Yo

(Imagen: Ubé)

Yo

Yo,

estos dedos escribiendo el vacío,

la casa ahogando sus grietas.

Yo,

este frío inconmensurable,

esta quietud arriba de una lámpara.

Yo,

un hipopótamo rosa que pierde altura y cae

hacia un abismo conocido.

Yo,

mujer rota,

herida,

demencial.

Yo,

abarrotada de señales,

en mitad de una cárcel de pétalos de rosa y gasolina.

Yo,

navegando sin ojos sobre el inmenso vacío del agua

devorando la fruta animal que se olvida en el fuego.

Yo,

barco o tiburón,

océano todo secándose a la sombra.

Yo,

enamorada de mí,

espejo travestido,

día azul queriendo ser blanco.

Yo,

nadie,

acaso máscara

o escenario,

acaso vómito en un número semanal que no recuerdo.

Porque los recuerdos se borran entre las manos,

se los traga el carmín,

el beso áspero de la noche.

Se lo bebe lo solo,

el cigarrillo,

el ansia de vida que se agota.

Yo,

un deshacer nudos y volverlos a construir.

Yo,

botón que pare una tristeza muy dulce,

garganta de tierra que ruge su hambre y su silencio,

árbol desnudo tras el cristal de un invierno que no alcanza.

Mujeres rotas, en el Club de Lectura “La Diosa de los Libros” de Teruel.

Mujeres rotas, en el Club de Lectura "La Diosa de los Libros" de Teruel.

Esta mañana he tenido el placer de participar en la Charla-Coloquio sobre la novela “Mujeres rotas” que el Club de Lectura “La Diosa de los Libros” de Teruel ha organizado en el Casino turolense, dirigido por la poeta y escritora Rosa Montolío Catalán.

Mujeres rotas, en el Club de Lectura "La Diosa de los Libros" de Teruel.

Ha sido una mañana maravillosa en la que hemos podido intercambiar opiniones sobre la literatura y sobre mi novela. Estoy muy agradecida a Rosa Montolío y al Club de Lectura por haberla elegido y por recibirla con tanto cariño y tanta alegría. He disfrutado mucho con las confidencias de mis lectores.

Espero que pronto nos volvamos a encontrar y mis deseos de larga vida a este fantástico Club de Lectura.

Mujeres rotas, en el Club de Lectura "La Diosa de los Libros" de Teruel.

Vuelve los ojos

(Imagen: Ubé)

VUELVE LOS OJOS

Vuelve los ojos y contempla la moneda.

Hay días de sol pero en otro lugar.

Aquí solo lo oscuro,

la baba de la lluvia resbalando por el cristal.

Vuelve los ojos y hunde allí la indiferencia hacia el pobre,

esa mano negra que tiende hacia a ti sus pupilas desgastadas,

su perro sin dientes,

su bufanda amarilla anudada a la nostalgia de todos los otoños.

Somos muchas las sombras

que abren la boca para respirar pedacitos de hamburguesas líquidas,

el fémur caliente de una madre que se fue,

aquel risco,

esa cucaracha que baila en nuestra lengua

mientras nosotros creemos estar a salvo de la luz y sus puñales.

Vuelve los ojos,

deja que la ciudad se despioje de violencia y rutinas.

Asómate al escote de esa niña que sueña con ser mujer

para abrir las piernas al hombre

y al hambre

y al trabajo a las seis de la mañana

y al agua sucia del fregadero

y a los domingos sin sol y sin amantes

y a esa casa que se la come despacio,

que mastica polvo

y muertos

y una película de 1980.

Vuelve los ojos.

Contempla la palabra blasfemia,

el agujero en la pared por donde dios se masturba

mirando tus retratos infantiles.

Dios es bueno

y triste

y siempre está cansado de construir paisajes

y verter su sangre por los animales que llevan nuestra piel

y nuestro aroma.

Dios es un drogadicto dependiente de las tormentas

que se abanica vírgenes

y bailarinas

y el barro pensativo con el que nos hizo hombres.

Vuelve los ojos y baila sobre las vísceras de una flor.

Mañana solo es una palabra que llega tarde.

Mañana solo es un camino recto que se dobla,

una herida que se lame la ambición,

un cadáver emocionado que no sabe respirar.

Las niñas cojas. Presentación en Huesca (Librería Anónima)

 

Las niñas cojas. Presentación en Huesca (Librería Anónima)

Ayer, 16 de noviembre de 2019, la Librería Anónima de Huesca me abrió sus puertas para que “Las niñas cojas” pudieran presentarse por primera vez ante el público lector.

Quiero aprovechar esta entrada del blog para agradecer especialmente a mi editor, Martín Lucía (Ediciones En Huida), por apostar por mi poemario y publicarlo; a todo el grupo de la Librería Anónima y en especial a Chema Aniés, siempre dispuesto a hacerme un hueco en su maravillosa librería y por recibirnos de una manera tan cálida y generosa; y a mi maestro de ceremonias en esta ocasión, Misael Hernández, amigo, poeta y artista.

 

PLas niñas cojas, de Angélica Moralesor supuesto también quiero agradecerle a todo el público que vino a arroparme con su asistencia. Hacía un día de perros transilvanos y, aún así, la librería estuvo llena. Muchas gracias a todos por escucharme, leerme y querer compartir conmigo mis niñas cojas.

Fue una mañana estupenda, de emoción, risas y nostalgia. Allí se congregaron amigos, poetas, artistas y curiosos y no faltó tampoco el jamón de Teruel, el queso de Gabás y el vino de Somontano.

Emocionarse es lo mejor que nos puede pasar en la vida. Yo no soy más que un cadáver emocionado que respira y desayuna versos.

Gracias de corazón y hasta la próxima aventura.

Os dejo un vídeo con parte de la presentación (perdonad que no esté completa):

Las niñas cojas. Presentación en Huesca (Librería Anónima)

También tenéis más fotos de la presentación en este álbum de mi flickr.

Y pinchando en la imagen inferior podéis leer la entrevista publicó el Diario del Alto Aragón (gracias mil, de nuevo) con motivo de la presentación del poemario:

Las niñas cojas, de Angélica Morales en el Diario del Alto Aragón.

El abandono puede ser una carta que no se abre o un pueblo sin fantasmas

Imagen: Ubé

(Imagen: Ubé)

EL ABANDONO PUEDE SER UNA CARTA QUE NO SE ABRE

O UN PUEBLO SIN FANTASMAS.

Rasgar las cuerdas

de un violonchelo

es como leer unas lineas

de la novela

“El viejo y el mar”,

sentir el aliento a ron

de Hemingway

chocar una

y otra vez

contra el sexo duro

del malecón.

La geografía del mundo

no cambia de lugar.

Dentro de la cama

siguen los mismos pliegues

atravesando la piel

de tu rostro

de parte a parte,

dividiendo noches

y madrugadas

desde el perfume del sueño.

Nadie me echará de menos

si no despierto

si mi cuerpo no cobra vida

y ordeno a mis músculos

trepar hacia lo cotidiano

(quitarme las legañas

frente a un muro /

esponjar mis dientes

con un poema /

sorber el agua del inodoro

y flexionar tres veces consecutivas

contra el vientre de una botella).

El abandono

llega a cualquier lugar

aunque este haya sido hermoso

una décima de segundo antes,

a pesar del amor que nos abraza

y de la fiebre

y del canto insufrible

del silencio.

Yo no puedo

pronunciar la palabra

PADRE

o BARBITÚRICO,

en cambio puedo escribir

en la boca del cielo

estos versos

que nadie leerá.

Ayer tuve un sueño,

Onetti venía a visitarme

y conversábamos

acerca de la nieve

en otro país,

acerca del paraíso de Dios

que no existe.

Nos contábamos secretos

y agujeros

dentro del blue jeans.

Onetti me decía

que los fantasmas

no son verdaderos,

que se trata de nudos sentimentales

dentro del corazón,

saber que nunca podrás regresar

a la caricia de tu amada,

por ejemplo,

a su aliento a chicle

o a hotel.

La muerte es solo muerte,

hermano

(dijo).

No hay música de Bach

aguardando el vuelo extraviado

de nuestros ojos,

no hay un viento eléctrico

alborotando

el cabello de los árboles,

ni trompetas de jazz

cerca de la agonía

de una paloma.

La muerte es solo muerte,

hermano,

(dijo)

un hueco

que se vuelve a llenar,

una copa

con el carmín reseco,

una lluvia inhumana

sobre los tejados.

Las niñas cojas, publicada por Ediciones En Huida

Las niñas cojas, poemario con el que gané el XLVIII Premio Ciudad de Alcalá de Poesía 2017, ha sido publicado este mes de noviembre de 2019 por Ediciones En Huida, dentro de su colección Extravaganza-Poesía. Estoy muy contenta de que esta editorial me haya publicado porque tenía las niñas cojas encerradas en el cajón desde que gané el premio y al fin han visto la luz. Mil gracias a Martín, mi editor.

Las niñas cojas son todas aquellas mujeres que ya son ceniza en la memora. Es un barrio de Teruel, sus cuestas empinadas, la nieve sobre el cabello de los árboles que ya no existen. Es un homenaje a esos barrios donde las mujeres se reunían a coser, a contar historias. Es un relato de una época de posguerra en el que las mujeres tuvieron que tomar las riendas del hogar y, en muchos casos, de su economía, mujeres que no tuvieron más opción que el estraperlo, que araban la tierra y enterraban a sus muertos, que tras una dura jornada aún tenían tiempo para sacar su silla de enea al patio y charlar con el silencio, bordar nostalgias en los cielos eternamente azules mientras las más jóvenes aprendían a soñar.

He querido homenajear, por encima de todo, a mi abuela Ángela y a mi tía Ascensión (Chon), coja desde los cuatro años. Su cojera es símbolo de una época, de una frustración, de una minusvalía que estaba mal vista en la sociedad y que la apartó hasta el punto de que ni siquiera en la escuela la querían enseñar a leer porque la consideraban una niña inútil.

Las niñas cojas es un canto a la lucha, a la fortaleza de todo lo pequeño, a la resistencia y al triunfo del amor que nunca muere si la memoria pone en marcha los engranajes más dulces del recuerdo.

El próximo sábado, 16 de noviembre a las 13 h. en la Librería Anónima de Huesca, estáis todos invitados a la presentación, en la que contaré como maestro de ceremonias con Misael Hernández, poeta, actor, cantante y gran amigo.

Este retrato mío de 1970

Foto de Angélica Morales

ESTE RETRATO MÍO DE 1970

¿Por cuántos caminos habremos de andar antes de llegar al último?

¿Con cuántas sombras ha de tropezar la luz de nuestra lengua,

nuestros andares torpes sobre el papel,

la calavera que nos brilla dentro de ese retrato mío de 1970?

¿Con cuántos tigres habremos de luchar en el sueño?

(La tristeza de sus rayas muerden nuestro colchón /

salpican de saliva y pis sagrado nuestros ojos /

recorren ellas solas las traviesas de un tren infantil

que nos devuelve la leche /

el pezón hirviendo /

la lluvia de plomo y esplendor)

Es este cansancio mío de siglos y muslos de paloma,

la máscara de reina de las nieves

que me lleva directamente hacia el territorio de las bestias.

Despertar, eso quiero,

hacerle un corte de mangas a la fraternidad de la sangre,

despedazar los pétalos de la realidad

frente a un espejo de agua y barbitúricos

y después nada,

si acaso contemplar el gesto inútil de una voz

que se peina la blancura.

¿Por cuántos laberintos no habremos depositado nuestros huesos de amor,

el polvo de todos nuestros amantes,

la garra

y el lenguaje

y las noches sin poder dormir por culpa de un corazón desolado?

Es esta tumba de flores y madres sin sol

que me visita cada tarde,

que desnuda ante mí su tiempo que no existe,

que me recuerda la última mala costumbre de Dios,

sus zapatillas veloces golpeando el mármol de los naranjos.

¿Por cuántos brazos habremos de pasar antes de llegar a la herida,

al aire que respiran los idiotas,

a la primera ceniza de un cordero que amanece suavemente en el café?