
“A la deriva la otra”, obra de Ubé
A LA DERIVA LA OTRA
Ensayo una postura frente al espejo, que me satisfaga mañana.
Después sonrío, con los labios teñidos de alegría.
Huelo a otra, la que seré quizá, y mis ojos proyectan una lujuria esquiva.
Cuando me miro, dejo de reconocerme
y un escalofrío me recorre de norte a sur, sacudiéndola a ella.
En el contestador acumulo los mensajes de un extraño.
Su voz suena cautiva, y habla en latín carolingio, desde el otro lado del universo.
Camino descalza yo, ella, con zapatitos de lagarta amiga.
Sobre la cama me tiendo a soñar un amor que ya se ha ido
Mientras la otra goza de un placer efímero, mendigado a ratos,
cuando ninguna de los dos damos señales de vida.
Siempre es la misma historia, voy y vengo sin encontrarme,
tropezándome con ella en el portal o en la tienda de Claudia.
Dice, la infeliz, que canto de noche, lo mismo que una siciliana de Palermo,
agitando los brazos y mordiendo una rabia milenaria, tan castiza como un fenicio.
Me encojo de hombros y desde el espejo le saco la lengua,
es larga y roja igual a la de un sapo engreído.
“Anda y que te zurzan”, escupo.
Ella no se inmuta. Enciende un cigarrillo y habla consigo misma,
contándose mis secretos.
Asegura tener un amante alto y fornido, de cabellera hirsuta y manos de pianista,
de esos que acarician la piel con la ternura de un réquiem.
“No me importa”, me digo apagando la luz.
En la penumbra escucho su respiración, cerca de mi oído, un lamento
que cobra el calor de un beso, me aparto y abofeteo el silencio.
Entonces sucumbo al cansancio, y me dejo conducir a Babia,
custodiada por unos pelmazos que no dejan de cuchichear.
“Los palacios de ensueño se caen a pedazos”, me digo contemplando las ruinas
de una emoción. Y tienen el color de la sospecha, suave y sonrosado como mañana parisina.
Al despertar tengo un gusto amargo en la boca, la otra se ríe en mi cara
sin dejar de enredarse entre las sábanas, ahíta de dicha.
Me desayuno un par de huevos fritos y salgo a la calle.
Practico la postura aquella, de mujer a vuelta de todo,
la del amante fornido, pero todo esfuerzo es en vano.
Sobre la acera me vence la realidad que para la ocasión
se ha vestido de rojo.
Su falda cede a los caprichos del viento
convirtiéndose en amapola frívola a ojos de los transeúntes.
Un hombre enjuto y malencarado intenta apresarla entre sus manos
pero la tela se deshace en un suspiro hondo y vuelve a caer, como si tal cosa,
con una antipatía estremecedora.
Me retuerzo de impaciencia, esperando a la otra que no llega.
Detesto ser yo misma.
Al llegar a casa, me detengo frente al espejo.
No hallo más que una decepción en color sepia.
Alguien me ha robado las posturas y la risa, aquella tan castiza y milenaria.
Cuando enciendo el contestador se desatan los pitidos,
también el ladrón se ha llevado la voz cautiva de ese hombre que me llamaba
desde los confines del mundo.
“¿Dígame? ¿Dígame?” Pregunto angustiada
El silencio es frío, como cena de febrero y se pega a mi cuerpo
arañando una a una mis ilusiones.
Acabo de darme cuenta de que estoy muerta.
El espejo refleja mi perfil cadavérico.