Canciones de cuna para los peces muertos

(Imagen: Ubé)

CANCIONES DE CUNA PARA LOS PECES MUERTOS.

Cielo,
calma,
tambor,
un ruido silencioso,
el amor echando raíz en el diente más tierno de la basura,
una bata blanca,
un parte meteorológico,
las ganas de hacer la guerra con los harapos de mi cuerpo,
un telediario,
una niña anoréxica,
canciones de cuna para los peces muertos,
un martes cualquiera,
un zapatito de tacón,
el alfiler de una novia que se ahoga en la sangre azul
de esta lluvia que no llega.

Después vendrás tú,
mar,
plástico,
vaso roto dentro del vientre del whisky.

Después te irás tú,
juventud,
pájaro con las alas rotas,
manicomio,
grito desgarrador,
noche que tiembla,
píldora o cuchillo
que atraviesa en recto mi garganta,
otoño,
mariposa,
vuelo,
palabra.

#MedeaHaVuelto: Canto VIII

El poema, en mi voz

CANTO VIII

El tiempo,

                   Uan, chu, fri…”

                  “An, de, truá…”

                            “Unu, du, tri…”

Las flechas del tiempo dando vueltas en la esfera de tus ojos,

sin descanso, sin un alto en el camino.

Y el camino es largo

y empieza siendo suave,

como el cabello de un ángel,

como la seda de un vestido inocente

que va a lucirse por primera vez,

como la menstruación tibia de una muchacha virgen,

sin dolor de mundo,

sin heridas de amor.

Pero el camino va haciéndose más difícil

y el tiempo se ensucia en las esferas del reloj

y las flechas disparan desengaños,

le producen a tu corazón las primeras grietas.

El camino que ya es cuesta de pueblo

que empieza a quedarse sin habitantes

                   o campo donde nada crece,

                   malas hierbas que son facturas,

                   matrimonios rotos,

                   hijos drogadictos,

                   palizas.

El tiempo, menuda palabra.

Más que una palabra es un abismo,

un hoyo que alguien ha cavado siglos antes

de que tú llegases al mundo

y han ido cayendo allí mujeres,

murallas,

caballos de madera,

héroes que daban la vuelta al mundo sin moverse del sitio,

del ojo cantarín de una sirena

que empieza a engordar por el aburrimiento.

Tiempo.

Sopor.

Piel flácida.

Cremas que prometen regresar a la flor primera,

a la espina única de la juventud.

Juventud,

menuda palabra.

Más bien tránsito intestinal,

estreñimiento del corazón,

falta de equilibrio emocional

                   o acné en mitad del sexo.

Hay que estar hermosas durante el tiempo,

durante la estancia del tiempo en nuestra piel.

Hay que cerrarle al tiempo las puertas de su propio tiempo,

poner en marcha algún ardid para seguir adelante en el camino

sin que el camino pese,

sin que por el camino nos venzan las hamburguesas con queso y bacon,

los cruasanes rellenos de chocolate,

los pastelitos de la pantera rosa

         o una paella de pétalos de zorro.

         “Uan, chu, fri, an, de, truá, unu, du, tri…”

Cuesta la belleza.

Miles de dólares argentinos.

Un millón de soles peruanos.

Más de un millar de pesetas rubias.

Todo el mundo.

Todo el tiempo.

Todo el universo gira en torno a la belleza.

La guerra es causada por la belleza,

por el deseo del hombre de destruir todo lo que brilla

y no puede poseer.

Todo aquello que se erige en su egoísmo

y el hombre no puede comprender.

Que le pregunten a Helena si acaso miento.

Que deje su puesto de dependienta en el Corte Inglés,

en la sección de oportunidades y venga Helena a desmentirme.

Helena que tiene ahora tres hijos yonkys y un marido transportista,

que ha hipotecado su casa por segunda vez,

que fuma a solas marihuana y es adicta a “Gran hermano”,

que no sabe coser,

ni mirar por la ventana,

que no se asoma al agua del espejo para beber de su hermosura pasada.

Helena hace mucho tiempo que arrojó la toalla al suelo,

que se deshizo de su bella anatomía para vestirse de nada,

de una mujer que no existe a los ojos de la guerra,

de una mujer que limpia la plata de un cuchillo los domingos,

sin saber muy bien hacia dónde apuntar la rabia de estar viva,

sin saber qué hacer con las ganas de apretar el cuello de sus hijos yonkys

y después escapar con una maleta de piel de pájaro hacia otra tierra,

una tierra sin mar y sin columpios en la que los grandes almacenes no existan

y el televisor proyecte polvo en blanco y negro,

sesiones continuas de polvo pornográfico.

                    “Uan, chu, fri, an, de, truá, unu, du, tri…”

Y si no que venga Hécuba y me hable del tiempo

y su paisaje hermoso dentro de la piel.

Hécuba que ya no tiene rostro porque un hombre le quemó la cara con ácido.

Que hable Hécuba de la ceniza de una mujer

cuando ya no quedan más que surcos salvajes en su geografía,

cuando ha perdido la identidad de su género

y solo es un pellejo cubierto de telas ajadas

que escapa hacia las sombras.

Solo en lo oscuro la belleza marchita puede respirar,

tomar fuerzas del cielo

y hacer que la cicatriz abra el pulmón de su ira para seguir viviendo.

Que venga Hécuba a hablar de ponerse de rodillas y fregar.

Que venga Hécuba a decirnos lo que es perder una patria

y tener que huir con el camisón puesto,

con las trenzas rotas,

con las hijas violadas en la boca de los árboles.

Hécuba no tiene móvil ni se hace fotos de perfil para su facebook.

Hécuba come sola,

en un rincón,

mientras las ratas lobas se ponen a aullar

y los rayos del sol se hacen grandes en la ventana.

Por eso hay que estar en forma.

Hay que disponer el cuerpo para la batalla diaria del tiempo

y del machismo

y de la incomprensión

y del exilio

y de la rivalidad

y del olvido

y del encierro

y del sometimiento

                            y de la sumisión.

El tiempo de una mujer siempre es menos tiempo.

Siempre asoman dientes a sus lacitos de color púrpura

que se comen los sueños empezando por el final.

No es fácil dar a luz a unos hijos y después darles muerte.

No es fácil subirse a una pelota de fitball

y hacer flexiones con el cuerpo demencial de una tarántula.

Una flor trémula

(Imagen: Ubé)

UNA FLOR TRÉMULA

Cuando la voz de adentro nos llama
y el amor se hace ala de pájaro herido.

Cuando la casa muge
y después patea la soledad de sus muertos.

Cuando tú y yo miramos hacia las grietas del cielo
y descubrimos músicas bárbaras
y mujeres con la cabeza partida en dos.

Cuando el tiempo se acicala frente al espejo del agua
y llegan los animales insomnes para plantar en el aire
la semilla de Dios.

Cuando la tarde pasa.
(Ojos hundidos/
vientre saturado de tormentas /
un niño golpeando a la misma hora
la intensidad de la luz)

Cuando estoy abrazada al sueño y canto.
(Mis ángeles de tres en tres
barriendo los rastrojos de mi garganta
y una flor trémula que me mira antes de morir)

El fruto espeso de mis sábanas

(Imagen: Ubé)

El poema, en mi voz:
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EL FRUTO ESPESO DE MIS SÁBANAS

Tengo la costumbre de consumir el tiempo lejos del propio tiempo.
La noche me hace morder el fruto espeso de mis sábanas.
Hay muertos bajo el colchón enlazando gotas de lluvia
y versos que caen como un helicóptero que ha perdido el rumbo.

Tengo la costumbre de masticar viejas fotografías
mientras una mujer negra
pela cabezas de hombre en un bar
y alguien mueve las caderas de un whisky
y se caen muchachas blancas por la ventana
y llega una moda nueva a manos de niños desnutridos
que trabajan por horas en un taller de Singapur.

Tengo la costumbre de zurcir los agujeros del cielo
mientras escribo poemas como animales
o animales como versos chiquitos
o mujeres golpeadas,
como pájaros que se estrellan
una y otra vez contra el vacío de la luz.

El cuello esbelto de una bragueta

 

(Imagen : Tim Walker )

EL CUELLO ESBELTO DE UNA BRAGUETA

Hay poetas consagrados en lo sucio,
que creen en Dios y amasan la tierra entre sus dedos.
Hay poetas que usan cosméticos para escribir,
que se pintan la baba de azul
y luego arrojan flores sobre sus testículos.
Pero las flores no creen en la poesía de los poetas
y devoran la carne.
Entonces el poeta pierde la inspiración y grita.
Hay poetas que gritan como si fuesen un muelle,
que se hacen pis en el pensamiento de una paloma,
que no saben masturbar las hojas del otoño.
Hay poetas que aspiran a escribir cartas a otros poetas,
a descansar sobre los huesos de los poetas muertos.
(Celan, Rilke, T.S. Eliot,Vallejo, mi primo Paco)
Hay poetas que madrugan dentro de lo oscuro,
que mutilan sus ojos y escriben a ciegas.
Hay poetas que echan en falta
el cuello esbelto de una bragueta,
las canciones de sal que mamá le cantaba al oído.
Hay poetas cuyo delirio se palpa bajo el cristal de su camisa
y entonces aparece una inyección
o un asno
que echa a volar sobre un cielo sin números.
Hay poetas, creánme,
poetas que no son y sin embargo.

Versos bastardos

(Imagen: Ubé)

VERSOS BASTARDOS

Acariciando la cabeza de la noche,
como un león dormido en el desorden de una lágrima,
como una madre sin dientes que excava la tierra donde va morir,
como un cristal que espera en pie la lluvia,
como un guante que añora la desnudez de una mano,
como si todo fuese una mentira dentro de una máquina de coser,
como si los árboles pudieran abrir sus bocas y gritarle a Dios,
como si toda altura estuviera prisionera en el corazón de un dedal,
como si yo fuese océano
o gotita de ginebra
o el pie número 99 de ese gusano oscuro
que arquea su vientre para parir versos bastardos.

Trocitos de alma salada

 

(Imagen : Teo Chin Leong )

TROCITOS DE ALMA SALADA

Temo el regreso de las flores pálidas
cuando las casas arden
y hay un lugar cercano
donde se reparten trocitos de alma salada y un puñal.
Temo el regreso de Dios a la suciedad de mis vestidos,
sus largas manos alborotando mi cabellera,
su incipiente lengua
desordenando el perfume de mis pezones.
Le temo al tiempo cuando se rompe en la cocina
y la abuela pela el hambre sobre una mesa desértica.
Temo el regreso de las sombras,
la resurrección enfermiza de la luz.

 

(Imagen : Vivian Maier )

La tierra de mis pezones se derrite al sol.
Hay habitaciones vacías cerca de mi piel,
flores ahogadas en el vodka
y unos ojos que miran
hacia el tiempo que ya ha sido.

Repite conmigo

(Imagen: Ubé)

El poema, en mi voz:
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REPITE CONMIGO

Repite conmigo:

Alma,
puñal florecido en la noche,
sexo en llamas,
la nieve intercambiando su ropa interior,
el frío de una palabra,
el tiempo masturbando sus legañas.

Repite conmigo:

Tarde peinando su cabellera de espaldas,
todo el amor de esa hoja que nos escribe,
la cruz,
esa lluvia luminosa,
nada más que una herida,
el duelo de los verbos pasados.

Repite conmigo:

Cadena de árboles apretando tu garganta,
el país de una mujer cuya piel quema.

Repite conmigo:

El destino,
los números impares,
el ataúd de una carta,
esa ventana que lima sus piernas y corre.

Sin título

 

(Imagen : Paolo Roversi )

Solo el miedo a la luz,
a esa rama del cielo que cae
con sus ángeles muertos.
Es el dolor,
el ruido intermitente del invierno,
las tripas de una carta,
esas piernas sin memoria
que buscan.