Angélica Morales

Julio 1, 2009

Azul insensato (2)

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el_colmo_de_la_vanidad_2

Como cada verano, las hermanas Taylor se disponen a conquistar un nuevo imperio. O dos…, ya veremos.

Para matar el aburrimiento les dejo con otro capítulo de una historia sin fin, azul e insensata:

CAPITULO SEGUNDO

PETRONILA

Registraba los bolsillos de su mortaja sin pudor. El clavel de la solaba se había marchitado. Era ahora de un color indefinido, como el de la sangre estancada.

Me quedé clavado al suelo, mientras Petronila escarbaba en el interior del ataúd de roble presa de un nerviosismo elegante. Mi madre sabía en cada momento cómo debía comportarse, pero a solas dejaba a un lado sus modales y se mostraba como una campesina cualquiera, esas mujeres que pueblan la tierra con el fruto de la impotencia. Sus hijos nos sirven a regañadientes y ellas se conforman con arrojar sobre los fogones su destino incierto. Cada día me levanto con el mismo temor, ser asaltado en el bosque por la mansedumbre de mi criado.

–Señor Lorenzo –me había dicho nada más marcharse mis abuelos–, necesito dinero para la leña.

No poseía más que un billete de veinte. Insuficiente para pagar siquiera una ronda de cerveza en la taberna.

–No me molestes con esas tonterías –contesté quitándole importancia a mi pobreza.

–Usted verá, pero sin leña nos vamos a quedar como un pajarito en cuanto venga el invierno.

Poco a poco me había alejado de él, sin apartar mis ojos de los suyos. Un amo debe saber imponerse a su criado sean cual sean las circunstancias.

–Algo encontraré.

Amanecía a mi espalda con insoportable belleza. La muerte siempre le hace el boca a boca a boca a la vida para que ésta permanezca a pesar de su pereza. Mi cansancio no era de este mundo, ahora estaba seguro. En el saloncito, los primeros rayos de sol hirieron los mofletes sonrosados de Nicolás. Si te acercabas a él aún desprendía un olor intenso a coñac. Era como si el alcohol lo hubiera disecado por dentro dejándolo tal cual había sido, con ese aspecto de beodo eterno.

–Deben de estar por aquí –murmuró Petronila afanándose en su execrable tarea.

–¿Qué es lo que busca, madre?

–Dinero. Tu padre siempre llevaba dinero encima, fajos de billetes tan gruesos como su desvergüenza.

El vestido de mi madre se extendía sobre las baldosas, era una plaga de moscardones silenciosos. Pude ver asomar unas enaguas blancas, femeninas, de esas que se deshacen entre los dedos.

–No seas escrupuloso Lorenzo y ayúdame –me pidió volviendo su rostro de cera hacia mí.

Toda la juventud de mi madre se la había bebido Nicolás, de un solo trago, eructando después por lo bajini y limpiándose los restos del festín con su palma pequeña y sudorosa, de hombre desconfiado. Mi padre no conocía más amor que el suyo propio. Me pregunté, mientras hacía penetrar mis manos en los bolsillos de su mortaja, cómo era posible que aquella bola de sebo enrojecida por el coñac pudiera haber amado siquiera una vez, con ese amor que nace del fondo de las tripas. Nicolás tenía un estómago inabarcable y esférico, de luna hambrienta. Pensé en aquella niña feucha y una sonrisa estúpida escapó de mis labios. “Hay tripas que carecen de escrúpulos”, me dije, y la imagen fugaz de la mujer que asía del brazo a Natacha pasó de forma fulgurante ante mis ojos.

–¿Qué hembra en sus cabales querría fornicar con un cerdo?

No me di cuenta de que estaba hablando en voz alta hasta que mi madre fijó su mirada de juez en mí.

–Lo siento –me disculpé–. No me refería a usted, naturalmente.

Se incorporó mi madre con los puños apretados. Los billetes aliviaron por un momento el luto de su manga. Entre el encaje se había enredado uno de cincuenta. Me dieron ganas de arrancárselo de cuajo, como si fuera un racimo de uvas balanceándose en la parra a la espera de una mano amiga que lo liberase del aburrimiento. De este modo se me apareció el fruto de aquel ultraje. Para engatusar mi conciencia quise creer que el dinero también siente la falta de compañía y gusta de mezclarse en los bolsillos con otros de su especie; sin embargo, cuando su dueño ha dejado de necesitarlo es del todo preciso que corra en busca de un amo mejor. Petronila presionó su botín y con la insensibilidad de las de su clase, lo metió en su bolsito, sin dejar de vigilarme.

–Ese cerdo, como tú lo llamas, me ha dado dos hijos –sentenció ajustando el bolsito sobre sus caderas.

Su talle todavía era esbelto. Había conocido a muchas jovencitas que ya en la primavera de su existencia se presentaban en los salones de baile luciendo una figura de matrona, como si pese a su soltería fueran cada noche dando a luz a una pléyade de bastardos que se ocultan entre sus carnes. Tuve la oportunidad de acariciar alguna de esas cinturas anchas y juro por mi honor que nunca supe encontrar el camino de regreso a su inocencia.

–Ruego me disculpe –repetí en un susurro.

En el saloncito el humo blanco se hizo nube. Sobre nuestras cabezas flotaron los primeros vapores de la muerte.

–Con esto y con lo que he encontrado en los cajones de su mesilla habrá suficiente para pasar el invierno –me dijo extinguiendo con su aliento la llama lánguida de un cirio–. Cuando se abra el testamento tendremos más.

Su sentencia sonó lejana, igual que si la hubiera pronunciado desde uno de esos países por los que había viajado el intruso. Recordé de pronto las palabras de Edgar M:”Europa es una mujer que se alimenta con los besos del viajero”. El decoro me obligaba a rescatar a Cristiana de su boca ávida, de extranjero insaciable. “Cristiana es un continente volcánico”, dije yo para mis adentros antes de besar la mano de Petronila y girar sobre mis talones.

Los encontré riendo, tendidos sobre una manta vieja que recorrían una legión de hormigas completamente disciplinadas. Algo parecido a las migas de un pastel se distinguía sobre sus cabecitas de alfiler. La casa de Edgar M se hallaba al otro lado del estanque. Siempre había una barcaza dispuesta para llegar hasta allí. Mi criado se ocupaba de mantenerla en condiciones para surcar aquellas aguas cenagosas que desprendían un olor a cloaca. El estanque no se había drenado en años. Ahora su color era el de un azul indefinido, echado a perder por la desidia. Até el cabo al saliente de una roca y limpié mi pantalón. La vegetación era abundante y salvaje, sus ramas peinaban la tierra hasta el interior. Tropecé dos veces antes de llegar junto a Cristiana.

–¡Demonios! –mascullé intentando guardar el equilibrio.

El intruso se levantó al punto. Ante mis ojos inquisidores quedó expuesta su figura de otro tiempo. El traje de sastre presentaba un sinfín de arrugas. A la altura de sus tobillos se habían enredado unas hojas de helecho que ya empezaban a amarillear, mientras que su chaqueta, ajustada en exceso al tronco, estaba salpicada por pequeños pétalos de margarita, como si mi hermana hubiera deshojado sobre su pecho un amor de contrabando.

–No me quiere –dijo Cristiana rodando hasta la otra punta de la manta–, Es usted un hombre malo –y su boca de grana se cerró en un mohín caprichoso–. ¿Se puede saber qué mira con tanta atención? –lo contemplaba ella a través de sus pestañas espesas, con el abandono propio de la que ama a regañadientes, casi sin querer.

–Edgar, conteste si no quiere que me marche ahora mismo. Soy capaz de dejarlo plantado y de mucho más –lo amenazó incorporándose apenas lo necesario para dejar al descubierto su ira.

–Buenos días, Lorenzo –me saludó intentando planchar el traje con la palma de su mano. Los pétalos de margarita cayeron sobre la tierra lentamente, con la parsimonia de una lágrima de novia.

Hice un gesto brusco con la cabeza, sin dejar de observar sus movimientos pues con gran presteza había agarrado el sombrero de la manta y lo sostenía entre sus dedos de pianista. Me percaté de que su cabellera castaña comenzaba a clarear a la altura de las sienes lo que me llevó a deducir que ya habría entrado el intruso en los albores de la cuarentena.

–Cristiana, dentro de una hora darán sepultura a nuestro padre –dije de corrido.

Mi hermana volvió el rostro hacia mí. Los volantes de su falda estaban sucios de tierra, como si se hubiera arrastrado suplicante a los pies del extranjero. El solo pensamiento de su rendición me produjo una arcada. Recordé que no había probado bocado desde la noche anterior cuando, frente al cadáver de Nicolás, mi madre había repartido en los platos un poco de sopa de col con carne picada. La comimos en silencio, sin apartar la mirada de las patas de la mesa, ancha y destartalada, que solía desmoronarse hacia el lado derecho, donde Cristiana desmigaba con perversidad una hogaza de pan.

–En ese caso, debemos marcharnos –habló mi hermana recomponiendo su ropa y tendiendo hacia el hombre su mano de alabastro.

Cristiana vestía de luto riguroso. No obstante, era tal el desenfado con el que portaba la negrura insulsa de aquel vestido que, de inmediato, la sensualidad se había adueñado de todos y cada uno de sus pliegues. Digno de ver eran los encajes que rodeaban su cintura, tan fina que podría abarcarla con mi mano. Y el escote en forma de uve que ponía de manifiesto unos senos llenos, de mujer avocada al infortunio. Hubiera querido perderme entre los volantes polvorientos de su falda, enredarlos entre mis dedos y tirar de ellos hasta que no quedara de Cristiana más que su alma sucia. Porque si de algo estaba seguro era de que mi hermana había llegado a este mundo con el pecado tatuado en su piel de Afrodita. No había más que mirarla, respirar su aliento de serpiente, irresistible y letal para darse cuenta de que estabas perdido.     Como castigo a mis horribles pensamientos mordí mi labio inferior hasta notar la sangre entre mis dientes, amarga cual destino. También los ojos de nuestro padre habían retenido en sus pupilas la feminidad de mi hermana. Lo supe siempre, desde que Cristiana cumplió los doce años, el mismo día en que su infancia se redondeó como una manzana exquisita y andaba por la casa con la soberbia del que acaba de inventarse a la vida. Las mujeres hermosas carecen de lazos de sangre, por eso no me une a mi hermana más que la casualidad, el hecho detestable de haber asomado la cabeza entre los muslos de una misma madre. No pude evitar que la imagen de aquella niña feucha me embargara, tan sólo un instante, y Natacha ya estaba allí, muy dentro, golpeando mis sienes. La hija bastarda de Nicolás tendría ahora quince años. Mientras Cristiana caminaba colgada del brazo del extranjero contoneando las caderas como si fuera una pescatera en día de mercado, yo mastiqué el recuerdo de la otra.

–¿A qué esperas hermanito? –me espetó poniendo un pie en la barcaza.

–Permítame –dijo Edgar M haciendo alarde de unos modales irritantes.

Juntos atravesamos el estanque. Ya no nos separaríamos hasta el día siguiente. Una lluvia torrencial e imprevista nos obligó a dar cobijo al intruso. El techo de mi hogar se me antojó un firmamento exento de nubes donde su sombrero llamativo refulgía con la insolencia de una estrella tan fugaz como dañina. Para cortar de cuajo mis ansias batalladoras, se lo entregué a Brígida, la criada.

–Toma, guárdalo donde yo no lo vea –le ordené dirigiéndome a la chimenea.

El fuego crepitaba con timidez. Me acerqué a los leños y arrojé uno, el más grueso. Inocencio tenía razón, como no comprásemos más leña al llegar el invierno íbamos a quedarnos tan tiesos como un gorrión muerto.

Al sepelio de Nicolás no acudieron más que un puñado de conocidos. Vladimiro y Rosita ocuparon la primera fila. Mi abuela lanzó tres monedas cuando el féretro tocó fondo.

–¡Qué le vamos a hacer, son cosas de la vida! –se lamentó mecánicamente Vladimiro.

Junio 25, 2009

Ecos de sociedad

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 7:22 pm

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Las hermanas O’Hara se van de congreso a Calatayud. Allí les aguardan jóvenes y  no tan jóvenes caballeros de la VIII Brigada Ligera de Atlanta. No tienen previsto su regreso hasta la semana próxima. Pongo a Dios por Testigo, ea. ¿Y qué me pongo para la gran fiesta? Bueno, mañana lo pensaré.

Azul insensato (fragmento)

Archivado en: Azul insensato, relatos — angelicamorales @ 5:52 pm

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“Indiferencia”, obra de Ubé

AZUL INSENSATO

PRIMERA PARTE: EN LA TRINCHERA

I. EL INTRUSO

Alrededor de una mesa ancha y destartalada se reunieron las mujeres. Una de ellas, la más vieja, masticaba incesante una oración enrevesada; ruegos apagados que se estrellaban de un diente a otro, los dos únicos que todavía permanecían anclados a unas encías blancas, vaciadas de sangre. Venían envueltas en mantos negros, de ganchillo, flores funestas que enlutaban su pobre existencia. Todas tenían idéntico rostro, alargado y consumido, nariz escarpada y mentón lanzudo, como si con cualquiera de sus filos pudieran desinflar el globo terráqueo. Mi madre les sirvió un poco de té. Dejó la tetera en el centro de la mesa y esperó a que sus voces de iglesia se ahogaran en el interior de las tazas. Era su mejor vajilla. Sólo la había utilizado dos veces: el día de su boda y aquella noche, cuando tuvo conciencia de que mi padre había muerto. Unos pasos más allá, Cristiana acariciaba con aire distraído los volantes de su falda. Sonreía, sí; mi hermana sonreía mientras el cuerpo de nuestro padre todavía retenía el calor en sus entrañas. La habitación apestaba a humo y a alcohol. Un olor nauseabundo que penetró de lleno en mí y me hizo alzarme de la silla. Cuando quise darme cuenta me encontraba frente a Cristiana. De inmediato mi mano cruzó su cara. Fue un bofetón limpio. Eso quise decirle pero la vergüenza desterró de mi garganta cualquier estúpida disculpa. Tal vez por eso, porque no tenía derecho a enrojecer las mejillas de Cristiana, tan pálidas que la huella de mis dedos quedó impresa allí, igual que si hubiera prendido sobre su piel de ángel un sinfín de fósforos.

–Perdóname –murmuré con la cabeza gacha.

La vieja desdentada clavó sus ojos de aceituna en mí; después con una tranquilidad pasmosa retomó su letanía. Estaba hecha para rezar, del mismo modo que yo estaba hecho para batallar únicamente conmigo mismo, con las miserias que me habitaban.

–Perdóname –repetí sintiendo arder las sienes.

Cristiana tenía la mano sobre su mejilla derecha y me miraba fijamente, con el orgullo en carne viva.

–Te perdono –concedió al cabo, haciendo bailar en sus labios una sonrisa displicente.

Un caballero de familia desconocida, pero que había viajado alrededor de toda Europa, entró inopinadamente en el saloncito. Tras saludar con empalagosa cortesía a mi madre, su figura de hombre de otro tiempo se inclinó levemente ante el cadáver de Nicolás, mi padre. Sobre sus dedos hacía deslizar el ala del sombrero, de un color llamativo, demasiado protagonista para asistir a un velatorio.

Cristiana, al fondo, jugueteaba con un mechón de su cabello. Desde la irrupción del caballero extranjero había permanecido sumida en un silencio cantarín, pues, aunque no se escuchaba con claridad, yo sabía que los labios de mi hermana dejaban escapar las notas tontorronas de una de esas canciones de fiesta.

–No sabe cómo lo lamento, señora –afirmó con fingido pesar el intruso.

Mi madre, asintió. No había derramado ni una sola lágrima durante toda la noche. Se había limitado a pulir la vajilla y a mantener el agua caliente para el té. A veces me preguntaba cuál era el mecanismo interior que hacía funcionar a mi madre, si acaso la que me había dado el ser era una máquina programada para resistir las embestidas de la vida, sin más obligación que ver los días pasar desde una ventana empañada de indiferencia.

–Gracias, Edgar.

Hacía una semana que se había decidido a otorgarle al extranjero un trato amistoso.

–Te agradezco que nos acompañes en un momento así.

Los dos dientes de la vieja asomaron a la superficie. Eran de una longitud extraordinaria, como si su soledad les hubiera dado alas para cobrar formas caprichosas. Así, aquellos incisivos más parecían los colmillos de un dragón que los dientes de una anciana; daba pavor pensar en ellos, contemplar su brutalidad al cobijo de una boca insignificante. Recordé al punto las palabras de Inocencio, mi criado: “Nunca hay que fiarse del agua mansa, se lo digo yo que sé de qué hablo”, decía el infeliz sorbiendo los mocos que se precipitaban hacia su mostacho de buhonero. La hija de Inocencio había sido hallada muerta en el bosque tres años atrás. Todavía hoy se desconocía la identidad de su asesino. Cuarenta y cinco puñaladas no habían sido suficientes para borrar de su mente el recuerdo de Celina. “Se lo digo yo, que sé de lo que hablo”, repetía el infeliz.

El desconocido tomó las manos de mi madre entre las suyas. Fue apenas un instante, lo justo para que ella sintiera una quemazón en el pecho, como el estallido de una granada. De inmediato se zafó de su contacto.

–Cristiana, trae una silla para Edgar –ordenó.

“Ajá”, me dije, “la máquina de mi madre comienza a engrasar pasiones”. Entonces, como en un sueño, la imaginé siendo estrechada entre los brazos de aquel caballero extranjero, abriéndose a unas caricias abrasadoras que fundiría de una vez por todas la coraza metálica que la tenía presa. Mientras, mi padre permanecía quieto en su ataúd de roble, con las manos muy juntas y los ojos cerrados a la traición. Mi madre lo ignoraba pero Nicolás tenía una amante, y de su unión ilícita había nacido una niña. La había visto sólo un momento, por casualidad, una tarde al salir de la Iglesia. Iba cogida del brazo de una mujer menuda que caminaba de forma marcial, como si fuera el sargento de todos los regimientos. Luego, sin detenerse, había cruzado la calle, adentrándose al poco en una casa de fama sospechosa, esas en la que se dan cita las perdidas y los sinvergüenzas. Pude ver claramente como Nicolás se reunía con ella; sin embargo, lo que más me dolió fue el modo que tuvo de besar a la niña, con una devoción que nos había robado a Cristiana y a mí. Juré desde aquel día destinar todas mis fuerzas a odiarlo, poner mi futuro a los pies de un rencor que ya comenzaba a envenenarme. ¡Pobre diablo! Era demasiado cobarde para nada excepto para compadecerme. Nicolás se había largado de nuestra casa a lo grande, con los pies por delante, haciéndonos la burla desde las estepas de nuestro pensamiento donde sin duda se había instalado con una desfachatez insoportable. Me dieron ganas de arrojar sus despojos escaleras abajo; en cambio, lo que hicieron mis manos fue arreglar el clavel de su solapa. “El amor es lo único en este mundo que puede salvarnos del aburrimiento”, pensé. Y sin saber por qué el recuerdo de aquella niña feucha vino en mi busca.

–Se llama Natacha –dije acalorado.

–¿Quién?

Los ojos de mi madre despertaron a la curiosidad.

–La hija de tu marido –hice una pausa para mirar al intruso que, a pesar de haber recibido la silla de Cristiana, no se decidía a ocuparla–, la hija bastarda de Nicolás.

Las viejas enlutadas se tragaron sus rezos.

–¿Nuestro padre tiene una hija? –Cristiana se había acercado casi de puntillas, echando a un lado su natural afán de llamar la atención.

–Así es –afirmé adelantándome hacia el caballero.

–Creo que mi presencia aquí sobra –murmuró tomando nuevamente la mano de mi madre.

–Quédese –dijo ella regresando a la formalidad–. No tengo nada que esconder.

Cristiana se cruzó de brazos. Las viejas eran sólo una mancha negra en el saloncito.

–En buena hora nos das semejante noticia. Tienes tanta delicadeza como mal humor –me reprochó haciendo un mohín de fastidio con su boca de grana. Iba su gesto dirigido al intruso. Cristiana estaba hecha para la perdición, para arrastrar las voluntades de los hombres por un fango infinito.

–Insisto en que mi presencia… –comenzó a decir el del sombrero llamativo.

–Quédese –repetí sin saber qué me había conducido a claudicar.

–Eso, quédese Edgar –habló mi hermana con voz de almíbar.

“¡Ah Lorenzo!, la cobardía ¿qué otra cosa si no?”, dijo una vocecita en mi interior. Para acallar la conciencia le propiné un golpe a la silla, igual que si ella fuera la culpable de los males de la humanidad.

–¿Eso es todo lo que sabes hacer?

Los brazos de Cristiana descansaban ahora sobre sus caderas. Me fijé en su mirada fría, de asco y dejándome arrastrar por mi inherente estupidez de nuevo la abofeteé.

–¡Animal! –exclamó apretando los dientes. Después salió como una flecha del saloncito. Los volantes de su falda se agitaron en el aire con la suavidad de cien amapolas–. ¡Cerdo asqueroso! –oímos desde el jardín.

El caballero de familia desconocida murmuró una disculpa y se precipitó en busca de Cristiana. Las mujeres como ella necesitan constantemente ser consoladas por unos brazos que vienen y van, que han cruzado Europa de parte a parte y que de noche, al abrigo del heno, escriben promesas en francés sobre una piel que ya repudian.

–Ve con ellos –me pidió mi madre vertiendo té sobre la vieja desdentada.

–Se llama Natacha –repetí con una maldad mayúscula antes de abandonar el saloncito.

En el jardín, Cristiana aceptaba el pañuelo del extranjero con tal gracia que más parecía que daba su consentimiento para un baile que tomaba un simple trozo de tela. En una de las esquinas había bordadas dos iniciales: la E de Edgar y una M alargada en exceso que no supe descifrar. Me apoyé en la puerta y encendí un cigarrillo. Mi actitud daba a entender una indiferencia que estaba lejos de sentir, pues mis ojos no se apartaban de los ojos de Cristiana. Quizá por ese motivo mi hermana se colgó del brazo del intruso y caminaron pegados el uno al otro hasta el embarcadero. Di una calada larga y ahogué la rabia en mis pulmones. Allí permaneció un buen rato, hasta que mi deber recién impuesto me empujó a seguir sus pasos. Esta vez mandé la discreción al cuerno. Antes de que pusieran un pie en la barcaza lancé un grito de advertencia. Se lo había visto hacer mil veces a Inocencio, en plena noche, en mitad de una calle desierta de hombres y coches. Solía aullar el infeliz como un lobo en celo; daba miedo estar a su lado porque cobraba entonces un aspecto amenazador, igual que uno de esos criminales de novela que saltan a la yugular de los tarambanas, de todos aquellos que son incapaces de encauzar sus vidas y que por su torpeza merecen morir irremisiblemente y de la forma más cruel. Los pobres siempre mueren a manos de una tragedia exquisita, es su último acto glorioso. Tiré la colilla y me planté entre medio de Cristiana y Edgar M. Los ojos del hombre que había viajado por toda Europa eran verdes y amarillos, de gato. Me fijé en su nariz, torcida hacia la izquierda, y en su barbilla poderosa, y en sus labios llenos, y en sus mejillas salpicadas por una viruela que había hundido su juventud en la desconfianza. Era el intruso de una fealdad hipnótica.

–¿Qué quieres ahora? –me espetó Cristiana reanudando su enojo.

–No eres tú la que debes preguntar si no yo, ¿dónde te crees que vas?

El aire comenzaba a ser fresco. Mi hermana se abrazó en busca de calor.

–Permítame –se apresuró a decir el extranjero cubriéndola con su vieja chaqueta de sastre.

Sin mediar palabra me despojé de la mía y retirando aquella prenda pasada de moda y algo polvorienta envolví a Cristiana con ella.

–Si tienes frío será mejor que regreses a casa.

–Tú no eres mi padre –se defendió.

–Pero soy el que va a cuidar de ti a partir de hoy.

–¡Imbécil! –escupió arrojando la chaqueta al suelo.

Después Edgar M y mi hermana subieron a la barcaza.

–Permítame –habló de nuevo el extranjero ayudándola a acomodarse.

Completamente quieto los vi alejarse de la orilla. Edgar se despidió agitando el sombrero con mucha cortesía, sólo tras asegurarse de que yo no me movería del sitio. Cuando me encendí el segundo cigarrillo mi criado estaba junto a mí.

–La señora me manda decirle que van a empezar los rezos.

En el interior de la barcaza Cristiana desataba su risa de prima donna. Me dieron ganas de estrangularla

–Vamos –le dije sin apartar la mirada de sus botas. Su suciedad logró conmoverme por un instante.

Inocencio caminaba de forma apresurada, arrancándole al aire zancadas imperiosas, sin dejar de chasquear la lengua en el interior de su boca inmensa, ese abismo que desprendía un constante olor a vino de taberna. Nunca antes había despertado interés en mí su persona; sin embargo, al tenerlo tan cerca, no pude sino observarle con detenimiento, desde los pies a la cabeza, donde una cabellera crespa y abundante flotaba al compás de su marcha. Calculé que sobre la espalda amplia de Inocencio bien podrían cargarse al menos dos sacos de patatas, incluso imaginé que sería capaz mi criado de trasportar un muerto. Ese pensamiento me devolvió a Nicolás, mi padre. Inocencio había sido el último en verlo con vida. Recuerdo con exactitud cómo habían estado bebiendo después de la cena, frente a la chimenea apagada, vaciando botella tras botella y haciendo estallar los vasos contra el suelo. Brindaban a la salud de nadie, como suele suceder en estos casos. Los borrachos no necesitan velar por su existencia porque apenas se dan cuenta de que viven, de que sus bocas sirven para otro menester que no sea ingerir alcohol. Me pregunté, mientras cruzábamos el porche, si a caso mi criado sentiría algún pesar por la muerte de su compañero de correrías. Las relaciones entre los hombres de diferente condición casi siempre sorprenden por su complejidad. Nicolás obligaba a toda la servidumbre a llamarlo Señor Nicolás, con un tono solemne, pronunciando perfectamente la palabra “Señor” como si ni él mismo acabara de creerse merecedor de semejante dignidad. “Señor Nicolás por aquí, señor Nicolás por allá”. Esas eran las únicas frases que se escuchaban en mi casa a todas horas. Sin embargo, con los primeros velos de la noche, todo cambiaba y lo que antes había sido mandato indiscutible se tornaba de súbito en ley revocada, echada a un olvido pasajero frente a una chimenea que se llevaba los malos humos que exhalaban de la cabeza grandiosa de mi padre.

–Para ti soy Nicolás a secas –le decía derramando su coñac más preciado.

–Sí, señor –aceptaba Inocencio acercando su vaso con avaricia.

–Nicolás, hombre, Nicolás, ¿Es que no somos iguales?, ¿no estamos compartiendo mesa y confidencias? El coñac es el mejor amigo de los hombres como nosotros –sentenciaba mi padre, librándose de las etiquetas y adquiriendo una pose de pobre diablo–. Bebe, Inocencio, bebe hasta que te reviente el alma.

No escuché más porque subí de inmediato a mi alcoba. Cristiana me aguardaba al pie de la escalera. Sus trenzas estaban deshechas y traía la falda revuelta, puesta del revés.

–¿Está abajo? –me preguntó en un susurro.

Su voz era ronca y sensual. Por un momento quise que mi hermana fuera una desconocida. Por si acaso, aparté la mirada de su rostro, encendido y salpicado de sudor.

–Sí, está con Inocencio.

–¿Todavía?

Asentí en silencio. Cristiana entonces comenzó a retorcer con impaciencia los volantes de su falda.

–¿Por qué Dios nos ha castigado con un padre borracho?

Siempre que surgía algún contratiempo la ira de mi hermana se dirigía directamente a Dios.

–Es el peor padre del mundo, preferiría mil veces ser huérfana a tener que soportar a esa bestia.

Luego se sentó despacio en el peldaño más alto, con la frente erguida, como si fuera una reina a punto de presenciar la ejecución de un reo.

–¿Crees que la muerte de un borracho es importante? –dijo al cabo dejándome tan frío como una estatua.

–La muerte siempre es importante.

–Bah, no sé por qué me molesto en preguntarte nada. Eres un cobarde.

La tomé por los hombros con fuerza, después acerqué su boca a la mía y la besé con toda la rabia de la que era capaz. Sobre los labios me dejó un gusto a anís y a sangre.

–¿Un cobarde se atrevería a besar así a su hermana?

–¡Imbécil! –escupió atravesando el saloncito con la rapidez del rayo.

Frente a la chimenea, Inocencio y mi padre apuraban el quinto vaso. A sus pies yacían los restos de su particular contienda, una batalla que normalmente ganaba la inconsciencia.

–Salut, mon ami! –exclamaba Nicolás en un francés tan afectado como impropio.

Horas más tarde el hombre que se hacía llamar “Señor” protagonizaría una muerte sin importancia. Cristiana fue la primera en darme la noticia.

–Baja al saloncito, nuestro padre ha muerto –pronunció con una pasión conmovedora.

Cuando el criado se volvió hacia mí, sus facciones se me antojaron amenazadoras, como las de una animal herido. Hubiera jurado que en el corazón del bosque, Inocencio daba rienda suelta a su ferocidad. La muerte de Celina lo había convertido en un solitario peligroso, de esos que buscan compañía para liquidarla.

–A partir de este momento quiero que me llames “Señor Lorenzo” –le dije tomando la delantera.

–Sí señor.

Me dieron ganas de despedirlo. Los criados tienden a pensar en la inferioridad de sus amos, lo que les hace desconfiados y distantes. Una barrera que yo me impuse el deber de no traspasar de noche, frente a la chimenea. En el saloncito un frío intenso me dio la bienvenida. Allí encontré a Vladimiro y a Rosita, mis abuelos paternos. Las mujeres enlutadas se habían esfumado dejando un humo blanco en la estancia, las cenizas de todas sus penas.

–¡Muchacho, al fin nos vemos las caras! –exclamó Vladimiro extendiendo sus brazos de remo hacia mí.

Yo me dejé capturar por su alegría. Mi abuelo siempre estaba contento, era como si hubiera nacido para torear las desdichas. Ni siquiera había llorado al enterarse de la muerte del hijo.

–Qué le vamos a hacer, son cosas de la vida –decía encogiendo los hombros y dando una chupada a su cigarrillo.

Ocupando el lugar de la vieja desdentada se hallaba Rosita. Bajo un abrigo ajado asomaba el encaje de su camisón. Tenía los pies descalzos, parecía que algún malintencionado la hubiera arrancado del lecho para traerla hasta nosotros. Sus manos blancas y huesudas arrojaban monedas sobre la taza donde el té no había dejado de humear.

–Qué le vamos a hacer, son cosas de la vida –repitió Vladimiro mirando a su mujer.

Hacía un año que Rosita había perdido la razón. Ahora no vivía más que para escaparse de casa y correr hacia el mar. A la orilla de una playa que ya llevaba su nombre, mi abuela llamaba a los marineros que surcaban las aguas, con voz de sirena, y sin esperar respuesta se arrancaba el camisón para que la luna iluminara su desnudez, un cuerpo lozano todavía que despertaba su propia lujuria. Cristiana se mostraba desdeñosa con la madre de Nicolás. Decía que una vieja no tenía derecho a reclamar las atenciones de nadie, mucho menos de unos marineros que nunca estaban. Las dos tenían los ojos azules, de océano esquivo.

Mi madre sirvió más té. En su ataúd de roble mi padre dormía la borrachera de la vida.

– “Señor Nicolás, señor Nicolás…” –oímos desde el jardín.

Reconocí al punto el tono arrogante de Inocencio.

Junio 8, 2009

Algo huele mal

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 9:04 pm

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Algo huele mal, obra de Ubé

En efecto, el rellano apestaba. El olor comenzó a propagarse de madrugada, a hurtadillas, descendiendo sutil y etéreo, una mano invisible impregnada de hiel.

No le quedó otro remedio que reprender al vecino del tercero. Se armó de valor y llamó al timbre, tres veces seguidas, con determinación; repasando mentalmente su discurso para evitar olvidarlo en cuanto asomara su rostro por entre la puerta. Siempre le ocurría lo mismo. Su semblante de cordillera le causaba gran estupor, le hacía enmudecer y borraba de inmediato cualquier reproche. No se podía hablar con seriedad con alguien cuyas facciones definían a la perfección los Montes Universales en el carrillo derecho, Sierra Morena en el izquierdo, y un incipiente levantamiento pirenaico en la frente. No, de ninguna manera puede uno concentrarse con la visión de la geografía hispánica de su semblante, con unas venas azuladas que surcaban de parte a parte su piel cetrina. ¡Mira, el Ebro!, podía exclamar llena de alborozo. ¡o el Miño, sí, el Miño y más abajo, junto a la barbilla el Guadalquivir! El Guadiana aparecía y desaparecía por las aletas de su nariz, como si se adentrara a conveniencia en las profundas cavernas de aquella prominencia picuda y desafiante. Un pelo ralo y grasiento coronaba su cabeza apepinada, maltrecha y abandonada, como un desierto por descubrir.

–¿Qué quiere usted? –le preguntó aquel conjunto de cordilleras con aspereza.

–Mire usted…–comenzó a decir ella. Y su voz se fue perdiendo hasta caer sobre las baldosas sucias del rellano. Las bolsas de basura la acogieron en su seno, como si fuera una huérfana.

–¿Qué quiere usted? –repitió el vecino con indiferencia. Para su asombro, lucía unos zapatitos de charol blanco, reluciente como el vidrio. Lo observó con detenimiento y se percató entonces de que las aletas de su nariz acababan de engullir el Guadiana. Ella siguió su último rastro con cierta nostalgia. Todo lo que desaparece y aparece por arte de birlibirloque lograba conmoverla. Sobre sus zapatos de nube derramó una lágrima seca, tan gorda que se precipitó escaleras abajo

–Mire usted –repitió con ánimo renovado–, el rellano no es un contenedor de basuras, señor. Ni mucho menos un vertedero. Así que haga el favor de desalojar sus inmundicias o lo denuncio a usted las veces que haga falta denunciarlo.

Eso no entraba en su discurso. Había hilvanado para la ocasión frases que invitaban a la concordia, una gramática sutil y etérea como el olor que había comenzado a impregnar la escalera y que ya podía masticarse sin necesidad siquiera de abrir la boca. Sin embargo, se decantó en el último momento por un lenguaje más contundente. Prefirió las palabras afiladas, esas que se clavan como puñales en la conciencia del que las recibe.

Sostuvo su mirada con frialdad, pero de inmediato la cordillera Ibérica reclamó toda su atención y se vio esquiando a sus anchas por las pistas de Camarena, o recogiendo florecillas silvestres a la altura de Babia, ajena a la pestilencia que reinaba en la vecindad. De Sierra Morena surgió un grupo de bandoleros que le robaron el reloj y un pañuelo con sus iniciales bordadas.

–Mire que le denuncio las veces que hagan falta denunciarle –insistió señalándolo con el índice. Estaba empezando a acalorarse. Pequeñas gotas de sudor como perlas recién compradas recorrían su frente. La paciencia tiene un límite, pensó apretando los puños y sintiendo como en su estómago se desataba una tormenta de ira.

–¿Qué quiere usted? –repitió el hombre y, arrugando su rostro de cordillera, se rascó con indolencia la coronilla desértica.

–¡La basura! –le recordó ella al borde del estallido.

La falla de su cuello se movió lentamente hacia las bolsas de basura. Todo comenzó a temblar. El Guadiana se escondió de nuevo en las profundas cavernas de su nariz, los Pirineos iniciaron un plegamiento furioso; su frente cobró el aspecto de una pasa, pero era ésta una señora pasa pirenaica. Sus carrillos se abrieron como un abanico pétreo para después volver a su antigua posición. Notó que habían surgido montañas nuevas. El Ebro se desbordó y el Guadalquivir serpenteó con gracia dejando en su mentón un rastro húmedo. Pero cuando aquel rostro dejó de agitarse, ella sintió un leve temblor bajo sus piernas. Algo parecido a una lengua de fuego lamió su columna vertebral poniendo en alerta todos sus sentidos.

–Mire que lo denuncio los veces que hagan falta denunciarle –pronunció con la voz atenazada por el pánico.

No le dio tiempo a más. Las baldosas sucias del rellano se abrieron hambrientas para engullir su cuerpo.

Sus restos fueron encontrados meses más tarde, junto a unas bolsas de basura apiladas en el rellano del hombre de rostro de cordillera.

Dicen que de madrugada se escuchan sus pasos encadenados a un lamento suave, de melocotón pelado que ronda los umbrales sintonizando peldaño sí, peldaño no el dial de su eterna letanía.

–¡Mire que lo denuncio las veces que haga falta denunciarle! –exclama un eco con andares de chicharra

Junio 4, 2009

César en rojo (extracto del acto segundo)

Archivado en: Teatro — angelicamorales @ 8:21 pm

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Otra portada de Ubé

ACTO SEGUNDO.

(SE ESCUCHA UNA MÚSICA DE CABARET. LA LUZ SE VUELVE ROJA INTENSA. UNA FIGURA DE ESPALDAS Y VESTIDA DE ROJO SE CONTONEA AL COMPÁS DE LA MÚSICA. SE DA LA VUELTA Y VEMOS A SERVIO SUPLICIO QUE LLEVA UNA MASCARA EN LA MANO).

SERVIO SUPLICIO: (MIRANDO HACIA EL PÚBLICO). ¡Comienza el espectáculo! (DA UNA PALMADAS Y APARECE CÉSAR FLANQUEADO POR DOS ENFERMERAS. EMPUJAN A CÉSAR HASTA EL CENTRO. CÉSAR SE QUEDA QUIETO MIRANDO A LA MUERTE VESTIDA DE ROJO, O LO QUE ES LO MISMO, A SERVIO SUPLICIO DISFRAZADO DE MUERTE CARMESÍ. LAS ENFERMERAS RETROCEDEN UNOS PASOS Y SE CRUZAN DE BRAZOS. PARECEN DOS LEGIONARIOS).

JULIO CÉSAR: Ya me estoy acostumbrando a estos encuentros furtivos que se dan cita en el rincón más apartado de mi mente, en el centro mismo de mi fantasía desatada. A veces no consigo distinguir el sueño de la realidad pero de cualquier manera os siento, noto vuestra presencia aún cuando todavía no he cerrado mis ojos; a pesar de que todo transcurre a mi alrededor como de costumbre: los niños en la escuela, las madres concentradas en sus tareas, los esposos  en sus trabajos, lo ancianos esperando. Ese es el peor de los estados: la espera. ¡Lo que yo daría porque no me hicieráis esperar para darme vuestro abrazo, para aprisionarme en vuestro cuerpo y desnudar al fin mi alma de los harapos de su carne! ¿A qué esperáis dulce señora? No voy a resistirme, podéis tomarme cuando os plazca, me convertiré en vuestro fiel sirviente, en vuestra mayor ramera. El César también puede prostituirse.  Su naturaleza humana lo dota de una magnífica facilidad para la corrupción. Venid  y corrompedme. Haced de mi un miserable, convertirme en una doncella gritona, travestidme, hacedme sentir insignificante como una de esas pobres mujeres que son golpeadas por manos amadas; pegadme, muerte maldita; arremeted contra mi divina persona y demostrarme que yo también estoy condenado, que incluso el César acaba apagándose como un fuego que deja de alimentarse. Porque así me siento, con el estómago vacío, con la mente hueca, con los huesos rotos. Alimentadme con el fin, pero apresuraos señora, el César no es muy paciente. Mi dignidad me impide permanecer por mucho tiempo postrado a los pies de nadie; ni siquiera a los vustros, a esos pies que han sido besados por grandes hombres, por hombres tal vez más grandes que yo. No importa, también ellos se resistieron en su momento, se revolvieron en el último instante y dejaron de ser rameras; recuperaron el orgullo y alzaron sus cuellos para poder mirarle de frente, sin temor. No hay que temer lo inevitable, señora; por ese motivo os tengo un miedo atroz, porque no se puede evitar temer a la muerte. El temor es la vida. Si no os temiera significaría que ya estoy muerto. ¿Por qué sonreís señora? ¿Es eso? ¿Estoy muerto o continúo soñando? ¿He asesinado mis sueños y vivo sin capacidad para soñar? Hablad. Sé que sonreís tras esa mascara que oculta vuestro rostro.  Sólo silencio recibo de vos, señora; nada puedo hacer ante él. El silencio amordaza nuestras lenguas, le hace un torniquete al pensamiento impidiéndole manifestarse. Calláis y es como si me apuñalarais el alma. (JULIO CÉSAR CAE DE RODILLAS). Me desesperáis, señora; hacéis que sienta asco de mi mismo, me siento sucio (JULIO CÉSAR COMIENZA A LIMPIARSE CON LAS MANOS) Muy sucio. Dejad de ensuciarme… Parad, por los dioses, tened piedad de este pobre César. Todos mis crímenes se manifiestan ahora: una mancha, un delito… No cesan de brotar manchas en este cuerpo impoluto, divino. Los dioses como yo somos inmaculados, estamos llenos de una luz blanquecina que nos protege de las leyes de los mortales, por eso violamos las reglas; podemos hacer con el mundo lo que nos plazca, somos sus dueños. Y ahora el mundo va a dejar de pertenecerme. (JULIO CÉSAR SE QUITA LA TÚNICA Y MIRA SU OMBLIGO) Mi mundo se está haciendo pequeño. Se me desinfla. Se me va por el ombligo, ese ombligo maldito que me unió a la que me dio el ser  ahora quiere engullirme; es una tubería atascada que vomita los capítulos  oscuros de mi vida y apesta. Este ombligo apesta. El mundo huele a cloaca. Mi mundo es mi ombligo y mi ombligo ha dejado de reconocerme. Haced algo señora, decidle que soy César, que le ordeno que vuelva a adorarme, que me traiga ofrendas. Rápido, hablad, pronunciad una sola palabra aunque no sea cierta; insultadme, fustigadme con el látigo de vuestra lengua, pero no me regaléis el silencio; no soporto que el silencio me devore. El silencio daña mis oídos, baja por el cerro de mi garganta y se instala en mis pulmones (CÉSAR GRITA DESESPERADAMENTE , RETORCIÉNDOSE MIENTRAS LAS ENFERMERAS Y  LA MUERTE, QUE SE HA SENTADO EN UN TABURETE,  SACA DE SU CAPA UN BOCADILLO DE CALAMARES Y COMIENZA A COMER) Matadme señora. Acabad conmigo de una vez. No quiero que nadie me vea así. No deseo ver en sus rostros la piedad dibujada, el triunfo esbozado en sus pupilas, el sudor de sus manos, sus sonrisas cómplices, sus lágrimas provocadas, sus lamentos coreografiados. No podré soportarlo. No he nacido para verme morir a mi mismo y en todos ellos estaré muerto. Ya lo estoy. Deben estar celebrando mis funerales mientras yo converso con vos. Es posible que a estas horas brinden con mi mejor vino por sus futuros horrendos. Mis hombres, mis mujeres, mis hijos… incluso mis madres; todos se reirán de mi muerte y danzaran frenéticos sobre una tumba que todavía no ha sido excavada, y borrarán mi memoria, y maldecirán mi nombre… Pequeños hipócritas. Ignoran que mañana necesitaran mi poder, olvidan que yo jamás moriré del todo, que rebuscarán entre mis cenizas la esencia de lo que fui, y que cuando posean todo lo que me  arrebataron volverán a quedarse sin nada; porque habrá otros que desearán su muerte y la celebrarán, mientras ellos creen estar viviendo su gloria. Sí, señora mía, mi alma permanecerá aquí y se vestirá de púrpura cada día, y conquistará nuevas tierras y yacerá con nuevas mujeres y tendrá nuevos hijos que serán repudiados por sus hijos y por los hijos de sus hijos. No hace falta dejar de respirar para morir. Yo ya estoy muerto. Sucio, cansado y muerto. Pero vos continuáis infringiéndome dolor, dejándome al cuidado de ese ejército de enfermeras asesinas, que tienen la fuerza de un millar de  legionarios y el tacto de una tortuga. Sólo la memoria es eterna, el recuerdo es la inmortalidad. Yo permaneceré en el recuerdo y en la memoria de los hombres por los siglos de lo siglos. Y ahora matadme, dejadme descansar; necesito dormir sin tener que ingerir pastillas rosas y naranjas, disfrutar del calor de los brazos de Morfeo sin el temor de que arranquen de ellos una cohorte de enfermeras disciplinadas. Exijo mi derecho a morir con la dignidad de un César, con la pompa de un dios. Dejad que muera de pie, con la espada alzada, guiando a mi ejército; o mejor dejad que lo haga después de que Roma me agasaje, tras mi desfile triunfal por sus calles, mientras el gentío me aclama y las jóvenes me sonríen con las mejillas rubicundas. Dejadme morir lejos de la mirada de curiosos. No quiero que los fotógrafos inmortalicen mi agonía, os prohíbo que se me haga una entrevista póstuma. Quiero desaparecer de este mundo como vine; quiero recuperar al marcharme la inocencia que extravié en los caminos, en los pliegues jugosos de alguna carne que no recuerdo, en las sandalias que un día cubrieron mis pies, en la risa que no dejé aflorar, en los cultos que me cegaron, en las victorias que amargaron mi boca, en las vidas que ordené sesgar… Es lo único que os pido ¿Me concederéis al menos ese deseo?

(LA MUERTE DEJA DE COMER. LO MIRA. SE QUITA LA MÁSCARA Y CÉSAR RECONOCE EL ROSTRO DE SERVIO SUPLICIO).

SERVIO SUPLICIO: ¡Coño, que buenos estaban los calamares!

(JULIO CÉSAR GRITA).

JULIO CÉSAR: ¡Hija de puta….!

SERVIO SUPLICIO: Dadle su medicación, esta noche ración doble de pastillas rosas y anaranjadas.

JULIO CÉSAR: (GRITANDO): ¡No!, ¡dejadme, os lo suplico, os lo ordeno! No me pongáis ni un gotero más, no me obliguéis a ingerir ni una pastilla más.

(LAS ENFERMERAS TRAEN UNA CAMILLA Y SUBEN EN ELLA A JULIO CÉSAR. LO SUJETAN POR LOS BRAZOS).

JULIO CÉSAR: Escaparé, lo juro por los dioses. Lograré romper vuestras cadenas, muerte maldita, monstruo de infinitos  rostros; seguro que tenéis  uno para cada ocasión. Os equivocáis, señora, si creéis que habéis conseguido engañarme siquiera un instante. Vos no podéis ser mi fiel amigo Servio Suplicio, aunque tengáis las mismas facciones, por mucho que os esforcéis en  imitar su voz, pese a engullir esos grasientos bocadillos. Me niego a aceptarlo, y os escupo en vuestra cara; escupo vuestro vano intento por confundirme de nuevo (JULIO CÉSAR ESCUPE. UNA ENFERMERA LE HACE INGERIR LAS PASTILLAS. JULIO CÉSAR SE TRANQUILIZA UN MOMENTO, LUCHA CONTRA EL SUEÑO). En esta batalla vos tenéis clara ventaja, amiga mía. Yo estoy solo y en cambio a vos os rodean las hordas de la sanidad pública. (JULIO CÉSAR MIRA A LAS ENFERMERAS) ¿Cómo os llamáis jovencitas? No digáis nada, no quiero saberlo. Os bautizaré yo mismo: tú serás, Roberta (SEÑALA A UNA) y Tú, Leonora.

(SERVIO SUPLICIO BATE DE NUEVO LAS PALMAS. LAS ENFERMERAS SE ACERCAN  A ÉL. SERVIO SUPLICIO LES ENTREGA LA MÁSCARA Y EL MANTO ROJO QUE LO CUBRE. BAJO ÉL SE ENCUENTRA SU UNIFORME DE LEGIONARIO.  SACA DE SU CORAZA LAS ZAPATILLAS DE ESTAR POR CASA Y SE QUITA LAS BOTAS. JULIO CÉSAR HABLA COMO EN SUEÑOS).

JULIO CÉSAR: Leonora, Roberta, no os marchéis, no abandonéis a este pobre moribundo, no me neguéis el placer de vuestra compañía. Preparáis unas pastillas tan deliciosas. Vuestro rico manjar me sume en la calma, me atonta el pensamiento, me nubla la vista y me hace ver bello lo que en realidad es horrendo.

(LAS ENFERMERAS DESAPARECEN POR UN LATERAL).

Junio 2, 2009

El otro

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 9:01 pm

(Publicado en el Diario del Alto Aragón, domingo, 31 de mayo de 2009)

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Obra de Ubé.

Mientras tú suspiras yo me crezco, poco a poco, haciéndome humo blanco, escapando avergonzado a través del filo de tu mirada que acaba como siempre cortando de cuajo  mis malas intenciones.

Mientras tú duermes yo me sueño lejos, vestido de don nadie, arrastrando por el fango el baúl  insulso de tus recuerdos.

Mientras tú comes, yo vomito tu amor, dos pasos más allá, en la habitación  azul que guarda nuestros cuerpos desnudos de cariño.

Mientras tú me buscas, yo me escondo a tu espalda y pellizco tus muslos blancos que se deshacen entre mis dedos como arena de un desierto sin nombre. Y me llamas y no acudo y me gritas y me callo, apretando dulcemente los labios que ya no habrás de besar.

Mientras tú suspiras yo renazco en  tu garganta por donde trepo hasta alcanzar el abismo de tu indiferencia. Y me miras sin verme, y me palpas sin sentirme y me  humillas queriendo y me someto a regañadientes, muy lento, con la furia domesticada.

Mientras tú  me maldices yo construyo a tu alrededor un templo que te atrapa, y te rindo culto todos los miércoles a las cinco, después de que ya te has ido.

Mientras tú te miras al espejo yo me hundo entre las sábanas negras, aquellas tan frías que conservan  el olor de tus  pechos. Y exploro el vacío, y atravieso las fronteras de tu cuerpo y me doy de bruces con un neón que anuncia  a medias tu mentira.

Mientras tu esperas yo llego puntual a la cita. Y me fumo para adentro, como una chimenea  tapiada,  y me embriago de mí para tenerte y toso y te expulso y te alejo de un manotazo ciego y hostil.

Mientras  te olvido estoy convencido que me recordarás.

Mayo 27, 2009

Las piernas de Tomasa

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 6:29 pm

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Las piernas de Tomasa, obra de Ubé.

Nadie había osado jamás levantar el rostro más allá de sus rodillas de cordillera, ni de buscar en la lejanía la mirada de unos ojos que todos imaginábamos oceánicos. Nos conformábamos con habitar bajo sus piernas de pilastra, tan poderosas que a menudo nos abrazaba un miedo bíblico al pensar qué ocurriría si aquellos titanes que sostenían nuestro mundo se venían abajo sin previo aviso, sin gritar: ¡ahí va mi tibia, señores! o ¡cuidado no le vaya a partir la crisma con el peroné de mis amores! Tomasa era muy suya, por eso la amábamos con desmedida necedad. Hacía tres años que me había instalado en su gemelo izquierdo y desde entonces gozaba de una vida plácida y sin sentido. A menudo solía encontrarme con otros de mi especie a la altura de sus talones esteparios y conversábamos largo rato acerca de estupideces, pomposos discursos que nos dejaban llenos de nada, abismos a los que de tiempo en tiempo era conveniente asomarse.

—Y dígame señor, ¿permanecerá algunos días más en nuestra compañía? —solía preguntarme cada anochecer un caballero con aspecto de merluza a la romana.

Yo me limitaba a encogerme de hombros, y a dejar que mi desventura vagara por las baldosas del suelo. Nada era tan importante como permanecer sumido en el misterio, ese estado que para algunos se tornaba gaseoso al amanecer y los hacía elevarse con impertinencia hacia una esperanza que siempre se vestía de golfa, de esas que escupen sentencias al hablar y menean unas caderas metálicas y chirriantes cuando caminan, como si arrastraran los grilletes de todas las cárceles conocidas.

—Pudiera ser —decía al fin chasqueando la lengua con chulería.

Una solterona de pelo soviético pasó a nuestro lado, casi rozándonos. Traía la frente empapada en un sudor perlado, de collar de novia. Sus ojos negros y achinados apuntaban directamente a la punta de unos zapatos cuya castidad estaba empezando a ponerse en duda, pues se adivinaba en ellos cierta desvergüenza. Sonrió la mujer con un arrobo pasado de moda y después se perdió en el muslo de Tomasa, dando pasitos cortos y estudiados, sin dejar de acunar suspiros en su pecho de matrona.

Un silencio sospechoso vino entonces a instalarse a nuestras espaldas. Más allá de mi cogote el bullicio despertó a la pereza, voces desgarradas que maldecían haciendo gala de una educación envidiable.

—Váyase a la mierda, señorita —decía uno.

—Faltaría más, capullo, pero usted primero.

—De ninguna manera, mademoiselle, las cabezas huecas siempre delante.

—Que le den morcilla malagueña, estimado señor.

Me giré hacia el caballero con aspecto de merluza a la romana y le pregunté sin más:

—¿Qué ocurriría si levantásemos nuestras narices de botón hacia el infinito?

La alegría danzó un instante sobre sus labios de reptil.

—Me temo que todo habría terminado. Nos daríamos de bruces con una realidad de color sepia.

De inmediato las piernas de Tomasa temblaron violentamente, como sacudidas por un enfado pasajero. Al poco, toda su monumentalidad se vino abajo, dejándonos desamparados, a solas con nosotros mismos.

Cuando al fin me atreví a levantar el rostro, unos ojos chiquitos me enfocaron con obstinación. De súbito se habían secado todos los océanos imaginados.

—¿Qué mira usted, imbécil? —me espetó Tomasa.

Me eché a un lado confundido. Todavía me costaba mantener la cabeza erguida.

—Nada —balbucí.

En mi garganta, el alfabeto era tan sólo un reducto arqueológico.

—Los hay con una jeta —murmuró mi antiguo sostén.

Vi a la solterona caer sobre el asfalto, su cabello desprendía ahora fogonazos de resignación, casi serviles, como si estuviera obligada a rendir pleitesía a la mala fortuna. Todas las realidades se asentaron de golpe sobre nosotros cortándonos de cuajo el misterio, ese hilo invisible que nos suspendía a los sueños.

—Váyase a la mierda, señorita —le dije con donaire.

—Bésame los talones, vejestorio —contestó Tomasa olvidada de toda magnificencia.

Mayo 22, 2009

Antes que nada

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 9:18 pm

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Antes que nada, obra de Ubé.

No entiendo de amor, esa es la verdad. Mis encuentros siempre han sido breves, una mirada oportuna en un garito apestando a humo y desilusión, que si rozo su trasero en la pista, que si ella abre la boca para soltar risas y mentiras, que si más ron con coca cola por favor. Y la música martilleando mis oídos, naturalmente, y ese aroma a sudor dulce que me embriaga acabando de golpe con mi paciencia. Los hombres somos así, animales salvajes. Eso no lo digo yo, que conste, es Paula quien lo afirma, después de subirse las bragas y pintarse los labios. Me gusta, sí, su aspecto de mujer fatal y su forma de mover las caderas, también ese mal genio que la sacude en cuanto da por terminado el revolcón.

—Y no pienses que voy a darte mi teléfono.

Tiene la voz ronca, de gata maullando bajo el chaparrón. Enciendo un cigarrillo y aparto la mirada de su escote. Antes de arrancar el coche, la miro por última vez. Está guapa despeinada. Me dan ganas de volver a tenderla en el asiento trasero y meterme en ella. Las entrañas de una mujer son como ríos que no acaban de desembocar.

—A qué esperas, llévame a casa.

Cruza las piernas Paula, completamente vacía de mí. Ahora supongo que no hablará. Siempre es la misma historia. Hundo el pie en el acelerador y doy una calada, sin soltar el humo, como si fuese ella la que atraviesa mi garganta con sus tacones.

Ya nos conocíamos Paula y yo, íbamos al mismo instituto. Ella era entonces más flaca, casi el palo de una escoba, y llevaba el pelo corto, a lo garçon. Nunca he entendido esa obsesión de las jovencitas por parecer un tío. La prefiero así, dueña de una melena indómita, también con la carne forrando sus huesos. Cuando estábamos en primero de BUP, salía con el chori, un muchacho alto y desgarbado que no quería ser nadie en el futuro. Bebía mucha cerveza el chori, y su boca de cuchillo sostenía a todas horas un porro apagado por la desidia. Nos pelábamos las clases a menudo para escapar a la playa y gandulear, entregarnos a elucubraciones color tabaco, sin más. Ninguno de la pandilla pretendía ser un premio Nóbel, nos conformábamos con un trabajo digno que nos permitiera pagar nuestros vicios, alcohol, por supuesto y maría, el resto no tenía importancia. El matrimonio sonaba a guasa.

—A mí no hay quien me aguante —decía quemando una china. Tan moderna, Paula.

En tercero, le perdí la pista. Dejó el instituto y estuvo un par de años dando tumbos por ahí, sin dedicarse a nada en concreto. Al chori le dio puerta enseguida, en cuanto conoció a Braulio, un intelectual medio calvo que la convenció para que enseñara las tetas en el escenario. Actriz, sí; creo que Paula se convirtió en actriz.

La noche se ha vuelto fría. En el maletero he dejado mi chaqueta de cuero. No, no es una chupa con cremalleras como las de antes, es un modelo discreto. Ya no soy un chiquillo. El instituto pasó, la playa no guarda hoy mis secretos, ni enfría las litronas en la orilla. He comprendido que los recuerdos son humo y se esfuman a ratos enredándose a las telarañas del techo en casas que no nos pertenecen. Ayer, el tranvía no alborotaba el paseo ni yo esperaba ponerme al mando de uno para serpentear entre las aceras y tocar la bocina a las mujeres hermosas. A Paula, claro, una tarde de agosto, al doblar la esquina del instituto, ¡moooooccccc!. Dio un respingo y me miró a través de sus gafas. Pantaloncito corto y camiseta ceñida, el pelo recogido en una coleta alta que se movía con ritmo propio. No me reconoció, al menos no ese día. Me dieron ganas de sacar la cabeza por la cabina y gritarle.

—¡Eh Paula, soy yo, Andrés Solís, el mejillón!

A mí en el instituto me llamaban así, vete tú a saber por qué; se me ocurre que pueda ser debido al color naranja de mi pelo, pero eso fue años antes, cuando calzaba a todas horas unas náuticas y llevaba la raya al lado y un flequillo de Spandau Ballet que soplaba de forma automática para presumir ante las chicas, calderilla en los bolsillos, qué remedio, y entre las manos, sudor y sueños.

Una semana más tarde, volví a toparme con ella. Esta vez subió al tranvía, en el primer vagón, muy cerca de la cabina. En una parada en la que debía hacer trasbordo, me acerqué a Paula, como si tal cosa, masticando chicle y metiendo tripa.

—Hola —le dije—. ¡Cuánto tiempo!

—Perdona, ¿nos conocemos?

Me rasqué la barbilla y sonreí. A Paula siempre le gustó mi sonrisa, decía que era como un pedacito de cielo; sí, un cielo de primavera, ancho y despejado. Confieso que la forma de hablar de Paula me resultaba empalagosa, se empeñaba en ponerle mucha poesía al asunto, a cualquier cuestión, incluso a la más tonta. Ya lo he dicho, ninguno de la pandilla aspirábamos a ser un premio Nóbel.

—Ya lo creo, íbamos juntos al insti.

Sonrió perezosa, como si acabara de despertar de una siesta.

—Eres el chori, ¿a que sí? ¡qué fuerte!

Planchazo, eso pensé, e inmediatamente solté el aire dejando en libertad mis michelines. Mi aspecto me importaba un carajo ahora que me había confundido con otro.

—No, soy Andrés Solís, el mejillón.

—¡Coño, el mejillón!, haberlo dicho antes —exclamó golpeándose el muslo.

Me pregunté a dónde habría ido a parar el lirismo de Paula, ese verde que te quiero verde lorquiano que declamaba en el aula de teatro totalmente extasiada, igual que si bajo su falda hubiese un enano lamiendo su sexo.

—Termino mi turno dentro de veinte minutos, si te apetece podemos tomar un café.

Me dijo que sí, que bien, que me esperaba sentada en un banquito de la estación, pero que mejor una birra porque estaba tan seca como el desierto del Gobi.

Bajamos juntos del tranvía, en silencio; yo masticando chicle, ella haciendo bailar los volantes de su falda, cortísima y negra, como una tarde de invierno. Al poco, frente a una mesa sucia, fue desnudando sus miserias, gajo a gajo, como quien pela una naranja; funciones tristes en pueblos que ni siquiera figuraban en los mapas, nicotina alrededor de los dedos y polvos de arroz en el rostro, cantidades ingentes de aburrimiento sobre escenarios estrechos, pan y salami entre los dientes; en la maleta, bragas del todo a cien y algún vestido de moda para no olvidar el paso del tiempo.

—Ya ves, Andresito, nunca planifiques tu vida si no quieres que ésta acabe dándote por saco.

No contesté. Mis ojos estaban detenidos en su escote. Las tetas de Paula son firmes y emergen curiosas a través de la seda para retar al mundo y de paso a la gravedad. Duros, sí; me fijé en que sus pezones estaban duros, como si en su imaginación ya los hubiese pellizcado.

Tres cervezas más y nos dijimos adiós.

—Y no pienses que voy a darte mi teléfono.

Esa es su frase preferida, también la repite ahora, a mi lado, mientras deja vagar la mirada por un paisaje de cemento y neón.

—Para, me quedo aquí —dice de pronto.

Cada vez la dejo en un sitio diferente. Teme que Braulio, su marido, pueda verla en compañía de otro hombre. Acaba de cumplir cincuenta y ocho años, Braulio, y no le queda ni un solo pelo en el cogote. Lo imagino encima suya, resoplando por el esfuerzo, con la frente sudorosa y la boca abierta. No sé por qué pero creo que los intelectuales deben follar de pena, que prefieren desplegar la lengua antes que derramar su semen. Me da por pensar que son pavos reales que la palman en un orgasmo de mosquito, visto y no visto. Yo no, a mí Paula me pone muy cachondo, y mientras me besa, le pido que me masturbe despacio hasta que mi polla no cabe en su palma, tan complaciente Paula.

Estamos en una plaza pequeña rodeada de árboles y jovencitos pelmazos. Se gira hacia mí y me lanza un beso de despedida. Nunca me toca cuando estamos cerca de su casa.

—Ya nos veremos —y se alisa la falda con gesto impaciente.

Huele Paula a engaño, a chicle de menta y a recreo.

Tienen que pasar dos días más antes de que pueda volver a verla, antes aún el tranvía ha doblado la esquina del instituto y tocado la bocina a una mujer hermosa, una desconocida de falda corta y camiseta ceñida que camina al lado de un hombre en ruinas.

—¡Eh, Paula, soy yo, Andrés Solís, el mejillón! —he querido gritarle.

No entiendo de amor, esa es la verdad, pero quizá se me ha metido en la cabeza que amo a esa mujer, a la extraña que se ha convertido en actriz y que ayer suspendía matemáticas. Tan perra, Paula, tendida sobre la arena como una muerta en vida mientras el chori le mordisqueaba el cuello con sus colmillos de roquero.

Ni teléfono ni gaitas. Nuestra siguiente cita no necesita más que de la casualidad, esa costumbre que ha acabado por adquirir la forma de una estación de paso, con banquitos de piedra puestos al sol de la esperanza. El número cinco, ese es mi tranvía con destino Neptuno; allí descargo turistas y familias al borde del aburrimiento. Entre un batallón de sandalias y faldas cortas busco a Paula, un día tras otro, tardes y mañanas de espera, cigarrillos que se apagan entre mis labios convirtiendo en ceniza la paciencia. Hasta que una noche detecto su rastro a sudor dulce en uno de esos garitos que apestan a humo y desilusión; que si rozo su trasero en la pista, que si ella abre la boca para soltar risas y mentiras.

—Mira Andresito, lo nuestro se ha terminado. Finita la comedia, así, como lo oyes —me dice mientras el ron con coca cola baila entre sus manos.

Al fondo, un grupo de niños viejos parecen querer comérsela, esos tipos echados a perder por los sueños, que continúan acudiendo a la facultad a pesar de haber sobrepasado los cuarenta, intelectuales de medio pelo que más que follar la palman en un orgasmo rápido, de moscardón playero.

Antes de nada quiero decir que fue un accidente, que no la vi venir, que aquella mujer hermosa se me echó encima, como si fuese la mismísima Ana Karenina, y que conste que al doblar la esquina del instituto le toqué la bocina… ¡mooooooccccc!, pero Paula se quedó quieta en mitad de las vias, con su falda corta y su camiseta ceñida. A mí me da que siempre le puso mucha poesía al asunto, a cualquier cuestión, incluso a la más tonta.

Ya lo he dicho, no entiendo de amor; esa es la verdad, señor juez.

Mayo 19, 2009

La caricia del buitre

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 6:41 pm

nobody-home-web

Nobody Home, obra de Ubé

La niebla es tirana en Huesca. Desde la ventana de mi despacho puedo ver su abrazo estéril, de un blanco sucio aunque insinuante, como la sonrisa de una mujer lejana. En ella pienso, en Nadia, ese nombre que se pierde entre mis labios y que tiene el sabor del algodón dulce. Hoy no ha visitado el archivo, tal vez mañana vuelva a contemplar sus manos pálidas escarbando entre los papeles. Sí, ahora que lo recuerdo se ha dejado la pluma sobre mi mesa. Hay amores que se presentan de pronto, en un pasillo estrecho que huele a olvido, precisamente cuando empezaba a rendirme. Nadia y su falda corta, y sus labios rojos, y sus medias rotas a la altura de las pantorrillas. Podría decirse que es ella la que ha venido en mi busca, una mañana cualquiera con el cielo tan aburrido como gris. Antes que su voz, mucho antes que el sonido de sus tacones, me llega su aroma. “Buenos días”, me dice, “busco información acerca de un teatro que debió ubicarse en el siglo diecinueve en el Coso bajo, más o menos donde se encuentra hoy la caja de ahorros”. Es Nadia, alta y flaca, con la cintura atada a los huesos, de ojos grandes y claros. De vez en cuando pestañea, pero sólo para dar a entender un entusiasmo pasajero; por lo demás, su presencia es gélida, como la de una estatua que se hubiera levantado de un mausoleo, y hermosa, y altiva y…

—Perdone, ¿he venido al lugar adecuado, verdad? Esto es el archivo.

Arrastra una ronquera elegante, también las erres, ese acento catastrófico propio de los extranjeros, como si en sus gargantas, el alfabeto estuviese en guerra.

—Claro —le digo. Y de inmediato me pongo a buscar lo que me pide, con el firme propósito de convertirme en héroe, en un tipo capaz de desentrañar los enigmas del mundo. Mi universo es pequeño, eso pienso evitando encontrarme con su mirada atormentada. No sé por qué extraña razón las mujeres del este parecen prisioneras de sí mismas, igual que si en su interior les aguardase a todas horas un pelotón de fusilamiento. Se sienta Nadia, despacio, en la silla en la que suelo depositar mis cosas, libros y varias revistas dominicales pasadas de fecha y con las hojas dobladas. Y entonces suspira, deshaciéndose toda. “No tardo nada”, le digo. En la pantalla comienzan a abrirse carpetas; “casi está”, le digo. Sonrío siempre hacia abajo, hacia mi propio abismo. “No tengo prisa”, eso contesta ella, cruzando las piernas, mordiendo levemente su labio inferior. Y yo mientras tanto no dejo de alborotar el ayer, pincho aquí y allá noticias polvorientas. El pasado debe de tener un tacto áspero, lo mismo que escama de dinosaurio; eso no lo digo, por supuesto, pero lo pienso. En mi boca la palabra teatro cobra un significado grandioso, casi tanto como el palacio de invierno de San Petersburgo. No puedo evitar preguntarle que por qué busca precisamente ese edificio y no otro. Se encoge de hombros, echando a un lado su melena lacia. Es rubia, Nadia, igual que todas. “Vivo allí”, me dice forzando una sonrisa, después silencio. Sudamos los dos bajo la ropa, lo sé. Mi despacho es ahora una sauna íntima en la que se dan cita dos desconocidos, sin querer, como suceden las cosas más importantes. “Además, me apasiona el teatro”. Sobre el teclado, mis dedos se detienen. La confesión de Nadia tiene tintes dramáticos, como si su apasionamiento no fuera sino una perdición. La imagino de pronto, griega, su cuerpo flaco ceñido por una de esas túnicas imposibles que dejan al descubierto la intención. Una copia de Hécuba disparando a través de sus labios rojos todo el infortunio de la humanidad. “A mí, el teatro también me gusta”, respondo. No quiero que mi entusiasmo salga a la superficie. Soy un hombre de mediana estatura, medianos conocimientos y un pudor mayúsculo. “Me gusta, sí”, repito garabateando en un folio. Fuera, la niebla comienza a disiparse para descubrirnos la ciudad, ese alboroto diario al que llamamos vida. Nadia se retuerce en el asiento, cambia ahora la posición de sus piernas enredándolas bajo una falda demasiado corta. Me asalta el deseo, quiero tocar la seda de sus medias, noto cómo mis manos se crespan. He de respirar dos veces, seguidas, tal como me enseña ese psicólogo de pago que finge preocuparse por mis problemas. Neuras, así las llama él, luego me acompaña hasta la puerta sin dejar de darme palmaditas en la espalda. No recuerdo cuánto tiempo llevo ocupando su diván. Sólo sé que tiene un muelle flojo y chirría cada vez que me alzo para gritarle en su cara que es un gilipollas. Los psicólogos se lo tragan todo, incluso los cuentos chinos. Muevo el ratón por última vez zanjando mi tarea. “Sígame”, le pido. Es obediente Nadia, coge su bolso y sonríe, como si acabara de encontrar a un viejo amigo. Sé que inspiro confianza, tengo el aspecto de un ave nocturna, un búho quizá, de esos que descansan el aburrimiento sobre la rama de algún olmo. “No, qué va, mejor un buitre”, me corrige el psicólogo, cada tarde, de seis a siete; así que no me queda más remedio que cerrar los ojos y continuar mintiéndole, despacio. “¿Ha encontrado algo?” Eso dice la rumana sorteando un par de cajas, después tropieza en un escalón, justo el que conduce al sótano. “Allí guardamos casi todos los fondos”. Al hablar rozo su brazo. Huele Nadia a champú barato, a chicle de fresa y a bolas de naftalina. Me fijo entonces en su chaqueta, negra y raída, mordida por un tiempo que está empezando a esfumarse. “El archivo se construyó sobre las ruinas de un palacio”, le digo haciéndome el interesante. Hace frío, por lo que decido quitarme la bata y colocársela sobre los hombros. En el bolsillo derecho están bordadas mis iniciales. “¿B J?” Pregunta coqueta. Me veo obligado a desvelar mi identidad: “ajá, Bartolomé Jiménez para servirle”, y de inmediato la reverencio, como si fuese una condesa descalza e impúdica. Al poco, retomamos la marcha. A mi espalda escucho su respiración pausada, y me pregunto qué mecanismo oculta su pecho, de qué están hechas las mujeres hermosas y tristes; si acaso la lejanía que envuelve su mirada no es un velo de muerte, como la niebla que regresa nuevamente para tomar las riendas de la tiranía. “Así que el teatro”, le digo haciendo pedazos el silencio. No contesta. Más escalones, después un giro hacia la izquierda, dejando a un lado y a otro habitaciones ridículas que en vez de ventanas, exhiben cientos de ojos ciegos en sus paredes. Entre mis dedos, hago girar una moneda. Me he repetido muchas veces que es mi amuleto de la suerte, pero en realidad no vale nada. La suerte hay que ir a buscarla, trepar si es preciso hasta su cumbre. Ignoro el motivo de ese pensamiento, pero desde hace algún tiempo sostengo la teoría de que la suerte es una montaña. “Todos los oscenses se creen montañeros”, se mofa él .Mi psicólogo prefiere el mar, sobre las olas vomita las desilusiones, una a una. Yo le digo que en efecto, que en Huesca la montaña nos llama, es una sirena obesa encallada en una playa de piedra, testaruda y cruel. No duda en pedirme que le relate el episodio aquel acontecido en lo alto del Gratal, al ras de un cielo azul e insensato. “Váyase a la mierda”, le escupo. Sin embargo él insiste, cada tarde la misma historia. “Venga, hombre. Érase una vez un buitre…”, comienza a recitar. Tiene una boca fina, cortada a cuchillo, y sus carrillos se inflan al hablar, como si fuese un pez globo intentando capturar el aire. Después se rasca la barbilla con la punta del lápiz. Escribe siempre mi historia con carboncillo, negándome la posteridad.

—¿Falta mucho?

Se ha detenido en un pasillo desangelado, Nadia, y tirita bajo la bata. “Enseguida llegamos, ya sabe usted cómo son estos edificios oficiales, laberintos de faunos hambrientos”. Me dice sí meneando la cabeza. Su melena permanece rígida, paralizada por el suspense. Me acerco a ella y tomo su mano, sobre la palma deposito un beso. Otra vez dice sí, disimulando el asco. “Venga Bartolomé, qué pasó con los buitres en la montaña”. Hace una semana que ha decidido tutearme. Se recuesta en el sillón y aprieta  su cuaderno de notas, entre sus páginas imagino un acantilado con nombres y apellidos. “Está bien”, digo al cabo acomodándome en el diván. “Lucía el sol aquella mañana, me levanté temprano pero en vez de darme una ducha me quité las legañas frente al espejo”. “Eh, eh”,  me interrumpe el psicólogo. “Sáltate los detalles”. Está nervioso, sé que el episodio de los buitres le ha dejado perplejo, como si un físico nuclear hubiese venido a su consulta a pedirle cuentas. “En la mochila introduje dos litros de agua y un refresco de limón”, continúo, “varios bocadillos y chocolatinas, todas las que me cupieron en las manos”. Ríe el psicólogo, echando la cabeza hacia atrás. Ignora que se está quedando calvo a la altura de la coronilla. En realidad la mayor parte del tiempo está en Babia, aún así no deja de presumir de listillo. “Fue un ascenso difícil”, le aseguro poniendo cara de mártir. “La montaña es muy suya y uno no puede andarse con descuidos, un mal paso y te partes la crisma”. Ahora que me fijo, Nadia tiene los mismos ojos que mi psicólogo, son de color verde jade, unos ojos que se escapan al entendimiento, como si hubiesen nacido con el enigma a cuestas. “No me mire así”, le digo. Nadia retrocede, parece no entender mi actitud. No me extraña, mis palabras no iban dirigidas a ella, sino al psicólogo. “Lo siento, la soledad me hace hablar en voz alta”. Mi disculpa tiñe sus mejillas de grana. Respira ahora trabajosamente.

—¿Falta mucho?

Es al segunda vez que me lo pregunta. Saco una manojo de llaves del bolsillo y abro una puerta herrumbrosa. Nos llega un olor a humedad que penetra en nuestras narices con violencia, después el aire se vuelve denso; me da la sensación de que tomamos bocanadas de hormigón, pedazos de historia putrefacta que flota en la oscuridad. Palpo un muro de cal, y al poco una bombilla macilenta nos ilumina. El aspecto de Nadia es aterrador. Su melena se ha convertido en una selva. Siento lástima por ella, por ese desamparo que la abraza, motivo por el cual debo desviar la mirada. “No puedo permitirme el lujo de flojear”. Eso mismo le digo al psicólogo llegando al momento en el que rozando la cumbre sentí desfallecer entre el barro y las piedras. “Menos lobos, hombre, ni que estuvieses ascendiendo al Himalaya. El Gratal no deja de ser una montaña enana, la caricatura de un peligro que se vislumbra más allá de la frontera”. Mi psicólogo tiene las piernas gordas y su barriga parece albergar un melón que no acaba de decidirse a echar raíces. No lo imagino subiendo una montaña, no, de ningún modo; si acaso pateando a sus compañeros de facultad en una de esas carreras oficiales y procelosas. “¿Qué sabe usted?”, contesto enfurecido. “No te sulfures, Bartolomé, amigo, relájate”. Me dice con voz meliflua. Su familiaridad me abofetea y salto en el diván, pero de forma inconsciente respiro por la nariz, dos veces consecutivas, mientras dejo la mente en blanco, un barbecho que concluye de sopetón cuando el psicólogo se inclina hacia mí e insiste: “A los buitres quiero yo llegar, ese es el quid de la cuestión”. Anota su sentencia en el bloc, al tiempo que chasquea la lengua. Su letra es ilegible, como la de un cirujano plástico. Ahora que recuerdo, es zurdo. “No me gustan los zurdos”, le digo a Nadia. Ella esconde su mano izquierda, un tanto avergonzada; después carraspea dando a entender una tranquilidad que no siente. Lo sé, puedo olfatear su miedo a medida que nos acercamos al sótano. Otra puerta que nos impide el paso, esta vez de madera recién cortada. Yo mismo la he fabricado, soy aficionado a la carpintería, a eso y a la cría de serpientes pitón. Disfruto con su ingesta, el modo que tienen de engullir a sus presas y guarecerlas en su interior hasta que no queda de ellas más que una elegante rendición. Las serpientes no conocen el tiempo, devoran carne y relojes. Tampoco yo tengo prisa. He aprendido a esperar.

—¿Falta mucho?

Nadia ha perdido el color, es un cirio de iglesia que comienza a consumirse. Antes de contestar, lanzo un suspiro. Estoy harto de su impaciencia. También el psicólogo se retuerce en su sillón de diseño. “Venga, hombre, que me tienes en un sin vivir”. “Dos respiraciones”, le digo, “dos más y lo cuento todo”. La rumana aprieta la bata contra su cuerpo flaco sin dejar de mirar en derredor. En sus ojos no se refleja sino el vacío. “De acuerdo, se acabó el misterio”. Mi voz ha dejado de pertenecerme, es un eco que estalla contra las paredes, metralla invisible que acaba por herir a Nadia, justo en el centro de su pecho. Poco a poco pega la espalda contra la puerta, la rumana, sin comprender, completamente ronca de tanto gritar. Yo sonrío, hacia abajo, hacia ese abismo que me habita. “Adelante, Bartolomé, condúcenos a la cumbre de tu pensamiento”. Mi psicólogo se frota las manos, siente un gran placer abriéndose camino entre las ruinas de los otros. “Sin aliento, así alcancé la cima”, digo envalentonado, después, acaricio el rostro de Nadia, y derramo sobre sus labios una bocanada de aire caliente; despacio, es un soplo de vida antes de que ella decida morirse. Lo sé, adivino el abandono al borde de sus pestañas. “¿Y sabe usted lo primero que hice, allí en las alturas?” “¿Fumarte un cigarrillo?” Bromea el psicólogo encendiendo uno. Cierro los ojos un instante. Mi cuerpo está ahora pegado al de Nadia, somos uno; mi piel contra su piel, sus huesos clavándose en mi alma, y a lo lejos la felicidad, esquivando los archivos donde se acumula el espíritu de lo cotidiano, esas existencias inútiles que atraviesan memorias y ciudades. “Por supuesto que no”, contesto buscando a Nadia, su mirada de extranjera complaciente. “Alzar los brazos y contemplar la niebla bajo mis pies, ese océano blanco que lo sepulta todo”. “Todo no, amigo mío, mucho me temo que su mala conciencia permanece a flote”. Lo dice para molestarme. Sí, es uno de esos métodos de libro viejo que tienen como finalidad sacarme de quicio. Los loqueros son así, unos miserables. Hago un movimiento brusco con las caderas. Mi sexo roza el sexo de Nadia. Sus pechos, a pesar del temor, se endurecen o quizá por eso mismo. El deseo no diferencia entre el bien y el mal, sencillamente emerge, como un náufrago, exhausto y mordido de desesperación. “No tardaron en llegar”, le susurro a la rumana. “Los buitres, claro”. Dice una voz que no es la suya. No contesto. El silencio se instala entre los tres. Es ella la primera que se atreve a romperlo, abre la boca y deja escapar un grito, otro más. No me había fijado antes pero tiene una nuez pronunciada, casi masculina. También el vello aflora en sus comisuras. “Nadie es perfecto”, le digo, obsequiándola con un pellizco. Suda. Su rostro está salpicado por gotas de sudor dulce, como licor de barra americana. “Una bandada de buitres que sobrevolaron mi cabeza, una y otra vez. ¿Ha visto a un buitre planear? ¿Ha escuchado el sonido del aire entre sus alas?” Mi psicólogo se hace el sordo. Nadia se apresura a decir que sí, enloquecida: “¡¡sí, lo he visto!!”, dice. Miente. Lo único que pretende es ablandarme, aprovechar mi debilidad para escapar. “Entonces entendí que era una señal”, prosigo. Mi mano atrapa un mechón de su cabello. Es Nadia rubia, como todas, ya lo he dicho ¿verdad? “No me irás a confesar ahora que eres un tipo supersticioso”. El psicólogo ha apurado el cigarrillo y se dispone a destapar un caramelo de limón. Los guarda en el cajón de su escritorio. A menudo premia mi charlatanería con un caramelo rancio, igual que si yo fuese un perro. No me importa lo que piense, pero desde aquel día me sentí coronado. Ríe el psicólogo, su risa es contagiosa, por eso la rumana pare una carcajada, rotunda y terrorífica. “Coronado… será hijo de puta”. Eso murmura el doctor en psicología mientras su tripa centrifuga una alegría dolorosa. “¿Y ahora qué, emperador?” Me pregunta recuperando la compostura. “Ahora”, respondo, “he comprendido mi destino”. Mi profunda convicción provoca en Nadia un estremecimiento. Ya no grita, se ha vestido de orgullo y me mira con esa seguridad del que todo teme. Despacio abro la última puerta. Huele a sala de cine porno, a caspa sobre la pana, y a paloma muerta. Neuras. Me diagnostica siempre lo mismo, una leve confusión del ser mezclado con una patología de tipo esquizoide. “Y nada de subir montañas, eso lo único que hace es alterarte”. Me tiende la mano con desgana. Al estrecharla me llega el frío, como si el psicólogo hubiese sido concebido bajo una nevada moscovita. “Bobadas”, repite acompañándome hasta la puerta sin dejar de asestarme palmaditas en la espalda. En el centro de la estancia queda ella, con su falda corta y sus labios rojos, y esas medias rotas a la altura de las pantorrillas, lo mismo que una de esas heroínas que en el escenario no dejan de sufrir desgracias, cada tarde, de seis a siete, sin más espectador que el miedo. Antes de cerrar la puerta, le digo: “sobre la mesa de mi despacho descansa la pluma de un buitre”. Ninguno de los tres contesta.

Mayo 14, 2009

Moralovsky

Archivado en: poesía, vete tú a saber — angelicamorales @ 5:50 pm

moralovsky

Feo como un engaño, eso es.

De altura marsupiana y entendederas albinas.

Dedica las horas al intercambio de perniles,

muslos jamoneros tiesos, igual que su cartilla de ahorros.

Peina canas los fines de mes

y acaricia billetes en molinos sin aspas

donde, alrededor de una barra discotequera,

se reúnen la Paqui, la Katia y Anuska, aquella

que parió un hijo sobre la nieve moscovita,

ese cementerio de gentes  muertas, de sonrisas

estrechas, de caviar asturiano a granel.

Tacaño como un judío viejo, eso es.

De vello hirsuto en el pecho, espalda y hombros.

Dedica los días al intercambio de cigarrillos, afuera,

mientras los cerdos aguardan

las últimas puñaladas.

Desconfiado como una novia, eso es

y necio y tosco y santo en espera de aureola.

Dedica las noches a soñar, en medio de una

salva de ronquidos.

En el aire alcanza perniles invisibles que se lleva a la

boca con desesperación. Y no reparte la magra con nadie.

A lo lejos quedan  la Paqui, la Katia y Anuska, con tres palmos de narices  soviéticas.

Feo como un engaño, eso es

¿o no?

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