Angélica Morales

Agosto 16, 2008

Detenido el tiempo

Archivado en: poesía — angelicamorales @ 6:49 pm

“Detenido el tiempo”, obra de Ubé.

DETENIDO EL TIEMPO

En el cielo se dibuja la ausencia, ese trazo

firme que dejó en suspenso tu amor. Mientras

fumo, atrapo tu mentira en mi garganta, hasta que

poco a poco me voy despojando te ti,

y se hace humo tu recuerdo, las palabras aquellas

pronunciadas a medias, de madrugada, en el hueco

de mi espalda.

Y era tu desnudez técnica, ahora lo sé,

lo mismo que antena de televisor, fugaz y ruidosa,

una manada de elefantes vanidosos

con la trompa herida, como si siempre

vinieses

de devorar otro cariño, de recorrer otra piel, kilómetros estériles de

un placer efímero.

Y tus besos, fríos y pequeños, se estrellaban contra

mis pechos

con el ansia domesticada, dejándome huérfana, otro día más.

La espera acaba por ahogar el cariño, lo sé.

Detener el tiempo en la memoria es más peligroso

que cualquier guerra.

Acariciar el olvido agrieta las palmas, sentarse a la sombra

de un albaricoquero, es dejarse morir.

Agosto 13, 2008

A la deriva la otra

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 7:36 pm

“A la deriva la otra”, obra de Ubé

A LA DERIVA LA OTRA

Ensayo una postura frente al espejo, que me satisfaga mañana.

Después sonrío, con los labios teñidos de alegría.

Huelo a otra, la que seré quizá, y mis ojos proyectan una lujuria esquiva.

Cuando me miro, dejo de reconocerme

y un escalofrío me recorre de norte a sur, sacudiéndola a ella.

En el contestador acumulo los mensajes de un extraño.

Su voz suena cautiva, y habla en latín carolingio, desde el otro lado del universo.

Camino descalza yo, ella, con zapatitos de lagarta amiga.

Sobre la cama me tiendo a soñar un amor que ya se ha ido

Mientras la otra goza de un placer efímero, mendigado a ratos,

cuando ninguna de los dos damos señales de vida.

Siempre es la misma historia, voy y vengo sin encontrarme,

tropezándome con ella en el portal o en la tienda de Claudia.

Dice, la infeliz, que canto de noche, lo mismo que una siciliana de Palermo,

agitando los brazos y mordiendo una rabia milenaria, tan castiza como un fenicio.

Me encojo de hombros y desde el espejo le saco la lengua,

es larga y roja igual a la de un sapo engreído.

“Anda y que te zurzan”, escupo.

Ella no se inmuta. Enciende un cigarrillo y habla consigo misma,

contándose mis secretos.

Asegura tener un amante alto y fornido, de cabellera hirsuta y manos de pianista,

de esos que acarician la piel con la ternura de un réquiem.

“No me importa”, me digo apagando la luz.

En la penumbra escucho su respiración, cerca de mi oído, un lamento

que cobra el calor de un beso, me aparto y abofeteo el silencio.

Entonces sucumbo al cansancio, y me dejo conducir a Babia,

custodiada por unos pelmazos que no dejan de cuchichear.

“Los palacios de ensueño se caen a pedazos”, me digo contemplando las ruinas

de una emoción. Y tienen el color de la sospecha, suave y sonrosado como mañana parisina.

Al despertar tengo un gusto amargo en la boca, la otra se ríe en mi cara

sin dejar de enredarse entre las sábanas, ahíta de dicha.

Me desayuno un par de huevos fritos y salgo a la calle.

Practico la postura aquella, de mujer a vuelta de todo,

la del amante fornido, pero todo esfuerzo es en vano.

Sobre la acera me vence la realidad que para la ocasión

se ha vestido de rojo.

Su falda cede a los caprichos del viento

convirtiéndose en amapola frívola a ojos de los transeúntes.

Un hombre enjuto y malencarado intenta apresarla entre sus manos

pero la tela se deshace en un suspiro hondo y vuelve a caer, como si tal cosa,

con una antipatía estremecedora.

Me retuerzo de impaciencia, esperando a la otra que no llega.

Detesto ser yo misma.

Al llegar a casa, me detengo frente al espejo.

No hallo más que una decepción en color sepia.

Alguien me ha robado las posturas y la risa, aquella tan castiza y milenaria.

Cuando enciendo el contestador se desatan los pitidos,

también el ladrón se ha llevado la voz cautiva de ese hombre que me llamaba

desde los confines del mundo.

“¿Dígame? ¿Dígame?” Pregunto angustiada

El silencio es frío, como cena de febrero y se pega a mi cuerpo

arañando una a una mis ilusiones.

Acabo de darme cuenta de que estoy muerta.

El espejo refleja mi perfil cadavérico.

Agosto 11, 2008

El dragón del lago

Archivado en: infantil/juvenil, relatos — angelicamorales @ 9:20 pm

El dragón del lago, obra de Ubé.

EL DRAGÓN DEL LAGO

Angélica Morales

Aquella mañana la niebla lo cubría todo, el tejado de las casas, los cipreses de la iglesia e incluso el lago. Daba la sensación de que nada existiera excepto esa blancura densa, como si de pronto hubiese llegado al pueblo un dragón y al abrir sus fauces soplara de fastidio. El aliento de los dragones lo echa todo a perder, también las ventanas de la escuela, y el peinado de Paquita, la profe de mates.

—Vamos a ver niños, ¿cinco y diecisiete? —pregunta intentando divisar el horizonte a través de la niebla.

Nadie contesta, sólo Fermín hace un intento flojo por sumar en el aire.

Se escucha el murmullo de los niños al fondo, al lado del perchero, y sus narices pegadas al cristal escupen un aire caliente que de vez en cuando se mezcla con la niebla dándole el color del melocotón helado.

—¡Ha desaparecido el lago! —exclamo Tomás con los ojos como platos.

—¿Cinco y treinta y seis? —vuelve a preguntar la señorita Paquita.

Fermín abandona su pupitre y avanza hacia la ventana.

—Si ha desaparecido el lago no podremos bañarnos los domingos.

—Es verdad —dijo Tomás—. Ni mi madre hará esa tortilla de patata tan rica para comerla en la orilla.

Una niña rubia comenzó a lloriquear, era Susana, la hija del barquero.

—Y mi padre se quedará sin trabajo —se lamentó, la pobre.

Inmediatamente Fermín se propuso rescatar al lago del aliento del dragón.

—Lo primero que haremos será cerrar su boca.

—¿Y cómo se cierra la boca de un dragón imaginario?

—¿Cinco y setenta cuatro? —dice la profe de mates con un aburrimiento de raíz cuadrada.

—Seguidme.

Al pasar junto a ella, Fermín le dice:

—Setenta y nueve y medio.

Fuera el frío los hizo agruparse.

—¿Y cómo encontraremos al dragón?

—Él nos encontrará a nosotros.

Caminaron hasta el lago, en fila india, atentos a cualquier ruido extraño, sorteando ramas, charcos y hasta a una mujer pequeña, la señora Claudia, la lavandera.

—¡Malditos críos! —escupió alejándose con paso ligero.

Fermín miraba en derredor con los puños apretados, de pronto escuchó un bostezo. La niebla se hizo más densa, envolviéndolos a todos. Susana lloró más fuerte.

—Ahí está —dijo Fermín—, encima de aquel árbol.

Miraron los niños y no vieron nada, sólo una espesura antipática.

—No os quedéis ahí como pasmarotes. Trepad conmigo hasta el árbol y cerrémosle la boca al dragón.

Tomás se rascó la oreja.

—Aquí no hay nada.

El resto comenzó a protestar.

—Escuchadme bien, tenéis que abrir el corazón, sólo así podréis verlo.

Entonces, como si fuese magia, ante sus ojos apareció aquella criatura insolente. Treparon hasta su cabeza y aprovechando que dormía, cerraron de golpe su boca, hasta que el dragón mordió la rabia y desapareció llevándose con él aquel manto blanquecino.

En la escuela, Paquita, la profe de mates, les preguntó:

—¿Ciento veinte y tres décimas de cinco?

Los niños vieron asustados que de su nariz comenzaba a salir un aliento blanquecino que inmediatamente cubrió el tejado de las casas, los cipreses de la iglesia e incluso el lago.

Agosto 7, 2008

El perfil de tu ausencia

Archivado en: poesía — angelicamorales @ 7:39 pm

“El perfil de tu ausencia”, obra de Ubé.

El perfil de tu ausencia

Amo tu recuerdo marchito

al pie de una fotografía en blanco

y negro desde la que no dejas

de acecharme.

Amo esa boca fría que ayer

tuvo el calor de la rosa bajo

un sol sofocante y levantino.

Por más que lo intento no puedo

dejar de sentir tu mano sobre

la mía, suave, pétrea, cansada

de existir.

La oscuridad de tu pelo, ese bosque

enmarañado que peinabas de

dicha ante el espejo, amo.

Amo la distancia de tus cejas,

pequeño sendero poblado de lujuria

que recorría con la punta de mi

lengua.

Y tus pechos, amor, templo egipcio

de la discordia donde solía rezarte

a veces, mientras me desnudabas

de toda fe.

Tu perfume, tus palabras, la higuera

de tus pensamientos, esa canción

ronca, el rojo de tus labios, el

perfil de tu ausencia, amo.

Haz memoria, amor, y rescata el

aliento detenido a escasos centímetros

de mi boca.

La obscenidad de tu abandono, amo,

ese gesto helado que aún me

electrifica la piel.

El hueco que has dejado en mi casa,

las deudas que acumulaste en mi

corazón, y aquel piano al fondo,

¿recuerdas? con el que gustabas

de engatusar el tiempo.

Pero al marchar, amor, me llenaste

el armario de desvelos, colgada la

felicidad en perchas repletas de

telarañas.

¡Ay cómo amo esta espera! ¡El camino

que he de recorrer hasta tu muerte

temprana! El instante finito que

habrá de reunirnos en la

nada.

Amo la sonrisa estrecha de tu

momia que al pie de una fotografía

en blanco y negro no deja de

llamarme, amor.

Agosto 5, 2008

La sirena del Grado

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 8:31 pm

“Pilar”, obra de Ubé

LA SIRENA DEL GRADO

La conocen todos, desde el director, hasta la última limpiadora. Tan alegre, con esa sonrisa ancha que deja al descubierto la dentadura que se ha ido comiendo uno a uno sus sueños. Lo que más le gusta es bailar, danzar por los pasillos aferrada a la barandilla que como Fred Astaire, sostiene su ritmo lento, ese vals que la sacude y que la hace girar sobre sí misma, siempre hacia adentro, donde se agitan los diferentes capítulos de su vida y una parentela lejana que lucha por mantenerse en el recuerdo. Bailar y nadar en el mar, dando brazadas cortas, asomando apenas la cabeza entre las olas, una sirena pirenaica a la que se le están secando las escamas. Pero eso fue ayer, cuando todavía podía atisbar el horizonte; hoy es la Sierra de Guara quien la saluda cada día, insolente; eso piensa Pilar Barbastro con la frente pegada al cristal, mientras intenta enfocar un panorama que le resulta fantasmagórico. La niebla ha debido metérsele dentro extendiendo en sus pupilas un manto blanquecino que convierte la realidad en polvo. Para ella la gente no es sino una sombra parlanchina que va y viene. Sufrió un infarto cerebral, Pilar, allá en los noventa, que la dejó medio ciega, sin posibilidad alguna de unir las palabras sobre el papel. “Con lo que yo he leído…”, se lamentó en nuestro primer encuentro.

Yo ya la conocía, del año anterior, cuando me decidí a formar parte de un grupo de bibliovoluntarios que organizó la biblioteca municipal Ramón J. Sender de Huesca. Resuelta y guapa, con un bolsito de mimbre colgando a todas horas de su brazo. Y educada, claro. Nunca faltaba un buenas tardes cortés que pronunciaba con la pasión de una de esas heroínas de cuento chino. Yo por aquel entonces estaba a cargo de un grupo de caballeros que disimulaban el aburrimiento de mis lecturas con un silencio sepulcral. A veces me daba la sensación de que estaba leyendo en el interior de la cripta de los Capuleto. Hasta que la casualidad quiso que Pilar se cruzara en mi camino y ya no hubo nada tan importante como nuestra cita de los martes, de cinco a seis. Suele recibirme perezosa, con el sueño columpiándose aún sobre sus párpados, y tras un saludo afectuoso, palpa mi rostro sin dejar de sonreír, intentando adivinar de qué color es mi carmín o qué tipo de ropa envuelve mi vanidad. “Chiqueta, todo te habla”, eso suele sentenciar Pilar, satisfecha por la inspección, tomando su bastón y más tarde mi brazo. Después iniciamos el ritual, algo de conversación y la lectura obligada, por supuesto. Es larga la lista de los autores que ya han acariciado sus oídos, algunos de ellos del todo disparatados como Don Ramón Gómez de la Serna o Francisco Nieva. “A mí me gustan todos. No soy escrupulosa, niña”, me dice dejando escapar una carcajada. La risa de Pilar es la campana de una Catedral que te llama siempre a la ternura, por lo que no ha sido difícil quererla y comenzar a compartir amén de los libros nuestra propia historia, esos episodios que sólo salen a flote con el cariño. Incluso ha tenido a bien regalarme una receta ancestral que muy ceremoniosa me tendió ayer, mientras hacía trizas los puños de una camisa. Entre los pliegues dejó cautivos sus ojos, vacíos y alejandrinos, de estatua milenaria. Ahora lo que más le entristece es no poder partirse el pecho en las tormentas, mar adentro, sin embargo esboza una sonrisa al confesarme que el verano pasado cambió la inmensidad salada por una piscina en Siétamo. “Es que mi nieto vive allí”. Afirma con orgullo. Estrecho entonces su mano, un sarmiento en el que se estremece la dicha. Y dejamos que el silencio nos acune. Huele Pilar a almendra, a desilusión y a agua bendita. Desde los cristales de la residencia, la Sierra de Guara se deja admirar. Es como todo en Huesca, de una hermosura dañina. “Qué cosas dices, chiqueta”, apostilla al cabo desempolvando su risa.

Julio 23, 2008

El sueño del cocodrilo

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 12:45 pm

“Cocodrilo”, obra de Ubé.

EL SUEÑO DEL COCODRILO

Le había repetido hasta la saciedad que lo amaba. En el sofá primero, al cobijo de la manta; después, enredados entre las sábanas, en un lecho azul e insensato; más tarde en la bañera, mientras buceaba hasta sus piernas sacando las nalgas a la superficie, como dos glaciares cuaternarios, eso pensó Ariel, de una firmeza enternecedora, sí señor. Entonces le asestó una palmada que la hundió en el agua. Allí el susto le hizo abrir la boca.

Le había repetido hasta la saciedad que lo amaba, incluso después de muerta, cuando tendida en el suelo sus labios dejaron escapar pompas de un jabón traicionero.

Julio 22, 2008

Desde la ventana

Archivado en: poesía — angelicamorales @ 5:40 pm

“Desde la ventana”. Ilustración de Ubé.

El señor Roberto huele a churros de domingo, con un ligero toque de azúcar

y camina regalando fogonazos de lavanda,

que arroja como si tal cosa mientras le arranca pasos al aire,

cortos y toreros.

Tiene la sonrisa cautiva, y los dientes muy blancos,

de mula recién parida.

De noche se perfuma de azahar, hasta que la madrugada le devuelve un aroma

a orín de taberna.

Las ciudades son cloacas que destilan esencias putrefactas, me digo.

Respiro hondo, dejando atrás al señor Roberto, entonces

me doy de bruces con Engracia, la modista,

que trae un toque de avena prendido al cabello.

Sus ojos son del color de la tormenta y tiene los carrillos encendidos,

al punto de ebullición, sobre todo los domingos,

cuando sale del cine de la mano de Antonio.

Entre sus palmas el sudor se convierte en tomillo,

ese que arranca en la era cuando se despiden muy juntos,

labio a labio los dos.

La tarde ha ido menguando y la oscuridad se cierne sobre nuestras cabezas.

Doña Francisca parece sostener una corona de alabastro,

pero al acercarme no es otra cosa que un sombrero,

nuevo y carísimo comprado en Barcelona.

Me saluda coqueta, su rostro es tan pálido,

como el de un cirio y se desprende de él cierto recuerdo a lilas marchitas,

lo mismo que si hubiese estado deshojando recuerdos entre los visillos.

Observo sus zapatitos de tacón en la lejanía,

al doblar la esquina comprendo que su arrogancia está contenida,

como mis ganas de correr hacia Tomás, el farero.

Acaba de meterse en un bar angosto,

de esos donde la desvergüenza se bebe a sorbos.

Estar con él es como atrapar el mar en un puño,

la única tempestad proviene de su cabellera hirsuta,

semejante a la de un neptuno de pacotilla.

Fuma en pipa dejando el aire impregnado de regaliz rancio,

Después, si ha bebido vino, eructa por lo bajini.

Estoy convencida de que sus labios son odres que fermentan desdichas.

Abandono la tasca y enfilo la cuesta.

Desde las ventanas me llega un olor a borraja y jamón,

pero el ruido lo engulle todo, de un bocado,

coches que golpean el silencio con ráfagas bailongas.

En su interior huele a podrido.

Tengo la nariz arrugada al regresar a casa,

en un intento por cerrarme a la vida.

Mi habitación es un campo a través donde crecen margaritas de quita y pon.

Sobre la mesilla descansa una rama de olivo.

Despierta la avidez en mí,

y olfateo más allá de mi ombligo, hasta alcanzar el origen del mundo.

Al día siguiente un olor familiar impregna el barrio.

Me asomo a la ventana con prisa.

Desde allí veo pasar el cortejo.

El señor Roberto es introducido en un coche fúnebre.

A churros de domingo con un ligero toque de azúcar,

me digo, a eso huele el fin.

Julio 18, 2008

Por si acaso

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 10:20 am

“Rita”, obra de Ubé

Por si acaso.

Antonio estaba convencido de que cada día sería el último. Por si acaso se tomó una tacita de chocolate y unos bollos de crema. Por si acaso redactó una carta de despido. Por si acaso cogió el paraguas y se puso la gabardina blanca. Un hombre de su misma estatura pasó a su lado corriendo, lo empujó y pudo ver que aquel hombre llevaba una gabardina y un paraguas idéntico al suyo. Dos encapuchados dispararon desde un coche. Antonio cayó fulminado. Por si acaso, llegando a su altura, Pedro Soriano, alias “El Telefunken”, le dió el tiro de gracia.

Julio 16, 2008

Con la música a otra parte

Archivado en: General — angelicamorales @ 1:21 pm

Señores clientes:

No vayan a pensar ustedes que se libran de mí. Niet!

Seguiré amenizándoles con esas historias de antesdeayer, de hoy y de mañana noche; porque ya lo dijo aquel gran pensador, no sé cuándo ni en qué momento: “Si les gusta bien, y si no… pues ya veremos”. Retomaré en breve la pluma y me pondré perdida de ilusión y fantasía.

Pongo a Dios por testigo… Dios, dios…

Julio 15, 2008

Vacaciones asesinas

Archivado en: Asesina enana, relatos — angelicamorales @ 7:53 pm

La asesina enana está de vacaciones. No sabemos cuándo será su regreso, pero de momento Angélica Morales tiene otros proyectos y fechas pendientes (de un hilo) y hay que cumplir esos compromisos. En cuanto podamos regresaremos con la asesina más particular del mundo cibernético.

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