Dices saberlo todo

(Imagen: Ubé)

El poema, en mi voz:

DICES SABERLO TODO

Mi patria de pan agusanado y tambor.
Fíjate en los días de sombra que te señalan,
en esa muchedumbre de bandera y gallos
que se acicala frente al vuelo de las viejas águilas.
Todo está temblando en el desorden hoy, querida Patria.
Y se te muere la luz y los balcones.
Y te crece un sacerdote sin pelo
que bendice desde tu sangre toda la agonía que ha de venir.
Hay piernas de mármol poniéndote la zancadilla, querida patria,
mujeres con la lengua de una serpiente haciendo política desde el color azul.

Mi patria de reloj y arañas enloquecidas,
de gajos de naranja besando la herida del crepúsculo.
Te dibujo en la boca del aire para después dejarte morir.
Estás sepultada bajo un amor terrible.
(Banqueros que te violan de noche/
palos de golf que masturban la sed de tu garganta)
Estás enferma de tardes enlutadas y hambre.
Dices saberlo todo pero no sabes nada.
Te levantas y sin embargo caes.
Quieres mirarte al espejo pero al otro lado
no hay más que una bestia que te saluda.

Un rayito de dios

(Imagen: Noelia Andrés)

UN RAYITO DE DIOS

El sentido oculto de las cosas,
pensar en la casa, por ejemplo,
en su respiración cuando ya no estamos,
en cómo hará para encender la luz de sus heridas a solas,
en si se pondrá a llorar durante el invierno,
cuando el fuego tiemble en otro lugar
y no hayan manos para aplaudir el latido de su corazón.
El perfume oculto de las cosas,
una rosa, por ejemplo,
su fragancia de mujer consumida
por el dolor de su propia belleza,
sin ningún sueño que llevarse a la boca,
el perfume o la sangre de esa rosa que nos mira en el silencio,
¿será verdadera?
Hay un rayito de dios dentro de su ser,
un misterio que rueda en el aire
y se hace gajo de naranja
o azúcar
o niñita rubia y tuberculosa.

Muchachas drogadas en el sueño

 

(Imagen: Bernard Plossu)

MUCHACHAS DROGADAS EN EL SUEÑO

Hubo un tiempo de muchachas drogadas en el sueño
y un tambor anunciando su angustia en la madrugada,
un tiempo de madres que se orinaban sobre la palabra amor
y luego limpiaban sus sexos con el cable de un teléfono.
Hubo un tiempo de palabras escritas en la espalda del aire,
de hombres que decían saberlo todo
y cuando caían las sombras lloraban
junto al cadáver de un pájaro.
Hubo un tiempo de silencio ardiente dentro del hogar,
de lechos donde la enfermedad
besaba el brillo de las lámparas
y siempre había algún perro
que se ponía a excavar en el fondo de las fotografías.
Hubo un tiempo de seda,
tardes que se hacían largas en el bolsillo de la abuela.
Hubo un tiempo de terciopelo amargo
en la garganta de todas las rosas,
de animales que intercambiaban el vacío y un puñal.
Hubo un tiempo de ciudades dormidas
sobre el manto de su mala conciencia,
de soledades muy vivas entre las manos.
Hubo un tiempo de caer sobre la herida
y quedarse a vivir allí,
sobre la dulzura de su sangre,
sobre el almíbar de un dolor escrito curvo en la memoria.

 

Un desierto criminal

(Imagen: Virgilio Neves)

UN DESIERTO CRIMINAL

Por eso estabas maullando,
niño de nieve,
porque habías dejado tu corazón entre la boca de la hierba
y vino otro animal fabuloso para cerrar tu noche,
para orinar sobre la luz más oscura de tus vestidos.
Por eso estabas temblando sobre la hoja de un platanero,
porque desde allí no veías pasar la majestuosidad harapienta de los trenes,
porque había venido una lluvia muy fina
para morderte la piel a cachitos dispersos,
como si fueses una fruta que se olvida en un alambre
o el cristal más fiero de una botella de ron.
Por eso estabas arrancando el agua de tus ojos,
para dejar tus pupilas secas como si fueras un desierto criminal,
una novela con los capítulos cuarteados,
una mujer que se deshace golpe a golpe
y no sabe encontrar el camino de vuelta.

Todo lo que existe y no muere

(Imagen : Martin Lamberty)

TODO LO QUE EXISTE Y NO MUERE

Si te sobra una herida, dámela.
Dame ese pájaro enfermizo y azul
que acaba de suicidarse
en los labios del fregadero.
Si te sobra un país dividido en dos, dámelo.
Dame ese patria desnutrida,
dame el grito de un reloj,
el sudor de esa bicicleta estática
que nos llama a la sangre y a la desesperación.
Si te sobra la ternura de un burro, dámela.
Dame la noche lenta,
la cuchara infecciosa,
ese jardín donde los jóvenes abren su pecho
y se emborrachan con el vuelo hostil de una mariposa.
Si te sobra el vértigo sobre la sombra de un rezo, dámelo.
Dame un virus actual,
una mascarilla de madre,
el deslumbrante dolor de una anciana
que merienda a solas un yogur.
Si te sobra la carne arrepentida, dámela.
Dame la cabellera desordenada de un árbol,
la lengua angelical de las iguanas,
dame la tierra pálida y su cruz,
dame el equipaje inútil,
todo lo que existe y se niega a morir;
la llama, el clavo, la intensidad del amor,
el sabor infantil de la sangre
que transportan las hormigas en el sueño.

 

Mi piel inmortal preñada de eucaliptos

(Imagen: Dany Peschi)

MI PIEL INMORTAL PREÑADA DE EUCALIPTOS

He visto trompetas clamando venganza
sobre el pecho de los árboles,
un niño vestido con su traje de la primera comunión
cabalgando flores enlutadas.
He visto un muro sobre los ojos del cristal,
cien muchachas desnudas
masturbando el dolor de la tormenta.
He visto las ciudades caer,
hincar sus rodillas sobre un lecho de estiércol
y esperar el castigo de los relojes.
He visto a dos bocas multiplicar su hambre
en un diálogo de Shakespeare,
a un padre ebrio dar coces sobre la sed de una pradera.
He visto vomitar a un sacerdote trocitos de Cristo
y el corazón de un cuervo desnutrido.
He visto danzar a las avispas
sobre los ojos de una estatua enloquecida.
He visto temblar la nieve en el interior de una revista,
objetos muertos buscando el pulso o la claridad.
He visto al aire arrastrar sus pies sobre la piedra,
a un perro azul suplicar por el esqueleto de la muchedumbre.
Y mientras tanto yo acostada sobre la flecha,
(mi piel inmortal preñada de eucaliptos, ay, )
aguardando la noche y su afilada cuchara.

El credo de los vencidos

(Imagen: Ubé)

El poema, en mi voz:

EL CREDO DE LOS VENCIDOS

Creo en la revolución de la sangre y en los versos de Vallejo.
Creo firmemente en el metal de los días que abrasan nuestras gargantas.
Y te escribo a ti, lector del futuro,
hombre de lentes amarillas mirando el paisaje sentimental
de esa postal por donde asoman los dientes de Dinamarca.

Creo en el pulso de los relojes.
Todos debemos morir a la hora en punto del dolor,
mientras la calle grita
y aquel pájaro afila sus alas para herir la boca del cielo.

Creo en la intermitencia del genio,
en el mal carácter de un puchero que se pone a hervir en mitad del hambre.

Creo en mí,
poeta inmisericorde,
mujer rota que se divierte con los colores gastados de un gato.
Porque creo en la resurrección de los versos de Vallejo,
en los jardines donde las muchachas bailan cimbreando las cicatrices de la luna.

Creo en ti lector,
en tu próstata azul,
en tus pantalones repletos de quemaduras de cigarrillo.

Creo en la mascarilla FFP2 que ahora devora la calma de mi respiración.
¡Oh, santo virus, yo te alabo el espíritu tan blanco,
te saco a pasear en compañía de mis perros,
te enjabono el sexo y las ganas de yacer con un lápiz acostumbrado!

Creo en mí aunque ya no menstrue muñequitas con pelo
y no haya traído hijos a este mundo adulterado.
También creo en el adulterio de la luz,
en la multiplicación de los idiotas en la pantalla de un móvil.

Creo en ti, lector y te busco a tientas,
y te ofrezco mi seno zurdo mordido por las avispas.
Ayer miré por primera vez a los ojos de un vencido
y me tembló el aire,
se me fue el perfume a hembra,
me quedé en los huesos de un tristeza muy pura.

Creo en mí,
que escribo poemas y los borro en la memoria.

Creo en las mujeres que antes que yo
dividieron sus heridas en una habitación sin ventanas
y se vistieron de hombre hostil
y regalaron su talento por dos pesos y un gramito de ciudad.

Creo en ti, Vallejo mío,
dios de las ideas ceñudas,
alma que asciende por la montaña de una cuchara infectada de domingos
y niños descalzos que no saben dormir.

Creo en el silencio del amor,
en las noches que pasan suaves sobre el telón de la carne.
Ayer mañana seré un ruido en el cristal,
la última llamada a la patria de una casa.
Por eso te escribo en el mañana de ayer, Vallejo,
pobre hombre en la ceniza,
grave enfermedad en la punta del lenguaje,
poeta pobre,
pobre estatua afligida,
niñito que gime sobre el pecho de su propio fantasma.
A ti te canto.
En ti creo.
A ti te escribo que eres serenidad y batalla,
que eres angustia a las tres de la mañana en un hotel de París,
que te derrumbas sobre un verso desnutrido
y alzas tus manos de escarcha
para convocar la danza de las hormigas más tristes.

Hoy creo en ti, lector,
hombre que pedalea tiempo y pétalos de cerveza.

Creo en mí, mujer poeta,
paloma que renquea en los otoños,
mano que atrapa la oscuridad de las moscas que nos besan la muerte.