H2O (Nota fría)

(Imagen: Ubé)

(En un banquito al sol, en el mes de noviembre, en Huesca, al lado de un contenedor,
junto a un bote tirado en el suelo, junto al agua de la fuente que se ha quedado muda por el frío,
en una calle, en un rincón con sol chiquito, encima de mi cuaderno, en el ojo de un tiempo que no existe)

 – Te digo poesía en mi cuaderno.
– Te anoto el rayo de la lengua que siempre es incierto y siempre esquivo.
– Te pido fuego para prender un cigarro, fuego para incendiar el mundo o una casa, sabes que me conformo.
– Te digo: “Pasa una mujer hermosa”, pero miento.
– Te digo que no recuerdo las canciones y sin embargo sé silbar con el perfil de mis huecos.
– Te digo que moriremos todos mañana, que mañana es una invención, que mañana no sé si será invierno o si seguirá existiendo este banquito al sol.
Después agarraremos la palabra y la arrojaremos al suelo para que vuele (te digo).
– Te digo: ¿Has sacado hoy a pasear a la ceniza?
– He comprado helado de agosto para este invierno tan grave.
– No, no soy madre, ni padre, ni político. Seré anciano mañana, pero mañana es hoy o ahora o antes incluso de tumbar la palabra “nañama” sobre el manto púrpura de los verbos.
– Te dices poeta.
– Te dices mendigo.
– Te dices flor desplegando el cuchillo de cualquier melodía.
– He rascado mi bolsillo y no hay nada. Monedas no. Billetes no. Sólo una destrucción líquida del mundo en su infancia más podrida.
– Te digo “ Ese anciano cree que me prostituyo en este banquito al sol”.
– Yo le dije al anciano: “Vaya a mamar el pico de los cisnes”.
– Te digo: “ Los cisnes no saben que son cisnes, se creen ancianos en busca de poetas a las que poder lamer el agua del seso.

 

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L’ Horreur

(Imagen: Ubé)

 

L’ Horreur

Mar mío,
amor mío,
temperatura mía sobre el cristal efímero del amor.
Abro la boca y nace una tristeza,
las espinas de una rosa que toma el bus número 45.
Lluvia mía,
climatología adversa mía.
Abro mi pecho y asoma su cabeza un otoño
de Tarantos y epilepsias,
raíces con dientes que mastican las piedras que conducen hacia mi corazón.
Tormenta mía,
verso mío,
habitación en penumbra repleta de arañas mansas
que miran la vida pasar,
sin fiebre ni motor.
Cambio climático mío,
mapas de plasma mío,
huracanes,
tsunamis,
niños ahogados en los telediarios,
venid con mamá.
Soy Lulú la esquizofrénica.
Soy Matilde la científica.
Soy Eleonora,
la que sabe coser cicatrices en los capítulos más viejos de la historia
y después se orina sobre el horror de los hombres.

Abre ahí

(Imagen: Ubé)

ABRE AHÍ

Es ahora,
lo bello del instante.
Es la carne y su ausencia sobre las aceras.
Es la criatura que llora y busca en el aire
el pezón de los árboles.
Es la rapidez,
la falta de calma o de dinero.
Es la ciudad contaminada,
manadas de hombres volando alrededor de las alcantarillas,
abriendo su boca de fusil
para escupir mariposas con las alas cubiertas de esmeraldas y alcohol de quemar.
Es ahora,
(mami tú si que sabes)
una negra que muerde la virginidad de un vinilo,
(mami abre ahí)
una negra que apuñala las violetas de su pecho
para que caiga la lluvia
o la leche
o los burros que han de arar con el filo de sus orejas
una tierra bárbara y que se enluta a las cinco.
Es ahora,
apartar los ojos de las buenas costumbres,
de aquel pisito en el Coso donde las estudiantes sacan a pasear
su ignorancia,
donde su esqueleto bebe zumo de ginebra
y baila sobre la tumba de una cama de bien.
Es ahora,
la música del amor lejos,
la comprensión lejos,
niños alborotando el misterio de una película,
ancianas refregando su sexo
contra el hielo y la desesperación.
Podríamos gritar ahora,
(everybody)
podríamos rociar de semen amarillo los mostradores de una boutique
para que los maniquis regresen al plástico de su vida,
a la muerte de todos sus latidos.
Es ahora,
hombres,
mujeres,
la herida de una bicicleta que desde el balcón levanta su silencio
y clama al cielo pidiendo pan y una inyección de gatos diseminados.
Es ahora,
la nunca pervertida en una habitación en Roma
donde dos hormigas yonkis
juegan a desnudar su amor
sobre una magdalena.

Enrique Gracia Trinidad y Soledad Serrano leen poemas de Angélica Morales

El pasado 18 de octubre, en la Biblioteca Municipal de Coslada (Madrid), un amigo y gran poeta, Enrique Gracia Trinidad y su compañera de vida y aventuras literarias Soledad Serrano, leyeron algunos de mis poemas. Ambos llevan años mimando y dando la voz a grandes y noveles poetas en teatros y otros centros culturales de toda España.

Para mí es un honor que eligieran fragmentos de mi obra para compartir con los lectores y oyentes. La lectura es esquisita y sobre todo está hecha con mucho amor.
Me ha resultado extraño escuchar mis versos en otras voces, tal acostumbrada como estoy a declamarlos yo misma. Lo cierto es que me ha hecho sentirlos de otra manera completamente nueva.

Desde aquí mi agradecimiento a ambos y espero que puedan seguir haciendo por mucho tiempo esta gran labor.

Os dejo una foto de Enrique y mía cuando tuve la suerte de conocerlo en el XVIII Encuentro de Poetas Iberoamericanos de Salamanca.

El sillón rojo

(Imagen: Ubé)

El sillón rojo

1

Puede que fuese de noche tras el cristal
y que un médico le tomara el pulso
al vientre de mi madre.
Mi madre masticaba naranjas un minuto antes
de dar a luz.
(Aunque estuviese oscuro en los ojos del cielo,
a pesar de que había un insecto que empezaba a brillar
al otro lado de las batas)
Nací de un suspiro
o cuando mi madre se tragó el último gajo
y miró hacia arriba
y vio el insecto poner en orden su costumbre
y vio que del cielo caía una lluvia fina
y del color del fuego.
Cuando llegó la abuela,
yo estaba en otro lugar.
(Mi sangre pálida abriendo su llanto
a los primeros rayos del sol,
como si buscara devorar los secretos,
aquella taza de chocolate que mamá hacía girar
entre los dedos de su sexo).

2

Las mujeres estrenan vestidos
el día en que su sangre
se mece por primera vez entre el encaje y la goma.
Después se compran un sillón con latido
y regresan al jardín de la infancia.

3

Las cosas que hacíamos no pueden nombrarse.
(La memoria es terca al llegar a cierta edad
y da coces )
Por eso no es de extrañar
que la tía Berenice atara una soga a la maleta
y se marchara al pueblo.
Más tarde se casó con un tipo que no sabía arar la tierra,
compró un animal ancho
y empezó a fumar .
La recuerdo ordeñando habitaciones solas.
Siempre dentro del color amarillo,
                              con sus dos manos todavía atadas
                              a la soga de su maleta.

4

Pero he de decir que me gustan las putas
porque tienen cicatrices en el caminar.
He de decir que son mujeres tristes
aunque bailen desnudas con el falo del whisky.
Pero he de decir que su pecho es cálido
y que mecen con ternura a las niñas,
y que tienen un tatuaje azul en la boca del muslo
                              (que muerde)
                cuando
                                      llegan los domingos.

5

Escribo ahora que ya me ha crecido la pena entre los dedos
y no hay un cuchillo cerca
y la abuela descansa bajo la tierra
que aquel tipo no sabía arar.
Escribo la ronquera de mis pájaros,
una postal romántica que se ha puesto a temblar,
aquella máquina de coser el invierno
                              de todas mis mujeres rotas.

Otro año sin ti, Chon

Chon

Otro año sin ti, Chon, como cada 25 de octubre desde que te fuiste.

Recuerdo tus ojos, el color verde mordiendo su viveza.
Recuerdo que siempre llamaba a la puerta con prisa y que a ti te costaba llegar y gritabas: “Ya voy , jolín, que estoy coja”. Recuerdo que al abrir la puerta apretaba tus carrillos encendidos y luego nos abrazábamos muy largo, más largo aún que todos los mares.
Recuerdo que siempre estabas atenta a mi fiebre, a mis estudios, al ritmo alocado de mi corazón.
Te recuerdo sentada en primera fila mirando mi espectáculo.
Te recuerdo enseñándome a hacer una bola de fuego con los pedacitos de nieve que caían en el patio de la abuela.
Recuerdo que siempre me dejaba engañar para que, tras la tormenta, pudieras sacudir la cabellera del albaricoquero y que el agua me mojase entera.
Recuerdo que te robaba chicles de menta y cigarrillos.
Recuerdo que te cogías de mi brazo para caminar, que tu peso olía a madre y algodón de feria que no acaba.
Recuerdo que me querías más que a nada ni nadie en el mundo. que no me llevaste en tu vientre pero me diste la vida.
Recuerdo que te gustaba hacerme trenzas muy prietas. arrojarme tu zapato de 14 centímetros cuando me portaba mal y fallar a propósito.
Recuerdo que te gustaba leer a Virgilio aunque no entendieras nada de lo que Virgilio estaba contando.
Recuerdo que empecé a leer por ti, para estar más rato juntas dentro de nuestra soledad.
Recuerdo que me hice escritora y que lloraste al tener entre tus manos mi primer libro.
Recuerdo que hacía un frío muy hermoso cuando te llevé al hospital. que apenas podías andar,
que tu respiración era agitada, como si tuvieses dentro del pecho un centenar de saltamontes moribundos.
Recuerdo que no me quería separar de ti y me alejaba.
Recuerdo que el tiempo me abofeteó en el rostro con su mano de acero cuando te metieron al quirófano.
Recuerdo que un cirujano uruguayo me pidió que rezara.
Recuerdo que recé hasta que los ojos me sangraron o perdieron su luz.
Recuerdo que estuviste tres días sedada pero escuchabas mis palabra de amor.
Recuerdo que llorabas despacio y yo recogía tus lágrimas y me las bebía.
Recuerdo que te dije: “Cuidame siempre” y ahora eres el ángel imperfecto que me guarda.

Salida de emergencia

(Imagen: Ubé)

SALIDA DE EMERGENCIA

Mano sobre mano.
Y la penumbra, ¿dónde está?
Pie sobre boca,
un silencio que llega desde la cortina más azul del pensamiento.
Hay algo tenebroso en la palabra hombre,
un corral de comedias desinfectado de ratas,
una copa de vino dulce que trae hormigas en guerra
y viudas que no han hecho la primera comunión.
Mano sobre ovillo,
la lana que Ulises engendró
cerca de un mástil carcomido por el misterio.
Y aquella sirena que tenía un falo escondido en la garganta.
(¿La recuerdan?)
Y Penélope venga a coser tristezas subida al sol,
bajo el perfil ausente de una ventana que no tenía aire ni mariposas
ni leche amarga en los pezones del tiempo.
Boca sobre pluma,
mil pájaros volando con la demencia dentro de una chupa de cuero
que es robada que es inglesa que no sabe decir gracias ni entiende de banderas.
Un sorbo de agua en el naufragio de la vida,
en la impostura de una estatua que es premio nobel silencioso.
Mano,
oscuridad,
camino recto sobre los lienzos de la noche,
la tortura de escribir heridas,
de curar pasiones o niñas que llegan cojas del reservado de una discoteca.
(Dance / dance)
Mano sobre polvo,
música sobre violín enfermo,
Dios y sus mil salidas de emergencia.