La piscina roja

Imagen: Ubé

LA PISCINA ROJA

Ahí está B,
sentada en el bordillo de la piscina,
con el pelo revuelto
y los pies hundidos en el agua,
respirando suavemente sorbitos de aire tibio,
como si el mundo sufriera una condena feroz
y se hubiese quedado detenido allí,
en mitad del azul pálido
de una piscina de pueblo,
sobre las llamas invisibles de agosto
que ondean sin cesar
en la cabellera de los árboles.
A su alrededor hay niños alborotando
y, en el césped,
una mujer sola
pela un plátano con sus uñas esmaltadas.

Pero ahí está B,
hermosa como un gato persa
que le tiene miedo al agua
y sin embargo la busca,
acercándose el cigarrillo a los labios
con esa fatalidad de las películas,
agitando el pelo
para que caigan las últimas gotas
y puedan mojar sus hombros.

Hace sol y acaba de almorzar.
Hace sol y su marido ha puesto una excusa
y se ha negado a acudir a la piscina
con ella y el niño.

El hijo de B está llenando de agua su pistola
y, sin que ella se de cuenta,
está apuntando el arma a su espalda.
Al hijo de B le gusta matar de mentiras.
No entiende que la carne se abre
y las venas revientan
y la sangre se convierte en flor melancólica
derramando toda su tristeza
sobre la tierra de un recuerdo.

La muerte no existe aún en esta fotografía.
Porque B acaba de llamar a su hijo
y juntos se han hecho un selfie.
Ninguno de los dos sospecha lo que va a ocurrir.
No saben de la pelea que vendrá,
de la violencia de la palabra que vendrá,
de los celos cegando a su madre
hasta hacerla estallar,
como estalla una granada en los labios
o una copa de vino
sobre la arena purísima de una playa.
No saben que después de vestirse
y subir al coche
y llegar a casa
y abrir la puerta
B va a encontrar a su marido en la cama con otra.

El hijo de B nunca había visto
aquel cuchillo de tamaño descomunal.
Nunca había visto que en aquel cajón
donde estaba agazapada la muerte,
había un cromo de Superman
y un diente de ajo
que empezaba a pudrirse,
que su madre había guardado allí la lista de la compra
y un billete de cinco euros para su merienda.

El hijo de B no sabe del dolor,
pero el dolor es metálico,
como el filo de ese cuchillo
que se hunde en la carne del padre
y en la carne de aquella mujer rubia
que no deja de gritar
y mover las manos.
Ahora su pistola de agua
es solo un espejismo infantil,
algo que solo provoca la risa
o el golpe tonto.
Sin embargo la sangre fluye
y besa la blancura de las sábanas
y lame el silencio de las baldosas
y cubre el rostro enfebrecido de su madre.

Ahora su casa es una piscina roja en el otoño,
cuando ya no queda nada al otro lado de la luz
ni siquiera el esqueleto del polvo.
Tampoco a Dios se le ocurriría llamar a la puerta ahora
y pedir una limosna de flores.

Estoy aquí, un relato para “El Espejo de tinta” 2021 del Diario de Teruel

Os dejo el enlace para que podáis leer el relato “Estoy aquí” que he realizado para colaborar con el suplemento de verano “El Espejo de tinta“, de el Diario de Teruel, con la imagen de José Manuel Ubé, y que ha salido publicado hoy, domingo 5 de septiembre de 2021.

Mil gracias de nuevo al Diario de Teruel por contar conmigo para esta estupenda serie literaria con imágenes muy sugerentes que os sorprenderán.

Si he de decir algo

Imagen: Ubé

SI HE DE DECIR ALGO

Diría que de cualquier manera el tiempo muerde mis costados, amiga mía,
que te has quedado sola entre esas cuatro paredes,
que tu perro duerme mientas tú haces el amor con el poema
y una vieja cafetera silba cerca de los labios del fuego.

Diría metro cuadrado,
música en el balcón,
geranio que se riega con pis de hombre.

Diría que la memoria es un ovillo de lana
que cae hacia los precipicios del sueño,
que hay madres con el pecho frío
y los pies lejos del cariño.

Diría ay de esta triste infancia de melocotón y fiebre,
ay de la lluvia en mi cuaderno,
de las llagas de ese burro que me besa la herida en la distancia.

Diría que esto no va a acabar jamás,
que los teléfonos pasan hambre
y hay un perfume distinto al otro lado del cielo.

Diría que la noche se enfada y nos arroja viejos fantasmas,
camisones de hilo que pertenecieron a esa muchacha griega
de piernas largas y sexo amurallado.

Diría amor y lunes repetido.

Diría guantes de goma y mascarilla de piel de serpiente.

Diría Dios mío abrázame,
hunde mi cuerpo sobre un lecho de papel higiénico y flores.

Somos un país de animales domesticados.
Somos un país de terciopelo ajado en las cucharas.
Somos un país de verbo fulminante
en el que solo crece el golpe
y aquel jardín de muchedumbre
donde la luz de los prodigios no puede entrar.

El tiempo que no está

Imagen: Ubé

EL TIEMPO QUE NO ESTÁ

Escríbeme, amor,
mi voz es un pétalo de nieve
que se pierde en la oscuridad.
Soy extranjera de mí.
Sin ti no hay más que huecos en el aire,
música sorda golpeando mi sien.

Escríbeme, amor,
con tu mano blanca temblando
sobre la soledad del otoño.

Escríbeme y no olvides el tiempo que no está,
los animales que pastan dentro de la sangre.
(Somos tú y yo organizando el festín de los zombis,
retratando la distancia con un ojo de mármol)

Escríbeme, amor,
hace frío dentro de mi pecho.
Quiero contar todas las heridas que atraviesan tu piel,
los paisajes que crecen a dos centímetros del silencio.

Escríbeme después del gel y la mascarilla.

Escríbeme el calor que nos falta,
la espuma de cerveza que quedó atrapada en tu labio
la última vez.

Escríbeme, amor,
mundo,
trocito de pan en el interior del hambre.

Escríbeme con los pies descalzos sobre ese poema que no recuerdas,
sobre los trenes de ayer,
sus orejas azules apretando la nostalgia.

Escríbeme, amor,
despacio,
mientras caen ángeles en el café
y alguien,
al otro lado de la realidad,
sucumbe al miedo.

Pero tú escríbeme, amor,
desde la demencia de los días y las noches,
sin saber qué hacer con los rayitos de sol que te faltan.

Escríbeme, amor,
verbos sucios,
un camino que se estrecha entre las manos,
algo así como la tormenta que nace en mitad de mis piernas
y se repite cuando ya no hay pájaros cerca.

Escríbeme, amor,
círculos,
la fragancia de una pared,
un embarazo pequeñito en el aire.

Escríbeme como si dentro de tu cabeza
el mar estuviese plantando semillas de lluvia,
como si Dios hiciese sopas de pan en un pueblecito
cerca de la frontera francesa,
como si mis pezones dieran de mamar a las piedras
y me creciera un hijo abstracto,
clavado a un telar,
como si la muerte llamara a mi puerta
y me trajese un alma que ruge.

Tú serás la siguiente. Presentación en Boltaña (Huesca)

Ayer, 14 de agosto, tuve uno de mis mejores regalos de cumpleaños con la presentación de mi novela “Tú serás la siguiente” en la Casa de Cultura de Boltaña (Huesca), en el lugar donde se gestó , en el centro de la sangre de todo su misterio.

Arropada por amigos, vecinos de Boltaña junto con su Segunda Teniente Alcalde y Concejal de Cultura Sonia Orús, fui presentada magníficamente por Conchita Puyol, directora de la Biblioteca de Boltaña.

Doy las gracias por su acogida, su entusiasmo y por las ganas de adentrarse en mi novela, esta que también es su novela. Gracias por hacer el gran calor del día soportable, y gracias por la tormenta y la lluvia que vino después que nos purificó. Todo se escribe de nuevo tras la lluvia.

Os dejo este enlace para ver más fotos del acto (y algunas de mi cumpleaños) y el enlace al vídeo.

También aquí puedes consultar la entrevista que me hicieron en el Diario de Teruel. En este otro enlace podéis ver la entrevista que me han hecho para el Diario del Alto Aragón.

La oscuridad me llama

Imagen: Ubé

LA OSCURIDAD ME LLAMA

No soy la única,
lo sé,
muchas mujeres antes que yo
han plantado pájaros azules
dentro de su cabeza,
se han entregado a la poesía,
han abierto sus piernas
a un amor que nunca llega,
a la destrucción total del corazón.

Antes,
mucho antes
de que mis ojos
viesen por primera vez la luz,
había mujeres soñándose lejos,
arrastrando sus trenzas
sobre el fango del camino,
rompiendo viejas fotografías
y arrojándolas al fuego
o a la noche
o a una bestia
llamada hombre.

No soy la única
que cose heridas
a la sombra,
que recuerda patios infantiles,
la alegría de agosto
en sus zapatos,
un pueblo que ríe
y bate palmas
y que ahora solo es ceniza
en la memoria.

No soy la única
porque otras antes que yo
aprendieron a pronunciar
la palabra Dios
o mansedumbre,
habían hecho sus maletas de flores
para marcharse a otro país,
para luchar por su vida,
para poner a salvo su condición.

Imagino habitaciones oscuras,
medias rotas,
mucho frío
dentro del polvo de una guerra.
Las imagino hermosas
e indefensas,
temblando con el cuchillo ensangrentado
entre sus manos,
con la mirada inyectada en fuego,
con el fuego moribundo,
sin dinero,
exiliadas,
escribiendo su nombre
con faltas de ortografía.
Las veo siendo las primeras
en entrar a una universidad,
siendo observadas con insolencia
por la pupila hambrienta de los hombres.
Imagino sus piernas largas,
sus faldas largas,
su inteligencia altísima.
Pienso en su lucha,
en su mirada enferma,
en la forma de quitarse los zapatos
cuando llegaban de la escuela
o del trabajo
o de la guerra,
cuando llegaban de haber corrido
por un asfalto caliente
que había herido las plantas de sus pies.
Sus pies como cometas
que echan a volar
de la mala costumbre del hombre
o
animal
o
bestia
que no entiende del dolor de una rosa
cuando deja de ser rosa
y se encarcela dentro del cristal.

Antes que yo,
mucho antes
otras mujeres
dentro del verso,
dentro de la leche,
del perfume obsceno
de una empresa
que solo eleva de rango
a los del género masculino.

Las imagino solas,
dormidas dentro de una plancha,
cosiendo los huecos de la tormenta,
exprimiendo flores de sus pezones,
llorando desconsoladamente
frente a un ataúd.
Solas encendiendo cirios.
Solas besando el color negro,
la misa de los domingos,
cantando después en la taberna,
el vino sobre su boca roja,
esperanzada,
sobre su piel de nieve altiva.
Las imagino,

dando a luz la batalla de un hijo,
riendo de felicidad,
muertas por la nostalgia
o la falta de fe.

Otras mujeres,
millones,
cientos,
apenas un puñado de mujeres
entre estos versos
que me escriben,
que depositan flores
en la tumba de un recuerdo,
sobre el corchete aquel
de su sujetador
que siempre estaba roto,
alrededor de la taza
donde sorbían el té
con los labios pintados,
con los ojos fijos en un poema
o en una carta
o en la factura de la luz,
con los pájaros azules
llamando con insistencia
a las puertas de su alma.

Las cosas más pequeñas que guardo

Imagen: Ubé

LAS COSAS MÁS PEQUEÑAS QUE GUARDO

Una espina de ayer en la yema de mi dedo
y que me hace sangrar lentamente.

Un silencio dentro del propio silencio,
cuando busco palabras en el papel,
la geometría exacta de su dolor.

El hueco que dejan los muertos que se van.
La fiebre que depositan sobre mi corazón los muertos que se quedan.

La situación del mundo dando vueltas en el color negro.

Datos trágicos en el telediario,
niños sin zapatos cruzando las alambradas.

Hambre en el manto verde de una virgen.

La música del viento anidando cerca de mi pelo.
(En la primavera más hostil)

Mi casa natal acunando su espíritu en la ceniza.

Sombras dentro del sol de los geranios.

El color blanco del cielo.
El color blanco del cabello.
Hebras de plata que llegan para bordar nostalgias en mi sien.

Un cisne que no existe golpeando con sarna los versos de Darío,
poemas que se tumban sobre la hierba,
perros mordiendo la herida de la madrugada.

Esta vieja cocina donde me he puesto a escribir.

Gotas de agua cayendo en el fregadero.

El recuerdo del frío en una maleta.

Paisajes que están lejos de las manos,
una muñeca que no encuentra la mirada de sus ojos.

Recortes de tormenta.

Mi madre huyendo de sus misterios.

Un diente roto
o
la hermana posando para el ojo de la herrumbre.

Un día cálido,
una noche que se baña en la atmósfora de un tambor.

Ventanas.
Mujeres rotas.
Golpes de suerte o de mejilla.

Un puñal cayendo hacia la tierra de los muertos.

Aquel patio infantil donde las hormigas ensayaban su delirio.

Mi abuela cosida a una cicatriz de color de rosa.

Porque Lot no importa

Imagen: Ubé

Porque Lot no importa

Porque Lot no importa,
es solo una excusa
para volver al momento en el que una mujer
pierde el camino de su nombre.

Retroceder,
Wislawa,
desobedecer los mandamientos de Dios
o alejarse de una vida triste al lado de un hombre
que nunca ha sabido entenderte.
Hacer stop dentro de la tragedia
y posar los ojos en el vuelo de una mosca.
Abrocharse los zapatos con el dolor
de no saber abrocharse los zapatos.
Robarle a una flor todos los secretos
y después esperar en la otra orilla
a que vuelvan a crecer dentro de su calavera.
Pero, ¿cuántas flores mantienen aún
el secreto de su sangre bajo llave?

Desandar
para seguir caminando.
Mirar la destrución
sin que la destrucción
pose sus ojos ruinosos en ti.
Hacerse piedra y llamar a su puerta
y decirle a la piedra que te de amparo.
La piedra como tálamo
donde la mujer aprende a mentir,
como pila bautismal
donde los crímenes se ahogan,
como sepulcro último de un perro
que se sacrifica por el bien de la humanidad.

Es el dolor a la pérdida,
días felices que quedan atrás,
entre los brazos de una muralla
que se entrega al vicio de la guerra.
¿Cuántos niños hoy
se habrán convertido
en estatuas de sal
por no haber sabido seguir corriendo
para dejar atrás la violencia de su patria?
Tal vez, ellos,
al igual que la mujer de Lot,
regresaron para recoger una vieja fotografía
que se les había caído de las manos,
giraron su rostro para ver caer la bomba
en el corazón de su hogar.
Porque su hogar estaba en llamas
y dentro de las llamas su madre pidiendo auxilio.
Porque correr no sirve de nada a veces
y es difícil, a cierta edad,
que una mujer pueda abrocharse sola los zapatos
sin que acudan a su mente los muertos
y las rosas decapitadas por la nevada,
sin que su cuerpo
se resista del dolor de ser mujer,
de ser madre,
de ser sombra enloquecida
que busca el calor de Dios.
Quizá,
desobedecer a Dios
sea el argumento
de todas las películas
que rueda el hombre
dentro del sueño
de estar vivo.

Viajar o envejecer,
Wislawa,
pero lejos del polvo de un reloj,
a solas con la palabra,
la palabra como episodio bíblico
que se repite en el eco de un animal,
Lot como maniquí enfermizo
que tose dentro de los escaparates.

Puntos suspensivos

Imagen: Ubé

PUNTOS SUSPENSIVOS

Dijiste:
“Tu pelo huele a campo que se abre.
Hoy le he tomado
la temperatura a un perro
y estaba muerto,
ladraba pero estaba muerto,
repetía una y otra vez
su nombre
y estaba muerto”.

Dijiste:
“Haremos una fiesta
cuando salga del hospital
y pueda subirme a tus zapatos.”

Dijiste:
“En algún lugar del sueño,
tengo un padre drogadicto”.

Dijiste:
“Mañana saldré a pescar restos de naufragio;
el amor por las plantas de una anciana,
(quizá)
la forma que tienes
de hacerle un nudo a mi corazón
o el eco de una risa”.

Dijiste:
“No sirvo para las matemáticas.
Tengo cáncer”.

Dijiste.
“¿Te da asco limpiar la agonía de mis bragas?”

Tenías cáncer.

Hombres que cazan tardes

Imagen: Ubé

HOMBRES QUE CAZAN TARDES

Las tardes como estas,
las tardes donde la luz se apaga
dentro de una casa.
las tardes solas,
bajo el amparo de una lágrima
que ya ha sido.
Las tardes,
enamoradas de su dolor,
llenas,
de pechos azules,
incansables,
con sus insectos muertos sobre el mantel.

Hombres que cazan tardes como estas
y les cortan el cuello
y las despellejan
y las cuelgan de un hilo
y esperan a que se seque el amor.

Porque las tardes como estas
son tardes enamoradas,
son un verso que llega
brincando en la boca de un cigarrillo.
Las tardes como estas,
locas y sedientas.

Las tardes como estas,
recortes de muñeca limpia,
manos que se llenan de charcos
y pisadas breves de mariposa.
Cómo hablan las tardes con sus labios cosidos
a la tristeza,
agredidas sexualmente
sobre una hoja en blanco.
Las bellas tardes.

Estas tardes de apretados silencios,
de llanuras dentro de la garganta.
Ignotas las tardes,
sin conciencia,
imposibles de pronunciar.