España toda. Crítica en el nº 29 de la revista literaria PIEDRA DEL MOLINO

Piedra del Molino nº 29

El poeta Jorge del Arco me acaba de enviar esta pequeña reseña que aparece en el nº 29 de la revista de poesía PIEDRA DEL MOLINO de mi poemario “España toda” (Hiperión, 2018).

Os la copio aquí para que podáis verla. España toda va lenta pero segura.

España toda en la revista Piedra del Molino

Muchas gracias a la revista y a Jorge del Arco por incluirme entre poetas a tener en cuenta (aquí puedes ver la página completa en pdf).

 

Mujeres rotas. Visita al Club de Lectura de Muniesa (Teruel)

Mujeres rotas. Visita al Club de Lectura de Muniesa (Teruel)

El sábado 19 de enero visité el Club de Lectura de la Biblioteca de Muniesa (Teruel), con mi novela “Mujeres rotas”.

Lo cierto es que, pese al frío, la niebla y la lluvia, fue una tarde maravillosa de literatura y merienda, pues la bibliotecaria Azucena tuvo la amabilidad de preparar una tarta de chocolate incluyendo el título de mi novela, y de la que todos dimos buena cuenta.

Quiero agradecer la respuesta de todos los integrantes de este club de lectura de dilatada trayectoria, su entrega, sus puntos de vista y su análisis, a veces crítico, hacia mi obra. Les agradezco de corazón su cariño y su entrega.

Agradezco también al alcalde de Muniesa que vino a saludarnos y que nos regaló unas botellas de vino cosechadas en la propia localidad, y que seguro que disfrutaremos pronto a su salud, brindando por la larga vida a los clubs de lectura, porque la literatura nunca muera y por la gran labor que realizan las bibliotecas por la cultura.

Mujeres rotas. Visita al Club de Lectura de Muniesa (Teruel)Os dejo algunas fotos del acto. También veis que poso con admiración junto con la celebridad nacida en Muniesa Miguel de Molinos Zuxia, creador del “quietismo” en su gran obra “Guía espiritual”.

Mujeres rotas. Visita al Club de Lectura de Muniesa (Teruel)Mujeres rotas. Visita al Club de Lectura de Muniesa (Teruel)Mujeres rotas. Visita al Club de Lectura de Muniesa (Teruel)Mujeres rotas. Visita al Club de Lectura de Muniesa (Teruel)

Dedos de mantequilla

(Imagen: Ubé)

DEDOS DE MANTEQUILLA

 

En esta ciudad sin flores las muchachas desnudan sus pechos

y untan de aceite los últimos días de su sangre.

Hay farolas iluminando el hastío

y el salón comedor de una familia

que ha perdido las ganas de comer,

el hambre de buscar entre sus huesos algún recuerdo fresco

o un pétalo de infancia.

Recuerdo que hace años paseaba cogido de la mano de un muchacho.

El muchacho era negro y tenía el blue jeans roto a la altura de la rodilla.

Había fiesta en mi ciudad,

luciérnagas con las boquitas pintadas de rojo

que danzaban alrededor de la música

y más tarde

se marchaban al centro de la oscuridad

para aparearse con media docena de churros

y una taza de cacao.

En esta ciudad,

¡oh, poeta de lúgubres barbas!

no existen los animales con piel,

solo cáscaras que ronronean cerca del cristal

y mujeres de manos gordas

que acarician collares y un panecillo francés.

Yo escribo cerca de la ventana.

Hago versos amarillos para quien los quiera comprar.

Pero nadie en mi ciudad entiende de poesía, ¡oh, Jack!

Nadie suplica versos ni sabe contar

las costuras infames de una leyenda ocurrida ayer.

Ignoran el calendario de Asurbanipal y la sandalia.

Ignoran que yo he venido al mundo

mientras mi madre compraba naranjas en el mercado

y el dolor trepaba hacia la boca de los árboles en otro país.

Escribir, Jack.

Escribir en esta ciudad es como intentar cazar elefantes de humo

sobre un papel blanquísimo.

Es como intentar abrazar el agua del mar sin empaparse la camisa,

sin rozar siquiera la sombra de una gota,

su perfume a mujer vacía de ideas y sin corazón.

En esta ciudad,

en esta puta ciudad donde los cadáveres salen a beber whisky

y les dan besos con lengua al sexo de las grietas,

donde los colores se confunden

y no hay edificos monstruosos en los que poder esconder

las pisadas de un ángel o aquel mapa.

Un poeta aquí es inferior al retrato nupcial de una hormiga.

Es inferior a un asesino de zorros.

Es inferior a una de esas lluvias de verano

que no saben alimentar la garganta de la tierra

y ensucian el cristal de las gafas.

Sin embargo yo insisto,

me afeito un paisaje sentimental,

me afeito un amor de madrugada,

la herida que me hizo mi madre a los cuatro años,

mi primera caída en bicicleta,

la muerte de mis pantalones

o ese reloj homosexual que nunca sabe pronunciar las doce en mi bragueta.

Yo escribo, Jack,

a ti también, querido amigo,

te escribo cartas con la sangre de mis venas que no existe,

cartas azules donde las alas de una maripossa inmóvil

agita su enfermedad e intenta hacerle cosquillas a la ceniza de tu nombre.

En esta ciudad de colillas

y vidrios

y fuentes estrechas.

En esta ciudad donde las farmacias no duermen

y siempre hay niños acostándose con la marihuana.

En esta ciudad que de vez en cuando se encoge de hombros

y deja pasar un accidente,

la historia de una mujer tristísima que no sabe hablar el idioma de las lámparas.

Pero yo escribo.

Abro la nevera,

destripo pájaros,

subo a la azotea y me bajo los calzoncillos para enseñarle mi trasero a la luna.

Aunque la luna nunca sabe mirar mi culo blanco,

nunca sabe escribir versos sobre mi piel de hambre,

sobre este poema que abre su boca de lobo para engullirme.

No quedará nada de mí mañana, Jack.

Solo una casa sin ascensor.

Solo una taza con el té frío.

Solo un cigarrillo eléctrico que no sabe respirar la luz.

Soy un hombre disléxico buscando la imperfección de una palabra.

¿Te lo he dicho ya?

La palabra como bolsa de basura reciclable,

como telegrama que llega tarde a unos dedos impregnados de mantequilla.

 

Carta de navidad a una madre que no existe

(Imagen: Ubé)

CARTA DE NAVIDAD A UNA MADRE QUE NO EXISTE

 

Y aun así, madre,

la Navidad echando raíz en la podredumbre de tus dientes,

la casa a rebosar de bolsas de basura y hambre.

Y llego y beso en lento

tu mejilla Antártida,

de pez muerto a la orilla del lago Spicer.

Y aun así lo intento,

recorro la casa y observo la trayectoria lúgubre de las baldosas,

las huellas de mis pisadas infantiles

sobre el rostro de lo sucio.

Lo intento,

deposito mi maleta en el suelo

y pienso en aquella cucaracha roja que se llamaba Tom

y que venía a visitarme cada noche a la cabecera de mi cama.

Sus alas eran como la boca infinita de una navaja

y le gustaba volar desnuda entre mis sábanas,

imaginando la melodía dispersa de mis pechos,

imaginando el desierto almibarado de mi pubis.

Todo en ti

está estancado en un mar que agoniza y bate palmas de tristeza.

Todo en ti está condenado al olvido

o al naufragio de una carta de amor sobre los labios del fregadero.

Me gustaría escribirte cartas de Navidad

como Rilke le escribió a su madre,

cartas perfumadas de invierno

y pavos reales,

perfumadas de hollín y retratos que besan la noche

y el terciopelo de una herida.

Sin embargo no hay amor en mis palabras,

ni siquiera un reproche certero.

Solo hay pasividad

y verbos difíciles que se anudan a mi garganta.

Solo hay hombros encogiéndose frente al peso de sus fantasmas,

la indiferencia dando vueltas entre mis dedos

de mujer marchita

y en lo hondo.

Lo intento,

abro la boca y engullo la fiebre y el recuerdo de aquella tarde

donde papá se emborrachó por última vez,

vino la muerte a reflejarse en sus ojos

y salió huyendo,

completamente aterrorizada.

No hubo poesía en la muerte del padre,

solo heces sin flor y la sensación de que Dios

había hecho un buen trabajo.

Me hubiera gustado besarte más veces,

como hacen las hijas buenas en las películas,

peinar tu cabello

y compararlo con las olas de una cerveza.

Pero nada de eso es posible

porque tú y yo estamos muertas,

somos dos cadáveres nacidos en la misma cicatriz

que no saben darse la mano al caminar,

que no entienden el idioma cifrado de su alma,

el sabor de una sopa navideña hecha de cariño y perros.

Un ronroneo sobre el papel

(Imagen: Ubé)

UN RONRONEO SOBRE EL PAPEL

Escucha el murmullo de la niebla tras el cristal.

También está Dios encima de las cosas que nos besan con sus labios de tumba.

Escucha el crujido del tambor,

ese hilo de novia que se quiebra antes de llegar a su pureza.

Luego está la luna y sus cambios de postura.

La luna y sus amantes con gafas.

Escucha el arrullo del agua cerca de la tierra,

su garganta se abre para dar a luz animales tibios,

sin sangre y sin compasión.

Es difícil atentar contra uno mismo,

contra la madre que aún conserva el calor de sus pechos

y se asoma a la ventana para ver los trenes pasar.

Escucha el canto de la muerte,

ese silbido que llega del fondo de todo mar

que está al otro lado de las manos.

Es difícil convivir con los fantasmas que de noche se prueban tus vestidos

y le dan caramelos sucios a los hijos que yacen bajo un jarrón.

Escucha estos dedos que te escriben.

Vienen del fondo de una azotea arrasada por las llamas en California.

Vienen de la espalda de la luna o del olvido.

Vienen con los pies llagados de tanto bailar sobre el pecho petulante de Dios.

Tantas veces han violado el nombre de las mujeres,

su camisón blanco,

su libertad bajo un pretexto de mandarina y miel.

Escucha el mármol de su voz,

todo el resentimiento con el que sus arañas tejen

esta cárcel donde te encuentras ahora.

Escribe, hermano.

Escribe, hijo único.

Escribe, paloma maldita.

Escribe, vieja mentira.

Escribe, historia de España,

mano alzada,

sangre demencial,

pan destruido entre los dientes,

lamento,

látigo,

cinturón de fuego,

fruta ácida,

compras compulsivas,

muchacha con piercing en su cuaderno de matemáticas,

hora,

llanto,

sudor,

tarta de manzana,

pájaro subiendo la cuesta de la madrugada,

color negro,

lámpara ciega iluminando espíritus beodos

y una flor dormida en las cucharas.

Los muertos hablan por teléfono y ponen la mesa por navidad

(Imagen: Ubé)

LOS MUERTOS HABLAN POR TELÉFONO Y PONEN LA MESA POR NAVIDAD

 

Hay muertos hoy sobre la mesa,

hombres altos que alquilan su cirrosis por horas

y después regresan al ruido de estar vivos mientras caminan sobre las aceras,

compran niños o periódicos y alzan la mano para detener el latido de un taxi.

Esta mañana mi madre ha dado una noticia fatal.

Mi madre que se tuesta los dientes al sol cuando mueren los hombres altos

y luego llaman por teléfono para que todo el mundo sepa que la cirrosis

es una enfermedad bellísima que se bebe la sangre de un cáctus y el peso de las monedas.

Hay muertos a cada rato en la pantalla,

entre las manos de un adicto a los programas de Gran Hermano,

bajo el felpudo de una casa que solo habita el silencio y una hormiga roja.

Debo reflexionar sobre los impulsos de los que todavía respiramos

y pagamos facturas

y sorbemos el café como si estuviésemos sorbiendo el cerebro de un mono.

Debo reflexionar acerca de la indumentaria de Anaïs Nin,

de por qué tenía preferencia por las gabardinas y los sombreros de boca ancha,

de si sus pies eran de carne o estaban formados por las vísceras de un reloj

que devoraba su pasión en lento.

Hay muertos siempre en las novelas,

en aquel verso apocalíptico de Shakespeare,

en la página azul de la lluvia que se detiene en abril,

en ese jarrón donde descansa el viento y el peso de tu nombre.

He de abrir ventanas,

vientres de pescado,

alcantarillas,

amuletos,

propagandas,

el eco de una carta.

He de destripar las grietas,

los vocablos que nombran cosas inútiles,

los talleres de confección,

la suavidad impura de los domingos.

He de quedarme en tierra mientras echo a volar

entre estas páginas con la música maniatada.

He de colgar el teléfono,

enterrar la voz de la madre bajo la espesura de un bosque,

echar el candado a estos poemas que ladran

e insisten en sacarme a pasear por las avenidas de un fregadero.

Dios se fue

(Imagen: Ubé)(Imagen: Ubé)

DIOS SE FUE

I

Date prisa.

Debes coger el tren de las cinco y luego descansar tus piernas de la batalla. Hay que comprar naranjas y después exprimir el corazón de cualquier pájaro para así poder encontrar la felicidad.

Date prisa, hermana o sombra.

Debes  maquillar todos tus golpes frente al espejo, hablar con Dios las noches de tormenta mientras él se masturba mirando la fotografía de tu primera comunión.

Hacía sol y sin embargo caía una lluvia muy dócil.

Tú saliste a la calle y llegaron los tíos.

Los tíos son cualquier cosa menos hombres, son bestias con traje y corbata, son piedras sin corazón que se arrastran por las aceras y le silban al trasero de una mujer y luego llaman a Dios para ver si Dios quiere masturbarse con ellos viendo la fotografía de tu primera comunión.

La primera comunión de una niña siempre trae jirones de sangre entre las manos,

trae un vestido que se ensucia de hiel los domingos, trae una serie de televisión donde Laura Ingalls desciende praderas y mastica pan de perro.

Date prisa

por que las tiendas cierran pero la herida sigue,

saca sus dos piernas y echa a correr hacia las cartas de una madre, hacía los viajes de Rilke por la península de tus huesos.

Rilke se parece a ese primo tuyo que nunca aprendió a nadar, que se dejó un bigotito muy fino y muy oscuro y que tenía la voz dormida en el vientre de un gramófono.

Tosiendo a cada rato, sin dejar de manosear su pañuelo azul, observando a los otros niños en las duchas del colegio mientras Dios y tu tío seguían ejercitando su sexo contra el paredón de tu infancia.

Date prisa, compañera o puñal,

porque los relojes arden y mamá ya ha echado las cartas del tarot y tía Evelyn ha maquillado el terror de sus mejillas y ahora sonríe frente a la ventana y se palmea el muslo y ha vuelto a fumar y a hacer gárgaras con el cansancio del whisky.

Date prisa.

Deja lo que estés haciendo y ven.

Tenemos cocaína y flores.

Tenemos un poeta inútil con la orilla de los pantalones apuntando hacia el vacío.

Tenemos las noches llenas, los pechos repletos de hormigas que trepan sobre nuestros recuerdos, que muerden la enfermedad del alma, la cabeza que se niega a continuar girando hacia los despojos del tiempo.

II

Sin embargo apuntabas maneras desde niña.

Te gustaba vestirte de árbol caído y cantar coplas de Marifé de Triana.

Nunca había nadie para verte.

Solo mamá.

Pero mamá estaba muerta y no sabía aplaudir, solo fumar con la boca cerrada al sueño, a la vida que lamía tu espalda con su lengua de fuego puro.

En ningún momento contaste con el cariño de un padre y te recuerdo sentada con las piernas cruzadas en el patio del colegio.

Había un rincón junto a un árbol raquítico al que le quedaban dos meses de aliento nada más.

Allí desenvolvías el bocadillo y fumabas a escondidas.

Mamá te compraba los cigarrillos en el kiosko aquel que vendía regalices a cinco pesetas y a menudo se olvidaba de respirar.

III

Jack Spicer sabe exactamente lo que mide el ojo de Dios.

Todas las niñas esconden puñales bajo su almohada por temor al padre, pero tú lo sigues negando.

He visto tu diario y has escrito la palabra PADRE con mayúsculas, como si quisieras elevarlo al rango de santo, como si también él estuviera masturbándose frente a ese retrato donde sonríes envuelta en el color blanco de una idea que ha perdido las coordenadas de su fe.

Aunque es posible que la fe te acompañe aún, cuando acabas de cumplir los cuarenta y ocho.

Te he visto rezarle al olvido y musitar apasionadamente el vacío sentimental de mamá.

Jack Spicer habla de la gordura de la luna, de las mujeres pequeñas y bárbaras como tú, del camino de una espina hacia la tumba de tu nombre.

No, sigues siendo un animal herido aunque lo niegues.

Sigues asomándote a las horas para contemplar la ceniza de Dios sobre tus vestidos.

Ahora que la tía Evelyn ha vuelto a beber las cosas serán más fáciles.

¿Quién te dice a ti que no encuentres una isla donde enterrar todo el dolor de tus recuerdos, el monólogo de Julieta que tanto nos hacía reír a mamá y a mí?

Te confesaré un secreto; Shakespeare le acaba de escribir una carta a amor a Jack Spicer y Jack Spicer se prueba tus bragas de encaje frente a la pared.

IV

El lenguaje de las mariposas no existe.

Tú y yo nos comunicábamos por señas, solíamos escribirnos notas y arrojarlas bajo la puerta para después leerlas en la intimidad.

A medida que avanza el tiempo nos vamos encontrando en el borde de un acantilado.

Allí están todas las mujeres muertas de nuestra familia que decidieron esperar para ayudarnos a cruzar el puente de los verbos azules.

Mamá me dijo que ejercitabas la oratoria dentro de su vientre, que en su interior solías contar historias inverosímiles que, al nacer, llegaste al mundo repleta de un vello oscuro que te otorgaba la apariencia de un pequeño primate.

Aprendiste muy pronto a decir Virgen María y Puta, las dos palabras al mismo tiempo.

Y solías contarle a la vecina desde el balcón el menú exacto que ibas a comer.

Eras una niña espía, redonda como un botón melancólico, ausente como un meteorito que no se atreve a llegar a su destino.

La lingüística del dolor se queda dentro de nuestra sangre y así es cómo empezó todo, tu amor por la soledad, tu hambre de venganza, tu pavor hacia el crujido del pan blando.

V

Pero nuestras mujeres muertas dicen ven y tú y yo damos un paso al frente, colocamos nuestra alma en el vacío y aguardamos de la mano a que la muerte nos venga a besar la rigidez de la herida.

Luego todo transcurre en lento, como cuando papá apretó tu garganta en el pasillo

y mamá se quedó muda, frente al árbol de Navidad, frente al hueso de una aceituna

silenciosa que se puso a rodar a sus pies.

¿Por qué nunca me dijiste que morir es un acto estúpido? ¿Por qué nunca confesaste que el pan blando te hacía enloquecer?

La poesía no está hoy.

Ha cerrado ventanas, ha cerrado puertas, le ha puesto un candado senil a los labios de tu sexo.

VI

También los objetos que amamos mueren un día, le dicen adiós a su juventud y se quedan quietos en un rincón, viendo el polvo de la vida pasar, cerrando sus ojos a la luz o al calor de tus manos, sintiendo cómo el plástico de sus huesos se va deteriorando poco a poco hasta que ya no queda más que el eco de una cucaracha paseando su agonía por la oscuridad.

El tiempo ha hecho de nosotras mujeres sabias con el pelo corto y los pechos anudados al silencio.

Hay momentos en que me gustaría regresar al pasado, pero sé que ahí solo encontraré el grito, la sangre, un domingo con la televisión alta y a papá haciendo gárgaras con el cadáver del whisky.

La tía Evelyn se fue del mundo en otoño, recuerdo que había niebla tras el cristal, que alguien leía una revista de modas, que en la radio los pájaros enloquecidos de Stravinski comenzaron a batir sus alas cerca de una cerilla y que yo encendí un cigarrillo con el capullo del tuyo.

La tía Evelyn creía en Dios y en las islas de Svalbard.

No estoy segura de si sabía tirar las cartas del tarot o fingía aquellos ladridos tan magistrales para parecerse a esa bruja que se llamaba Margarita y que volaba desnuda sobre el infierno de Moscú.

Moscú se parece a mamá cuando abre la boca para escupir listas de la compra y una caricia a cuarenta grados bajo cero.

VII

Me lo advirtió aquel tipo que declamaba poemas eróticos subido a una caja de verduras.

Me dijo que tú siempre ibas a ser una mujer frágil condenada a vagar de la herida a la sangre, de la sangre a una lata de conservar nervios y el dolor de una canción.

No miento,

Dios siempre nos mira a través de un visillo donde las solteras bordan los agujeros del horizonte.

Nosotras sabíamos hacer ganchillo, ¿recuerdas?

Y siempre había mujeres rotas sentadas en el patio de la abuela, con su cabello enredado a la indiferencia del aire y sus blusas abiertas de par en par a la violencia del polvo.

Aquellas chicas tenían novios ocultos que después acariciaban sus curvas y les dejaban un rastro de baba sobre el mentón. También madres que eran rígidas como un junco y que más tarde les hacían limpiar la casa y arrodillarse a fregar su vergüenza.

La vergüenza de una mujer se mide en cubos de fregar, en baldosas marrones repletas de pezuñas de cerdo y flores que se han suicidado al amanecer.

Nosotras hacíamos ganchillo y después imaginábamos la vida sexual de las más viejas.

El paso del tiempo no existía en nuestras manos entonces, no había espejos que iban perdiendo su frescura ni salones de belleza para teñir las canas.

No había poemas, ni hombres buenos.

Solo una casa que empezaba a sacar joroba y el retrato de los tíos perdiendo sus colores sobre el desconchado del sótano.

VIII

Tengo el recuerdo vivísimo de que Dios siempre llegaba tarde a la fiesta de tu cumpleaños y que nos teníamos que conformar con ver trepar a las hormigas por el mantel y saltar a la comba con las piernas postizas de tía Evelyn.

Imaginar era cosa de putas.