Angélica Morales

Octubre 17, 2009

El principito y sus lazos afectivos. Conferencia junto a Pilar Moros

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 5:50 pm

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LIBROS Y CONFERENCIAS DEL CICLO: LA PSICOLOGIA EN LA LITERATURA

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1. “EL PRINCIPITO” de Antoine de Saint-Exupery. (Capítulo: El Zorro)

CONFERENCIA: EL VÍNCULO DEL APEGO EN LAS RELACIONES DE AFECTO.

Es el viaje de un niño por el mundo. Un niño singular, intuitivo y sensible que es capaz de percibir sin ver. Sus ojos son la mirada del universo, el puente entre lo real y lo irreal, entre el alma y la técnica, entre el tiempo y la eternidad.

Es el reencuentro de sí mismo para regresar a su punto de partida, en la sabiduría de lo aprendido. Es una búsqueda del corazón, en el que se da y se recibe sin esperar nada. Lo esencial es invisible a los ojos, le dice el zorro al principito. Es la esencia que pertenece a uno mismo, en nuestra forma de sentir y de vivir, en nuestra capacidad de ser y amar.

FECHA: 19 OCTUBRE 2009

Lugar: Biblioteca de Aragón (Calle Doctor Cerrada, Zaragoza)

Hora: 19:30 h.

PONENTES:

PILAR MOROS – PSICÓLOGA

ANGÉLICA MORALES – ESCRITORA

Es una buena opción para pasar  una tarde otoñal.

Os esperamos fervientes.

Octubre 13, 2009

La puta durmiente

Archivado en: Piel de lagarta, relatos — angelicamorales @ 7:43 pm

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(relato publicado en “Piel de Lagarta”, de Angélica Morales, ISBN 84-9621987-9)

Un hombre velando un cadáver. Acción detenida, personajes semi–mudos.

–Es conmovedora la decencia que exhibe tu cuerpo muerto. Hay que ver qué empeño le ponen las de tu clase en presentar su rostro desnudo de maquillaje, como si no adivináramos en él las pinturas de guerra que todavía lo cubren.

(Pausa)

–Estás vieja, Adelaida; agrietada y vieja. Lo mismo que uno de esos palacios churriguerescos que se caen en silencio a pedazos. Tus pedazos los tengo yo, todo lo que queda de ti lo llevo puesto, amor mío. ¿Quieres verlo? ¡Levántate! Alza tu cabeza altiva y mírame. Contempla tus miserias en mi carne, morena y dura, de hombre que siempre llega tarde a las modas. ¿Te hago gracia?

Probablemente estés riéndote en el infierno, puta. Abrasada en tu propia vanidad.

(Pausa acalorada)

–Ruego disculpes mi lenguaje. Desconozco la forma en que he de dirigirme a una muerta. En realidad ni siquiera estoy seguro de reconocerte como algo mío; por más que te miro no puedo sentir que me perteneces o acaso que, en otro tiempo, fueras absolutamente mía. Hoy te desvaneces en mi pensamiento igual que una pompa de jabón. ¿Has limpiado tu conciencia antes de abandonar este mundo, Adelaida?

(Pausa sin más)

–He encontrado tus zapatos favoritos en el armario. Estaban guardados en una caja, junto a una muñeca de trapo que es idéntica a tu madre antes de sufrir el ataque; ya sabes a lo que me refiero, mucho antes de quedarse con la boca torcida y las cejas en punta, al acecho. Daba la sensación de que a cada momento iba a iniciar un interrogatorio. Las hijas se parecen a las madres con el paso del tiempo. Los días acaban transformándolas en el monstruo que nunca soñaron ser. Agradece a tu suerte el estar muerta.

(Pausa cachonda)

–¿Qué te parece? ¿No me hacen el pie más pequeño, como de bailarina turca? No hace falta que contestes, puedo adivinar en tus labios el desprecio, ese rictus de superioridad del que tanto te has jactado. No eres más señora que yo puta. Sí, puta; con tu ropa y tus zapatos no soy más que una fulana, igual que tú. No tengo piedad de ti en el fin porque tu extinción será mi vida, renazco de tus cenizas convertido en pavo real y ya nada me importa más que yo.

(Pausa en blanco y negro)

–Recuerdo el lugar exacto donde compraste estos zapatos. Fue en Pamplona, el quince de agosto, el día de tu cumpleaños. Treinta y cinco. ¿O eran treinta y nueve? Siempre me has ocultado tu verdadera edad, escondías el carnet en la caja fuerte y después olvidabas darme la contraseña. Cinco, siete, cinco, siete. ¿Era esa? Mi memoria es tan ancha como tus caderas. Los estrenaste nada más salir de la tienda; aún tengo grabada la cara de estupor que puso la dependienta cuando los señalaste en el escaparate. “Quiero aquellos del fondo, los naranjas”, dijiste con la determinación de una reina y de tu cogote salieron disparadas dos flechas que indicaban la dirección inversa de tus intenciones. Su tacón era tan afilado como el aguijón de una avispa y caminabas despacio, agarrada a mi mano, tambaleándote a cada instante, incapaz de guardar el equilibrio que tanto había regido tu vida hasta entonces. “¡No me sueltes, imbécil!” dijiste fuera de ti, o quizá muy dentro. ¿Eras ya así o te transformaron en una perra aquellos zapatos anaranjados de tacto delicioso? ¿Comenzaste en ese momento a sonreír a los hombres o fue ayer cuando se abrieron tus labios a la traición?

(Pausa encadenada)

–Son cómodos, sí señor, y favorecedores. A ti te hacían parecer una zorra principiante, de esas que todavía guardan su pecado en bolsos de importación. Los hombres en su pensamiento más íntimo te arrancaban la ropa de cuajo y sin embargo no se atrevían a despojarte de los zapatos. Es excitante la visión de una mujer desnuda y bien calzada.

Quisiera quedarme desnudo ahora, y caminar por esta habitación con olor a miedo hasta que mis pies sangraran dentro de tus zapatos. ¿Cuántos tipos han lamido tus plantas, Adelaida?

(Pausa teatral)

–Pamplona es un lugar como otro cualquiera para asesinar un amor. En realidad yo estoy más muerto que tú. Me pregunto adónde irán a parar los muertos que se desnudan a la vida. ¿Callas? Haces bien; tu silencio se filtra aquí, en la costura de estos zapatos horripilantes que te convirtieron en la puta más hermosa. Es curioso cómo penetran los deseos en uno; en este instante han renacido mis ganas de ti, me hubiera gustado ser uno de tus amantes para hundir tu rostro entre mis piernas y ahogar en ellas todos tus pesares. Las mujeres decentes nacen cautivas en cárceles de lujuria. No me canso de gritar tu nombre: puta, puta, puta, puta, puta…

(Pausa rota por la alarma de un reloj. La muerta se incorpora súbitamente)

–¿Cuándo piensas contarle lo nuestro a tu mujer? –pregunta una voz quebrada.

–Calla puta, y duérmete…

Tic, tac, tic, tac…

Octubre 3, 2009

Al ras

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 12:30 pm

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Al ras, obra de Ubé

Sobre la barra sucia del café descansaban las mejillas, sonrosadas unas, como la cera otras. Al fondo, alguien jugueteaba con su mostacho. Era un tipo larguirucho, de nariz picuda y labios insignificantes, un infeliz que parecía llevar la desdicha enroscada en la pelambrera, crespa y pajiza, como un campo estival.

–Una cerveza triple con espuma al ras –bramó el fulano ordenando los pliegues de su kilt.

Hacía rato que los barriles habían dejado de escupir cerveza. Ahora la camarera, una mujer pequeña y rencorosa, abría botellas de cuello fino por donde escapaban los primeros gases de la euforia; después, y sin ningún miramiento, derramaba su contenido sobre una jarra desportillada, la misma que aferraba el tipo larguirucho en cuyo mostacho brillaba la espuma, un rastro de caracol impertinente.

–Una cerveza triple con espuma al ras –vuelve a decir tras vaciar la jarra.

El dominó sestea en las mesas, las cisternas se derraman en los váteres vecinos llevándose consigo ríos de agua ambarina, bostezos mudos y sueños interrumpidos bajo los taburetes, parroquianos que no encuentran el camino de regreso a casa, relojes que se detienen en muñecas anchas, de provincia devastada por la glotonería, campo y mar en las pestañas, soledad en un día de jarana, mujer, hijos y suegra, allá en un país lejano, morcilla de cebolla y llanto incontrolado, lápiz y papel para olvidar.

–Una cerveza triple con espuma al ras.

(relato publicado en el libro “Ducha Escocesa“, homenaje a José Antonio Román Ledo).

Septiembre 28, 2009

“Amar en martes”

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 7:11 pm
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El nuevo libro de Angélica Morales ya ha salido a la luz. Ya se puede “AMAR EN MARTES” o en domingo al atardecer. Eso ya es opcional. Seguiremos informando sobre sus huellas de carmín.

Saludos de gata sobre el tejado de zinc (¡¡calieeeente!!)

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Septiembre 15, 2009

Te busco

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 6:53 pm

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TE BUSCO

(Publicado en el Diario del Alto Aragón, el domingo 13 de septiembre de 2009)

Te busco a ti, desconocido. Ya sabes: metro ochenta y tantos, pelo castaño y mirada inquieta.

No importa nacionalidad, ni creencias religiosas. Te busco para no hacer nada los domingos, si acaso ver la tele en compañía, mientras llueve tras los cristales.

Te busco a ti, desconocido de labios finos. Preferentemente de entre treinta y cuarenta y tantos, que sean largos, por favor; me  gusta trepar por el tiempo.

Te busco desde antes de que empezara a morderme el aburrimiento. A ti, sí, abismo aterciopelado. Absténganse bromistas, y sicarios sicilianos. No estoy dispuesta a aceptar réplicas de tipos duros, mucho menos niñatos de medio pelo.

¿Ya te he dicho que te busco?

No pongas esa cara, bobo.

Podemos amarnos en francés de catálogo. Si quieres, te dejo que me robes el corazón a escondidas, cada miércoles, de siete a ocho, después de hacer la digestión de la siesta.

Por mi parte estoy dispuesta a fingir que te engaño con otro idéntico a ti.

No se hable más, desconocido mío. Ya sabes:

Referencia B-31.

Agosto 31, 2009

Desde la ventana

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 8:35 pm

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Exit, obra de Ubé.

El señor Roberto huele a churros de domingo con un ligero toque de azúcar, y camina regalando fogonazos de lavanda que arroja como si tal cosa mientras le arranca pasos al aire, cortos y toreros. Tiene la sonrisa cautiva y los dientes muy blancos, de mula recién parida. De noche se perfuma de azahar, hasta que la madrugada le devuelve un aroma a orín de taberna.

Las ciudades son cloacas que destilan esencias putrefactas, me digo.

Respiro hondo, dejando atrás al señor Roberto; entonces me doy de bruces con Engracia, la modista, que trae un toque de avena prendido al cabello. Sus ojos son del color de la tormenta y tiene los carrillos encendidos, al punto de ebullición; sobre todo los domingos,

cuando sale del cine de la mano de Antonio.

Entre sus palmas el sudor se convierte en tomillo, ese que arranca en la era cuando se despiden muy juntos, labio a labio los dos.

La tarde ha ido menguando y la oscuridad se cierne sobre nuestras cabezas. Doña Francisca parece sostener una corona de alabastro, pero al acercarme no es otra cosa que un sombrero, nuevo y carísimo, comprado en Barcelona. Me saluda coqueta. Su rostro es tan pálido como el de un cirio y se desprende de él cierto recuerdo a lilas marchitas, lo mismo que si hubiese estado deshojando recuerdos entre los visillos. Observo sus zapatitos de tacón en la lejanía.

Al doblar la esquina comprendo que su arrogancia está contenida, como mis ganas de correr hacia Tomás, el farero. Acaba de meterse en un bar angosto, de esos donde la desvergüenza se bebe a sorbos. Estar con él es como atrapar el mar en un puño. La única tempestad proviene de su cabellera hirsuta, semejante a la de un neptuno de pacotilla. Fuma en pipa dejando el aire impregnado de regaliz rancio; después, si ha bebido vino, eructa por lo bajini. Estoy convencida de que sus labios son odres que fermentan desdichas.

Abandono la tasca y enfilo la cuesta. Desde las ventanas me llega un olor a borraja y jamón,

pero el ruido lo engulle todo, de un bocado. Cientos de coches que golpean el silencio con ráfagas bailongas. En su interior imagino que huele a podrido.

Tengo la nariz arrugada al regresar a casa, en un intento desesperado por cerrarme a la vida.

Mi habitación es un campo a través donde crecen margaritas de quita y pon. Sobre la mesilla descansa una rama de olivo. No tarda en despertar la avidez en mí y olfateo más allá de mi ombligo, hasta alcanzar el origen del mundo.

Al día siguiente un olor familiar impregna el barrio. Me asomo a la ventana con prisa. Desde allí veo pasar el cortejo. El señor Roberto es introducido sin miramientos en un coche fúnebre.

A churros de domingo con un ligero toque de azúcar, me digo; a eso huele el fin.

(Publicado en el Diario del Alto Aragón, domingo, 30 de agosto de 2009)

Agosto 24, 2009

Rebajas del corazón

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 8:00 pm

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(Foto: Manolo Navarro)

Me gustan los mercadillos inútiles, esos en los que se venden bragas anchas y sujetadores que fueron ayer mágicos, cafeteras con tara y frutas mordidas.

–Eh, guapa, llévate unos “targas”, que les tengo de todos los colores.

El que habla es un hombre recio, de barriga prominente y tez cetrina. Me mira a través de unas gafas que resbalan a cada rato y de vez en cuando regala sonrisas inacabadas, de esas que se ensayan frente a los retrovisores de furgonetas sucias.

–Tres por uno, chata.

Nunca he sabido resistirme a las ofertas.

Me detengo ante el puesto y finjo interesarme por aquel material sin nombre. Una señora entrada en carnes se detiene a mi altura, huele a tomates sulfatados y a colonia de limón.

–Me los llevo –afirma al cabo.

El tipo lanza un suspiro antes de volver a abrir la boca. Cuando se decide, deja al descubierto una dentadura rebelde, de cordillera ibérica.

–Lo siento, señora, pero no tengo “targas” de su talla. Llévese una faja de encaje, que aprietan como unas condenadas.

Tarda en reaccionar la señora. Su enfado es evidente. Se le han dilatado las aletas de la nariz y ha puesto los brazos en jarras. De su codo derecho cuelgan un puñado de pimientos, una sandía enana y una camisola playera vuelta del revés, con la etiqueta borrosa.

–¡Métasela donde le quepa! –dispara la doña.

Ni siquiera le ha echado un vistazo a la faja que emerge de entre un puñado de bragas de encaje, como si fuera una ballena sola.

–Tres por uno, chata –repite el tipo.

Antes de que pueda decidirme, una chica teñida de rubio me arrebata el “targa” de las manos. Ha llegado con prisa al puestecillo, meneando piercings y caderas. Me fijo en el acné de su rostro, en sus ojos pintados de azul y en sus labios inyectados en sangre y silicona.

–Me los llevo –afirma al instante con soltura.

Y rascando en el bolsillo de sus tejanos, le tiende al tipo un billete de diez.

Al marcharse respiro su aroma a chicle y sudor.

Más allá, en el puesto número siete, un  fulano larguirucho bate las palmas en señal de atención.

–Acercarse, guapas, que hay para todas. Les tengo rubios, morenos, peludos y calvos; con los ojos verdes y la mirada turbia, que lo mismo tienen una cuenta bancaria en Suiza que acumulan deudas en los cajones. Venga, chatas, que hoy regalo tres por uno. Hombres-estatua que saben a hiel, que roncan en la noche de bodas y parten el corazón con los dientes, sin siquiera moverse del sillón, domingo tras domingo. Tres por uno, guapísimas –sentencia el fulano.

La señora entrada en carnes se hace un hueco entre la multitud, inspecciona  el  género y grita al poco:

–¡Me los llevo!

Estoy a punto de abandonar el mercadillo cuando escucho a mi espalda:

–Pues si no te quedas los “targas”, cómprate unas medias de “nilon”, que son muy “sesis”, reina.

–Me las llevo –repite la doña mientras los hombres-estatua acarician con descuido una faja solitaria.

(Publicado en el Diario del Alto Aragón, el domingo, 16 de agosto de 2009)

Agosto 8, 2009

San Lorenzo, la verdadera fiesta

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 1:19 pm

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cartel de Ubé

Pues eso, buen provecho y felices fiestas.

Saludos de albahaca en su punto de presunción.

Agosto 5, 2009

Amada suya

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 8:58 pm

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No, no era amor, estaba seguro, ni siquiera fijación; tampoco podía hablarse en términos absolutos, tales como obsesión o locura. Margarita no era más que una de tantas; calladita, la chica, y resultona por detrás, con un culo que bien podría haber provocado la rendición de Napoleón. La vio acercarse calle arriba, cargada con las bolsas del súper, peripuesta y supermoderna, el último grito en estupidez. Un obrero sin andamio le dedicó un silbido, algo parecido a la sirena de un barco mercante; después chasqueó la lengua con chulería, con esa destreza de los de su gremio y se perdió entre el bullicio. A Margarita se le escapó una sonrisa perezosa, de hija de Sodoma, pero siguió avanzando con su compra y su falda, y sus pendientes de aro y sus zapatitos de tacón, y su perfume barato que dejaba el aire en continuo suspense. Le había contado ya tres novios: Lolo, Franchu y Moncho. Todos ellos de cabellera rala, rasgos simiescos y carcajada sospechosa. No, naturalmente que no se trataba de amor, un capricho, si quieres, un decir “me la como”. De amor… de eso no entendía, si acaso de fútbol y de gresca a la salida del bar, en las madrugadas más frías donde el invierno es madrastra y regala caricias de hielo, igual que los que chupa los domingos, en casa, cuando ya ha apurado el whisky que le trajo su cuñado de Escocia.
–¿Qué otra cosa iba a traerle a un pringao como tú? Güisquito del bueno, macho, una delicatesen o como coño se diga la cosa.
Amancio, su cuñado, tenía la boca muy suelta, y un tic en el labio inferior que se lo levantaba cada dos por tres dejando al descubierto unas encías sonrosadas y eternamente húmedas. Era más feo que él, sin embargo ligaba como un Hermes.
–Sexapil. Eso es lo que las vuelve locas. Hazme caso, no hay nada como un feo de categoría. Pringao, que eres un pringao.
¿Amor? De ninguna manera. Quizá debilidad. Sí, esa era la palabra exacta: debilidad, un cierto cosquilleo en la planta de los pies al verla aparecer, como si un volcán enano le pellizcara con su aliento de fuego.
A Margarita le gusta el tequila a palo seco. El limón lo muerde él, muy despacio mientras clava sus ojos en los suyos. No, no son de color violeta, son unos ojos normales, sin importancia, dos granos de café colombiano.
Le costó un gran esfuerzo, pero al final la invitó a casa el día de su cumpleaños.
–Como debe ser pringao, las cosas hay que hacerlas bien: que si unas velitas, que si una música romántica, que si un güisquito del bueno…
Vieron Salomé en la versión de Rita Hayworth. Ella vino muy arreglada, de domingo de ramos, tan moderna que causaba espanto, con sus aros y sus zapatitos de tacón y ese perfume barato que olía a gaseosas de papel, a espuma de mar embotellada.
Antes de que Herodes mandara segar la cabeza del bautista, Margarita había dejado de existir. Él apuró el escocés y sofocó el disgusto con una ducha. Hasta allí le llegaron sus ronquidos.
No, no era amor, estaba seguro. Tal vez desilusión.
–Pringao, que eres un pringao… –escucha decir al Hermes.

(Relato publicado en el libro “Ducha Escocesa“, obra conjunta dedicada a José Antonio Román Ledo)

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Julio 28, 2009

Entrega del I Premio de Textos teatrales Villa de Hecho

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 7:20 pm

En Hecho/Echo (Huesca) se celebró el pasado fin de semana la entrega del I Concurso Nacional de textos teatrales “Villa de Hecho”, con la ganadora Antonia Jiménez Rodríguez, de Lucena (Córdoba) y el accésit para José Gastón, de Hecho (Huesca). Allí estuvo la Asociación Aragonesa de Escritores, organizadoras junto al Ayuntamiento de Valle de Hecho  del premio, con el jurado Luis Bazán, Fernando Burbano y una servidora, además de Javier Aguirre como representante de la AAE. El acto fue presidido por el Delegado del Gobierno de Aragón, Javier Fernández. A continuación el grupo Trueque Teatro de Hecho, hizo una lectura de la obra ganadora “Zapatos rojos de tacón”.

Al día siguiente tuvimos una preciosa excursión a la selva de Oza y al maravilloso valle de Aguas Tuertas. Como la menda no iba equipada, no me quedó más remedio que subir con un conjunto de mango y unas sandalias de Zara. Monísimo conjunto, eso sí. Para muestra os dejo este pequeño album (pulsa en “ver todas las fotos” para verlo):

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