Los últimos gallos

(Imagen: Ubé)

LOS ÚLTIMOS GALLOS

La herida cabalga suavemente en los vestidos de la noche
y allá está el mar, en lo hondo de todas las cosas conocidas,
lamiendo con la perseverancia del animal cautivo
las manos de los muertos que le dan de comer.

También mañana habrá un difunto flotando en nuestra sopa
y habrá que hundir los dientes que nos quedan sobre el sexo de esa flor que se abre a la tragedia.

La herida cabalga constante sobre los hombres que no saben dormir,
sobre esas grietas que nos miran desnudas a través de un ojo de cuervo y tiniebla.

La herida,
siempre la misma,
con distintos alientos en la nuca de la madrugada,
suave y emputecida como el beso de una novia
que no sabe retener la novedad de su sangre entre las bragas.

La herida, hermano,
ese mar de puerta cerrada,
de tanatorio y pastelitos de toses,
de abuela ausente frente al pavor de la ventana.

También las noches traen algodones sumisos
y muslos recién arrojados del cielo,
traen peines de plata y vírgenes con los pechos mordidos.

La herida, sí,
una palabra oscura más otra palabra oscura aún,
una manada de hombres que se quitan los sesos para saludar a sus caballos,
para darle los buenos días a una planta de interior llamada Margaret.

Cualquier instante es bueno para contar las piedras
que nos embisten el paisaje de una carta,
cualquier rincón en la memoria está cubierto de lobos
y lodos
y una ciénaga perfumada de fotografías con los colores gastados.

Yo también seré mañana un número en un boletín de notas funestas.
Seré una sábana caliente que va perdiendo la temperatura de su nombre.
Seré esa voz callada que todavía tiene fuerzas para rasgar los bolsillos
y salir a la calle a fumar,
a tocar el seno de una nube con la punta del zapato,
a descargar cajetillas de lluvia sobre mi calavera sin luz.

Mañana,
esa sonoridad de verbos sin piel ungidos a la ceniza,
esa fe altísima que tienen las mujeres descompuestas de maridos
y abrigos de cristal.

Pero mañana no existe,
solo la cronología de un verso que se agota
porque llega tarde a la proyección de su vida,
porque no sabe qué hacer con el corazón de todas sus islas,
aquellas casas de agua y electricidad portátil donde los peces humanos
sueñan con hacerse el amor mutuamente,
con amamantar turistas que están calvos de una pierna
y no saben coser los agujeros de su propio cadáver.

Una oscuridad de estas dejaré de asesinar al polvo en el nombre de Dios,
yaceré con Dios mismo al filo de una muchedumbre frenética.
Luego vendrán las horas y las manos y habrá que despojarse de porcelanas y hambre.

Ya hemos abierto en dos el vientre de la tierra, hermano,
pero,
¿quién ha de traer los últimos gallos sobre esta penumbra de noches y despedidas?

No es Manderley

(Imagen: Ubé)

NO ES MANDERLEY

Volvía a casa y el mundo era pequeño
fuera,
tras el cristal,
la cara de un niño se agitaba preso del temblor de la nieve.

Volvía a casa y estaba sola
y mis muertos se acurrucaban a la orilla de un sueño.
Hacía frío en mí,
como si todo el invierno hubiese venido a posarse sobre mi pecho.

Pero yo volvía una y otra vez a la casa,
a la pira arrogante de su ceniza.

Era entonces un tiempo de árboles
y de luto riguroso,
tiempo que enfermaba
sin saber de dónde llegaba aquel soplo que helaba la sangre y la palabra.

Volvía a la casa siempre,
aunque habitase ahora en otra habitación con luz.

Pero yo regresaba igual que un pájaro dormido
que no sabe dónde ha dejado sus plumas,
el alimento del hijo o sus labios.

Iba una y otra vez atravesando sus muros,
dándome de bruces con su cuchillo.
Porque la casa era mi infancia,
sus piernas trepando al cielo,
una flor que se encorvaba por el simple dolor de su belleza.

Volvía a la casa,
como en un ritual silencioso,
en un rezo lleno de clavos que atravesaba de parte a parte mis fotografías.

Y después el fuego,
una tarde,
sin previo aviso,
una lengua en llamas lamiéndolo todo,
aquel viejo gramófono
donde escuchábamos la melodía del polvo
y la ropa de la abuela que olía a tierra mojada,
a sudor de mujer que aguanta el peso de los días.

Pero yo regresaba a la casa,
con mis dos trenzas atadas a una maleta
donde oculto una espina y un patrón de modista,
las escaleras en las que fumaba mis cigarrillos,
el rincón,
la cicatriz,
todo se queda ahora colgando en los hilos de un rumor misterioso.

El incendio.
Puedo decir ahora
“El incendio de la casa”
y no sentir nada más que la curvatura de una araña
haciendo música en mi sien.
Y los perros de mamá
mordiendo mis vestidos,
los mismos perros con los que un día llegué al mundo.

Pero regreso a la agonía de la casa,
regreso a enterrar los bailes,
la bendición de Dios
cuando Dios tenía allí una cama y un tazón de leche caliente.

Pasarán los años
y la casa crecerá en otra parte,
echará raíz en el viento
y se pondrá a volar entre mis manos
para que yo vuelva a poner al fuego
el café,
a tender en el patio la soledad,
a darle patadas a la sombra dulce
de mi propia ruina.

Las niñas cojas. Presentación en Zaragoza (FNAC)

Esta mañana quiero dar las gracias a todos los que ayer me acompañaron en la presentación de “Las niñas cojas” en la FNAC de Zaragoza. Estuve muy arropada por amigos y compañeros de pluma azul.

Fue una presentación salpicada de sentimientos y ternura y pude rendir homenaje a mis seres más queridos, mi tía Chon y mi abuela Ángela.

Mi agradecimiento más sincero y sentido hacia el poeta Alfredo Saldaña que siempre presenta mis poemarios con una certeza impecable, dando en la diana. Él conoce bien mi escritura desde los inicios de mi aparición en el mundo de la poesía. Todo mi afecto, respeto y admiración hacia él. No me canso de agradecerle que siempre esté dispuesto a prestarme sus palabras y su gran sabiduría.

 

Fue muy emocionante y hoy estoy contenta.

Mi agradecimiento también para mi querido amigo y compañero Fran Picón, para mi compañero y seguidor más fiel Jose Antonio Lozano, mi padrino Javier Aguirre González Durana, la gran artista Pilar Aguarón Ezpeleta, la entrañable Maríaconfussion, el joven poeta David Lorenzo Cardiel, mi seguidor Julian Resquicio, la poeta Belén Mateos, la polifacética Carmen Aliaga, la escritora@Ana Cristina García y mi admirado Luis Trébol entre otros muchos. Amén de mis amigos de siempre que me acompañan como si fuésemos una compañía de títeres a todos los sitios.

Hoy solo siento gratitud, lectores míos.

Podéis ver más fotos del acto en este álbum de mi Flickr.

Querido Jack Spicer

(Imagen: Ubé)

Querido Jack Spicer:

Te leo y siento que mis versos están demasiado anclados al infinito
y me pregunto qué podría hacer para que el paisaje de mi mente pudiera mudar hacia ese collage de lo real que tú propones.

Mis limones no existen, solo son una esencia evaporada en un lienzo de color amarillo,
como la aspereza o lo extraño de seguir en pie.

Mis árboles transforman su naturaleza, le hacen un nudo a su cabellera y danzan hacia ninguna parte en el poema.
No dan frutos reales,
solo mujeres desnudas que han llegado al mundo con el vientre partido en dos y una bicicleta enferma en mitad de sus ovarios.

Querido Jack Spicer:

Soy la poeta futura de la que tanto hablabas en tus cartas.
Tú en la América que ya ha sido,
en el tiempo que ya es ceniza o diario que ahora da sus últimas bocanadas trágicas sobre la tumba de la tierra.
Yo en una patria sonora que come hierba de mar y pantallas electrónicas,
aquí,
en la España vaciada de memoria,
en la seducción del olvido o ese cristal que fabrica lluvia seca y ancianas enlutadas.
Nos conectamos tú y yo mediante estos versos que tienen hambre de vida y necesitan ser desenterrados,
arañados en la profundidad de su piel.
Su piel como planeta que vaga,
como esa luna que nombras en tus cartas y que engorda de amor y hombres buenos.

Tal vez el amor nos salve.
Tal vez el amor sea la distancia de un verso en el tiempo,
dos poetas desconocidos escribiéndose cartas en el hueco desnutrido de un reloj,
masticando limones mansos en el aire de una idea,
haciéndose reales dentro de una burbuja de pájaros asesinados y ron.

Flores silenciosas

(Imagen: Ubé)

FLORES SILENCIOSAS

Siempre es lo mismo.
Un edificio gris
con los cristales ahumados.
Un parque a las afueras
donde las flores respiran el aire artificial
de un cigarrillo.
Nada de animales salvajes
o domésticos.
Solo un bullir de gente constante
que llega arrastrando gafas.
pena,
el ramillete oscuro de la culpa.

Siempre es lo mismo,
las costuras rectas,
los pañuelos de papel
comprados en la tienda de los chinos,
el humo tóxico,
las frases cortas,
coronas de flores
que exhiben la impureza de sus muslos
en una vitrina que nadie ve.

Siempre es lo mismo.
La tos llenando de vida la garganta,
el caminar prieto,
las ganas de espantar las horas
o el chiste fácil
que siempre llega inoportunamente
a la memoria.

Porque el pensamiento ha de ser negro,
negro como la ropa,
negro como la moqueta
o el azulejo del baño
donde las chicas se cambian a escondidas un támpax.
No tiene que haber más vida de la necesaria
en el interior de un tanatorio.

Es preciso que exista un dios
vestido con traje de sastre
que tienda su mano y nos salude,
un dios terrible que deambule
de una sala a otra
mesándose su barba hipster
y preguntando si les queda fe
o un cigarrillo.

Siempre lo mismo.
Hablar por hablar,
quejarse del dolor de los zapatos,
contemplar al difunto tras el cristal de una torre
altísima situada a ras de suelo.
Borrar de tu mente el amor,
el sexo,
la compra,
el brinco sobre los charcos,
el pecho agitado,
la nalga mordida,
los semáforos,
el temblor del labio
o del cielo,
la lluvia que nos empapa de miedo,
la lluvia que hace a nuestro animal salir de su guarida
y echar a correr
hacia el bar más próximo.

Siempre es lo mismo,
un padre muerto,
un suegro muerto,
un amigo joven que no debía de estar allí.
La fatalidad,
el accidente,
ese tumor bellísimo
que se lo comió en agosto,
una caída en las vías del metro
justo cuando el tren iba a pasar,
justo cuando acaba de hacerme un selfie
en compañía de Piluca.

Siempre es lo mismo,
la gente arremolinada,
las miradas de asco,
las manos haciendo pedacitos el aire,
un zapato que se queda a dos metros de mi cadáver,
un turista japonés que filma mi muerte,
una melodía sonando en estéreo en el móvil
de una anciana que no escucha.

Siempre es lo mismo,
mi muerte no es mi muerte,
(¿acaso no veis que me respira la piedra
y el cristal arde con mi aliento frío?)
y sin embargo tengo la boca repleta
de margaritas tristes,
tengo una mosca rondando
el nudo de mi corbata,
tengo la sangre dormida
en el corazón de Damasco.

Alguna vez

(Imagen: Ubé)

ALGUNA VEZ

Alguna vez el silencio roto bajo mi vestido,
la huella de un reloj besando mi sangre.

Alguna vez una niña.
(Se parece a la fiebre que hay en mí ayer.
Se parece al fragmento de mi sombra en las fotografías .
Se parece a un pájaro huidizo,
a un trocito de pan que toma altura de las manos.
Se parece a dios cuando dios era nada,
acaso una brizna de hierba moribunda,
acaso un animal diabético lamiendo la espuma del mar)

Alguna vez la melodía del miedo,
ese cadáver exquisito que se pasea desnudo por la blancura de mis versos.

Alguna vez un padre,
su puñal entre los ojos,
ese ramillete de heces que me vio nacer y aplaudió mi primer llanto.

Alguna vez mis dientes mordiendo el pezón de la madrugada,
un sueño oscuro,
el rayo o la flor siendo violados por la amargura.

Alguna vez una herida honda.
(Como si fuese la grieta de una trenza infantil.
Como si fuese el dolor de la porcelana.
Como si la luz llegara para prometer más luz y se marchase a oscuras)

Alguna vez una palabra completa,
un nudo en la garganta,
píldoras para paliar la demencia
o hacer que la fiebre encuentre un hogar definitivo.

Alguna vez salir al balcón,
pedalear una idea,
una mujer que acaba de rodar por las escaleras con su hijo muerto en el regazo.

Alguna vez la lluvia a deshoras,
la necesidad de empezar de nuevo,
el hilo,
la bestia que se oculta tras mi cabello,
ese laberinto de mujer que respira piedras y una casa sin ventanas.

Alguna vez yo a solas
o un árbol viejo que viene a pedirme permiso para morir a mis pies.

Alguna vez el cansancio de los verbos,
la urgencia del amor,
el humo,
la tableta de chicles,
el columpio,
el llanto enredándose a las lámparas.

Alguna vez nada
o todo en el mismo instante,
un disparo en la sien, por ejemplo,
un agujero,
el cadáver de una hormiga reptando en la memoria.

Tu cuerpo presente y muerto

(Imagen: Ubé)

TU CUERPO PRESENTE Y MUERTO

Ahora descansas,

te han peinado el cabello hacia detrás

y se te nota la fiebre en la mirada.

Mamá dice:

Tienes mucha imaginación, ¿no ves que está muerta?

Eres mi hermana de carne dulce.

Ayer subíamos las escaleras corriendo,

tu vestido y mi vestido besándose.

No me gusta que te hayan peinado el cabello hacia detrás

porque pareces una mula limpia,

porque se te ve más larga la nariz ahora que estás de frente y acostada,

porque pueden llegar las moscas y anidar en la oscuridad de tus narices

o ponerse a hacer el amor mientras tú te descompones.

Qué imaginación tienes.

Repite mamá,

¿no ves que no te escucha?,

¿no ves que es invierno y no hay moscas?

Pero vendrán,

las moscas y los gusanos,

y cualquier alimaña que olfatee tu sangre blanca.

Todos tenemos en nuestro interior gusanos que se nos empiezan a comer desde el mismo día en que llegamos al mundo,

pero ayer tú le dabas un mordisco a la manzana

y se te quedó entre los dientes un hilo de baba que iba y venía cuando te ponías a hablar agitando las manos,

mostrándome aquel fabuloso anillo

que tú misma te habías regalado porque querías casarte contigo.

Dios santo, muchacha,

¿cómo va a querer tu hermana casarse con ella misma?

Mamá está a mi lado y se rasca , tiene las uñas pintadas de rojo,

también lleva puesto el vestido con el que se fue a bailar anoche

y le suben las tetas cuando lanza suspiros

y le tiemblan los labios cuando finge llorar,

porque mamá siempre se esfuerza para todo, bien lo sabes.

Se esfuerza en prepararnos la cena aunque se le quemen las tortitas y no sepa si un pescado tiene huesos o da a luz a las escamas.

Se esfuerza por pasar la aspiradora en el salón aunque lo deje a medias porque un tipo la llama por teléfono y ella se arroja al sillón con sus piernas anchas y se toca el pelo y se sacude toda y deja la lengua asomando al exterior, con esa obscenidad de las mujeres que ya han empezado a perderse.

Santo Cristo,

¿quieres dejar de decir todas esas barbaridades?,

¿no ves que tu hermana está de cuerpo presente?

Somos iguales.

Tu cuerpo presente y muerto

y el mío que camina de acá para allá sin moverse de tu lado,

que de vez en cuando imita tu quietud,

que se peina el cabello hacia detrás y ve en la figura de mamá

a una de esas moscas gordas que dentro de un momento

comenzará a devorar el pastel de tus ojos.