tres sorbitos de leche y se detiene.

Puede que mamá duerma dentro de la nevera, que su vientre frío le sirva de abrigo.

Las cartas con las que mamá y yo nos comunicamos son escuetas porque mamá apenas sabe escribir.

Quiere poner orina y escribe: “Chorina”, quiere decir: “Hijo mío, ayer abrieron en el barrio una peluqueria unisex” y en cambio dice: “Hijo mío ya están aquí las perruquerias unisexi”.

Mamá ha determinado mi diagnóstico: ”Lo que te pasa es que estás alicatado, hijo mío”.

Y tiene razón, puede que por dentro haya un puente en ruinas, muchas balas cerca, una mancha de aceite peinando mi pecho, el mismo aceite con el que ella fríe las croquetas, le da la vuelta al jamón, limpia las piedras de sus ojos.

¿Y si por dentro no fuésemos nosotros, fuésemos otro, más sucio, más enfermo, más dado a vaguear, a encender la tele y acumular miseria, a fornicar con fotografías gordas, a hacerse flaco de tanto roer el pensamiento de una alcachofa?

Por dentro se escribe mejor, se escribe abierto y con pus, caída la carne, sin que alguien venga a decir: “Eh, chico, se te cae la carne” o “Hay qué ver la carne tan inútil que lucen algunos”.

Por dentro puedo ser mamá o mi jefe o Ava dando brincos en una barca a medianoche, puedo ser de oriente y tirarme bombas de piernas largas que gimen al otro lado del colchón.

Todo está por escribir dentro. Colonizar la mierda, eso es escribir hacia dentro, abrir el pico y darse un bocado en el corazón.

Mamá se empieza a enfriar.

Empieza a sentirse sola igual que cuando vino al mundo y un tipo le dio una palmada en el culo y le dijo: “Echa a andar, ya no estás dentro”.

Mondo + Cruel

(Imagen: Ubé)

MONDO + CRUEL

El mundo gira sobre los ojos díscolos de una diosa de ciudad.

Hoy me como el mundo en su pedazo más íntimo,

salgo al balcón y abrazo el silencio eléctrico de una bicicleta

que ya no sirve para otra cosa que no sea morir en el invierno.

El mundo,

su letanía eterna sobre el pezón de las horas

se traviste hoy frente al escaparate de una funeraria

y saca su lengua de luz para alumbrar la oscuridad de la muerte.

Hay ataúdes vivos dentro del cristal.

Hay plagas de langostas muertas en el interior de mi nevera.

El mundo dice adiós con su manita de plata,

se despide del hombre con un gesto impasible,

cruza los dedos de sus pies bajo unos zapatos

usados ayer por algún borracho popular.

El mundo,

esa palabra que sabe a tomate griego y aspirina,

esa esencia de mar podrido donde los náufragos

nadan de espaldas al cariño

y los animales salen a la calle enlutados,

aguijoneados

por la banderilla de un torero tuerto que no sabe cantar.

El mundo hoy gira sobre sus talones de guerrero inerte,

sobre la nieve falsa de una postal

escrita con mano temblorosa allá en 1936.

¿Dónde estaré yo mañana?

¿En qué sangre habré de reunir mis maletas,

mis poemas,

la presión última de corazón?

Solo sé que el mundo muere o se desinfla

y que los verbos se aparean enloquecidamente

con la cáscara de una naranja azul.

Solo sé que ya no hay trenes nostálgicos en las películas,

que nadie se encadena al amor

y después se suicida en el interior

de una bañera repleta de pétalos de gasolina y miel.

El mundo,

oh terror,

oh medicamento,

oh columpio infantil desinfectado de sueños.

El desván de la carne

(Imagen: Ubé)

EL DESVÁN DE LA CARNE

 

 

A ratos un teléfono golpea la pared /

el insomnio se ha hecho insoportable /

300 gramos de inteligencia perruna

que sorbe planetas y tose

aquí,

a mi lado,

dentro de una sábana que desayuna cuerpos muertos

y cáscaras de naranja azul.

A ratos el humo manso de un cigarrillo circular /

murmullos /

el estómago rugiendo /

aquel clic de una vieja fotografía que regresa a la memoria /

el vino que cae en algún lugar /

el pecho que se abre en alguna blusa /

la mujer que escupe su menstruación

y más tarde regresa a la infancia subida en un maullido.

A ratos la luna mordiendo la sombra de su pubis /

un lunes negro /

el autobús número cinco /

Huesca en la orilla de la boca /

Singapur cerca del ombligo.

Hay corrientes de agua en el vaso,

un río salvaje practicando sado al otro lado del pueblo.

Hay ratas,

vampiros,

mujeres que pasan a máquina los latidos de su sangre.

A ratos la música del viento /

un despertador que se orina en la sien /

aquel bocadillo de tortilla de patatas /

esa anciana que no puede caminar /

el retrete /

el perro blanco bañándose en el vientre de la fiesta y el whisky /

un diente que se rompe /

un recuerdo melancólico que se cose a la garganta.

¿Por qué no sueltas los potros de tu pelo?

¿Por qué no compras un presidente amarillo de los Estados Unidos?

¿Por qué no sales desnuda al balcón

y arrojas tus huesos a las máquinas que engordan en el cielo?

La tormenta

(Imagen: Ubé)

LA TORMENTA

La tormenta no llega, madre.

Hay espinas secas cerca de mi pecho,

un hambre de plata muy fina

que se ha puesto a aullar en la ventana.

La tormenta no llega, madre,

solo perros dormidos sobre la fiebre de la noche,

solo ancianos que mastican la pena

y el corazón de un árbol muerto en 1903.

La tormenta no llega, madre,

ni el autobús de línea.

No llega la sangre de esa muchacha a sus venas

y sufre

y se tortura por falta de amor,

de cuchillos

o de un vientre más confortable

donde poder alojar la sombra polar de un niño.

Pero los niños huyen

porque no hay tormenta, madre,

lo que llegan son cadáveres limpios paseando la tristeza de una piedra,

miles de hormigas rojas con cabezas de mujer

que aniquilan periódicos

y naranjas,

que llegan a la escuela en manada

y se sientan en primera fila para devorar

el nombre que las lleva

y una pizarra donde alguien escribió la palabra Mundo.

La tormenta no llega, madre.

Es este cielo gris

con los senos secos.

Es esta angustia de agosto,

sus animales suicidas a la orilla de un mar de alabastro.

No llega el agua, madre,

en cambio están en fila india las bolsas de basura,

los restaurantes nítidos donde bailan las culebras,

borrachos de color azul

que mueven las caderas de su voz

cerca de un charco de miel y mantequilla.

La tormenta no llega, madre,

solo el vuelo bizco de algún pájaro

que cae y se abandona.

Cumpleaños feliz

Hoy cumplo 48 años. Y para muestra unos botones…

Podéis ver más egos revueltos en este enlace de mi Flickr.

 

La fiesta

La fiesta (Ubé)(Imagen: Ubé)

 

LA FIESTA

 

Aquí,

en esta ciudad que arde en el vientre de las horas,

que se prepara para la fiesta y el desorden.

Aquí donde las muchachas bordan el grito

sobre la piel blanca de la noche

y los hombres hacen el amor con la palabra que no existe

y el animal que yace a los pies de una cama

prepara sus maletas para partir lejos,

hacia otra cuna de carne,

hacia otra mano que acaricie su lomo o se beba sus pulgas.

Aquí,

dentro del clamor de las gargantas,

sobre los alambres de la ropa sucia que se tiende a escondidas,

bajo el balcón donde se arroja el agua de una lágrima

o el condón usado por las moscas.

Aquí,

cerca de la música,

de la boca homosexual de las charangas,

a tres milímetros de la sombra del whisky,

alrededor de un bosque de cigarrillos que fuma el sueño

de una noche de verano o jeringuillas.

Aquí,

en lo que arde y huye hacia el secreto de las montañas.

Aquí,

donde me he puesto a escribir

las aventuras de una araña que surca mi teclado

y el vacío de mi mente.

Aquí,

donde nada sucede

y sin embargo hay mujeres preñadas de navajas y lunas

que pierden su cabello dentro de un plato de sopa

y jazmines carnívoros que devoran solteras que pasean por la plaza

del brazo de un ramillete de huesos.

Aquí,

en la palabra Huesca,

en la matemática de un rezo

que huele a santo que se ahoga en los pétalos del fuego,

a anciana que practica yoga

y luego se contorsiona en un banquito de la iglesia

y más tarde busca un lunar que se le perdió bajo los pliegues de los quince años.

Aquí,

en el instante del verano que sube y alcanza el sexo de Dios

y lo masturba para dejar caer la albahaca de los ángeles.

Aquí,

donde la tormenta llama a la puerta antes de sentarse en el campo

y sacar su puñal y dividir el corazón de la tierra en dos

para que nada pueda llevarse a la boca,

para que nadie pueda regresar de su muerte

y se quede para siempre filmando con sus ojos

la inmensidad de un mar de piedra

repleto de tiburones martillo.